Diario de Lucía
Faltan tan solo unos días para mi boda y, en vez de sentirme radiante de felicidad, mi ánimo está ensombrecido por las exigencias y los caprichos de mi madre. Ella insiste en que invite a mi padre a la ceremonia, pero bajo ninguna circunstancia quiere que acuda acompañado de su actual esposa, a la que desprecia profundamente. Aunque mis padres están divorciados desde hace años, mi padre rehízo su vida y se casó de nuevo, pero mi madre sigue arrastrando un resentimiento muy fuerte hacia él.
El detonante de su separación fue Begoña, la nueva esposa de mi padre. Creo que ella sospechaba que mi padre no daba el paso de separarse solo por mí, así que directamente fue a hablar con mi madre para decirle: “Él ya no te ama; lo único que le retiene aquí es vuestra hija. No te humilles, déjale venir conmigo”. En un arrebato de rabia, mi madre echó a mi padre de casa.
Durante una etapa, incluso me prohibió hablar con él, pero no podía soportar estar alejada de mi padre ni de su nueva familia. Mi padre y Begoña tuvieron un hijo juntos, mi hermano pequeño, y me encantaba ir a verles y jugar con él. Ya tiene diez años, qué rápido pasa el tiempo. Cuando conté a mi padre la noticia de mi boda, quiso hacerme un regalo increíble: un piso en el barrio de Retiro, el que yo elegí. Su intención era asegurarnos a mi futuro marido y a mí un comienzo cómodo y seguro en Madrid. Me sentí inmensamente afortunada, aunque la felicidad no me duró demasiado por culpa del comportamiento de mi madre.
Mi madre se niega rotundamente a permitir que mi padre y su esposa estén presentes el día de la boda. Llama a Begoña “esa roba maridos” y amenaza con no asistir si se presenta allí. Como si esto no fuera suficiente, cuando se enteró del regalo de mi padre, me llamó “traidora” por haberlo aceptado. Me siento dividida entre el amor y el apoyo de mi padre y mi necesidad de ver feliz a mi madre.
No dejo de llorar. Es desesperante intentar encontrar una forma de contentar a todo el mundo cuando parece imposible. Mi prometido, Javier, ha intentado hablar con ella para hacerle entender lo desproporcionado de su actitud, pero solo ha conseguido que mi madre le coja ojeriza también a él. No alcanzo a comprender por qué me trata así. Entiendo que le duela el pasado, pero creo con todo mi corazón que el perdón y seguir adelante son imprescindibles para ser felices.
Este asunto me está desgarrando por dentro. Solo deseo que, de alguna manera, todo esto acabe resolviéndose y que, quizá, algún día podamos celebrar juntos, todos, un futuro en paz.







