¡Ay, mira, mira, Carmen, quién viene! ¡El amor de tu vida!
Carmen almorzaba sentada a la mesa con sus compañeras de trabajo. Al escuchar la exclamación de Teresa, se giró y vio a Javier entrar en el comedor. Javier sonreía a unos, saludaba a otros, daba leves cabezadas aquí y allá. Como siempre, se le veía impecable. Carmen miraba, no sin cierta envidia, a los afortunados que conseguían captar esa atención. Porque Javier, el propio Javier, nunca reparaba en ella, aunque a Carmen le gustaba de verdad, mucho, mucho.
Bueno, pues que entre Carmen encogió los hombros, fingiendo indiferencia.
Pero si te gusta, los ojos de Lucía relucían de picardía.
¡Ya está bien, chicas! intervino Isabel, defendiendo a Carmen. ¿Qué os pasa con Carmen? ¡Y qué si le gusta Javier! A ti, Teresa, te encanta Diego, y tú, Lucía, tienes lo tuyo con don Manuel. Y tú, encima, ya estás casada.
Vale, vale replicaron todas a la vez, alborotadas. Y para alivio de Carmen, el silencio se instaló en la mesa durante un rato.
…
Cuando Carmen salió del trabajo y se dirigía hacia el metro, de repente un niño la atropelló a gran velocidad con su patinete.
No solo le dolía la pierna y sabía que pronto se le pondría un moratón, sino que, además, ¡le habían roto las medias nuevas! No era precisamente el mejor final para el día…
Perdón, perdón la madre del niño acudió apresurada, agitada.
No pasa nada dijo Carmen.
¿Quieres que te dé algo para unas medias nuevas? La madre rebuscó en su bolso.
No, de verdad, no hace falta. Está todo bien aseguró Carmen, obligándose a sonreír.
La madre se marchó, llevándose al niño. Carmen suspiró y estuvo a punto de continuar su camino cuando, de repente, vio a Javier a su lado.
¿Quieres que te ayude? preguntó él. Si quieres puedo acercarte a casa.
En ese instante, el corazón de Carmen se desbocó. Le dieron ganas de saltar, de aplaudir, de bailar. Pero ella, muy serena, contestó:
No, gracias. Puedo sola.
Javier se marchó y Carmen caminó despacio hacia el metro, pensando que definitivamente debía haber perdido la cabeza. ¿Cómo podía rechazar la ayuda de su hombre soñado? Por suerte, a raíz de aquello, Javier empezó al menos a saludarla por los pasillos.
El tiempo fue pasando. La vida cambió para las compañeras de Carmen: alguna se fue del trabajo, otra se casó, Lucía se separó de don Manuel y ahora salían juntos. Pero para Carmen, nada cambiaba. Seguía igual de sola, igual de cautivada por Javier.
Un día, el destino volvió a cruzar sus caminos. Carmen salía del trabajo, como tantas veces, y se encaminaba al metro cuando un coche la salpicó entera al pasar por un gran charco. De nuevo, de manera inesperada, apareció Javier y le ofreció ayuda. Y, otra vez, Carmen la rechazó. Y de nuevo, ya en casa, no dejó de llamarse boba por dejar escapar una oportunidad tan clara.
Al día siguiente, todos los empleados recibieron un correo de Javier agradeciendo la colaboración y anunciando su marcha de la empresa.
Pues ya está… Carmen sintió cómo se le llenaban los ojos de lágrimas.
Iba a marcharse y ella ya no lo volvería a ver jamás… ¿Y ahora qué?
Mientras Carmen estaba sumida en sus pensamientos, una mano la sacudió del hombro:
¡Eh, Carmen! era Teresa.
¿Has leído el correo, verdad? Teresa abrió mucho los ojos, mirándola de forma significativa. Carmen, por supuesto, sabía perfectamente a qué se refería.
Sí… lo he leído respondió con voz baja.
¿Y qué vas a hacer?
Carmen entró en pánico: ¿Qué se suponía que debía hacer?
¿Yo? balbuceó.
¡Pues claro! ¿No es Javier el hombre de tus sueños? Si fuera yo, ya habría hecho algo. Pero tú siempre esperando
Carmen suspiró. Para Teresa todo era sencillo, siempre decidida, siempre lanzada… Pero ella, Carmen, no era así, ni mucho menos.
¿Entonces? ¿Vas a quedarte sin hacer nada?
¿Y qué voy a hacer? dijo Carmen, temerosa. Sentía cómo el tono de Teresa amenazaba con romper el pequeño mundo que había construido.
No sé… Puedes contestarle al correo. Ponle que fue un placer trabajar con él y pregúntale si le apetece hacer una quedada de despedida. Da igual, llámalo como quieras, una merienda en su honor…
No sé…
Carmen realmente no sabía. Le parecía muy atrevido y poco correcto.
Mira, quítate de ahí un momento…
Teresa se sentó a su ordenador, y comenzó a teclear a toda velocidad.
Ya está. Enviado.
¿Pero qué has hecho? exclamó Carmen, desconcertada.
Carmen, por favor, reacciona. No pasa nada. Solo prepárate para esa despedida.
Carmen volvió a sentarse, descubriendo, para su sorpresa, que la idea de Teresa había tenido mucho éxito entre los compañeros. Y en ese momento decidió que ella no iría a ese encuentro. Pasaron los días. Se acercaba el día de la fiesta y Carmen dudaba: a veces quería ir y otras prefería quedarse en casa. Veía a Teresa y deseaba tener su carácter, incluso la envidiaba un poco.
Pero de pronto Javier envió un nuevo correo anunciando que le habían pedido quedarse dos semanas más porque todavía no tenían sustituto. Para Carmen, eso solo alargaba la incertidumbre.
Deja de preocuparte tanto le animaba Teresa. Relájate.
A las dos semanas, Javier mandó otro mensaje. Esta vez comunicaba que finalmente se quedaba en la empresa. Pero la celebración igual se haría. Carmen sonreía como una tonta en su sitio. ¡Perfecto! Todo volvería a la normalidad. Seguiría viéndolo y soñando con él.
A las seis en punto, Carmen recogió sus cosas para irse a casa.
Espera, Carmen, vamos juntas oyó la voz de Teresa.
¿Pero vas hacia mi lado? preguntó Carmen, extrañada.
Da igual hacia dónde vaya yo. ¡Vamos juntas a la despedida!
¿A la despedida…? Carmen se quedó confusa. Teresa la miró y soltó una carcajada.
¿Qué te habías pensado, que te ibas a librar? No puedo permitirlo, ¿me entiendes? Al fin y al cabo, ¿cuántos años llevas suspirando por Javier? ¿Cuántos años desperdiciados ya? ¡Venga, habla con él! Descubre si de verdad es el hombre que buscas. ¿O te vas a pasar la vida suspirando y ya? Cuando llegues a los cuarenta y cinco te lamentarás y te darás cuenta de que has sido una boba todo este tiempo.
Carmen estuvo a punto de enfadarse con Teresa. Pero, de pronto, pensó que tenía razón. Más valía intentar hablar con Javier, y que salga lo que tenga que salir.
De acuerdo, vamos dijo Carmen, esta vez decidida.
…
¿Y qué tal ayer? preguntó Teresa al día siguiente, en la comida.
Genial. Gracias por arrastrarme. Al menos ya sé que Javier es tal y como lo imaginaba.
¡Chicas, hola! oyeron su voz.
¿Lo ves? le guiñó Teresa. Si hablas del diablo…
Hola, si vienes de buenas.
¿Me hacéis hueco?
¡Claro! Siéntate.
Poco a poco Carmen y Javier se hicieron amigos.
…
¿Y qué pasa entre vosotros? un día Teresa le preguntó a Carmen.
Carmen suspiró:
Nada… Somos solo amigos. Salimos a pasear de vez en cuando, charla va, charla viene. Luego me acompaña a casa, me da una palmada en el hombro y dice: Lo hemos pasado bien, hay que repetir.
Carmen imitó perfectamente la voz de Javier y Teresa terminó riendo.
¿Y le has invitado a un café al menos?
No.
Pues ya sabes… Atrévete tú.
Carmen suspiró. En su mundo, siempre era el hombre quien debía dar el primer paso…
Pasaban los meses, con encuentros, charlas, salidas a conciertos y teatros, todo sin mayores avances.
Carmen llegó a pensar que Javier no era para ella. Quizás tendría que abrir los ojos y mirar a su alrededor, tal vez tenía cerca a alguien mejor para ella y no lo percibía.
Una de esas tardes, paseando por El Retiro, Javier la acompañaba ya hacia su casa cuando, de repente, se desató una tormenta. Hasta hacía un momento lucía el sol sobre Madrid y, en apenas un instante, el cielo se abrió, la lluvia azotaba con fuerza y el agua corría por las aceras.
Ven conmigo, que vivo aquí al lado dijo Javier, tomando a Carmen de la mano.
Juntos, corrieron por las calles desiertas, riendo y saltando charcos. Subieron las escaleras empapados, y en el ascensor, sin decir nada, se lanzaron por fin el uno hacia el otro y se besaron.
¿Qué soy para ti? susurró Carmen.
Eres la mujer que amo confesó Javier. Solo que nunca llegué a creer que de verdad encontraría a alguien como tú.






