No se debe coger lo que no es tuyo

No se debe tomar lo ajeno
En el centro de un Madrid envuelto en niebla y reflejos de farolas retorcidas sobre el adoquinado, residía la única hija de una pareja de intelectuales: Clara. Consentida, resguardada como un bizcocho en vitrina, Clara siempre fue el lucero de la familia. Sus padres ambos investigadores en el CSIC, el padre reputado catedrático mantenían la costumbre de llenar la casa de tertulias interminables y amigos que se deslizaban entre altos estantes de libros y olor a café recién hecho.
Su madre, Carmen García, era famosa entre conocidos por sus hornazos y empanadas que nunca parecían acabarse, dispuestas con un primor casi ceremonial en la mesa de madera.
Ay, Carmencita, siempre igual, tu mesa es un cuadro, hija. No veas cómo abre el apetito bromeaban los invitados, riendo con vino de Rioja en la mano, una y otra vez.
En el colegio, Clara nunca fue la primera de clase, pero sí sacaba sólidas notazas. Sus padres jamás la obligaron a estudiar; le nació sola la disciplina, como si una melodía constante la guiara. Volvía del colegio bajo la lluvia fina, se cambiaba, comía tortilla y se sumergía en los libros.
¿Clara, has ido a música? preguntaba Carmen.
Sí, madre, justo acabo de volver respondía ella.
Clara estudiaba violín en el conservatorio. De hecho, se le iban los pensamientos mientras tocaba; no existían las paredes, ni Madrid, ni las penas. La maestra la ponía de ejemplo constantemente.
Los años escolares pasaron casi como hojas arrastradas por el viento de la Castellana. Clara, sociable y leal, tenía amigos y amigas en cada rincón del barrio. Vivían en Chamartín; por eso, soñaba con entrar en la Complutense.
Tú lo tienes fácil, Clara decía su amiga Macarena. Tus padres en la universidad, seguro te ayudan a entrar. Lo mío es otra historia, mi madre suda para sacarme adelante. Mejor que empiece a trabajar cuanto antes, así le echo un cable.
A Clara le costaba imaginar cómo era esa vida, pues en su casa nunca faltó nada.
Mamá, papá, para la graduación me hace falta un vestido y zapatos nuevos advirtió Clara.
Claro, hija, mañana es sábado, vamos de tiendas prometió Carmen.
El vestido y los zapatos aparecieron entre los espejos de El Corte Inglés. Solo faltaba aprobar la Selectividad y celebrar el paso a la adultez en una noche de luces.
Clara entró en la Politécnica sin problemas; sí, su madre movió algún hilo por si acaso, pero ni habría hecho falta. Carmen tenía conocidos en todas partes, pero Clara habría aprobado igualmente.
Ya soy universitaria anunció Clara una tarde, reconociendo su apellido en la lista de admitidos.
El padre, exultante, le regaló un móvil carísimo, de los pocos que se veían entonces por la Gran Vía.
Clara disfrutó la vida universitaria madrileña: clases, profesores, fiestas estudiantiles, cafés filosóficos de madrugada. El tiempo para su amiga Macarena, ahora empleada en una fábrica a las afueras, se fue desvaneciendo. Cada una en su mundo.
El verano trajo campamentos y brigadas de voluntariado. Entre maletas, playas fantasmas y romances inocentes, la vida se iba llenando de experiencias, pero el gran amor aún no la había encontrado.
En el último año de carrera, Clara conoció a Jaime, un chico fornido y huidizo de mirada limpia, que arreglaba electrodomésticos en una tienda de Chamberí tras haber estado en el ejército. Se cruzaron en un cine de arte y ensayo, donde Clara y Macarena compartían un batido antes de la sesión.
Disculpad, ¿puedo sentarme? preguntó con cortesía, copa en mano, sus ojos clavados en los de Clara.
Claro contestó Macarena, aunque Jaime apenas miraba otra cosa que a Clara.
Presentaciones, charla, complicidad. Después de la película, pasearon por las calles vacías hasta la primavera entrada en la madrugada. Jaime acompañó a Macarena primero, después a Clara, y consiguió su teléfono.
El amor encendió los días como el sol en la Plaza Mayor. Media España olía a pan y jazmín, y ellos no tardaron en casarse. Los padres de Clara admiraron de inmediato al muchacho. La familia se amplió con la llegada de un niño: Samuel.
Clara sintió felicidad verdadera. Jaime, un esposo fiel y padre entregado, la cuidaba con la entrega paciente de quien conoce el valor del refugio.
Qué suerte tengo contigo decía Clara a su madre.
Y yo que me alegro; Jaime es un hombre cabal, respondía Carmen.
Las tardes de ajedrez unían a Jaime y su suegro entre risas y discusiones interminables sobre filosofía y actualidad.
cuando la vida exige empezar de nuevo
Pero la ventura nunca es para siempre. Un día, en la autopista hacia Segovia, un motero se cruzó en su destino. Clara recuerda pelearse con los cinturones, volar por el cristal y despertar en un hospital bajo el neón. Samuel, por suerte, estaba entonces de excursión con los abuelos.
¿Por qué, Señor? susurraba Clara, rota en la cama, su madre a su lado.
Por fin, hija, has vuelto… Aunque con fracturas, pero sigues viva lloraba Carmen.
El entierro de Jaime fue una vigilia extraña: Clara en silla de ruedas, bajo un cielo inexplicablemente azul.
Años de rehabilitación, noches en vela, el rostro de Jaime flotando entre las sombras, y solo Samuel lograba mantenerla a flote.
Gracias a ti, Señor balbuceaba Clara ante la imagen de una Virgen de azulejo. ¿Qué habría sido de mi hijo?
Decidió cambiar de aires. Se trasladaron a una pequeña casa en la costa de Cádiz, cerca del mar Atlántico, donde el rumor de las olas era un bálsamo lento.
Allí aceptó el puesto de encargada en un hotel modesto, y los días, aunque llenos de nostalgia, se tornaron algo más ligeros. Samuel ya era un escolar de mejillas tostadas por el sol andaluz. Juntos iban a la playa los sábados; el mar parecía borrar con cada ola las penas antiguas.
Un día, en la playa, Clara perdió su alianza de boda. Buscó y rebuscó entre la arena, lágrimas mezcladas con sal.
¿Te ayudo? dijo una voz masculina, espectral, como si llegase de otro tiempo.
He perdido un anillo muy especial…
¿Quién viene a la playa con joyas? bromeó el desconocido.
Yo vengo. ¿Es necesario hacer más preguntas?
Lo importante es ayudarte. Me llamo Luis. ¿Y tú?
Clara respondió, y juntos escarbaron la arena hasta que el anillo apareció en un bolsillo del vestido.
Gracias, Luis.
¿Mucho tiempo por aquí? preguntó Luis. Yo vengo con un amigo; está hecho polvo en el hotel, así que hoy busco el sol por mi cuenta.
Vivo aquí, en realidad contestó Clara, mientras los rayos eran ya insuperables y la sombrilla parecía un mundo lejano.
Luis la invitó a un café y ella aceptó.
En la penumbra del bar, Clara se animó; Samuel estaba ese mes con sus abuelos en Madrid. Luis pronto confesó que era casado y padre de una niña, y trabajaba en el aeropuerto de Valencia.
Clara le contó su tragedia. Luis la miraba con comprensión, casi dulzura.
Sin saber cómo, sus historias se deslizaron una sobre otra, y tras varias citas de charla y brisa marina, la relación se volvió cada vez más íntima. Luis la esperaba algún anochecer con ramos de flores. Una tarde Clara, que ya tenía vacaciones, aceptó cenar en un restaurante.
Terminaron enredados en una noche de pasión y profundísimo desvarío.
Me he enamorado se confesó Clara frente al espejo turbio del baño.
Años enteros tras la muerte de Jaime no había estado con nadie. Ahora, todo su tiempo libre era suyo y de Luis. Al poco, él pidió excedencia en el trabajo y extendió su estancia en la costa. Pero la realidad se impuso: Luis tuvo que regresar a Valencia, el adiós fue doloroso y húmedo.
Una semana después, Luis la llamó.
Clara, vuelvo enseguida Ya hablé con mi esposa, le he confesado todo y vamos a divorciarnos.
el destino tiene extraños planes
Clara fue feliz, sin pensar en la mujer y la hija de Luis, sin recordar sus propias pérdidas.
Yo también soy persona y quiero ser feliz se justificaba.
Luis volvió, los papeles del divorcio llegaron y finalmente ellos se casaron por lo civil. Al año, tuvieron una hija: Sofía. Parecía la vida una danza de girasoles al sol de Cádiz.
Pero la felicidad, en Cádiz, es esquiva. Diez años después, la rutina y el ambiente de la costa tentaron a Luis, que empezó cada vez con más frecuencia a encontrar nuevas amigas entre las turistas. Las discusiones se sucedieron. Un día, Clara lo vio con otra en la arena. El engaño era ya imposible de ignorar.
Se divorciaron y Luis regresó a Valencia, ovillado en su antigua familia. Jamás dejó de pagar generosamente la pensión de Sofía. Tanto Samuel como la niña crecieron, volaron del nido: Samuel cursó estudios en Salamanca, se casó y dejó la costa; Sofía, ya mujer, contrajo matrimonio y vive aparte.
Hoy, Clara es abuela de dos nietos y una nieta. Sus hijos la visitan, igual que sus padres, ahora de rostros surcados de historia y tiempo.
Luis jamás volvió ni llamó. Clara tomó una decisión férrea y definitiva: nunca más permitiría que un hombre turbara la paz que tanto había costado torcer al destino.
He pagado el precio de enamorarme de un hombre casado No se debe tomar lo ajeno ni buscar la felicidad sobre la desgracia ajena.
No quiere tentar la fortuna. Sabe que el boomerang puede regresar y golpear donde más duele. Por eso prefiere habitar su casa entre silencios y recuerdos.
Gracias por leer, por vuestro cariño y compañía. Os deseo buena suerte y días de paz.

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