La nuera incómoda
Lorena, ¿te leíste la lista? Te la di, está todo escrito la voz de Carmen Muñoz sonaba como si le hablara a una criatura poco despierta. A ver: aspic de tres carnes. De tres, ¿eh? No de dos, ni de una. De tres.
Sí, Carmen, la leí pero justo quería hablar contigo de eso. Es que el cumpleaños es la semana que viene y pensaba que quizá
Pensabas la suegra dejó la palabra flotando en el aire, bien cargada. Tú pensabas, y yo te lo digo claro: aspic de tres carnes, empanada de repollo y de setas, merluza en gelatina, ensaladilla mimosa, ensaladilla rusa, esa con palitos de cangrejo, huevos rellenos, crepes con nata, pato a la manzana, rollitos de patata, pastel de requesón, tarta de milhojas y tarta de mousse. Eso tirando por lo bajo, Lorena. Tirando muy por lo bajo. Que vienen cuarenta.
Lorena sostenía el teléfono y miraba por la ventana. Fuera caía una lluvia fina y triste de noviembre, tan pesada y fuera de lugar como aquella conversación.
Lo entiendo, Carmen. Te llamo luego, ¿vale?
Pero no retrases, ¿eh? Que para el sábado no hay tiempo.
Dejó el teléfono en la mesa de la cocina y miró la nota cuadriculada donde Carmen había escrito la lista, letra grande y mandona, sujeta bajo el salero. Lorena la leyó. Catorce platos. Al lado de cada uno, anotaciones: “casero”, “nada de supermercado”, “como la última vez, solo que mejor”.
“Como la última vez”. Aquella vez fue el quinto aniversario de la boda de Laura, la cuñada. Lorena cocinó durante tres días seguidos, apenas durmió, acabó con los pies dormidos y las manos llenas de grietas de tanto fregar platos y tablas de cortar. Alejandro, su marido, venía, picaba cualquier cosa y se tumbaba a ver la tele. Una vez preguntó: ¿Te ayudo? Lorena dijo: “No, ya me apaño”. Él asintió y se fue. Ni mal, ni bien. Simplemente, se fue.
Y en el gran día, Carmen probó el aspic, llamó a Lorena y le dijo en voz baja y sin emoción: “Un pelín salado”. No hubo más comentario. Los invitados felicitaron, repitieron, se escuchó decir que no se comía una empanada igual desde hacía siglos. Carmen asentía, diciendo: “Esto es tradición”. De Lorena, ni mención.
Ahora, sentada en la cocina de la calle de los Constructores, tras diecinueve años con Alejandro, Lorena reflexionaba: para Carmen, tradición significaba una cosa muy concreta. Tradición: la nuera cocina. Tradición: la nuera limpia. Tradición: la nuera agradecida porque la dejan sentarse a la mesa.
Vibró el móvil. Era Laura.
Lore, ¿has hablado con mamá? Dice que te notó rara.
No rara, cansada.
Pues eso. El cumple es ya, hay que comprar. Yo puedo ir contigo al súper el miércoles, llevo las bolsas pausa No, miércoles no, tengo manicura. El jueves, ¿te viene?
Laura, lo gestiono yo, gracias.
Oye, que mamá quiere pato con manzanas, pero SOLO manzanas reineta, ¿eh? Que le dan ese punto ácido, tú sabes…
Sí, sí
Y el aspic, que sea bien transparente, que el último salió algo turbio.
Lorena cerró los ojos. Aspic de tres carnes transparente, reineta para el pato, dos tartas, cuarenta comensales.
Vale, Laura. Tomo nota.
Guardó el móvil y se puso a preparar la cena. Alejandro llegaría a las siete, hambriento. Y si no había cena, seguiría el largo y profundo suspiro y la frase: ¿Hoy no hay nada? No se quejaba, solo perplejidad: como si llegara a la parada del bus y el bus hubiera desaparecido sin explicación.
Lorena abrió la nevera, sacó pollo, cebolla y zanahorias. Puso la cazuela a hervir. Movimientos automáticos, de diecinueve años.
A Alejandro lo conoció con veintiséis, era divertido, dicharachero, hacía reír a cualquiera. Carmen, en la primera comida, le dijo: Se nota que eres lista. Lorena lo creyó un cumplido; luego entendió que “lista” era igual a “no lleva la contraria”.
Se casó a los veintiocho. El primer año, bien. Luego nació Rubén. Luego Rubén se fue a estudiar a otra ciudad. Y quedó esto: piso, cocina, la hoja cuadriculada con la lista de platos.
El caldo empezó a hervir. Lorena bajó el fuego y fue al salón. Quiso llamar a su madre, solo escuchar su voz, pero sonó primero.
Era su madre.
Lore, ¿puedes venir hoy? la voz era delicada, pero tan seria que le apretó el estómago a Lorena.
¿Qué ha pasado?
A tu padre le ha dado un vahído, hemos llamado a la ambulancia. Estamos en el hospital.
Lorena ya se ponía el abrigo cuando recordó la cazuela. Volvió, apagó el fuego. Mandó a Alejandro un whatsapp: Papá está mal, me voy con mis padres, hay comida en la cazuela. Cogió el bolso y salió.
Fuera ya era noche. Paró un taxi y fue todo el camino mirando las luces desenfocadas de los faros. Su padre. Manuel. Setenta y dos años, nunca se quejaba, siempre fuerte. Decía: A mí no hay quien me tumbe, ya enterraré yo a todos. Ella quería que fuera verdad. Lo necesitaba.
El hospital olía a lejía y desinfectante, con sus pasillos blancos interminables. Su madre la esperaba en el área de espera, pequeña, con el abrigo puesto y el bolso abrazado a su pecho.
Mamá
La madre se giró. Tenía los ojos secos, pero bastó para que Lorena se atragantara.
Dicen que tiene la tensión altísima. Y algo en la cabeza. Se desmayó en el pasillo. Yo estaba en la cocina y de repente lo encuentro tendido.
¿Y ahora?
Le están haciendo pruebas. Hay que esperar.
Se sentaron en incómodas sillas de hospital. La madre le apretaba la mano, fría y pequeña. Lorena pensó que hacía semanas que no la visitaba. Nunca hay tiempo. Siempre, el súper, las comidas, las recogidas, la lista de Carmen.
A la hora y media salió un médico joven, con las gafas ladeadas.
Está más estable dijo. Pero hay sospecha de trombo cerebral. Hace falta observación, al menos una semana aquí.
¿Se pondrá bien? preguntó su madre.
Vamos a ver. No podemos decir aún.
Lorena llevó a su madre a casa, hicieron té, se sentó con ella hasta que se quedó dormida en el sillón. Luego se quedó en la cocina familiar, escuchando el silencio mullido y acogedor, ese en el que una se cría. En la ventana los geranios de su madre florecían sin que nadie les dijera nada. En la pared, una foto: Lorena de pequeña, mano de su padre, miran en dos direcciones distintas, pero él la mira solo a ella.
Regresó a casa pasada la medianoche.
Alejandro no dormía. Tenía el móvil en la mano, lo dejó al verla.
¿Y cómo está?
Mal. Sospechan trombo.
Esto es serio dijo, y calló. ¿Has cenado?
No.
Tienes pollo en la cazuela, lo calenté. Coge
Lorena comió de pie, sobre el fregadero. No tenía fuerzas ni para poner la mesa. Luego se tumbó. Tardó en dormir. Pensó en la cara de su padre, las manos de su madre, el olor de esa cocina.
Por la mañana llamó Carmen.
Lorena, he oído que anoche te fuiste. Alejandro dice que lo de tu padre y tal Pero supongo que entiendes que quedan seis días para el cumpleaños.
Carmen, mi padre está en el hospital.
Sí, ya. Pero el hospital está cerca, ¿no? Si tú no estás ingresada. ¿Entonces, cuándo pensabas ponerte a cocinar?
Lorena notó cómo por dentro todo bajaba de revoluciones, como agua que deja de correr y se queda quieta.
No lo sé.
¿Cómo que no sabes? el tono asombrado, como si Lorena dijera que no sabía leer. Lorena, son mis setenta, esto pasa una vez en la vida. ¿Entiendes?
Sí. Papá también es solo uno.
Silencio.
Bueno dijo al fin Carmen, estoy segura de que llegas a todo. No necesitas estar en el hospital a todas horas.
Lorena no respondió. Se despidió y colgó.
Alejandro estaba en la cocina, café en mano.
¿Era mi madre?
Sí.
¿Y?
Preguntaba cuándo empiezo a cocinar.
Él asintió, sorbiendo el café, la frente arrugada mirando el móvil, pero era más por algo de ahí que por lo dicho.
Lorena, es su fiesta. Con cuarenta invitados. No se puede suspender.
No he dicho de suspender.
Pues ya está. Puedes ir al hospital y también cocinar, ¿verdad?
Lorena lo miró.
Alejandro, ¿si fuera tu madre la que estuviera en el hospital?
Él levantó la vista.
¿Qué tiene que ver?
Nada. Solo pregunta.
No es lo mismo.
¿Por qué?
Porque es mi madre dijo, como quien da por zanjada cualquier explicación.
Lorena se fue al hospital.
Su padre estaba en una sala compartida, dormido al llegar Lorena. Se le encogió el corazón. Luego la enfermera le dijo que solo dormía. Lorena se sentó, miró su rostro arrugado, canas, la barba incipiente, manos grandes sobre la sábana. Esas manos le tallaron pájaros de madera de niña. Esas manos la sujetaron una vez antes de caerse de la bici.
Abrió los ojos.
Has venido, dijo. Voz débil. Normalmente retumbaba como trueno.
Claro. ¿Cómo estás?
Bien, un poco mareado. Una tontería.
Nada de tontería, papá.
Bah se encogió de hombros hasta donde podía. Aquí sigo.
Se quedó dos horas. Luego llamó a su madre: papá consciente, habla. Menos mal, suspiró la madre, y a Lorena se le humedecieron los ojos.
Volvió en bus. Miró la ventanilla empañada, pensando: esto es importante. Papá hospitalizado. Mamá sola. Lo demás la famosa lista de Carmen, la reineta y el aspic transparente no lo es. Y la idea era tan obvia que Lorena se asombró de no haberlo visto antes O de no haberse dejado verlo.
Esa tarde Alejandro llegó animado, trajo pan, habló de su curro. Lorena escuchaba, asentía. Al final dijo:
Alejandro, no voy a cocinar para el cumpleaños.
Se quedó helado.
¿Cómo que no vas a cocinar?
Eso. Papá está en el hospital. Mamá me necesita. No puedo pasarme tres días en la cocina.
Lorena usó su nombre entero, señal inequívoca de enfado. Son cuarenta personas. Mi madre lo espera. Es su cumpleaños.
Papá tiene un trombo cerebral.
Ya, lo sé. Pero hay médicos. No tienes que estar allí todo el día.
Tampoco tengo que cocinar doce platos cuando mi padre está en el hospital.
Alejandro se levantó, paseó la cocina.
Sabes que no podemos cancelar. Ya están todos invitados, Laura les ha avisado.
Que pidan comida.
¿Comida de encargo? lo dijo como si Lorena hubiese propuesto sacrilegio. Mamá quiere todo casero. Ya la conoces.
Sí. La conozco, sí.
Él la miró con algo distinto, no exactamente enfado. Más bien ese desconcierto de cuando algo habitual deja de funcionar.
Venga, piénsalo. Sólo pasa una vez. Papá en el hospital, pero puedes ir y cocinar, ¿no?
No.
¿No?
No, Alejandro.
Él se fue al salón. A los minutos llamó Laura.
¿Qué pasa? Alejandro dice que no cocinas. Que son cuarenta, ¿lo entiendes?
Lo entiendo.
¡Es el cumpleaños de mamá! ¡Setenta años! ¿Eso no significa nada?
Significa. Pero que mi padre esté mal también significa.
Pero a mamá no se le puede cambiar el día.
Laura, dijo Lorena, podéis pedir comida. O cocinar vosotros. Tengo las recetas.
Silencio. Luego:
No nos sale igual.
Aprenderéis.
Colgó. No le temblaban las manos, y eso la sorprendió. Pensaba que tendría miedo, que se arrepentiría. Pero sentía solo esa calma clara y quieta, la misma de esa mañana.
Al día siguiente, hospital otra vez. El padre ya mejor: se sentaba, comía puré, mascullando que aquello era comida de guardería. Lorena se rió. Dejó caldo casero que su madre preparó y el padre lo apuró y dijo: “Esto sí es comida”.
Luego tomaron té en la cocina materna. Cocina pequeña, cortinas con flores, nevera con un mango medio suelto. Olía a pan y menta seca que la madre recogía cada verano. Lorena pensó: este olor es mi casa, no el olor extranjero de la cocina donde cocina para cuarenta y nadie da las gracias.
¿Estás bien, Lore? preguntó la madre.
Tiro, mamá.
¿Y por Alejandro?
La fiesta de la suegra es el sábado.
¿Vas a ir?
Seguramente. Cocinar, no.
La madre dudó, luego preguntó en voz baja, con mucho tiento:
Lore, ¿eres feliz allí?
Lorena la miró.
¿Por qué?
Te veo siempre corriendo, cansada. Ni te sientas tranquila. Ahora mismo llevas rato mirando el móvil.
Lorena miró su móvil. Era cierto.
Costumbre.
Te entiendo dijo la madre, y le sirvió más té.
El miércoles llamó Carmen con su voz de caso grave, suave y temblorosa.
Lorena, quiero hablar como adultas.
Te escucho.
Entiendo lo de tu padre, lo siento de corazón. Pero llevo veinte años soñando este cumpleaños. Setenta. Ya no me quedan otros setenta.
Lorena no decía nada.
No te pido que abandones a tu padre. Solo te pido lo que haces mejor que nadie. Cocinas como nadie y lo sabes. Es tu aportación a la familia. ¿No es así?
Carmen Lorena habló despacio. Esta semana he entendido algo: mi aportación no es el aspic ni la empanada. Mi padre está en un hospital, y yo quiero estar ahí.
Pues estate ahí. ¿Quién te lo impide? Hospital por la mañana, cocina por la tarde. No es imposible.
Para ti no lo es. Para mí sí. No puedo hacer como si no pasara nada cuando sí pasa.
El silencio duró.
Siempre fuiste un poco difícil soltó Carmen, sin rabia, simplemente anotando.
Tal vez.
Alejandro está destrozado.
Lo sé.
Dice que has cambiado.
Puede ser.
Se despidió. De nuevo, las manos firmes.
El jueves, Lorena metió cuatro cosas en el bolso: mudas, neceser, libreta. Pasaporte. No lo pensó mucho. Escribió a Rubén: Abuelo está mejor. Me quedo unos días con los abuelos. Todo OK. Rubén respondió enseguida: Mamá, te llamo luego. ¿Segura que todo bien? Segura. Un beso.
Cuando Alejandro se fue a trabajar, dejó una nota en la cocina: Estoy con mis padres. Te llamo.
Se quedó un momento mirando la cocina. Diecinueve años de los mismos azulejos, la misma mesa, el mismo plumero, el mismo olor a pan de otro.
Cerró puerta. Bajó. Salió a la calle.
Ya no llovía. Hacía frío, el cielo azul grisáceo de noviembre. Lorena caminó a la parada pensando que diecinueve años es mucho, casi media vida. Y qué fácil es acostumbrarse a recibir solo lo que otros deciden, ni un poco más.
En casa de sus padres, la recibió el olor a menta y luz cálida. La madre abrió, vio la bolsa y no preguntó. Solo se apartó, la abrazó fuerte y corto. Lorena notó dentro algo que por fin, poco a poco, se aflojaba.
¿Te quedas? preguntó la madre.
Unos días. Si puedo.
¿Si puedes? la madre la miró con ligera reprimenda. Esta es tu casa.
Lorena se quedó en casa de sus padres cuatro días. Iban por las mañanas al hospital. El padre mejoraba. Ya hablaba mejor, se enfadaba con los sueros, pedía comida decente. El médico dijo que era optimista, que luego necesitaría tiempo de recuperación.
Lorena durmió como hacía años que no dormía: sin alarma, lo justo. Comía comida sencilla: guiso, sopa, empanada de manzana de la reineta que su madre trajo del pueblo. Era corriente, nada extraordinario, pero olía tan bien que a Lorena se le llenaron los ojos de lágrimas.
¿Qué pasa? preguntó la madre.
Nada. Está riquísimo.
La madre asintió, sin preguntar más.
Alejandro llamó el viernes.
¿Vas a volver?
No lo sé.
Lore, mañana es el cumpleaños. Viene toda la familia.
Lo sé.
Mamá está de los nervios. Laura intenta cocinar y todo se le quema.
Pedid comida. Ya lo dije.
¿Sabes que mamá está dolida?
Lo lamento, pero ahora estoy aquí.
Larga pausa.
Has cambiado igual que Carmen, pero con otro tono, entre reproche y desconcierto.
Sí dijo Lorena.
El sábado no fue al cumpleaños.
Por la mañana llevaron caldo y bollos al padre. Manuel lo devoró, bendijo el bollo y dijo que cuando saliera, cocinaba él, ya que la madre había perdido mano. La madre se rió: “Eso está por ver”. Lorena los escuchaba, sabiendo que sus broncas eran en realidad charlas entre dos personas que llevan toda la vida juntas.
Por la tarde, leyó un libro en el sillón. Su madre al otro lado, tejiendo. Fuera, la nieve caía lenta. Vibró el móvil varias veces. Laura escribió: Un caos, no hay casi comida, menuda vergüenza. Carmen, ni pío. Alejandro mandó un escueto: ¿Y?
Lorena dejó el móvil. Siguió con el libro.
Conversó con Alejandro a los días, cuando volvió al piso de la calle de los Constructores. Volvió porque tenía que recoger sus cosas, documentos, su vida tangible. Su padre ya en planta común, y su madre saliendo adelante.
Alejandro estaba en la cocina, algo había cambiado en él.
¿Hablamos? preguntó.
Hablaron largo, y de verdad. Sin broncas. Lorena le explicó que estaba harta de ser solo útil, de ser cómoda para los demás. Que lo había hecho diecinueve años y que le había costado algo complicado de nombrar. Él argumentó que no era su intención, que su madre era así. Lorena no discutió, solo expuso su versión.
¿Te quieres separar? preguntó él al fin, directo.
Ella calló.
Quiero vivir de otro modo dijo. Ese es el nombre.
Él asintió. Se sirvió agua.
Voy a llamar a Rubén.
Vale.
Rubén vino dos semanas después, sin avisar. Apareció con su mochila y esa cara seria de momento crucial.
Mamá, ¿cómo estás?
Bien, de verdad.
Papá me ha dicho que… en fin, complicado.
La palabra es “honesto”. Es otra cosa.
Se quedó tres días. Charlas largas. Se enfadó un poco con Lorena, luego con su padre, luego se relajó y se quedó acompañando. Al marchar la abrazó:
Hacía siglos que no te veía descansada.
¿Tanto se nota?
Muchísimo.
El divorcio fue tranquilo, de mutuo acuerdo. Alejandro se quedó en el piso. Lorena cogió sus cajas y se mudó con sus padres por ahora. Su madre no hizo ni un solo comentario, solo le dejó la habitación preparada y puso en la mesilla aquel pájaro de madera que Manuel talló tiempo atrás. Lorena lo vio al entrar la primera vez. Lo cogió: era ligero, liso y marcado a cuchillo.
A su padre lo dieron de alta a principios de diciembre. Volvió, lento y apoyado en bastón, pero volvió. Al cruzar el umbral miró a Lorena.
Bueno dijo, todos en casa.
Ese año, el día de Reyes lo celebraron los cuatro: Lorena, su madre, su padre y Rubén, que vino solo para ello. Montaron el árbol, vieron pelis antiguas, comieron ensaladilla rusa y empanada sencilla, nada espectacular. Lorena amasaba al lado de su madre y pensó: esto es cocinar para que la gente cene contenta. No por lista, ni por tradición. Por cariño.
En febrero alquiló un estudio, quinto piso, ventana a un patio con unos robles. Poca cosa, casi sin muebles, olía a reciente y a vidas ajenas. Lorena dejó las cajas y se quedó un rato en el centro del cuarto. Luego se asomó a mirar los robles.
En marzo llamó Laura, tono dolido y amistoso a la vez.
¿Qué tal, Lore? Por aquí… bueno, mamá sigue dolida, aunque no lo diga. Tú ya sabes cómo es.
Ya.
¿Y ahora qué vas a hacer?
Bien. Viviendo.
¿No podrías venir algún día? Por navidad, o así. Aquí no nos sale igual, sobre todo el aspic.
Lorena sonrió. Laura no la veía, pero sonrió igual.
Lo pensaré, depende.
Bueno. Es que tú sí sabes hacer aspic. Nos sale turbio.
Laura, te paso mi receta. Hay que colar el caldo bien, dos veces por gasa. Prueba.
¿En serio?
En serio. No tiene misterio. Hay que arremangarse.
Mandó la receta. Laura respondió con un emoticono de sorpresa y nunca más volvió a llamar.
Manuel recuperaba despacio, pero recuperaba. En primavera caminaba sin bastón, refunfuñaba a los médicos que ya estaba bien y exigía ir al pueblo. Los médicos: veremos. Él: pues veréis, que me voy. En mayo sus planes triunfaron y Lorena le llevó a abrir la casita. Sentados en el porche con tazas antiguas de borde azul, miraban el campo en flor.
Papá, ¿te acuerdas de los pájaros de madera?
Claro. Siempre los perdías.
Uno no. Lo tengo aquí.
Lo sé dijo él, mamá me lo ha dicho y tras una pausa: Eres valiente, Lore.
¿Por qué?
Porque sí y dejó la taza. La vida es larga. Lo importante es no gastarla en lo que no llena.
Lorena asintió. Fuera olía a campo y a algo dulce, y se respiraba una paz de esas con las que no hace falta conversación.
Ese año Lorena volvió a trabajar. Antes hacía algo de contabilidad, luego lo había dejado porque la familia es lo primero según Carmen y Alejandro nunca objetó. Ahora encontró un sitio pequeño, ambiente tranquilo, tareas claras. Al principio le costó, luego fue cogiendo ritmo. Y volvió algo que hacía muchísimo que no sentía: el día era suyo.
Los fines de semana iba a comer con los padres. A veces se quedaba a dormir. Con su madre preparaban empanadas, no para cuarenta, sino porque sí: una sola, con lo que hubiera. El padre, siempre dispuesto a dar consejos de cocina no solicitados. Su madre le respondía que a ver si cocinas tú. El pájaro de madera seguía en la mesilla, en paz.
Un día ya en pleno verano, Rubén llamó solo para charlar.
¿Cómo vas, mamá?
Fenomenal, Rubén. De verdad bien.
Oye… me alegro mucho. Ahora eres otra.
Sí dijo Lorena.
Otra mejor.
Lorena se rió.
¿Tú qué tal, cariño?
Bien. Aquí andamos, con cosas nuevas, igual me paso en agosto.
Miraba por la ventana de su piso. Los robles del patio estaban frondosos, tanto que parecía que el patio rebosaba verde hasta encima del edificio.
Ven. Te preparo cocido.
¿Normal, como el de la abuela?
Normalísimo. Receta de mamá.
No hay cocido mejor dijo Rubén. Palabra de hijo.







