A Helena le habían advertido que él era duro y áspero y que debía alejarse de él. Pero ella ideó un plan astuto.

David es un hombre de cuarenta años, soltero. Hace algunos años, todas las mujeres de Madrid le miraban con envidia. Cualquier mujer hubiese querido a un hombre como él: alto, atractivo y bastante adinerado. Pero ahora solo le queda la riqueza de aquellos tiempos. Ya no es joven, tiene entradas pronunciadas y la barriga le crece cada día más. Era plenamente consciente de ello, así que por primera vez en su vida empezó a pensar seriamente en casarse. Sin embargo, dudaba mucho de conseguir una esposa adecuada, ya que su carácter no era precisamente fácil: era borde, rígido y muy duro. Y como todos en su entorno conocían su manera de ser, las mujeres avisaban de antemano a las que comenzaban a interesarse por él, advirtiéndoles de mantenerse lejos.

David, viendo cómo estaban las cosas, se dio cuenta de que sus oportunidades eran escasas. Compartió sus temores con sus amigos y estos le dieron diversos consejos, los cuales desembocaron en su boda algunos meses después.

Al día siguiente de la boda, David decidió explicarle a su esposa sus exigencias:

Vas a vivir en mi piso y deberías considerarlo un verdadero honor le dijo. Quiero que en casa siempre reine el orden, en cada rincón y en todo momento.

¿A qué te refieres? preguntó Inés, sorprendida pero sonriente.

Te lo explicaré claramente una sola vez prosiguió David, esbozando una sonrisa forzada. Debes tener claro que podrías perder este privilegio en cualquier momento. Soy muy estricto y tienes que acostumbrarte y aceptarlo. Ah, y las toallas siempre deben estar secas y colgadas en su sitio. La limpieza es lo más importante. ¿Te ha quedado claro?

Inés asintió y siguió escuchando con atención. Fueron a la cocina y David expuso, punto por punto, todas sus normas.

Sí, cariño sonrió Inés, ¿y a qué hora llegarás a casa?

¿Para qué necesitas saber eso?

Para tener la cena preparada.

Hmm… Cuando vuelva, no lo sabrás, pero la cena debe estar lista a tiempo. Y como no me guste lo que has cocinado, sin dudarlo lo tiraré a la basura y te castigaré. Sin resentimientos.

Te he entendido, amor mío. Todo irá bien respondió Inés, regalándole otra sonrisa.

Esa sonrisa no se le fue de la cabeza en todo el día. Por la tarde, antes de volver a casa, pasó por un restaurante y cenó un cocido madrileño. Quería poner a prueba a su esposa y por eso pensó que, sin siquiera probar la comida, le diría que era una porquería y que no pensaba comerla. Así lo hizo toda la semana.

Al llegar a casa, todo estaba en silencio.

¿Hay alguien en casa? Ya he vuelto…

Sí, soy yo respondió Inés con indiferencia. Estaba viendo la tele y me quedé dormida.

¿La cena está lista?

¿La cena? Ah, sí, claro, la cena. Vamos a verla.

David ya preparaba su discurso cuando Inés, poniéndole un plato de gachas de avena, le dijo:

Venga, siéntate. Las gachas están frías, sin sal. Y si no las terminas, será solamente culpa tuya. En ese caso, yo me marcharé y no volverás a verme nunca.

Bueno, también era broma. Claro que me verás, pero acompañada de otro hombre. Por cierto, sabía que habías ido al restaurante. Me imagino lo desagradable que debe ser meterte estas gachas horribles cuando ya tienes el estómago lleno.

David quedó sorprendido. Antes de que pudiera decir algo, Inés añadió:

¿Quieres saber por qué soy tan seria y cortante contigo? Solo te diré esto: así será siempre que no tengas el valor de responderme a todo lo que te pregunte. Y ahora te aviso: te comes esto, entero. Cuanto antes empieces, antes terminas.

A Inés le habían contado sobre las peculiaridades de su marido. Pero no huyó de él.

Los hombres no nacen amables y cariñosos, se convierten bajo la férrea mano de sus esposas, solía decir ella. Y tenía razón. David se comió las gachas en cuestión de minutos, pensando: Por fin he encontrado a la mujer que necesitaba. He soñado con ella toda mi vida.

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A Helena le habían advertido que él era duro y áspero y que debía alejarse de él. Pero ella ideó un plan astuto.
El marido regresó a casa y, sin quitarse ni los zapatos ni el abrigo, exclamó nada más entrar: “Tenemos que hablar en serio” El marido volvió a casa y, nada más cruzar el umbral, sin descalzarse ni quitarse el abrigo, dijo al instante: — ¡Lina! Tenemos que hablar en serio… Y acto seguido, con los ojos muy abiertos y casi sin respirar: — ¡Me he enamorado! “Vaya, —pensó Lina—, aquí tenemos la crisis de la mediana edad en casa. Pues nada, bienvenido…”, pero sin decir ninguna palabra, clavó sus ojos en los de su marido, algo que no hacía desde hacía ya cinco o seis (¿o incluso ocho?) años. Dicen que antes de morir la vida pasa ante tus ojos, y a Lina le empezó a desfilar su historia de pareja. Se conocieron de manera tópica: por Internet. Lina se quitó tres años y el futuro marido se sumó tres centímetros a su altura y así, aunque a duras penas, consiguieron encajar en los criterios del otro y… encontrarse. Lina ya no recuerda quién escribió primero, pero sí tiene claro que el primer mensaje de su futuro marido no fue vulgar y tenía una fina ironía, lo que le entusiasmó. Habiendo llegado a los treinta y tres y con un físico promedio, evaluaba con realismo sus posibilidades en el mercado matrimonial y entendía perfectamente que, si no estaba en la última fila, sí se encontraba en la penúltima. Por eso decidió que en la primera cita usaría pendientes llamativos, se pondría las gafas de color rosa, lencería de encaje y en el bolso llevaría galletas caseras y un libro. La primera cita fue, inesperadamente, fácil (¡qué importante es la imagen!). Su romance se desarrolló rápido e intensamente. Disfrutaban juntos; así que, tras seis meses de encuentros y ante la insistencia de unos padres que ya habían perdido la esperanza de ver nietos en vida, el futuro marido se atrevió a pedirle matrimonio a Lina. Presentaron rápidamente a sus familias, acordaron celebrar una boda sencilla en el círculo más íntimo, y temiendo que alguien pudiera cambiar de opinión, eligieron la primera fecha libre para casarse. Vivían, según Lina, bien. El ambiente en casa era templado, con leves oscilaciones estacionales, sin pasiones ardientes, pero con complicidad y respeto: ¿acaso eso no es la felicidad? El marido, típico representante del género masculino, se mostró pronto tal cual era: sencillo, trabajador y atento en pantalón de andar por casa, dejando atrás al personaje de “romántico sensible con manos de oro” apenas unas semanas tras la boda. Lina, representante de la compleja rama femenina, también fue soltando su papel de “ama de casa misteriosa y sensual”, y se relajó un poco. El embarazo aceleró el proceso y, al cabo de un año, colgó definitivamente su disfraz con gusto y se enfundó una bata cómoda. El hecho de que, pese a dejar de fingir, ninguno quisiera abandonar la relación ni tuviera reproches, convenció a Lina de que había tomado la decisión correcta y afianzó su fe en su vínculo matrimonial. La rutina y la crianza de sus dos hijos seguidos, sí, agitaron el barco, pero no hubo naufragio: pasada la tormenta, retomaron juntos el rumbo, a flote en las olas familiares. Abuelos y abuelas felices ayudaban en lo que podían, ambos mejoraban profesionalmente con paso seguro, seguían viajando, dedicaban tiempo a sus hobbies y claro está, uno al otro, sin salirse de las cifras estadísticas. Llevaban casados doce años y en todo ese tiempo, el marido jamás había caído en la infidelidad ni el coqueteo. Lina no era especialmente celosa y él podría haberse permitido un desliz sin escándalo posterior. Lina se imaginó a su marido flirteando y no pudo evitar sonreír: le parecía una imagen graciosa, casi ridícula. Desde el principio él, que no era capaz de piropear del modo tradicional, cambió de táctica: se limitaba a elogiar con la mirada (¿o en ultrasonidos que Lina no captaba?), agrandando los ojos como un ciervo asustado. Con los años, Lina había perfeccionado el arte de descifrar su estado de ánimo según el tamaño de sus ojos: sorpresa salvaje, aprobación satisfecha, asombro involuntario, apuro inesperado, indignación total… Y así, imaginó a su marido lanzando piropos con esos ojos, cada vez más abiertos, a alguna ratoncita… La garganta se le secó y, un tanto nerviosa, soltó: —Bueno, ¿y cómo se llama tu ratoncita…? Los ojos de su marido casi acabaron en la frente y, buscando con manos temblorosas en su ropa, balbuceó: —¿Cómo? ¿Cómo… cómo… has adivinado que me he enamorado de una ratona? ¡Vaya tela…! Comprende que no pude evitarlo cuando la vi… solo mírala, es preciosa, suave, maravillosa… ¡se parece tanto a ti…! Entonces él sacó de debajo de la camisa una pequeña ratona gris, con orejas rosadas y traslúcidas, naricilla rosa y unos ojitos negros como abalorios. A Lina ya no le llegaban las palabras. Se emocionó contemplando a su marido, a su nueva compañera, a ambos… y fue inmensamente feliz de que él se hubiese enamorado precisamente de esa ratita que tanto se parecía a ella…