El viento de los cambios

El viento de los cambios

¡Se le ha ido la cabeza, Carlitos! ¡Tu mujer está chiflada!

¡Mamá!

¡Qué “mamá” ni qué niña muerta! ¡Si ya tenéis tres hijos! ¿Para qué queréis uno más? ¡Y encima adoptado! ¡Vete tú a saber qué genes trae! ¿Y si tiene alguna enfermedad? ¿Qué haréis entonces? ¿Vais a descuidar a los vuestros y ocuparos del crío ajeno? ¿Pero para qué os metéis en eso? ¿Por qué lo necesitáis?

Es ella.

¿Eh?

Que es una niña. Se llama Mariana.

¡Me da igual cómo se llame! ¡Te lo prohíbo, que lo sepas! ¡Jamás la aceptaré en la familia, claro?

Te he escuchado.

Carlos, con un genio de mil demonios, lanzó el móvil sobre la mesa y descargó el puño sobre la carpeta de documentos que reposaba frente a él. Menudo día para llamar a su madre, la verdad. Aunque, visto lo visto, casi mejor así, a solas, y no en el salón con todos delante. Si no, ese tsunami de enfado habría arrasado la paz, y la cara de felicidad de Lucía, su mujer, y la de los niños. No, mejor que ahora digiriera él solito la bronca de su madre y luego ya, cuando se le pasara el enfado, hablar con Lucía que eso sí era complicado: contarle que a su suegra la nueva niña le parecía como poco el anticristo.

Asomó por la puerta Marta, la secretaria, y al ver que Carlos estaba de espaldas a la puerta, pegado al ventanal, le golpeó con suavidad el marco con los nudillos:

Don Carlos, todos están reunidos. Solo faltas tú.

Carlos asintió. Tocaba entrar en faena. El proyecto era complicado, había trabajo a raudales, pero merecía la pena. Además, él adoraba su trabajo: para alguien ajeno podía parecer solo un juego más, como una partida de ajedrez. Jugaba una ficha y le gustaba adivinar cómo respondería el adversario, calculando estrategias a largo plazo. “Ojalá se pudiera hacer lo mismo en casa”, pensaba. Pero la vida familiar no tenía nada que ver con probabilidades y riesgos: ni viento de cambio, ni cálculo estadístico. Todo era un cúmulo de casualidades, cada cual más inesperada, que solían descolocarle aunque pusiera el máximo cuidado.

Todo empezó en el colegio, cuando Carlos, tras una angina eterna, volvió a clase a sus diez años y descubrió que, en su pupitre, se sentaba una flacucha larguirucha con gafas y trenzas un tanto desangeladas.

¡Eh, ese es mi sitio! Carlos nunca fue sutil, así que trató de reconquistar su territorio sin miramientos.

La chica, para sorpresa suya, recogió sus cosas y se sentó callada al fondo. La alegría le duró poco, porque la profe la hizo volver enseguida:

Venga, Carlos, ¿así se trata a una compañera? Lucía debe estar aquí delante, ¿no ves que no ve nada desde el fondo?

Carlos puso cara de acelga y masculló algo sobre “enchufadas y nuevas”. Lucía ni se inmutó, sentada a su lado, desgranó libros y libretas y puso atención a la explicación del día.

Carlos pasó la clase intentando fastidiarla. Tiró una línea divisoria con el lápiz, le empujó el codo, luego abrió tanto sus codos que ya ocupaba tres cuartas partes del pupitre. Cuando ya su codazo pasaba de la supuesta frontera, Lucía solo se arrimó más al borde y lo miró reprobatoria.

¿Y tú por qué estás callada? ¿Te vas a pasar la vida ahí, arrinconada?

En sus ojos primero apareció un deje de enfado, pero al instante se transformó en una media sonrisa y susurró:

Eres muy gracioso.

¡Pues menos mal! A Carlos le sentó como un tiro. ¿Cómo se atrevía? ¡Esto es el colmo! Vale, se acabaría el cachondeíto.

Lo que vino después no fue mejor: la rana en la mochila que Lucía sacó tranquilamente y depositó en el rincón de los animales del aula, los alfileres en la silla, que Lucía limpiaba con desdén, la pluma explotada en medio de los deberes Solo una vez la vio a punto de llorar: cuando la tarea de mates quedó irreparable. Carlos se relamió de triunfo mientras Lucía, recompuesta, reescribía la tarea en una libreta nueva.

Por más que incordiaba, Lucía solo se reía:

¿Cuándo vas a parar con los bichos? se carcajeaba ella, sacando otro bicho de la mochila. No me dan miedo, y además, ¿te costaría mucho decirme que te gusto si tanto me molestas?

Carlos se quedó sin aire. ¡¿Le gustaba Lucía a él?! ¡Por favor! ¡Pero si era una larguirucha con trenzas y gafas, y encima más alta que él! ¡Y el ego que tenía!

Luego, ya con los años, Lucía le seguía recordando entre risas:

Dicen que quien tira de las trenzas, es que está loco por ti. ¡Tú me adorabas!

¡Si no podía ni verte!

Ajá ya, claro. Eso cuéntaselo a los niños, pero que crean en el amor.

Carlos solo se “dio cuenta” de Lucía en primero de bachillerato. Estaba tan acostumbrado a ella que ya ni veía la chica leal y brillante que tenía al lado, la que siempre le echaba un cable con los deberes y le pasaba el borrador en las pruebas. Eso sí, a los demás, que ni se les ocurriera meterse con Lucía. Era su problema.

De los delgadísimos tirabuzones pasó Lucía a una melena corta la mar de estilosa, y de repente, Carlos la miró otra vez. Y se quedó sin palabras. Hubiera deseado tener la valentía de una novela romántica, pero hasta la graduación no se atrevió a confesarle nada. Lucía, que ya se olía la tostada, esperaba en silencio, con esa intuición infalible de las chicas listas.

Llegó la noche de fiesta, amaneciendo pegados a la orilla, y por fin Carlos le cogió la mano y musitó:

Te quiero

Yo también

Hasta la boda aún quedaban cuatro años llenos de apuntes, prácticas, carreras y sueños.

Primero la carrera, luego los niños decía Lucía.

¿Muchos?

Al menos dos. O mejor, seis: tres chicos, tres chicas. ¿Qué te parece?

Estás como una cabra.

Pero siempre me apoyarás, ¿verdad?

¡Siempre! Si quieres diez

Entonces tendré que montar mi negocio más rápido, que hay muchas bocas que alimentar.

Tú puedes con todo, Carlos. Confío en ti.

Aunque Lucía no dejó todo al azar: eligió bien su camino y acabó siendo una contable de primera.

Mi madre tenía razón al enseñarme a contar monedas decía, desgranando cuentas en el ábaco veloz como el rayo.

¿Pero para qué ese armatoste? ¡Con la de calculadoras que hay! Carlos la observaba fascinado.

Las teclas son lentas. Así es más ágil.

Carlos miraba asombrado cómo Lucía cuadraba balances; siempre clavados incluso sin calculadora. El ábaco seguía de adorno en su mesa.

Acepta que soy tradicional.

Carlos aceptaba lo que fuera. Con Lucía a su lado se sentía un vikingo de leyenda, capaz de todo. Porque ella le insuflaba confianza, tanta que él mismo acabó construyendo poco a poco, entre traspiés y algún que otro batacazo, su empresa de construcción. Y no hacían casas cualquiera, sino hogares. Todo marchaba viento en popa y, al fin, tras la boda, Lucía se atrevió a cumplir su sueño:

Puedo trabajar desde casa y clientes no me faltan. ¿Crees que es el momento, Carlos?

Tuvieron primero un hijo, luego la cosa se complicó, tratamientos médicos, hasta que llegaron la niña del medio y después la benjamina con sus ojazos azules y rizos oscuros. Lucía se rebeló a cortárselos, ni ella ni nadie. Ni siquiera la suegra, Carmen, que venía desde Marbella:

Toda la vida cortando el pelo al año y tú, a ninguno de los críos. ¿Por qué?

No soy supersticiosa. Lucía sonreía mientras ajustaba la coleta de la niña.

¡Eso no está bien! Es sabiduría ancestral.

Yo prefiero la sabiduría sin supersticiones, sobre todo con los niños.

La suegra salía refunfuñando y observaba el caos de la casa. Juguetes por todas partes, la cocina hecha una leonera porque Miguel, el mayor, había intentado un postre de chef, Lucía y Sonia hacían croquetas repartiendo harina, el gato convertía cualquier superficie en pista de aterrizaje, y la benjamina, Martina, dormía a pierna suelta en la cuna.

Carmen alucinaba viendo semejante cuadro. No entendía que Lucía, cuando le regañaba por los juguetes tirados, respondiera:

Ya lo recogerán, cuando se cansen de jugar.

Y para más inri, cuando alguno derramaba la salsa sobre el mantel, Lucía simplemente le sentaba a su lado:

No pasa nada, ¡inténtalo otra vez conmigo! Así se aprende.

Lo que más le sacaba de quicio a Carmen era que nadie le hacía caso, ni para bien ni para mal, y encima los suyos se reían a carcajada limpia mientras su hija (que no es por nada, era muy suya) no le ponía cortapisas a nada.

Cada vez que Carmen intentaba reprender a los niños, Miguel recogía sus coches con cara de solemnidad:

Venga, Sonia, recoge tú también y luego hacemos copos de papel para Navidad.

Lucía huía a darle la merienda a la pequeña, sabiendo que esa frase significaba sacar el aspirador para limpiar un Everest de papelitos, aunque el resultado era precioso y llenaba de ambiente navideño el salón. Cuando Carlos volvía, sonreía mirando las obras de arte infantiles.

¡Qué bonito! ¿Sacamos el árbol ya?

¿En noviembre? Espera un poco, hombre reía Lucía.

¡Compramos otro!

La suegra aguantaba solo una semana en la casa “del caos”, para luego huir de vuelta a Marbella y dar la murga por teléfono:

¡Lucía ha colgado!

¿Seguro, mamá?

¡Que sí! Me ha dicho que tenía la leche hirviendo. Y la niña llorando, pero yo no oía a nadie llorar, ¿eh? Nada, que me ignoran.

Mamá, de verdad, relájate

Carlos colgaba resignado y por la tarde disfrutaba el calor hogareño, con los padres de Lucía siempre al pie del cañón, ayudando con los nietos, encantados con la vida. Aquello, al principio, le chocaba; pero acabó por entender que era lo mejor.

La suegra, Teresa, le ponía frente al arroz con leche de su receta o un cocido para chuparse los dedos, y preguntaba:

¿Todo bien, Carlos?

Además, una vez al mes le metía un repaso a las cuentas de la empresa que ya lo quisiera él para las inspecciones de Hacienda.

Luego, el suegro Vicente aparecía con el tablero y, tras un par de partidas, sentenciaba:

¡Mujer, a casa. Ya vale por hoy!

Carlos les ofreció vivir con ellos tras nacer la segunda niña.

Aquí cabe todo el mundo.

Pero Teresa y Vicente se negaron rotundamente:

Tu casa es tuya. Nosotros ayudamos, pero cada uno en su sitio. Es bueno que los hijos tengan su hogar.

Carlos arrastraba la inercia de infancia de límites y respeto casi tabú al adulto. Pero de pronto, en esa casa, se encontró aceptado, relajado, auténtico. Empezó a dar igual si decía tonterías o no. Lo importante era simplemente estar.

Con Lucía, la vida se volvió una montaña rusa, y por eso ni se sorprendió cuando, año y pico después de Martina, Lucía entró como una exhalación en su despacho, con la niña en brazos y un folio en la mano.

¡Mira esto!

Carlos, desconcertado, pensó lo peor, menos mal que Lucía parecía entusiasmada. En la revista había una foto de una niña idéntica a Martina, solo con el pelo corto y el mismo azul intenso en los ojos. Pero esa carita estaba llena de miedo y desconcierto. Carlos apartó la mirada, incómodo.

Parece magia ¿Cómo es posible? preguntó.

Ni idea. Si fueran gemelas pero Martina es seis meses menor. Lucía se dejó caer en el banquito.

Parece más pequeña, la otra.

Es que en la casa de menores todos están así, Carlos. No hay abuelas que le hagan potaje ni bizcochos. ¿Y ahora, qué? ¿Nos lanzamos? A esa niña le hace falta una familia. Y deprisa.

Y Lucía se fue a recoger a los niños al cole y a la piscina.

Carlos se quedó meditando. Recordó sus noches de niño, preguntándose por qué había nacido en su familia y no en la vecina, donde el padre era un desastre y la madre ponía la voz en el cielo por cualquier cosa. Ahora él tenía la opción de cambiarle el destino a esa niña. ¿Por qué no hacerlo? Ya se veía viniendo el “viento de los cambios” otra vez.

Sí, decidieron seguir adelante, no a la ligera. El curso de padres adoptivos fue para nota. Casi nada. Había que pensarlo bien, porque aquello no era un retoque decorativo; era comprometerse para siempre. Lucía pisaba el freno en caliente y buscaba la opinión de Carlos, con la responsabilidad de que allí la vida de una peque estaba en juego.

Tuvo suerte: Mariana tenía buena salud, dentro de lo que cabe. Lucía, que no solía dudar, se sintió aliviada y también un poco culpable por hacerle caso a los comentarios de Carmen sobre la salud o los celos de los suyos. Carlos suavizó la conversación con su madre como pudo, pero lo dejó claro:

Vamos a hacerlo, Lucía, con los ojos abiertos y el corazón. Podemos con ello.

¿Y si tu madre nunca acepta a Mariana? preguntaba Lucía. No pienso permitir distinciones. Eso lo tengo clarísimo, Carlos. Aquí o son todos nietos, o ninguno.

Si mi madre no traga, lo sentirá, pero no pondrá un pie en casa, te lo prometo.

Lucía noctámbula comprobaba a sus niñas dormidas, las dos abrazadas, revueltas entre sí. Martina, la pequeña, se acostumbró a su hermana Mariana en cuestión de días, tanto que la metió una noche en su cama y de ahí no había nadie que las separase. Ni Lucía podría, ni aunque quisiera.

Al cabo de medio año, Carmen apareció de visita. Saludó efusivamente a los niños “suyos” y no reparó apenas en Mariana, que, siguiendo ese instinto aprendido en su anterior vida, se escondió hasta que Lucía la localizó, pálida de susto.

¿Qué te pasa, cielo?

Mariana no soltó a Lucía, hasta que la abuela Teresa intervino:

¡Ven, guapa! ¿Comes sopa conmigo? ¡Anda, coge la cuchara!

¿En la misma fuente? frunció el ceño Carmen.

¿Y por qué no? ¡A ver quién come más!

Los niños reían y Carmen negaba con la cabeza, cada vez más refunfuñando.

Tras la comida, mientras fregaban, Carmen preguntó:

Oye, ¿tú apoyas este disparate, Teresa?

¿Adoptar? Sí. Como madre, me preocupé, claro. Pero ellos son adultos y han elegido. Los trajimos al mundo para que decidan su camino, para confiar en que harían lo correcto con su vida. ¿Qué gano yo poniéndome de barrera? Acabaría arrimada al margen, porque no se puede renunciar a una madre, pero tampoco vivir en guerra. Si nuestros hijos y me incluyo a ti, Carmen eligen dar familia a alguien que nunca la tuvo, ¿no será porque los hemos educado bien? Que tengan corazón y cabeza El tiempo es corto, Carmen, y volando se nos pasa. ¿Para qué perderlo en enfados? ¿Por demostrar que tú tienes razón? Tal vez aparezcan problemas. Puede que se arrepientan, pero será SU decisión, no la nuestra. Lo nuestro es apoyar y estar. Y ser madres, para lo que sea.

Esa noche siguieron hablando y cuando Lucía, con los niños ya cansados, irrumpió en la cocina, se topó con la escena de Carmen dándole la misma chuchería a Mariana que a Martina, y le lanzó a Teresa una mirada de agradecimiento.

Meses después, en la playa de Marbella, una mujer menuda, elegante, con pamela y gafas de sol, paseaba por la orilla con dos niñas tan parecidas que todo el mundo las tomaba por gemelas. De pronto, señalando mar adentro, exclamó:

¡Mirad, mirad! ¡Delfines! ¡Mira, Mariana!

Las niñas se quedaron embobadas mirando cómo los delfines saltaban cerca de la orilla, pasando tan cerca que Teresa tuvo que agarrar bien a Mariana, que se asustó de emoción.

Tranquila, cariño. Abuela está contigo.

Y mientras Martina se lanzaba a pegar brincos cerca del agua, Carmen sonreía y pensaba que, por fin, se sentía orgullosa de pasear del brazo de dos nietas tan bonitas ¡A ver quién tiene más guapas en toda Andalucía!

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