Fui a casa de mi nuera, cociné, limpié todo a fondo, y aún así ella no estaba satisfecha.

Mi hijo y su joven esposa viven en un piso de alquiler no muy lejos de casa. Le pedí a mi hijo una copia de la llave de su piso, por si acaso. Si ocurre algo, prefiero tenerla en mi poder y quizá me sea útil alguna vez. Ahora estoy de vacaciones y los jóvenes trabajan, así que aprovecho para ir allí cuando ellos se marchan a la oficina.

Les preparo cocido madrileño y carrilleras, croquetas caseras… Al fin y al cabo, a mi hijo le encantan esos platos sencillos, pero sabrosos y reconfortantes. Y cuando la comida está lista, empiezo a limpiar la casa. Mi nuera, Lucía, no es precisamente una apasionada del orden.

Sus cosas están tiradas por el salón, los platos sucios se acumulan en el fregadero. Pienso que será una buena ocasión para enseñarle cómo llevar la casa como es debido. Así que cuando ellos llegan, todo está recogido y limpio, la comida caliente sobre la mesa, mi hijo disfruta comiendo, vive y sé feliz. Pero no. Mi nuera siempre está descontenta. Casi nunca prueba mis guisos; dice que llevan demasiado aceite y que no son nada saludables. Prefiere comer gachas de avena y ensaladas con todo tipo de hojas y especias.

Y encima intenta que me vaya a casa lo antes posible.

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Fui a casa de mi nuera, cociné, limpié todo a fondo, y aún así ella no estaba satisfecha.
Lo que se ve desde la ventana de la cocina