Este verano fui a una clínica de ayuno terapéutico para depurar mi organismo. Un día, mientras tomaba el sol, observé que cerca de mí, en una tumbona, descansaba una chica de impresionante belleza y porte de modelo.

En un verano extraño decidí irme a una clínica de ayuno terapéutico en las afueras de Salamanca; decían que allí el cuerpo y el alma se purificaban, quizá también los sueños. Un día, tumbada bajo el sol que parecía derretir el tiempo, me encontré junto a una mujer de belleza imposible, una modelo en su propio cuento. Se llamaba Jimena. Conversamos flotando en una especie de realidad líquida sobre las causas de nuestro ayuno.

Solo me faltan cuatrocientos gramos por perder confesó con la gravedad de un secreto prohibido.

Me reí, pensé que era broma, un chiste castellano. No lo era.

Llevo un año viviendo así, gorda dijo arrugando la piel de su vientre con un gesto triste. Mi novio me ha advertido que me deja si no adelgazo Mira, ¿ves? Ni sentarme puedo sin sentir vergüenza

La imagen de ella, Jimena cuatrocientos gramos, se quedó colgada en mi mente como una sábana blanca ondeando en el viento seco de Castilla. A los ojos de su novio, quizá los que no quepamos en el modelo de la nueva Toledo deberíamos ser arrojados de la muralla, como en una Esparta ideal donde solo los flacos sobreviven, y los dulces bollitos no tienen hueco en el mostrador.

Esa misma semana soñé con una fiesta extraña, en un restaurante elegante de Madrid. No conocía a nadie y todo tenía una luz reconocible y distorsionada a la vez. Una mujer impecable, con piernas cruzadas de anuncio y medias que brillaban como el Guadalquivir al atardecer, acaparaba las miradas de los hombres sólo con beber agua de una copa de vino. Y entonces apareció su marido: saludó a todos los hombres con firmeza y a ella le escupió:

Tápate ya, que se te ven las piernas, ¡como jamones colgados!

Ella, toda dignidad y brillo de media, se encogió como un gorrión junto a una chimenea encendida, pidiéndole al camarero una mantita y pasando el resto de la noche envuelta en silencio y vergüenza.

Quise buscar secretos de felicidad y éxito en las vidas de los grandes de nuestra tierra, Cervantes, Unamuno y Lorca. Pero los datos se retorcían como gatos sobre tejados viejos: genios hechos de barro, errores y genialidad juntos. Me detuve en Tolstói, cuya Anna Karénina es mi amor platónico literario y sí, ya sé que no es nuestro, pero soñar es mezclar historias. Su vida era un jardín poblado de sombras negras: tras el nacimiento del quinto hijo, su esposa Sofía, exhausta y rota por los partos, escuchó de él un ¿y entonces, para qué me sirve? porque ya no podía darle más hijos. Sofía, la madre de trece.

En Instagram todo es otro sueño, con muñecas-barbie españolas tomando el sol en Marbella, bronceándose y engordando la belleza como un oficio. El culto al cuerpo perfecto: esculpir la imagen ideal, entre gimnasios, pestañas y labios inflados. Las mujeres trabajan para encajar en esta vitrina, creyendo que la recompensa de ser amada por un hombre se mide en centímetros y curvas. Los hombres, perdidos, dudan frente a un escaparate de muñecas idénticas, sin ver el alma.

Un día, en el mercado de flores de la Plaza Mayor, mi marido elegía herramientas para la finca mientras yo me perdía entre estatuillas de jardín: enanos con gorros rojos como setas, farolillos, regaderas y zorros. Dos hombres discutían sobre cuál duende era el más guapo; uno bromeó:

Decide ya, que ayer elegías prostitutas con la misma seriedad.

Me reí tanto que me desperté.

Jimena cuatrocientos gramos, Lucía Tapa los Jamones, Sofía trece hijos ¿Cómo hemos aprendido a no querernos, a tratarnos como mercancía estropeada? ¿En qué momento confundimos amor con la etiqueta de perfecto?

Tengo cien pruebas de que la belleza del alma no se mide ni en kilos ni en arrugas. Recuerdo una amiga que enamoró a su marido en el hospital de La Paz, en bata y con una bolsa de orina asomando por debajo del camisón: allí el amor no tenía espejo.

¿Y Frida Kahlo? Su ceja unía continentes, pero fue la diosa del deseo de los más brillantes de su época.

Hace años, a mí me sacaron una muela del juicio en un desastre quirúrgico: encías partidas, infección, fiebre, cara como un pan de pueblo. Mi marido, sin asustarse, me alimentaba con yogur mientras yo lloraba de lo espantosa que me veía. Me susurró:

Eres la más guapa del universo, ¿me oyes? Incluso ahora. ¿Te casarías conmigo otra vez?

Luego vino la cena, el anillo, los aplausos en un restaurante de Segovia y el sí, quiero, pero lo que me marcó fue aquella declaración primera, cuando la belleza era imposible. Porque el amor y la belleza, soñados así, viven en la imperfección.

Nuestras rarezas, nuestras curvas, nuestras manchas bajo la luna son lo que nos salva de la repetición: por eso nos aman y les amamos. Si es que la perfección existe, cada cual la inventa en sus sueñecitos de siesta.

Una vez decidí ponerme ortodoncia los dientes torcidos como las calles de Toledo y mi marido me apoyó diciendo:

Adoro tu sonrisa; ponte los hierros solo si tú lo quieres, pero para mí eres perfecta así.

Tras el nacimiento de mi hijo, con ciento dieciocho kilos y espachurrada en el sofá, él seguía regalándome elogios.

¿Por qué no me dijiste nunca que adelgazara? le pregunté viendo viejas fotos.

Si eras mi bollito favorito. Si quieres, lo harás, pero yo te quiero así.

Cinco veranos atrás, un brote de psoriasis pintó mi piel de rojo y me negué a desnudarme en la playa gallega; él, viendo mi silencio, solo preguntó:

¿Qué pasa?

El amor observado de cerca no ve manchas, ve la persona entera.

No es propaganda de maridos, sino el retrato de una relación. Si un hombre solo te ama cuando encajas en su canon, no es amor, es afán de poder. Si eres una manzana hermosa y sólo ve el gusano, no busca fruta, busca control.

El instinto del macho quiere dominar, pero el verdadero respeto no nace del miedo sino del asombro y la admiración mutua. La entrega no se debe a la costumbre, sino a la elección de seguir al que inspira, al fuerte, al generoso y tierno.

Ser llevada de la mano hasta el borde de Castilla, porque ese hombre ha merecido tu confianza, y tú has decidido seguirle.

Que el derecho a dar ese paseo juntos, en esta realidad soñada y torpe, haya que ganárselo: eso sí es amor.

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Este verano fui a una clínica de ayuno terapéutico para depurar mi organismo. Un día, mientras tomaba el sol, observé que cerca de mí, en una tumbona, descansaba una chica de impresionante belleza y porte de modelo.
Era una de esas mañanas tranquilas en las que el mundo parece detenido, cubierto por un manto de nie…