Amor según las circunstancias

Amor según las circunstancias

Y recuerda, Loreto, nadie te va a querer nunca como una madre, ¿me oyes? A nadie le importas, niña. ¡Solo a mí! Yo te traje a este mundo, yo te crié y te saqué adelante le soltó Gloria, apretando la tela del nuevo vestido de su hija con un gesto firme.

¿Y Pablo, mamá? preguntó Loreto, girándose ante el espejo y bajándose un poco la falda.

¿Pablo? Lo que te digo, hija, un hombre cualquiera. Ahora anda tras de ti como perrito, no te deja ni a sol ni a sombra y te hace la vida fácil. Pero ¿y luego? Cuando tengas niños y vengan marrones de verdad, ¿crees que seguirá mirándote igual? Pues no. El encanto se va, hija, ¡créeme!

Gloria ajustó el cinto del vestido de su hija, se alejó y la miró orgullosa. ¡Qué guapa había salido su hija! Sabía Gloria que, aunque fue criticada por haber elegido al apuesto Santiago antes que a Modesto el loco enamorado del barrio, pero poca cosa, había hecho bien. Con Santiago hubo emoción, juventud, belleza, y claro, fiestas. Lo malo vino después, el vino y los reproches. Pero Gloria no aguantó: en cuanto las cosas fueron insostenibles, se separó. Nada de dramas, ¡madre soltera y ya está! Ahora eso es de lo más normal. Y mira, su Loreto es un primor: delgada, con ojos chispeantes y una trenza gruesa, de esas que llaman la atención. No por nada Gloria la mimaba ¡hasta cuando la lavaba el pelo con infusiones de tomillo y romero! Loreto protestaba, quería cortárselo, pero Gloria no cedía. Sabía que, con el tiempo, la niña lo agradecería.

Y acertó. Fue precisamente la trenza lo que atrajo a Pablo. Aquel día en la universidad, Pablo se acercó como hipnotizado. Luego Loreto se reía al contárselo a su madre:

¿Sabes que ni me preguntó el nombre? Se plantó delante y pidió permiso para tocarme la trenza. ¿Tú crees que está bien de la cabeza?

Pues sí que estaba bien, sí. Y encima venía de buena familia, acomodados, y hasta tenía piso propio.

Gloria y Loreto vivían en un humilde piso de Madrid, demasiado pequeño para dos. Comprar uno nuevo era un imposible. Ya bastante sudores le costó a Gloria vestir a su hija como una señorita y pagarle bachillerato. Loreto era lista, nada que decir, pero aun así tuvo que emplear lo que tenía y lo que no en clases particulares. Al menos dio resultado: Loreto entró en la universidad y ahora, mira tú, a punto de casarse. Gloria temía el cambio, pero era lo que tocaba. La chica ya pasaba de los veinte: era la hora de pensarlo en serio. Y además, Pablo era buen chico, aunque como madre y futura suegra a Gloria le salía la queja por costumbre.

El timbre sonó haciendo que Loreto diera un respingo. La miró a su madre con miedo en los ojos.

Ya vienen

¿Y qué problema hay? Si ya os conocéis. ¿De qué tienes miedo ahora?

Mamá, no lo entiendes. Esto es diferente

Loreto sentía un nudo en el estómago. Una cosa es merendar con los padres de Pablo, otra muy distinta cuando vienen a pedir tu mano. La madre de Pablo imponía: llevaba años con mando en plaza en una empresa y crió al hijo sola. Se le veía cierta dureza, pero también respeto. Quien desarmaba con cariño era la abuela Mercedes, siempre sonriente y dulce. A ella sí la podía llamar “mi Loreto”. Con ella, seguro sería más fácil entenderse.

Llegaron con flores, bombones y una tarta Saludos, reverencias. Se sentaron todos. Y empezó el ritual.

Loreto lanzaba miradas cómplices a Pablo y soñaba con escapar. Aquello parecía un mercado de Salamanca. De verdad que tiene razón el dicho: Vosotros tenéis la mercancía, nosotros el cliente. La repasaban como si valoraran, sin remilgos, antecedentes hasta el último primo de León. La que llevaba la voz cantante era la madre; Mercedes solo asentía, pero aun así se notaba el escrutinio.

Loreto no pudo evitar reírse en silencio, tapándose la boca y tosiendo después para disimular. Todo esto le recordaba los cortejos de reinas en las crónicas antiguas, menos mal que no la llevaban a pasar la noche a una casa de baños. Todo se revisaba: salud, manías, costumbres…

Mercedes, ¿y cómo es que criaste tú sola a Pablo?

La pregunta traía intenciones. Gloria siempre sabía tirar de la lengua.

Sobre el padre de Pablo, Loreto sólo sabía que fue ingeniero y trabajó en proyectos de alta velocidad. Poco más, nunca se animó a preguntar. Quizá era hora.

El padre de Pablo murió cuando él tenía siete años. Un accidente respondió Mercedes, baja la mirada, sin soltar la taza de té.

En ese momento, la atmósfera se viene abajo. Gloria, atenta, cambió rápido de tema. Había tiempo de indagar en ese pasado, ahora tocaba mirar adelante.

La boda fue como quisieron: sencilla, sin pretensiones. Firmaron los papeles y celebraron con los más queridos en un restaurante. Loreto, con los tacones fuera bajo la mesa, apoyó la cabeza en el hombro de Pablo y se dejó llevar por el sueño de que mañana, por fin, vería el mar.

Nunca salió de Madrid con su madre. Vacaciones, ¿para qué? Teniendo la antigua casa de campo en la sierra de Segovia que le dieron a Gloria en la fábrica. Allí plantó rosas, grosellas y fresas, dejó dos manzanos para sombra y colgó una hamaca:

Aquí nos relajamos, hija. La ciudad ya me ha dado bastante guerra. Quiero que disfrutes la vida, Loreto, mientras puedas.

Loreto se escapaba al lago con los chicos del pueblo, se quedaba hasta tarde junto al fuego, quemando los dedos en patatas asadas, cantando rancheras con una guitarra vieja que los hermanos Martín siempre trajinaban. Vivía, como quería su madre.

Sin embargo, de vez en cuando, escuchaba a las compañeras del colegio hablar de playas azules, de montes altos, todo a solo unas horas en tren. Y Loreto soñaba. Sabía que su madre jamás la mandaría a un campamento; tampoco tenía intención de irse a la playa. Si preguntaba, la respuesta era simple:

¿De dónde saco yo euros para esos caprichos tuyos?

A Loreto le dolía oírlo. Empezó a trabajar joven, orgullosa de enseñar lo que ganaba:

¡Eso es, hija! Aprende a ser independiente. Una mujer no debe depender de nadie. Así serás dueña de tu vida y nadie te hará daño.

¿Pero qué significa exactamente eso, mamá?

Ya lo verás cuando crezcas cortaba Gloria, moviendo la cabeza y no dando pie a más.

Loreto aprendió a guardar sus sueños en un imaginario cofre viejo de madera. Un día, se decía, los sacaría cuando llegara el momento.

Por fin el momento llegó: gracias a Pablo, vería el ansiado mar.

Aquellas dos semanas junto al Mediterráneo fueron una revelación. Se bañaba horas en el agua tibia o se sentaba en la arena, mirando el horizonte sin cansarse nunca. Pablo, acostumbrado de pequeño al mar, la miraba divertido pero se sentaba con ella y preguntaba:

¿Y qué más sueñas tú, Loreto?

De su mayor sueño el auténtico le habló meses después, colorada como un tomate. Pablo, sorprendido y feliz, solo acertó a preguntar:

¿Niño o niña?

¡No sé, tonto! El ginecólogo dijo que aún no se ve.

La noticia del nieto fue recibida en familia con entusiasmo desigual. Gloria armó una fiesta, abrazando a su hija y yerno, exigiendo que el niño llevara el nombre del abuelo. Mercedes besó a Loreto con cariño y enseguida la mandó a una amiga suya, ginecóloga en el Gregorio Marañón:

Te arreglo con Inés, que es una fenómena. Nadie mejor para cuidar de ti y del bebé.

Loreto, recordando los sermones de su madre sobre las suegras, intentó protestar tímidamente:

Pero yo ya tengo médico y me va bien.

No es lo mismo, hija. Es importante que alguien de confianza te siga el embarazo entero. Y ese hospital tiene todo lo que puedas necesitar.

¿Es que espera usted complicaciones? ¿Cree que el bebé nacerá enfermo?

¡No, hombre, no! Pero siempre es mejor estar cubierta, por si acaso. Ya eres mayorcita para decidir.

Loreto acabó por aceptar la sensata propuesta de Mercedes.

¡Ay, hija! ¡Qué ingenua eres! refunfuñaba Gloria, revolviendo el té en casa de su hija.

Mamá, por favor, la cabeza me va a estallar. Loreto, lívida, mordisqueaba un pico de pan, rehuía la tarta con mantequilla que había traído su madre, pensando en tirarla en cuanto Gloria saliera por la puerta.

¿Qué te va a doler, persona? ¡Si estás en la mejor edad! Yo de joven era como un toro. Pero vosotras tanto quejaros, reclama y reclama. ¡Menuda generación! A ver si un día aprendes. ¿Por qué aceptaste la propuesta de tu suegra? Ahora sabrá todos tus problemas de salud. ¡Cuanto menos sepa, mejor! Así siempre dormirá tranquila y tú también.

Loreto callaba. Era su madre, al fin y al cabo. Sabía mucho de la vida. Pero ya era tarde, y además Inés, la doctora, le caía bien. Era una mujer robusta, siempre alegre, que al tocar su tripa hablaba con la futura madre y el bebé a la vez:

Hola, mis tesoros, ¿todo bien? Chiquitina, a seguir creciendo fuerte, ¿eh? Vamos a escuchar ese corazón ¡Así me gusta! A tu madre le hace falta cuidarse. El pulso, Loreto, no me gusta y los análisis, tampoco. Pero nada que no podamos arreglar. Llámame cuando quieras; ¡aunque solo sea porque me eches de menos! Si te notas rara, ¡ni te lo pienses!

Denis nació a término, pero con dificultades. Tuvo que ser cesárea y Loreto, al volver en sí, solo acertó a preguntar, haciéndole reír a la enfermera y todas las compañeras:

¿Tiene todos los deditos?

De vuelta en casa, cuando por fin se fueron los familiares, Loreto solo ansiaba una ducha, pero Denis no la dejó ni abrir el grifo: primero el balbuceo, luego llanto desgarrador. A Loreto le dio la risa:

¡Vaya, qué pulmones tienes!

Pronto la frase cambiaría de tono. Denis lloraba a todas horas, dormía poco y solo se calmaba si Loreto lo paseaba por el Retiro.

A Pablo le ascendieron y estaban las ausencias:

¿Por qué no llamas a tu madre? Puede ayudarte.

Era lógico, pero Loreto no quería contarle que ya se lo había pedido inútilmente.

¡Eso son tonterías! Yo te crié sola, sin abuelas ni niñeras. ¡Y aquí estamos! No puedes tú con uno solo, mujer joven y sana ¡No te reconozco! Estás hecha un desastre. ¿Cuándo fregaste el suelo por última vez? ¿Y el polvo? ¡Qué desastre! Yo ya cumplí de sobras con lo mío. Además, me falta tiempo; tengo que preparar la casa de la sierra. Cuando Denis ande, me lo traes y lo tengo corriendo por el campo.

Aún falta mucho, mamá. Es que estoy agotada, de verdad. Me duermo soñando que duermo, ¿entiendes? Solo te pido un par de horitas, por favor

¡No te da vergüenza! Trabajo yo y tú no puedes con un niño. ¿Y tu marido? ¿Dónde está? ¿No ayuda?

Está trabajando. Es un puesto importante, se juega el futuro, madre. Hay que dejarle espacio, tú lo sabes.

¡Pero no olvides la familia, tampoco! ¡Es su hijo! Y tú también podrías exigir ayuda. Así te eduqué, ¿no? Hay que pensar las cosas antes de lanzarse a tener criaturas.

Pero si tú decías que querías nietos mientras fueras joven y fuerte

¡Claro! Y no me arrepiento. Pero esto de cuidar bebés sólo cuando crecen, hija. Ya tuve bastante con tus anginas y tus problemas de tripa. Ahora te toca a ti.

Ya entiendo dijo Loreto, marchando a atender a su hijo.

¡Ni se te ocurra llamar a Mercedes! Luego no hay quien la saque de aquí y, encima, te sentirás peor. ¡Te lo digo para que no te arrepientas!

¿Por qué tendría que arrepentirme?

¡Porque si viene empezará a decir que eres una mala madre! Que no puedes con un hijo. Así son las suegras.

Una y otra vez, las palabras de Gloria martilleaban su mente mientras Loreto cogía el móvil queriendo rendirse y pedir ayuda.

Denis iba a peor; Loreto consultó médicos, pero decían que el niño estaba sanísimo. Desesperada, Loreto llamó a Inés.

Pero, Loreto ¿Y tú cómo estás?

Mal

Ahí tienes la respuesta, mujer. Los niños sienten todo, y si tú no puedes más, él tampoco. ¡Tienes que descansar! Acuéstate cuando él duerma.

No puedo.

¿Por qué no?

Porque si no, ¿quién hace la comida? ¿Y el trabajo? Sigo trabajando desde casa, no me puedo permitir perder el puesto

¡Así no puedes seguir! Si no paras, acabarás deprimida, y eso no lo merece ni tu hijo ni tú. No eres una máquina, Loreto.

Al final, Loreto decidió escuchar a Inés. Pero justo entonces empezaron las obras del vecino y el ruido era insoportable. Loreto y Denis tenían que huir a la calle para poder dormir unas horas.

Y un día, todo cambió. Un día lluvioso, gris, con el cielo encapotado, Loreto apenas logró salir a la calle mientras Denis berreaba por el ruido del taladro. Se puso el chubasquero al niño, se cubrió y anduvo con resignación bajo el agua, buscando un poco de paz en el parque. El bar que solía servirle croissants calientes estaba cerrado.

¿Qué más puede salir mal?

Con las manos heladas, paseó un rato más, hasta que decidió volver a casa. Para su sorpresa, el piso estaba silencioso. Acostó a Denis, adelantó faena en la cocina y se sentó un rato a teletrabajar.

El descanso apenas duró una hora. Pronto el taladro volvió, pero Loreto apuró el informe y cerró el ordenador justo antes de que empezaran otra vez los ruidos infernales.

Entre médicos, la casa y el niño, el día voló. Al final, Loreto llenó la bañerita y, arrodillada, se entretuvo viendo cómo Denis chapoteaba riendo.

¿Tienes frío? Vamos, déjame probar el agua

Pero lo siguiente que recordó fue la negrura, el mareo y el desplome.

Despertó a golpe de palmadas.

¡Loreto, niña, espabila! ¡Por favor, dónde está la ambulancia ya!

Mercedes, con las manos aún mojadas, la azotaba con nerviosismo mientras Denis lloraba a viva voz.

¡Menos mal! Aguanta un poco, cariño, la ambulancia ya llega.

¿Ambulancia? ¿Pero qué? ¡Denis!

Tranquila, está bien. Mercedes la inmovilizó y la obligó a recostarse. ¿Le oyes? No para de gritar, no te preocupes

Loreto cerró los ojos, aferrándose al cubrecama.

He estado a punto de matar a mi hijo

Sí respondió Mercedes, tranquila. Loreto se estremeció.

No me grite, por favor

¿Y por qué iba a gritarte?

Mi madre lo haría

Yo no soy tu madre. Mercedes contuvo las lágrimas. Y sí, me dan ganas de gritar pero por otro motivo.

¿Por cuál?

Porque no me dijiste que estabas así, porque no aceptaste mi ayuda. ¿Por miedo a la suegra mala?

Loreto asintió en silencio.

Lo entiendo. Pero ese es mi error.

¿Por qué suyo?

Tendría que haberte contado mi historia antes; así no habría pasado esto.

¿Me la cuentas ahora?

Claro, pero primero voy a buscar a Denis. Estará más tranquila así.

Mercedes le trajo al niño. Viendo a Loreto acurrucar a su hijo, preguntó:

¿Mejor?

Sí. ¿Qué ha pasado? No recuerdo nada.

Te desmayaste en el baño.

¿Pero cómo entró usted?

Tengo llave. ¿No lo sabías? Pero nunca vine sin avisar. Siempre he respetado el espacio de Pablo; quizá porque a mí nunca me respetaron el mío. Fui educada a la vieja usanza: mi madre y mi suegra, una crítica constante. Por eso, nunca entré a la fuerza.

Pero hoy sí lo hizo

Llamé mil veces y no abrías. El niño lloraba. Me asusté y entré.

¿Pudo ahogarse?

No creo. La bañera tiene su soporte, y Denis estaba bien, berreando como león. ¡Qué voz, niña!

Vaya que sí

Me has dado un susto. Tardé en reanimarte. Hasta con amoníaco Nada. Como un trapo. Loreto, así no puedes seguir. No estás sola en el mundo. ¿Por qué me rechazabas? ¿Por miedo a la suegra monstruo?

Tenía miedo, sí.

Yo también lo tenía, cuando fui madre. Mi suegra me odiaba sin razón. Ni sé por qué. Venía a casa sin avisar, me hacía sentir un cero a la izquierda. Fue mi vecina, Carmen, quien me salvó. Ella fue la verdadera abuela de Pablo; lo cuidaba cuando yo no podía, lo quería con locura. Pablo la llama abuela y yo, más que a mi propia madre. Fue amor por circunstancias. Carmen me enseñó que criticar es fácil, apoyar cuesta. A veces solo hace falta una palabra buena para darte fuerza.

Mercedes se levantó, miró por la ventana y asintió.

Ya está la ambulancia. Ahora vas a hacer exactamente lo que te manden. Si dicen hospital, te vas.

¡No! ¡Y Denis?

A Denis lo cuida su abuela, que para eso está aquí. Tu madre es maravillosa, pero su abuela tampoco está mal. Si me dejas, te lo demostraré.

No la ingresaron: un bajón de tensión, resultado de agotamiento. Inés fue esa tarde, le llenó dos hojas de recetas y advirtió:

Como no te cuides, te las verás conmigo.

Al volver Pablo de viaje y ver a su madre con Denis en brazos, preguntó en voz baja:

¿Qué ha pasado aquí? Si tú no querías ayuda

Fui una insensata.

Seis años más tarde, todo la familia se reúne en la vieja casa de la sierra. Lavando la carita sucia de fresas de su hija menor, Loreto regaña divertida a su hijo:

¡Denis, la cola del gato no es un cascabel! Ve con las abuelas, que van a llevaros al lago.

¿Y tú?

Yo me tumbaré en la hamaca a leer y, si nadie brinca sobre mi cabeza ni me pide la luna, podré soñar un rato, ¿te parece?

¡Hecho! Denis corrió escaleras abajo. ¡Abuelaaaas! ¡Venid! ¡No quiero la luna, solo quiero bañarme! ¡La luna para luego, que ahora ni se ve!

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Amor según las circunstancias
GENTE DIFERENTE A Igor le tocó una mujer… peculiar. Muy guapa, sí: rubia natural de ojos negros, con cuerpazo, pechos generosos y piernas interminables. Y en la cama, un volcán. Primero todo era pasión, ni tiempo para pensar. Luego vino el embarazo. Pues se casaron, como Dios manda. Nació un hijo, rubio y de ojos negros como ella. Y todo fue normal, pañales y biberones, los primeros pasos, las primeras palabras. Y Jana actuaba como una madre corriente, pendiente del niño, tierna, nada fuera de lo común. Todo cambió en la adolescencia del hijo. Jana de repente se hizo una aficionada de la fotografía. Siempre sacando fotos, se apuntó a mil cursos. Siempre con la cámara en mano. —¿Pero qué te falta? —le preguntaba Igor—. Trabajas de abogada, haz bien tu trabajo. —De abogada, —corregía Jana. —Eso, de abogada. Dedica más tiempo a la familia, no a tus cosas raras. Él, en el fondo, no entendía qué le irritaba. Jana no descuidaba la casa. Había comida hecha, todo limpio, el niño era cosa suya, cuando él llegaba a casa del trabajo, se tumbaba en el sofá delante de la tele, como debe ser. Pero lo que le sacaba de quicio era sentir que su mujer desaparecía en un mundo donde él no pintaba nada. Estaba, y a la vez no estaba. Nunca veía la tele con él, ni charlaba sobre lo interesante. Le daba de cenar… y vuelta a sus cosas. —¿Eres mi mujer o no? —se enfurecía Igor cuando la encontraba una vez más frente al ordenador. Jana no decía nada. Se encerraba en sí misma. Encima, le encantaba viajar a países exóticos. Cogía vacaciones y, mochila y cámara a cuestas, desaparecía. Igor no lo entendía. —Vámonos al campo con los amigos, han puesto sauna, hacen un orujo buenísimo… Y ya va siendo hora de montarnos algo, una casita… Jana se negó, pero le ofreció acompañarla en sus viajes. Probó una vez… Y nada bueno, claro. Todo era extraño, hablaban en idiomas raros, la comida incomible de picante… Y a él lo de los paisajes nunca le importó. Así que Jana empezó a viajar sola. Hasta dejó el trabajo. —¿Y la pensión qué? —protestaba Igor—. ¿Y qué te crees, que eres una gran fotógrafa o algo? ¿Sabes lo que cuesta abrirse camino en eso? Jana no replicaba. Sólo una vez, tímida, le confesó: —Voy a tener mi primera exposición, es mía, propia. —Bah, exposiciones tiene todo el mundo —refunfuñó Igor—. Qué logro, vaya. Aun así, fue a la inauguración. No entendió nada. Caras raras, ni bonitas siquiera. Manos arrugadas, gaviotas sobre el mar. Todo extraño, como Jana misma. Se rió de ella. Y ella, ni corta ni perezosa, le regaló un coche. Mira, somos una familia, úsalo. Ni siquiera sacó el carné, era un regalo para él. Lo pagó con encargos y sesiones de fotos. Ahí sí que Igor sintió miedo. Una inquietud. ¿Qué clase de bicho raro tenía por esposa? ¿Y ese dinero? ¿De dónde? ¿Algún amante? Imposible ganarse tanto con esa tontería. Y si no lo tenía, lo acabaría teniendo… Hasta intentó “enseñarle una lección” —ligera bofetada. Pero Jana agarró un cuchillo y, en el forcejeo, dos puntos en la barriga. Por suerte no apuñaló más. Luego le pidió perdón. Pero Igor ya nunca se atrevió a levantarle la mano. Adoraba los gatos. Ayudaba a todos, los recogía, curaba y buscaba hogar. Siempre había un par de felinos en casa. Cariñosos, sí, pero ¡no son personas! ¿Cómo se puede querer más a un gato que a tu propio marido? Un día se le murió uno en una clínica, en sus brazos. Jana lo pasó fatal. Lloró, bebió coñac, se culpaba. Días y días así. Hasta que Igor, agotado, soltó: —¡Ya sólo te falta llorar por las cucarachas! Se topó con una mirada dura, calló, se fue. Que hiciera lo que quisiera. Sus amigos y las amigas de Jana daban la razón a Igor. Decían que Jana se había vuelto una creída, que había perdido el norte. Así que encontró consuelo con la vecina, que además era amiga de la infancia de Jana. Irka, mucho más sencilla y comprensible. Trabajaba de dependienta, nada de arte, siempre dispuesta para todo. Eso sí, bebía bastante, pero bueno, tampoco iba a casarse con ella… Esperaba que Jana se enterara, montara un numerito, rompiera platos, y así poder soltarle: “¿Y tú, qué? ¿Dónde te pierdes?” Y entonces, se perdonarían mutuamente y la familia seguiría. E Irka, a la calle. Pero Jana callaba. Sólo lo miraba mal. Y la cama, un desastre. Se encerró en otra habitación. El hijo se hizo mayor, terminó la carrera. Igualito a la madre: raro, ojos negros, pelo rubio. —¿Y los nietos, pa’ cuándo? —le preguntaba Igor. Denis decía riendo que primero quería hacer algo en la vida y conocer el amor de verdad. Así que de nietos, nada. Raro, como la madre. Con Jana siempre se entendían sin palabras. Igor se sentía de más, esos ojos negros lo ponían nervioso. Así que otra vez se fue con Irka. Y entonces Jana se enteró por una vecina. Igor ni disimulaba. Una noche volvió a casa: Jana fumando en la mesa, muy tranquila. —¡Lárgate! ¡Fuera de mi casa! Ojos negros, terribles, rodeados de ojeras. Se fue con Irka. Esperando que Jana lo llamara de vuelta. Al cabo de una semana, le escribió por WhatsApp, para hablar. Se alegró, se puso perfume… Jana, directa desde el umbral: —Mañana vamos a firmar el divorcio. Luego todo, como un sueño. El divorcio, los papeles, renunció a su parte del piso, total, era de la familia de Jana… —¿Y ahora qué, vas a vivir de divorciada? —gruñó él saliendo del juzgado. Iba a añadir “¿Quién te va a querer?” pero se contuvo. Jana sonrió. Por primera vez en años, a él, de verdad: —Me voy a Madrid. Me han ofrecido un proyecto muy serio allí. —Por lo menos, no vendas el piso, —le pidió sin saber por qué—. ¿A dónde vas a volver? —No volveré —respondió tranquila, ya ex-mujer—. Verás, hace mucho que amo a otro. También es fotógrafo, de Madrid, con él me siento viva. Pero como estaba casada, nunca me pareció bien engañarte ni tenía razón para divorciarme. Simplemente, somos personas diferentes tú y yo. ¿Por eso hay que divorciarse? ¿O no? —No suele ser así, —reconoció Igor. —Pues nosotros sí nos hemos divorciado, —rió Jana—. Al principio, me dio mucha rabia enterarme de lo de Irka. Pero luego pensé: todo es para mejor. Yo voy a ser feliz, y tú también. Cásate con ella y que te vaya bien. Y se fue. —No me casaré, —le dijo Igor por detrás. Pero Jana ya no escuchó. Desde entonces, no supo nada más de ella. Sólo una vez al año, un WhatsApp: “¡Feliz cumpleaños! Salud y felicidad. Gracias por nuestro hijo.”