Entre la verdad y el sueño

Entre la verdad y el deseo

Verónica se recogía en un cálido chal, disfrutando del silencio y la tranquilidad de su piso en Salamanca. Fuera, la nieve caía suavemente, decorando los balcones y las aceras como si la ciudad bailase un vals invernal callado y nostálgico. Había vuelto hacía poco de probarse su vestido de novia, una cita que aguardaba con ilusión y cierto temblor íntimo. En las manos aún sostenía una bolsa repleta de pequeños tesoros: unos pendientes finísimos, una delicada diadema, alfileres dorados Todo lo necesario para dar el punto final a su look nupcial. La mente de Verónica iba y venía entre ensoñaciones sobre la fiesta, cómo luciría el vestido, cómo sus familiares y amigos la mirarían atónitos cuando entrara al salón de celebraciones; cómo la luz de las lámparas chispearía en las joyas.

Sin previo aviso, el timbre de la puerta tronó en la calma. Verónica se estremeció, apretando el chal. Miró el reloj: las seis y cincuenta. ¿Quién sería a esas horas? Tal vez un mensajero con algún pedido olvidado, o la vecina del quinto que tan a menudo necesitaba favores urgentes

Se acercó con cautela, espiando por la mirilla. Un hombre alto, la silueta borrosa. El rostro, fuera de foco. No tenía ninguna prisa en abrir.

¿Quién es? preguntó, tratando de sonar tranquila, fingiendo costumbre.

Soy Víctor respondió él, con voz amortiguada por la madera. Necesito hablar contigo. Es urgente.

Verónica dudó. No le apetecía hablar con él pero algo le decía que quizá pasaba algo con Inés, su mejor amiga. Giró el pestillo, entreabrió la puerta. Víctor estaba allí, con los hombros cubiertos de nieve, la gabardina negra empapada, flanqueado por la luz del pasillo. Su cara estaba aún más pálida de lo normal y los ojos le brillaban con una fiebre rara, nerviosa. Verónica se preguntó, durante un instante, si no sería mejor cerrar la puerta en seco; algo en él era extraño.

Pasa le invitó, apartándose y forzándose a no mostrar la inquietud. Estás calado.

Víctor entró sin quitarse los zapatos. Dejó tras de sí huellas sobre el parquet claro, pero no parecía ni notarlo. Estaba ausente, fijo la mirada en un punto invisible de la pared. Verónica le observaba con ansiedad creciente; la tensión flotaba como niebla densa.

Verónica comenzó él, estrujando los guantes entre los dedos. No aguanto más. Te quiero.

El tiempo pareció pararse. Ella, perpleja, pensó que había oído mal.

Víctor, tú empezó a decir, pero la voz le tembló y se apagó sin concluir.

Él dio un paso firme hacia ella, casi con urgencia, temeroso de perder su única ocasión.

Sé que te casas. Que esto es una locura. Pero no puedo callarme más. Llevo meses intentando olvidarte, fingiendo que no importa. Pero no puedo seguir. Empecé con Inés solo para estar cerca de ti, para verte Pero nunca la quise, nunca.

A Verónica le recorrió un escalofrío helado. ¿Lo decía en serio? ¿Toda la relación con su amiga sólo para acercarse a ella? Pobrecilla Inés, tan enamorada

Soltó el chal sobre el respaldo del sillón, buscando anclarse a algo físico. El aire en la casa era de pronto asfixiante.

Víctor ¿te das cuenta de lo que dices? Yo amo a mi pareja. Me voy a casar. Inés te quiere; es mi amiga. Tienes que parar. Esto es absurdo.

Él asintió, con dolor y determinación en el rostro. Algo en su mirada parecía haberse liberado tras años de encierro.

Pero ya no puedo callar. En dos semanas, serás inaccesible para mí Necesitaba decirlo, aunque fuese tarde. Inés no significa nada, lo siento. Sólo quería que tú me vieses como soy. Solidario, generoso Alguien con quien pudieras ser feliz. Sin ti, nada tiene sentido.

Víctor se puso de rodillas y, tembloroso, sacó un anillo de plata de su bolsillo, uno pequeño, fino, con un brillante discreto.

Déjalo todo. Déjale. Vente conmigo. Te haré feliz, lo juro.

Verónica se quedó callada. Los recuerdos se agolpaban desordenados: Víctor y Inés riendo juntos en la terraza, tomados de la mano; las miradas cálidas, la ternura que creyó sincera y que ahora, de repente, se desmoronaba.

Levántate susurró apenas, con la voz quebrada. Por favor, levántate.

Él obedeció, con la esperanza menguando por segundos.

¿No me crees? balbuceó, desarmado.

Te creo asintió, midiendo cada palabra. Pero no puedo corresponderte. Amo a otro. Me caso con él porque sé que es la persona adecuada para mí. Eso no tiene discusión.

Él bajó la cabeza en derrota.

¿Y si te lo hubiese dicho antes? ¿Antes de que le conocieras?

Ella meditó un instante, luego negó suavemente.

La respuesta habría sido la misma. Lo siento. No eres mi tipo. Y tan amigos, Víctor.

Él se le acercó con un brillo de desesperación en el rostro.

¿Por qué? Yo he visto cómo me mirabas, sé que hay algo.

Verónica retrocedió, nerviosa. Intentó no mostrar miedo, pero su cuerpo estaba tenso; mentalmente preparaba una vía de escape si las cosas iban a peor.

No hay nada, Víctor. Lo tuyo no es amor, es una obsesión. Me has idealizado, has hecho de mí un sueño. Esto no tiene sentido. No debo escuchar más.

Él apretó los puños, impotente.

Te equivocas. Nunca he sentido esto por nadie. Te amo, créeme.

Verónica respiró hondo, templándose.

¿Y Inés? ¿Piensas en el daño que le haces? Jugaste con su cariño y ahora vienes a pedirme que lo abandone todo por ti. Es injusto, para todos.

Lo sé admitió él. Su tono era bajo, la vergüenza le pesaba. Reconozco que he mentido. Que fui injusto. Pero si pudiera elegir otra vez, volvería a hacerlo igual. Sólo quería una oportunidad.

No se puede edificar la felicidad sobre la desdicha ajena sentenció ella, echando un vistazo urgente al móvil.

Un silencio espeso los envolvió. Al fin, ella apuntó:

Debes hablar con Inés y pedirle perdón. Ella merece la verdad.

Él vaciló.

¿Para qué? No la amo, me repele. Tú eres lo único que importa.

Verónica sintió lástima, pero no dio pie a malentendidos.

Contigo, igual que con Inés, no tengo nada. No creas que callaré.

Él la miró por última vez, derrotado pero desafiante.

Me voy, pero no cedo. Esperaré a que entiendas que somos el uno para el otro.

No esperes. Céntrate en tu vida y busca amor de verdad. Por favor, márchate.

Víctor se fue despacio, venciendo su propio peso con cada paso. Antes de cruzar el umbral, murmuró:

Gracias por la sinceridad. Pero esto no es un adiós.

Salió, cerrando la puerta suavemente. Verónica sintió cómo se liberaba una presión invisible en su pecho. Fue a la ventana: la calle seguía nevada y, bajo la luz color sepia de las farolas, le vio irse encogido y solo.

No se sentía aliviada, sino inquieta. ¿Qué podía hacer él ahora? ¿Qué si mentía a Inés? Marcó su número, el corazón acelerado. Cuando Inés contestó, Verónica se mostró serena, pero sus palabras salían aceleradas:

Inés, tenemos que hablar. Es importante

Un suspiro al otro lado, el nerviosismo perceptible.

¿Qué ha pasado? Te noto rara. ¿Todo bien?

Verónica explicó lo sucedido: la confesión de Víctor, su nulo interés en Inés, el descarado propósito de acercarse a ella. La línea se llenó de un silencio prolongado hasta que Inés, temblorosa, balbuceó:

¿Así que nunca me quiso? ¿Todo este tiempo?

No quiero hacerte daño, pero tenía que decírtelo. Dijo que sólo me ama a mí, que quiere que deje todo por él. Sinceramente, me dio hasta miedo estar a solas con él.

Silencio. Al cabo, Inés dijo con voz contenida:

Lo sé. Gracias por decírmelo.

Perdona que haya tenido que ser así.

Mejor la verdad que vivir engañada.

Colgaron. Verónica apoyó la frente en el cristal fresco, viendo el baile de la nieve sobre Salamanca. Sabía que su amiga necesitaba tiempo para procesar todo. Mejor la verdad amarga que una mentira dulce.

*******************

Inés se quedó inmóvil en la cocina, rodeada del tictac del reloj. El té se había quedado frío. Los recuerdos más bonitos surgían mezclados con la traición, como heridas frescas que no cicatrizaban.

La llamada al timbre la sobresaltó. Se acercó, asomó el ojo por la mirilla. Víctor. Unos segundos de indecisión antes de abrir. Él, pálido, los ojos rojos.

Inés He venido para decirte la verdad

Ya me la ha contado Verónica interrumpió ella cortante. Oírlo de su boca era aún más doloroso.

Él bajó la cabeza, derrotado.

Así que fue más rápida que yo Quería decírtelo en persona.

¿Para qué has venido? ¿Para que me sienta aún más usada? ¿Para insistir en lo tuyo?

No intentó acercarse y ella retrocedió. Vengo a pedirte perdón por todo. Sé que es injustificable. Sé que te he hecho daño.

Ella lo miró, fría, firme.

Podías haber sido sincero. Pero preferiste perseguir a Verónica, pedirle que dejara a su prometido. ¿Y ahora esperas compasión?

Víctor sacó una cajita con el anillo.

Toma. Es mi expiación susurró, casi pidiendo permiso para existir.

Inés observó el anillo, sin emoción.

Guárdalo. No quiero nada tuyo.

Él cerró la mano, derrotado.

Quiero compensarte

Ella le miró como a un desconocido.

No se trata de reparar nada, Víctor. Ya nada será igual.

Hizo una pausa y concluyó:

Necesito tiempo. Y espacio. No quiero verte. No insistas.

Él se giró, comprendiendo al fin. En el umbral dudó, pero no dijo nada más.

Inés fue a cerrar cuando de nuevo el timbre sonó. Asomó de nuevo. Era Alejandro, el prometido de Verónica. Impecable, rostro serio, voz glacial:

¿Puedo pasar?

Entró sin más. Víctor retrocedió instintivamente.

Sé lo que has hecho le espetó Alejandro, sin alzar la voz. Y sé que jugar con los sentimientos ajenos tiene precio.

Víctor quiso tartamudear una defensa, pero Alejandro le cortó en seco:

Basta. No digas nada. Ya has causado suficiente daño.

Dio un paso amenazante; Inés intentó interceder, pero él la silenció con un gesto:

Esto no te corresponde. Ahora le toca asumir las consecuencias.

Víctor, arrinconado, sintió el miedo dispararse dentro. Alejandro, sin dudar, le propinó un golpe certero en la boca. Víctor cayó; la sangre le tiñó los labios. Alejandro, implacable:

Si vuelves a acercarte a Verónica o Inés, no será sólo esto. ¿Está claro?

Víctor, humillado, se incorporó y sin mirarles, se marchó. Detrás, la puerta se cerró con suavidad.

Alejandro se dirigió a Inés, mitigando apenas la rigidez de su expresión.

Perdona. No suelo recurrir a la violencia, pero a veces hace falta poner límites.

Inés, emocionalmente agotada, sólo pudo responder:

Gracias. Por defendernos.

Alejandro asintió.

Verónica está muy preocupada por ti. No estás sola, recuerda.

Ella sonrió con esfuerzo.

Lo sé. Gracias.

Sentía que la tensión remitía poco a poco. Le quedaba un largo trabajo en el futuro, pero ahora sabía que gente real la apoyaba.

Cuando Alejandro se fue, Inés se dejó caer en el sofá.

Aquí acaba todo, pensó. Y aunque seguía doliendo, el futuro cobraba contornos menos sombríos.

******************

Por las calles vacías de Salamanca, Víctor caminaba sin rumbo. El frío no lograba atravesar el bloqueo que sentía por dentro. Había destruido todo: para siempre. Decidió pedir el traslado de ciudad. El jefe, hombre práctico, firmó el cambio sin hacer preguntas. El anillo lo devolvió a la joyería; el dependiente, extrañado, le devolvió los euros sin pedir explicación.

Así, envió esa suma a Inés con un escueto mensaje: Perdón. Te corresponde. Sin justificaciones.

El día de su marcha, espero bajo la nieve. Miró por última vez a aquel portal que nadie le abriría ya, con el aire repleto de promesas sin cumplir.

He arruinado todo murmuró. Lo asumió como una condena, no como una queja.

El taxi llegó. Los cristales empañados le separaron del pasado para siempre.

Por su parte, Inés compartía mesa en una cafetería cálida con Verónica y Alejandro. Frente a ellos humeaban tres tazas de chocolate caliente, el refugio perfecto para una tarde fría.

La charla fluía natural, pausada. Verónica soñaba en voz alta con su boda, Alejandro asentía, protector pero relajado; Inés escuchaba y día a día sentía renacer la esperanza.

Ya no le guardo rencor dijo mirando la nevada tras los ventanales. Es una pena, simplemente.

Verónica recogió su mano y le dirigió una sonrisa serena.

No hay nada que lamentar. Te mereces la verdad. Y sobre todo, ser feliz de verdad.

Inés asintió y miró a su amiga, con sinceridad.

Y lo seré. Tarde o temprano.

Las palabras estaban libres de dramatismo. Solo la convicción tranquila de quien sabe que la vida sigue y que, después de todo, el invierno siempre acaba pasando en Salamanca. Mientras, fuera seguía nevando: cubriendo de blanco no sólo las calles, sino también las heridas de aquellos que querían seguir adelante.

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Entre la verdad y el sueño
¡Aléjate de mí! ¡Yo nunca te prometí casarme contigo! Y además, ni siquiera sé de quién es ese niño… ¿Y si ni siquiera es mío? – Así que, mejor te vas por ahí, que yo también me marcharé – decía Víctor, que estaba de paso en nuestro pueblo, dejando atónita a Valentina. Ella se quedó de pie, sin dar crédito a lo que veía u oía. ¿Acaso éste era el mismo Víctor que le juraba amor eterno y la llevaba en volandas? ¿El mismo Víctor que la llamaba Valen y le prometía el cielo? Delante de ella tenía a un hombre distinto, algo confuso, por eso enfadado y, sobre todo, un hombre ajeno… Valentina lloró una semana entera, diciéndole adiós para siempre a Víctor, pero la edad —ya tenía treinta y cinco años— y su poca gracia, y por tanto las pocas opciones de encontrar la felicidad de una mujer, la llevaron a tomar una decisión: convertirse en madre. Valen dio a luz a una niña llorona en el plazo previsto. La llamó María. La niña crecía tranquila, sin dar nunca problemas, como si supiera que de gritar o no gritar nada cambiaría… Valenta cuidaba correctamente de su hija, pero no se notaba en ella un auténtico amor maternal —la alimentaba, la vestía, le compraba juguetes. Abrazarla por gusto, acariciarla, salir a pasear con ella: nada de eso. La pequeña María estiraba a menudo los brazos hacia su madre, pero esta la apartaba: que si estaba ocupada, que si tenía muchas cosas, que si estaba cansada, que si le dolía la cabeza. Nunca surgió ese instinto en ella. Cuando María tenía siete años ocurrió algo inaudito: Valen conoció a un hombre. Es más, ¡lo llevó a vivir a casa! ¡Todo el pueblo hablaba! Qué Valen más ligera de cascos. Un hombre nada serio, de fuera, sin trabajo fijo, ¡y nadie sabía de dónde! ¡Igual hasta era un golfo…! Menudos líos. Valen trabajaba en el ultramarinos del pueblo y él se buscó un apaño descargando mercancía. En ese entorno laboral nació el romance. Pronto Valen invitó a su flamante novio a vivir con ella. Todos en el pueblo la criticaban: —¡Ha traído a casa a un desconocido! Que piense en la nena —decían—. Encima, callado como un muerto: algo oculta… Pero Valen no escuchaba a nadie. Era como si supiese que esta era su última oportunidad de encontrar la felicidad de mujer… Sin embargo, la opinión del vecindario empezó a cambiar respecto a ese hombre callado, al que llamaban Igor. La casa de Valentina, sin manos de hombre, estaba medio caída; necesitaba reparaciones. Igor —así se llamaba el hombre— primero arregló el portal, luego reparó el tejado, enderezó la valla. Cada día reparaba algo más y la casa parecía embellecerse ante los ojos de todos. Al ver que al hombre no le faltaba ni maña ni arte, la gente empezó a pedirle ayuda y él decía: —Si eres mayor o realmente pobre, cuenta conmigo. Si no, pagas en dinero o con algo de comida. A unos cobraba en metálico, a otros en conservas, jamón, huevos o leche. Valen tenía huerto, pero ni una vaca: sin hombre, ¿qué iba a hacer? Por eso antes María apenas probaba la nata y la leche fresca que ahora nunca faltaban en la nevera. En resumen, Igor era un verdadero manitas. Y Valen, que nunca fue belleza, parecía transformada: resplandecía, se había vuelto más dulce y hasta trataba mejor a María. Sonreía y, ¡resulta que tenía hoyuelos en las mejillas! Quién lo iba a decir… María crecía y ya iba al cole. Un día estaba sentada en el portal observando a Igor trabajar, en sus manos todo cobraba vida. Después fue a casa de una amiga y sólo volvió al atardecer. Al entrar en el patio de casa… se quedó de piedra. ¡En mitad del jardín había unos columpios! Se balanceaban suavemente con la brisa, invitando a jugar… —¿Son para mí? ¡Tito Igor! ¿Los has hecho para mí? ¿De verdad? —María no daba crédito. —Para ti, Marita, claro que para ti. ¡Disfrútalos! —rió Igor, siempre tan callado. María se montó y se columpió con fuerza, el viento silbando en sus oídos. No existía niña más feliz en todo el mundo… Valen salía temprano a trabajar, así que Igor se encargaba de la cocina: desayunos, comidas. Y vaya tartas y pasteles preparaba… Fue él quien le enseñó a cocinar rico y a poner bien la mesa. Cuántos talentos en un hombre tan silencioso… Cuando llegó el invierno y anochecía antes, Igor iba a buscarla al colegio. Le llevaba la mochila y le contaba historias de su vida. Le contó cómo cuidó de su madre enferma, cómo vendió su casa para ayudarla y cómo su propio hermano le echó a la calle. Le enseñó a pescar. En verano, al amanecer, iban caminando al río y esperaban pacientemente una picada. Así aprendió María la paciencia. Un verano, Igor le compró su primera bici y la enseñó a montar. Le ponía yodo cuando se caía y se hacía daño. —Igor, que se va a matar la niña —protestaba su madre. —No le pasará nada. Debe aprender a caer y a volver a levantarse —contestaba. Una Navidad le regaló unos patines de verdad. Esa noche montaron juntos la mesa, Igor y María. Esperaron hasta medianoche, se felicitaron, rieron y brindaron. Todo era alegría, todo estaba delicioso. Y, por la mañana, Valen e Igor despertaron con los gritos de alegría de María. —¡Patines, tengo unos patines de verdad! ¡Blancos y nuevos! ¡Gracias, gracias! —gritó ella, abrazando el regalo, entre lágrimas de felicidad. Luego, ella e Igor fueron al río helado y él se pasó la tarde quitando nieve del hielo. Le enseñó a patinar, la ayudaba de la mano hasta que pudo andar por sí sola. Después logró recorrer la pista sin caerse ni una vez. María chillaba de alegría. Al volver a casa, se lanzó al cuello de Igor: —¡Gracias por todo! ¡Gracias, papá…! Y ahora era Igor quien lloraba, de felicidad. Disimulaba las lágrimas, pero caían solas… Después, María creció y se fue a estudiar a la ciudad. Tuvo mil problemas, como todos. Pero él nunca faltaba. Estuvo en su graduación, le llevaba bolsas de comida para que no pasara hambre. La acompañó al altar cuando se casó. Esperó bajo las ventanas del hospital cuando fue madre. Fue abuelito de sus nietos y los adoró más que algunos padres biológicos. Finalmente, se fue de este mundo, como todos nos iremos. María y su madre lo velaron, y cuando llegó el momento, al lanzar un puñado de tierra sobre el ataúd y suspirar hondo, María murmuró: —Adiós, papá… Has sido el mejor del mundo. Siempre te recordaré… Y así, Igor se quedó en su corazón para siempre, no como tío, ni como padrastro… sino como PADRE, porque padre no es sólo el que da la vida, sino quien te cría, y comparte tus penas y alegrías. Quien está a tu lado… ¡Así es esta emotiva historia de la vida! Gracias por tus comentarios y por tus likes. Síguenos para leer más historias entrañables.