— No habéis logrado educar bien a vuestros hijos. Mira a Sashka, por ejemplo, o a Nikita…

No supisteis criar bien a vuestros hijos. Mira a Miguel, el hijo de Santi…

Alba al principio no comprendía por qué su madre comenzó a buscarle defectos constantemente. Parecía que hasta hacía poco todo iba bien, sobre todo durante la infancia. Era ella la hija ejemplar, la que ponían como ejemplo a su hermano mayor y a quien alababan.

Vivían de manera modesta, sin lujos pero con lo necesario. Nunca les faltó de nada esencial, y para las compras importantes, la familia ahorraba. Incluso tenían coche; no era nuevo, pero funcionaba sin dar problemas. Y si los daba, el padre lo arreglaba.

Tras el colegio, Santiago, el hermano, se fue a estudiar a Madrid. Aquello supuso mucho gasto: la universidad, el alquiler, la comida…

Alba veía que sus padres llegaban justo a fin de mes, ahorrando en todo. Y a ella pronto le tocaría también ir a la universidad; solo les separaban dos años.

A otra estudiante en Madrid no llegamos dijo la madre. Aquí en Toledo también hay universidad; matricúlate aquí.

Alba entró en la universidad local y se puso a trabajar. Primero de repartidora los fines de semana, luego de camarera en un café cerca de casa. Era becada, se pagaba su ropa, y a veces incluso llevaba comida a casa.

Muy bien, hija, y además ayudas en casa. Estudias, trabajas En cambio Santiago no puede compaginar tanto, hay exigencias muy altas en Madrid, acaba agotado decía la madre.

Yo también acabo reventada, escribo los trabajos por la noche respondía Alba.

Bah, tú no te cansas igual; estar en casa, es estar en casa.

Al fin el hermano terminó la carrera y empezó a buscar trabajo. ¿Para qué volver a la ciudad de siempre, teniendo futuro en la capital? Pero no encontraba el puesto que deseaba; aceptables había, pero sus expectativas eran otras. Los padres seguían ayudando.

Se tiene que establecer allí; después todo irá rodado.

Y parecía que así fue. Santiago consiguió empleo y, de repente, se casó con la hija de su jefe. Porque ella se quedó embarazada.

Nació el niñohabía echado raíces. Los suegros les compraron piso, el jefe ascendió a Santiago y le subió el sueldo. Menuda suerte. Para los padres fue un alivio.

Alba también se casó, aunque no con el hijo de un empresario, sino con un hombre sencillo. Consiguieron su piso juntos, aunque no fuera en Madrid.

Tuvieron una niña y luego, de golpe, mellizos. Esperaban al segundo hijo y de pronto llegaron dos. Fue duro, pero nunca se quejaron. Los niños crecieron y fueron al colegio.

Al cumplir treinta y cinco años de casados, los padres decidieron celebrar. Habían dejado pasar las bodas de plata y las de perla por falta de dinero, pero ahora se animaron.

Santiago vino con su hijo; su mujer no pudo, pero mandó un regalo: un vale para electrodomésticos. Recomendaba comprar un lavavajillas.

Santiago dio el regalo por adelantado, eligieron el aparato y lo instalaron. Toda la noche, la madre no paró de presumir y mostrárselo a los invitados. Acabada la fiesta, no hubo que fregar platos; todo lo hizo la máquina.

El regalo de Alba no recibió tanto alarde ni entusiasmo; era un viaje para dos, como una luna de miel tardía para los padres. Había costado más, pero quedó eclipsado por el lavavajillas.

Los padres disfrutaron del viaje y hasta agradecieron el gesto, pero enseguida hicieron ver que Alba había sido frívola gastando el dinero. Volvieron las comparaciones: el lavavajillas seguía sirviendo, el viaje ya pasó.

Y entonces comenzó la letanía: en cada ocasión, la madre sacaba a relucir al hijo exitoso. El hijo que vivía en la capital, una persona hecha y derecha. Había hecho carrera; piso, esposa, hijo: uno solamente

Eso, un hijo, no tres. ¿Para qué tantos? Hay que educarlos; ahora es fácil, pero luego ya veremos. Mira a Santiago

Su piso es de lo último, el robot aspira solo, luces inteligentes, platos limpios, comida a domicilio y una asistenta decía la madre con orgullo.

Mamá, yo lo hago todo, mis hijos y mi marido ayudan.

Pero Santiago…

Y el hijo de Santiago…

El tiempo pasó y los hijos de Alba crecieron. Ninguno fue a universidades de Madrid, pero todos se licenciaron en la ciudad. También por esto la madre opinó:

No supiste criar bien a tus hijos. Mira a Miguel…

Mamá, tenemos buenos hijos. Y sobre Miguel, quizá no sabes todo. Cuando estuvimos en su casa, vi que no era oro todo lo que relucía.

No pongas excusas; si tú no vales, tus hijos menos. ¡Pobreza multiplicada!

Sí, mamá, no valgo. Tengo buen trabajo, pero no en Madrid; marido trabajador, pero no el que toca; hijos con brillantes expedientes, pero aquí.

Un piso bien reformado, sí, pero sin asistenta. Solo aspirador, lavavajillas y los interruptores los accionamos nosotros.

Os ayudamos, pero claro, no mucho. Santiago ni un euro para vuestras medicinas, siempre con gastos enormes

Él ha triunfado, tú nada.

Un día Santiago volvió a casa. Su madre pensó que venía de visita, pero era para quedarse. Su esposa le pidió el divorcio, el suegro le despidió y el hijo daba serios problemas.

No encontró trabajo en el pueblo, y el sueldo no era, ni de lejos, como en Madrid.

Alba dijo la madre, creemos que tu hermano debe montar un negocio. Está preparado. ¿No va a trabajar de simple ingeniero después de tanto Madrid?

Pues si lo habéis decidido, actuad.

Pero necesitamos tu ayuda. Hace falta dinero, un préstamo… Total, a vosotros no os falta de nada.

Santiago ya no está en Madrid. Es hora de ver la realidad.

Es para él, no para ti. Él lo necesita

Mamá, ayudamos a los hijos, y a vosotros, un poco; pero debemos cambiar de coche, y arreglar varias cosas…

El coche puede esperar. Primero Santiago.

Ya sé, siempre es primero Santiago. Desde que se fue a Madrid, así ha sido. Yo no quise estudiar allí, pero ni aquí me ayudasteis.

La casa de tus abuelos paternos se fue en los estudios y vida de Santiago, porque era alguien; la otra casa, para que él tuviera coche por Madrid.

Yo pedí prestado para el carrito de los mellizos y ni eso me disteis. Ni un euro de más. Y ni siquiera fuimos a su casa en Madrid. Solo llevábamos paquetes vuestros. Dormíamos en hotel, porque a su esposa no le gustábamos, éramos de provincias.

Ahora está divorciado y necesita ayuda. No le queda ni piso.

Ni coche, el hijo lo destrozó.

No contemos sus desgracias, simplemente ayudemos.

No, mamá; aquí hay trabajo y sueldo digno. Bueno, para nosotros, para él no basta.

¿Y qué puedo aportarle, unas migajas? ¿Dinero para negocio, coche, luego piso…? Es indecente que quien ha triunfado pida dinero a su hermana de poca monta de provincias, que ni persona ha sido nunca.

¿Por qué hablas así?

Tranquila, mamá. Solo entiendo ahora que el que era persona era mi hermano. Ahora que vive otra vez con vosotros, que os ayude él. Es su turno.

¡Alba! ¿Quieres que vendamos la casa? ¿Sabes lo que nos pides?

¿De verdad? ¿Soy yo quien obliga? No os olvidéis al menos de compraros una habitación.

Los padres vendieron el piso, se mudaron a un apartamento pequeño y viejo. El resto del dinero fue para Santiago, que volvió a Madrid. ¿Qué iba a hacer él en una ciudad tan pequeña?

Negocio no hubo. Y en los ojos de Alba, Santiago seguía siendo alguien. Su madre seguía menospreciándola y pidiéndole ayuda para cosas como el arreglo del piso. Alba ayudaba, pero se negó a reformarlo.

Sé que la vivienda será para mi hermano, así que que la adapte él, ¡que es tan importante!

Santiago acabó el dinero y regresó otra vez con los padres. En el estudio cabían a duras penas: cama portátil en la cocina, pero al menos había vivido el éxito.

Resulta que equivocaron la apuesta los padres, apostaron al caballo erróneo, como se dice en Castilla: se estrellaron…

Porque a veces, en la vida, no es el brillo ni el lugar lo que importa, sino la honradez, el esfuerzo silencioso y la ayuda mutua. Y eso no siempre lo ven los que más cerca tenemos.

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— No habéis logrado educar bien a vuestros hijos. Mira a Sashka, por ejemplo, o a Nikita…
Una segunda familia Al crecer, Elisa se dio cuenta de que su padre y su nueva esposa se habían unido con demasiada rapidez. Y que Vera, que era solo seis meses mayor que ella, y Maxim, tres años menor, se parecían demasiado tanto a Elisa como a su padre — al menos físicamente. Uno de los recuerdos más vívidos de la infancia de Elisa fue aquella muñeca preciosa de pelo rojo brillante en la caja del supermercado. Recuerda muy bien cómo, de niña, tiraba del brazo de su padre, suplicándole que le comprara esa muñeca, y cómo él se inclinaba hacia ella y, con un suspiro de reproche, le decía en voz baja: — Elisiña, no puedes ser tan egoísta. Tu hermanito necesita medicinas, tenemos que comer hasta fin de mes, y tú solo piensas en la muñeca. Como si no tuviese suficientes juguetes en casa. Y le parece a Elisa que no solo su padre, sino también toda la cola del supermercado que escuchaba la conversación, la miraba con reproche. Porque, ¿cómo puede una niña buena (y Elisa quería ser la mejor de las niñas) desear una muñeca cuando su hermano necesita medicinas y en casa apenas hay qué comer? Juguetes ya tenía, claro. Aunque casi todos los habían roto Vera y Maxim, pero eso no le importaba a nadie. Seguramente no a los adultos, que tenían cosas mucho más importantes de las que ocuparse que los juguetes de Elisa y su deseo desesperado de tener la muñeca de pelo rojo. Cuando su madre aún vivía, a Elisa a veces le compraban muñecas. No siempre, claro: con cinco años, ya sabía distinguir los días de la semana y notaba que cuando, al salir del cole, pasaban por la tienda, no servía de nada rogar o insistir — y además, le caía una bronca por pedir. Pero el fin de semana, su madre la llevaba a la tienda y le decía: — A ver, Elisiña, si cuesta menos de diez euros, elige lo que más te guste. Elisa sabía bien lo que era diez euros; si en la etiqueta había tres cifras antes del punto, podía pedirlo, porque su madre se lo había prometido. Su madre la quería. Nunca le reprochaba a Elisa por el simple hecho de desear algo. Sí reñía si le insistía demasiado, sobre todo cuando de más pequeña armaba berrinches y se tiraba al suelo, como veía hacer a otros niños que así conseguían lo que pedían («¡con tal de que se callen…!»). Con su madre esa táctica no funcionaba; no solo le echaba la bronca, sino que además se quedaba sin dibujos animados. Pero al final, el fin de semana, siempre le compraba el juguete que le había pedido. Y nunca, nunca le decía que era egoísta solo por querer algo cuando en casa no iban bien las cosas. Y problemas había. Su madre estaba enferma, llevaba mucho tiempo tratándose, pero la enfermedad pudo más. Elisa se quedó con su padre cuando tenía seis años. Y el primer año, ni juguetes, ni cuentos antes de dormir, ni rastro de muestras de cariño. Su padre solo la llevaba al cole, la recogía y le preparaba algo parecido a macarrones con salchichas (que a Elisa no le gustaban nada, pero no había otra cosa que comer). Después se sentaba ante la tele y veía fútbol, boxeo o tertulias hasta la madrugada. Elisa pedía ver dibujos, pero su padre le mandaba a hacer los deberes o leer. No le quedaba más remedio que obedecer, aunque por suerte le fue cogiendo gusto a la lectura. Quizá así como él se evadía de los problemas con el fútbol o la tele, Elisa se refugiaba en los libros y las aventuras de sus personajes. La hermana y el hermano llegaron medio año después. Con el tiempo, ya más mayor, Elisa entendió que su padre y la nueva esposa se habían apresurado demasiado. Y que Vera, solo seis meses mayor que Elisa, y Maxim, tres años menor, guardaban un parecido inquietante tanto con ella como con su padre. Pero en su niñez, Elisa no veía todas esas conexiones ni entendía muy bien por qué su padre parecía querer a Vera y a Maxim, pero a ella solo la reprendía y tachaba de egoísta. Padre e hija se mudaron al chalet de Dasha, en las afueras de Madrid. Ahí no había sitio de sobra, así que para Elisa ni siquiera quedó habitación: dormía en el pasillo, entre los dormitorios de Maxim y Vera. El final del pasillo lo separaron con una cortina, que Vera se entretenía en descorrer para sacar a Elisa de la cama tirándole del pelo. — ¡Es que la despierto y no se levanta, así vamos a llegar tarde al cole! — se justificaba Vera. A nadie le importaba que, en el fondo, solo la despertaba así y que solo había que madrugar entre semana, pero ella hacía lo mismo los domingos. Del mismo modo se hizo costumbre que todos los juguetes y pertenencias de Elisa fueran a parar a manos de Vera. — ¿Para qué quieres tantos juguetes, si siempre estás metida en un libro? — sentenció su padre cuando Elisa protestó una vez porque le quitaron el osito de peluche que le había regalado su abuela del norte. La abuela materna de Elisa vivía en un pueblo remoto junto al Cantábrico y, como entendió después la niña, tenía un cargo importante y bien remunerado. La quería mucho, aunque casi nunca podía verla. Hablaban a veces por teléfono, pero pasaba muy rara vez. En una de esas llamadas Elisa se quejó de que le habían quitado el osito y se lo habían dado a Vera. Su padre se enfadó muchísimo y la sentó a hablar “en serio”. — Vivimos en casa de Dasha. Ella nos cuida. ¿Sabes todo lo que ha hecho por mí? Si no fuera por ella, después de la muerte de tu madre, me habría perdido del todo. ¿Te gustaría quedarte sola en el mundo, sin tu padre? — Elisa movió la cabeza con tristeza. No quería quedarse sin su padre. Su padre era injusto con ella, sí, pero no conocía a nadie más y no quería quedarse sola. — Entonces, ¿por qué envenenas mi vida y destruyes mi familia con tus quejas, niña desagradecida? ¿Por un simple osito de peluche haces tanto drama? Sí, se lo dimos a Vera porque ella lo quería y punto. Tienes que acostumbrarte: no eres hija única. Otros también tienen derecho a cosas buenas. Tú tienes una abuela rica que te manda regalos continuamente, pero Vera no tiene eso, ni lo tendrá nunca. ¿Por qué ella debería sufrir porque a ti siempre te regalan cosas buenas y a ella nunca le toca nada? Hay que compartir. Incluso de pequeña, Elisa intuía que algo no encajaba en el razonamiento de su padre. Pero no podía exponer sus contradicciones, porque nadie la iba a escuchar ni a tomarse en serio su punto de vista. La familia tenía otros problemas, ¿no? El mayor problema era Maxim. El niño tenía graves problemas neurológicos, algo que Elisa después supo que era consecuencia de una lesión al nacer. Decenas de euros se les iban cada mes en medicamentos y especialistas. Probaban de todo: piscina, masajes, hipoterapia… cualquier cosa para ayudarle a mejorar. Con esfuerzo, Maxim iba progresando, aunque todavía quedaba lejos de sus compañeros y solo con tiempo y suerte podría alcanzar un desarrollo normal. Pero lograrlo suponía gastarse casi todo lo que ganaba el padre de Elisa. A ella le parecía terriblemente injusto que a Maxim le celebrasen cualquier progreso en voz alta, mientras que sus logros —redacciones brillantes, premios literarios, notas excelentes— nadie los menciona. — Bah, ¿y eso qué es? — resopló su padre cuando Elisa le enseñó un diploma — ¡Para encender la chimenea quizás! Si ganaras dinero para las medicinas de Max, entonces sí que servirías de algo. Deja de enseñarme papelitos… Después de eso, Elisa ya nunca volvió a hablar con su padre. Por el contrario, de manera inesperada comenzó a recibir algo de atención y cierto cariño de su madrastra, que no resultó ser la bruja de los cuentos. Ya mayor, Elisa tuvo que admitir que a Dasha poco podía reprocharle. No tenía la obligación de ocuparse de la hija de otro ni de quererla como a una hija. Pero empezó a elogiar a Elisa, llamarle “mi pequeña ayudante”, cuando la chica, con once años, empezó a ayudar en la casa. Lo hacía, sobre todo, en busca de ese reconocimiento. Y también, porque le divertía ver las broncas de su madrastra con la hija mayor por las noches, cuando Dasha acusaba a Vera de que solo le traía problemas, pero Jessica —que así se llamaba Vera en casa— le gritaba que a quien realmente prefería era a Elisa. — Siempre la estás mimando, todo el día la llamas tesoro; a mí solo me regañas. Por lo menos papá me quiere, ¡y a ti le da igual! — Tu padre te soporta porque te quiere, pero me desesperas. Un día fumando detrás del colegio, otro peleando con los de primero… ya estoy harta de que me llamen siempre del instituto. Elisa, al menos, no da problemas… Vera escapó de casa. El asunto fue tan serio que organizaron búsquedas y la policía la rastreó con perros. Todos lloraban, pero Elisa, por primera vez en años, sentía que por fin estaba a salvo en su casa. Incluso pensó que ojalá Vera no volviera nunca. Pero Vera apareció. Se descubrió que la chica, de once años, había pasado varios días en casa de un compañero de clase. Y además hubo algo más, algo que llevó a que los servicios sociales se interesaran mucho por la familia de Dasha y el padre de Elisa. Tanto, que se llevaron a los niños de la casa y los entrevistaban por separado, les hacían test psicológicos y médicos. Les hacían preguntas y poco a poco, paso a paso, algún trabajador tenaz fue descubriendo toda la historia. — Lo esencial, Elisiña, es que no digas ninguna tontería a estas cotillas — la aconsejó su padre en una visita. Al verlo, Elisa solo sentía repulsión. Solo se acordaba de ella cuando las cosas se torcían. Y ahora necesitaba que Elisa dijera que todo era normal en casa, que todo iba bien y que lo de Vera había sido mala suerte, no culpa de los padres. Pero Elisa, a sus once años, ya era una niña inteligente. No sabía expresarlo, pero tenía claro que lo que pasó con Vera —y en el fondo, todo lo que ocurría en la familia— era también culpa de su padre y hasta de Dasha. Por más que le costara culpar a Dasha (al fin y al cabo, era la que mejor la trataba en esa casa, aunque no tenía por qué hacerlo), no hay muchas niñas que soporten que para su madre solo “exista el pobre y enfermo Maxim”, y que para ellas solo haya reproches y ni una muestra de cariño. Sí, su padre intentaba suplir ese cariño (a costa de Elisa), pero aquello no era amor auténtico. Y resulta que los servicios sociales también pueden interesarse por un ambiente familiar insano. Pero a su padre, averiguó Elisa más tarde, eso no era realmente lo que le preocupaba.