Sergio llevó a su prometida Irene a vivir a un pueblo castellano, donde él había heredado la casa de su abuela

Cuando traje a mi prometida, Jimena, al pueblo, sentí que mi vida empezaba de nuevo. Era el mismo pueblo donde pasé mi infancia, allá en la provincia de Segovia, y la casa de mi abuela me había quedado en herencia después de tantos años.

Elige, Jimena le dije, ¿vivimos aquí o nos vamos a Madrid a alquilar un piso? No tenía mucho donde escoger; en la ciudad no tenía nada propio, y vivía en el pequeño cuarto de mi hermana, Lucía, junto a mi sobrino mayor.

Lucía no estaba nunca demasiado contenta con mi presencia. Solo se calmaba un poco el día que le daba casi todo mi sueldo como agradecimiento por dejarme vivir con ellos. El resto del mes, no paraba de buscarme pegas y darme tareas.

Cada fin de semana tenía que sacudir alfombras y mantas, sacar a pasear a sus hijos y eso que tenía tres: de uno, tres y seis años, y hasta encargarme de la compra. Su marido casi siempre o estaba en otra ciudad por trabajo o se iba de cañas con los amigos. Cuando no, se iba a casa de sus padres a descansar de la familia.

Jimena lo sabía todo. Era consciente de que yo trabajaba duro y, aun con buen sueldo, apenas me quedaba dinero para mí. Todo era para mi hermana. En cuanto empecé a guardar algo para salir con Jimena, Lucía casi me echó de casa. Terminé dejando el trabajo y pasé dos semanas entregando el piso que compartía.

Mi hermana me exprimió los nervios, y también a mi pobre novia.

Para Lucía, tenerme allí era ideal: tenía dinero, ayuda en casa y con los niños. Protestó una semana, y cuando le dije que no le daría más dinero, simplemente me echó.

Con mis cosas, me fui al cuarto de Jimena en la residencia de estudiantes

El pueblo nos recibió bien. Aunque no teníamos familia cerca, yo conocía a muchos vecinos; los veranos con mi abuela me habían dejado buenos recuerdos y amistades.

Mi madre vivía en otro pueblo de Castilla, y los padres de Jimena aún más lejos. Ayuda no esperábamos de ellos.

Nos casamos en secreto y empezamos una vida juntos. Jimena consiguió trabajo en el colegio infantil del pueblo y yo en el aserradero. Una vecina nos regaló una cabra, ya que ella no podía cuidarla, solo nos pidió medio litro de leche al día a cambio. Pronto vinieron las gallinas y unas ovejas.

El sueldo no era gran cosa, pero entre los animales y que Jimena cosía por encargo, íbamos tirando bien.

Ya teníamos un hijo, Daniel, de tres añitos. Jimena volvió al trabajo después de la baja por maternidad. Los peores años quedaban atrás

Hasta que un día, mi hermana Lucía apareció sin avisar. No la había visto desde que me mudé al pueblo. Traía a sus tres hijos, claro está. Su marido, como siempre, decidió quedarse en casa de sus padres.

¡Pero si yo también viví aquí! dijo Lucía. Venía a ver a la abuela. Aunque, la verdad, me aburría muchísimo Por eso prefiero irme a la playa estos días. Os dejaré a los niños en el pueblo mientras tanto, ¿vale?

¿Y quién los va a cuidar? me quedé a cuadros. ¡Estamos trabajando los dos! Algún día ni siquiera estoy en casa.

¡Bah, es un pueblo, nada les puede pasar! Ellos se apañan solos.

Pues quédate tú y te ocupas. Jimena seguro que no va a aceptar eso.

¿Y por qué le preguntas a ella? ¡Eres mi hermano, ya está!

¿Y tu marido qué? ¿No piensa ayudarte?

No, él descansa de nosotros, está mejor solo.

Desde luego toda la vida descansando el uno del otro, ¿eh?

Mientras hablábamos, los niños de Lucía ya andaban haciendo de las suyas. De repente, escuché un alboroto fuera, miré por la ventana y me quedé de piedra.

Los críos habían soltado al cerdito y corrían detrás de él por toda la huerta. Me costó devolverlo a su corral, con las plantas todas pisoteadas. Después tocó el turno de la cabra y sus cabritillos: la mitad de las coles acabaron destrozadas.

La situación se desbordaba y los hijos de Lucía se volvieron a la calle.

¡Son solo niños! Y esto es el campo, ¿qué problema hay si juegan con los animales?

Daniel nunca hace eso. Sabe que aquí se respetan las cosas.

Después se oyó otro griterío: los niños abrían la puerta del gallinero. Menos mal que el gallo puso orden en cuanto entraron.

¡Menuda vigilancia tenéis en este pueblo! se quejaba mi hermana. Así no se puede…

La culpa no es del gallo. Diles que no toquen nada.

Pues que tu mujer coja vacaciones y vigile a los niños. ¡Si pasa algo mientras no estoy!

Eso no es nada todavía, ni siquiera se acercaron al perro. Y los vecinos tienen un toro. Por la mañana pasan vacas junto a la casa; los perros campan a sus anchas y las ocas de los otros vecinos son peores que el gallo. Ni se te ocurra salir de noche.

¿Lo dices para asustarme?

Te aviso porque te conozco.

En ese momento, llegó un vecino trayendo al hijo mayor de Lucía.

Que sepáis que vuestro chico ha estado jugueteando con fuego detrás de la cochera nos dijo. Con el suelo tan seco, podía haberse liado una buena.

Lucía, no me busques problemas le dije. Llévatelos a la playa, y cuidado que no asusten a los tiburones.

Sois todos rarísimos en este pueblo. ¡Y yo que te ayudé cuando no tenías dónde caerte muerto!

Solo viví contigo un año, porque no tenía más remedio. Pero ya sabes lo que pagué y todo lo que hice

¡Nos vamos de aquí! anunció a los niños. Os llevo con los abuelos.

¡Nooo! chillaban ellos. ¡Queremos ir contigo!

Pero Lucía no cedió. Al día siguiente, madrugaron y partieron de vuelta a la ciudad. Jimena y yo no dejamos de reírnos durante días al recordar la visita de mi entrometida hermana.

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