Estaba fregando los platos cuando mi marido irrumpió gritando. Otra vez su madre. Otra vez la desconfianza. Ya basta.

Estaba terminando de fregar los platos cuando Lucía irrumpió en la cocina con un grito. Otra vez mi madre. Otra vez las dudas. Ya basta.

¿Por qué le has contado a mi madre lo de nuestro dinero?

Me quedé junto al fregadero, acabando la última taza. Entró como una bala, no entrando con naturalidad, sino con la cara desencajada y los puños apretados a los lados. Me sobresalté y dejé caer la taza al agua enjabonada.

¿Qué pasa, Lucía? ¿Te has vuelto loca?

No me vengas con esas. Explícame qué ha pasado.

Lucía se plantó en medio de la cocina. Llevaba la camisa arrugada, y eso que ese mismo día se la había planchado. Siempre le pasaba igual cuando se enfadaba: se ponía nerviosa, daba vueltas sin sentido, gesticulaba demasiado.

Acabo de hablar con mi madre. Me ha dicho: Lucía, tu marido se ha gastado el dinero que estabais ahorrando para el coche. ¿Se puede saber a dónde ha ido ese dinero? ¿Me lo piensas explicar o no?

Apagué el grifo lentamente. Llevaba puestos unos guantes de goma, amarillos; me los quité uno a uno y los dejé a un lado. El corazón me latía en la garganta, no en el pecho.

Lucía, para. ¿Qué dinero? ¿De qué me estás hablando?

No te hagas la tonta. Mi madre dice que has hecho un retiro muy grande. ¿De dónde ha salido ese dinero y a dónde ha ido?

¿De qué cuenta hablas?

¡De nuestra cuenta!

Lucía. Relájate y escúchame.

¡Estoy relajada!

Lo dijo tan fuerte que la vajilla casi vibró en el escurreplatos. La miré. Estaba roja, y sus ojos tenían ese brillo tenso e inmóvil que he visto pocas veces, pero que nunca me ha gustado.

Yo no he retirado nada de nuestra cuenta. Para empezar.

¿Entonces por qué mi madre dice eso?

Me apoyé en el fregadero, resignado. Fuera hacía un día soleado, un domingo normal y corriente. Por la mañana había pensado en cambiar los estores o tal vez en arrimar la mesilla a la ventana. Y ahora esto.

Lucía, creo que tu madre ha entendido mal algo.

Mi madre no se equivoca.

Todo el mundo se equivoca, Lucía.

¡No la critiques! Ella ha visto la cuenta y las cifras.

¿Qué cuenta ha visto? ¿Le enseñaste nuestro extracto?

Nada más decirlo, me arrepentí. Tema delicado. Carmen, su madre, siempre está al tanto de todo lo nuestro, y Lucía lo ve normal: Es mi madre, no una extraña.

No le enseñé nada. Me llamó y le conté algo, sin más.

Algo

No te vayas por las ramas. ¿Por qué aparecen tus transferencias en el móvil de mi padre?

En ese momento lo entendí todo. Se me despejaron las dudas. Suspiré, me senté en la silla y le señalé que hiciera lo mismo.

Siéntate. Vamos a hablar tranquilos.

Me quedo de pie.

Como prefieras. Escucha: mi padre la semana pasada compró un coche. Lo sabes.

¿Qué coche?

Ay, Lucía Si te lo conté. Quería comprar un Seat Ibiza de segunda mano para ir al pueblo. Ya no tiene coche, y el autobús pasa una vez al día. Está solo, yendo y viniendo.

¿Y eso qué tiene que ver?

Mi padre no se aclara con las apps, le dan miedo las tarjetas. Ya sabes cómo son los mayores. Dice que mejor en efectivo, por si acaso. Pero el vendedor sólo aceptaba transferencia. Mi padre me dio el efectivo, lo ingresé en mi cuenta y yo hice la transferencia. Así de simple.

Lucía se quedó callada.

Era su dinero, Lucía. No el nuestro. Me dio el dinero en efectivo y yo lo transferí. No toqué ni un euro de nuestros ahorros.

¿Y por qué no me lo dijiste?

Porque era un asunto de mi padre. ¿Tengo que consultarte todo lo que haga con mi familia?

Cuando pasan grandes sumas por nuestra cuenta, deberías contármelo.

Es mi padre.

Pero aun así ¿soy tu marido o qué?

Ese qué se quedó entre nosotros, pesando. La miré con atención. Ya no estaba tan roja, pero seguía inquieta. Y de pronto sentí un cansancio enorme, no del momento, sino de años, desde hacía mucho.

Sí, eres mi marido, Lucía. Pero acabas de entrar gritando, creyéndote a pies juntillas lo que ha dicho tu madre. No has preguntado nada y ya has decidido.

No he gritado.

Lucía.

Bueno, tal vez he subido la voz un poco

Has gritado.

Se calló, desviando la mirada al frigorífico donde teníamos una foto de hace años, los dos riendo en Valencia.

Vale. Tal vez un poco.

Un poco repetí bajito, sólo repitiendo, sin burla.

Lucía, entiéndelo. Mi madre me ha llamado alarmada, he perdido los nervios

¿Qué exactamente te ha dicho?

Pues que habías hecho una transferencia grande. Sin más detalles.

¿Sabe ella cuánto costaba aquel coche?

No lo sé.

Yo tampoco. Pero lo ha contado y te lo ha dicho. Y tú, ni preguntar: vas directa a por mí.

No he venido a discutir. Sólo quería aclararlo.

Me levanté y miré por la ventana. Afuera estaban los castaños brotando, el aire fresco. El gato del vecino acurrucado, siempre a su bola.

Lucía, voy a decirte algo y te pido que no te enfades.

Dímelo.

No me gusta nada que tu madre sepa tanto de nuestras cuentas. Entiendo que le tengas aprecio, pero tenemos nuestra vida. Que se entrometa así, no es normal.

Es que no la aguantas.

No se trata de cariño.

Sí, es justo eso. Siempre echando la culpa a mi madre.

Cerré los ojos un segundo. Respiré hondo.

Hace tres años tu madre te llamó porque, según ella, yo gastaba demasiado en la compra. ¿Lo recuerdas?

Algo me suena

Cogió tus tickets y lo calculó. Dijo que compraba cosas innecesarias. Tú viniste y: ¿No podrías gastar menos?. ¿Recuerdas?

Quería ayudar

Quería vigilar.

No eres justa.

Otra vez: el año pasado, me quedé en la oficina hasta tarde, cierre trimestral. Volví a casa a las diez. Tu madre te sugirió que con quién estaría a esas horas. ¿Te acuerdas qué me dijiste?

Lucía hizo un gesto.

Dijiste: ¿Seguro que estabas con compañeros? Así, medio en broma.

Era sólo por preguntar

Tú antes no preguntabas. Porque confiabas. Sólo a raíz de ella.

Anda, ya

Y otra cosa seguí bajando mucho la voz. Tu madre me vio un día con Manuel, el vecino. Me ayudó con la bolsa, sin más. ¿Te acuerdas lo que dijo?

Calló.

Te dijo que me había visto con un hombre. Y tú, tres días sin hablarme. Por eso.

No pensé nada raro

Lo pensaste, aunque no lo dijeras.

Lucía me miró. Sin rabia ya, más perdida que otra cosa. Abrió la boca, pero no le salió nada.

No quiero armar bronca. De verdad no quiero. Pero lo de hoy no es la primera vez. Siempre igual: escuchas a tu madre, vienes a por mí, sin preguntar si algo es cierto. Sólo lo crees.

Ella no lo hace por maldad.

Puede ser, pero el resultado siempre es el mismo: tú me miras con recelo y yo tengo que justificarme. Y estoy cansado, Lucía. De verdad.

¿Qué quieres? ¿Que deje de hablar con mi madre?

No. Solo quiero que cuando tengas dudas, antes hables conmigo.

Y lo solté tranquilo, sin elevar la voz ni una lágrima. Lo solté y pesó ahí, fuerte.

Lucía miró al suelo. Luego a mí. Quiso replicar pero no pudo. Me quedé esperando.

Yo tampoco sabía nada del coche dijo.

Podrías haber preguntado. Bastaba entrar y decir: Oye, mi madre me ha dicho esto, ¿qué hay de cierto? Nada más.

Ya

Pero has venido gritando, como si me hubieras pillado robando.

Silencio. Sólo el compresor de la nevera. El sol seguía recortando la cocina, imperturbable.

Miré a Lucía: mi mujer de casi veintiséis años, con quien hemos criado un hijo, enterrado un padre, mudanzas, malos tiempos, enfermedades, lo que tú quieras. La conozco mejor que a mí mismo. Sé cómo respira dormida, cómo sostiene las tazas, que es buena persona y que me quiere.

Y aun así, esto.

Vete, Lucía.

¿Qué dices?

Sal. Necesito estar solo.

Pero…

Por favor.

Se quedó unos segundos. Luego se fue. Sin portazos. Oí cómo cruzaba el pasillo. La puerta del salón crujió.

Me volví al fregadero. Saqué la taza, la lavé por rutina. Miré por la ventana, y pensé en llamar a Pilar, mi amiga de siempre, del instituto, que sabe escuchar y nunca aconseja.

O mejor no. Tal vez sólo largarme, despejarme. Porque en esta cocina, con el zumbido del frigo y el sol sin importancia, ya no podía más.

Estuve un buen rato aturdido. Saqué algo de ropa. Metí la chaqueta en la bolsa, luego la saqué: mejor el jersey gris, el que Pilar siempre me dice que me queda bien. Al ir a salir, recordé el cargador, aún en la cocina.

Me sentí incómodo sólo al entrar no porque Lucía estuviera dentro, ya la había oído poniendo música en el salón y apagándola después. Era más esa tensión: ¿hablar o callar? Da igual, costaba lo mismo.

Agarré la mochila y la chaqueta. Salí hacía la entrada.

¿A dónde vas? preguntó Lucía desde la puerta del salón.

A ver a Pilar.

¿Por qué?

Porque sí.

Espera, no lo hagas en caliente

Justamente en caliente. Eso lo tengo claro.

¿No podemos hablar?

Llevamos media hora hablando, Lucía. Te lo he explicado todo.

Me refiero a hablar de verdad.

Le sostuve la mirada, con la mochila en la mano.

¿Quieres hablar de verdad después de entrar chillando?

¡No he chillado!

Lucía

Se tapó los ojos, harta.

Vale, igual he perdido los nervios Pero no te vayas. Somos como críos, de verdad.

¿No se van los niños? sonreí sin ganas. Nuestro hijo, cada vez que le decíamos algo, se encerraba en el baño dos horas. Crío

David es distinto.

Por supuesto. Me voy, Lucía. Necesito aire.

¿Te vas enfadado y me dejas aquí pensando?

Mira la tele o lee algo. O no pienses.

¡Fernando!

Me puse la chaqueta. Abroché bien la cremallera.

No me crees, Lucía. Esa es la herida. No lo que hayas gritado, sino que veintiséis años juntos y no me crees. Eso sí duele.

Se quedó callada. Me marché.

Volveré más tarde. O mañana, no lo sé.

Ya casi estaba en la puerta. Lucía me miraba, tenía cara de no saber dónde meterse, los hombros hundidos, los pelos grises en las sienes. No recordaba haberla visto tan desarmada en diez años.

Fernando dijo despacio.

Salí de casa.

La puerta cerró tras de mí. Me quedé de pie en el recibidor. Fui al salón, me senté, me levanté, otra vez en el sofá.

El teléfono había quedado en la mesa. Miré la pantalla.

Dos mensajes de mi madre: ¿Entonces? ¿Lo hablaste? y Fernando, dime algo.

Lo cogí. Dudé. Salí a la terraza a ver los castaños bailando; la tarde aún era azul. El perro de los vecinos corría en círculos al sol.

Marqué otro número.

¿José María? Soy Fernando.

¡Fernando! La voz de mi suegro era alegre, un poco áspera. ¿Qué tal, hijo? ¿Todo bien?

Quería preguntarte ¿la semana pasada compraste el coche?

Sí, sí rió. Un Seat Ibiza, muy bien de precio. Ahora me siento joven otra vez, ya no dependo del bus. Y tu mujer me ayudó, que con esto del banco no me aclaro, ya sabes.

Guardé silencio.

¿Fernando? ¿Sigues ahí?

Sí, sí. Sólo quería saber si el dinero era el tuyo. El de la transferencia.

¡Claro, hombre! ¡Faltaría más! Yo di el efectivo, tu esposa me lo pasó a la cuenta y lo transmitió. Una joya, tu chica. Si quieres pasarte, tengo empanada de manzana recién hecha. No le digas nada, que me regaña por el azúcar.

Paso un día, claro. Gracias, José María.

No hay de qué. Venid cuando quieras.

Colgué, me senté y me llevé la mano a la cara.

Qué tonto he sido.

Dejo que mi madre llene mi cabeza de sospechas, entro a la cocina como un toro y suelto cuatro gritos a mi mujer que nunca me ha hecho una mala jugada. Ella, que siempre ayuda a todos, que nunca dice que no, que siempre acoge.

Y yo, así de tonto.

La he visto fregar platos con cuidado, quitarse los guantes despacio, hablar sin alterarse, mirarme cansada, tan cansada No se ha enfadado. Sólo ha estado agotada.

Y lo de los tickets era verdad.

Y los tres días sin hablarle por lo de Manuel, también. Convenciéndome a mí mismo de que era sólo mi humor, pero si soy sincero, fue por culpa de mi madre con su donde hay humo, hay fuego, repitiéndomelo media hora hasta que la duda vino sola. Y me fui sin preguntar, sin hablar.

Saqué el teléfono. Llamé a mi madre.

¡Fernando! ¡Por fin! ¿Y qué te dijo? ¿Te explicó algo?

Sí, mamá. Todo.

¿Y qué?

Era el dinero de su padre. José María me lo acaba de confirmar. Todo normal.

Silencio.

Qué más da dijo al fin, dolida. Deberías saber cuándo se mueve dinero en vuestra cuenta.

Mamá.

No, espera. Es por ti, no por mí. Y si acaso ella

Mamá, para le corté con firmeza, sorprendiéndome a mí mismo. Escúchame bien, por favor, y no me interrumpas.

Habla, venga.

No has actuado bien. Has llamado lanzando acusaciones, sin saber. Y yo he ido y le he gritado a mi esposa como un imbécil. Ahora se ha ido de casa. Por mi culpa. Me porté como un idiota.

No dije nada grave

Mamá. La paré más suave pero sin ceder. Es habitual. Vas, siembras la duda, y yo corro a mi mujer. Y siempre resulta que no era nada. Yo no quiero seguir así. Es mi vida con ella, mamá. Nuestra vida.

Era por ti

Lo sé. Mamá, te quiero. Pero no repitas esto. Si un día pasa algo que te haga dudar, sólo dime: Fernando, pregunta antes. Sin historias. No más.

Así que ahora estás del lado de ella.

De lo nuestro, mamá. De mi familia.

Silencio largo.

Nada más, mamá. Te quiero. Hablamos otro día.

Colgué antes de que contestara. Me quedé mirando el móvil, callado.

Llamé a Lucía.

Tonos largos. Saltó el buzón.

Aparqué el teléfono y fui a la ventana. Los árboles se habían calmado, ni brisa ya. Todo silencioso y limpio, un azul entre ramas casi doradas.

Me puse la chaqueta y salí de nuevo.

Pilar abrió la puerta y entendió enseguida por mi cara qué pasaba.

Entra dijo. Te pongo una infusión.

Su cocina siempre olía bien, cortinas con dibujos, el gato Pancho estirándose perezoso. Tomé la taza y estuve largo rato callado. Pilar tampoco habló, sabía cuándo dejarte en paz.

Estoy cansado, Pilar.

Se te nota.

No es por la bronca. Es algo más profundo. Las broncas pasan. Esto es otra cosa.

¿Qué cosa?

Apreté la taza, calentando las manos.

No me cree, Pilar. Después de veintiséis años, y no me cree. Si su madre dice algo, basta un segundo y ya dudan de mí.

Yo creo que sí te cree replicó ella suavemente. Es que Carmen tú sabes cómo es Carmen.

Sí, lo sé. Pero quien elige, es ella, no su madre. Siempre decide: ¿le pregunto a mi madre o a mi marido? Y siempre elige a su madre.

Guardó silencio.

No le pido que renuncie a su madre. Al contrario. Que la quiera, la cuide, lo que quiera. Solo quiero que nos respeten en lo nuestro, que me cuente a mí las cosas importantes, que de mí reciba la versión de lo que hago.

¿Se lo has dicho?

Lo he dicho.

¿Y?

Me he ido.

Pilar suspiró. Me llenó de nuevo la taza.

Bien hecho. Que piense.

Me da miedo.

¿De qué?

Pensé un instante.

Que nada cambie. Que diga vale, perdona, pero luego un día más, otro, y cuando llame su madre, vuelta a empezar. No quiero vivir así.

La gente puede cambiar.

Pueden pero lento. O igual no cambian nunca. ¿Cómo saberlo?

Pilar solo sonrió. Hay cosas que nadie puede responder.

Pancho se revolvió. Fuera, pasaba un coche.

Bueno dije, dejando la taza. Me voy.

¿A casa?

A casa. No hago nada aquí sentado. Hay mil cosas que hacer.

¿Te llamó?

Saqué el móvil. Una llamada perdida de Lucía.

Sí.

Mira, ya es algo.

No significa nada pero me levanté y fui a por el abrigo.

Volví en el tranvía contemplando el paisaje. La ciudad tenía ese aire de primavera, todavía manchada de polvo después del invierno pero viva. Padres con hijos pequeños, bolsas del mercado, ancianos dando de comer a las palomas.

Pensé en mi padre.

Habría que ir a verle pronto. Ahora con coche será más independiente, pero nunca está de más estar cerca. La salud ya no es lo que era.

Pensé en David, mi hijo, que vive en Sevilla, llama poco, pero cuando llama alegra el día. Es un buen chico. Su pareja es un encanto. Y voy a ser abuelo.

Pensé en las paredes de casa. ¿Amarillas o beige? Tal vez beige da más calor de hogar.

Paró el tranvía. Mi parada.

Bajé.

La puerta de casa estaba sin cerrar.

Me extrañó mucho. Lucía siempre la cerraba. Entré y colgué el abrigo.

¿Lucía?

Aquí su voz, suave, desde el salón.

Entré. Estaba sentada en el sofá, sin tele, mirando al frente, las manos sobre las rodillas. Dos tazas sobre la mesa, humeando.

Me miró.

Has vuelto.

He vuelto.

Me quedé en el umbral. Ella se incorporó, dudó, se sentó de nuevo.

He llamado a José María.

Ya sé, mi padre me avisó.

Es buena persona.

Lo sé.

Ha hecho empanada.

Eso siempre le sale bien.

El silencio, tenso, flotaba entre nosotros. Me senté, cogí la taza. Era café.

¿Llamaste a tu madre? preguntó ella.

La llamé.

¿Y?

Le dije que no podía seguir así. Que tenemos que arreglarnos entre nosotros.

Lucía me miró.

¿De verdad?

De verdad. Se ha molestado, claro. Ya sabes cómo es con ese tonito

Lo sé.

Bueno. Lo pasaremos dije sin mucho convencimiento, pero decidido. Tenía que dejarlo claro. Demasiado tiempo callando.

Lucía sostuvo la taza entre las manos. Me miraba, algo encogida, pero ya menos lejana. Notaba de nuevo ese calorcito normal, imperfecto.

Fernando, perdón dije. He metido la pata. He sido tonto. Que si llama mi madre, que si corro a acusarte fatal.

Muy mal.

Lo sé pausa. ¿Querías hacer reformas? Lo que decías de las paredes, ahora por la mañana.

Fernando.

¡En serio! Hacemos obra. Escoge el color que te apetezca. Y este año, vacaciones. Semana en la playa. Ya era hora.

Fernando, no necesito vacaciones.

Ya sé que eso no lo arregla, suspiré. No encuentro otra forma de demostrarte que quiero hacer las cosas bien.

Dejó la taza.

No pido nada especial. Su voz era lenta, eligía mucho cada palabra. Solo que confíes en mí. Es tan simple como eso.

Confío en ti.

Hoy has confiado en tu madre.

Callé.

Hoy la he fastidiado.

Una vez no importa tanto. Es que no es la primera vez. Y temo que no sea la última.

No volverá a pasar.

Espera. No me prometas. Negociemos.

Se volvió hacia mí.

Si tu madre vuelve a llamarte con dudas sobre mí, antes de creer nada, ven a preguntarme. ¿De acuerdo? Sólo eso pido. ¿Puedes?

Dudé un momento.

Sí. Puedo.

¿Entonces lo acordamos?

Acordado.

Nos quedamos uno junto al otro en el sofá, apenas veinte centímetros de separación, pero ya no éramos dos extraños.

Anochecía fuera. Los castaños apenas se veían en el cielo oscuro.

Sabes que tu madre volverá a intentarlo, ¿verdad? dijo suave. Pondrá mala cara un mes y luego otro lío.

Lo sé.

Y así una vez detrás de otra.

Sí.

¿Cómo vas a llevar eso?

No contesté de inmediato. Pensé, y ella lo agradeció que no respondía lo primero que salía.

No lo sé.respondí con sinceridad. Es mi madre. Pero te aseguro que esta vez sí pondré pies en pared. Tendré que hablarlo cara a cara, explicarle que esto no puede seguir.

Se pondrá a llorar.

Llorará asentí. Pero eso no me quita el motivo.

Lucía me miró de soslayo. Luego bajó la vista.

Sabes que no se resuelve en dos días.

Lo sé.

Seguirá señalándome.

Que lo haga dije cansado, pero sin amargura. A quien tengo que cuidar es a ti. Nuestra vida es la que importa.

Asintió.

El café estaba frío. Me lo tomé igual, porque a esas alturas daba igual.

Las paredes dijo de pronto.

¿Qué?

Crema o amarillas. No me decido.

La miré. Sonreímos, apenas, sólo un poquito.

Las dos quedan bien.

Habrá que ir a la tienda a ver muestras.

Vamos cuando quieras dije.

Volvió a asentir, y se quedó observando el sofá, el salón en penumbra, esa luz cálida que nos envolvía. No todo estaba resuelto. Mañana podría haber bronca de nuevo, la madre, lo de siempre. Fernando diría las frases correctas, no vacías, pero sé que entre decir y hacer hay trecho.

Pero ahora mismo estábamos juntos en el sofá. Y eso significaba algo.

Fernando dijo ella.

¿Qué?

Ponme café. Caliente.

Me levanté y fui. Escuchó la cafetera en la cocina, notó el olor delicioso. La vida es así: ni toda fiesta, ni puro desastre. Entre el cansancio y las palabras a medias, a veces, uno se encuentra acompañado.

Volví con dos tazas, me senté al lado y le llevé una.

Gracias dijo.

De nada.

Guardamos silencio. Fernando me cubrió la mano tímidamente con la suya, esperando que no la apartara. No la aparté.

La próxima vez que tengas dudas empecé.

Te pregunto. Solo eso.

Y yo te respondo.

Asintió.

No cuesta tanto musitó.

Nada.

Fuera, pasó un coche, los faros se reflejaron unos segundos en la pared. El café caliente estaba perfecto. Mañana llamaría a mi padre para preguntar por el coche. Y el domingo elegiríamos las paredes.

Hoy he aprendido que la desconfianza no se combate con promesas, sino con gestos sencillos y sinceridad. A veces sólo hace falta preguntar antes de desconfiar. Eso, y querer estar juntos, a pesar de todo.

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fifteen + eighteen =

Estaba fregando los platos cuando mi marido irrumpió gritando. Otra vez su madre. Otra vez la desconfianza. Ya basta.
Natacha no podía creer lo que le estaba ocurriendo. Su marido, el único, al que consideraba su apoyo y refugio, hoy le dijo: «Ya no te quiero». El impacto fue tan grande que se quedó petrificada, mientras él recogía sus cosas y hacía ruido con las llaves. Como si no le faltara nada más. Hace poco falleció su padre de repente, y, a pesar de su propio dolor, tuvo que cuidar de su madre, ya con el pelo blanco, y de su hermana —que a los 18 años, tras una gravísima lesión cerebral, quedó discapacitada—, quienes vivían en el pueblo de al lado. Su hijo acaba de empezar primero de primaria. En junio cerraron la empresa donde trabajaba y se quedó sin empleo. Y ahora esto… Natacha se agarró la cabeza, se sentó a la mesa y rompió a llorar. —Dios mío, ¿qué hago? ¿Cómo vivir? ¡Ay, Alvarito! Tengo que ir corriendo a recogerle al colegio. Las obligaciones diarias le obligaron a levantarse y seguir adelante. —Mamá, ¿has llorado? —No, Alvarito, no. —¿Lloras por el abuelo? Mamá, ¡cuánto lo echo de menos! —Y yo, hijo. Pero debemos ser fuertes. Nuestro abuelo siempre lo fue. Ahora está bien allá arriba con Dios, no te preocupes. Se merece el descanso: nunca logró descansar en vida. —¿Y papá dónde está? —¿Papá? Seguramente se ha marchado de nuevo de viaje por trabajo. ¿Y tú qué tal en el cole? Hay que vivir. ¿Ya no me quiere? Qué se le va a hacer. Nadie puede obligar a amar. Algo se me escapó entre el ajetreo diario. Mientras Alvarito comía y jugaba con sus soldaditos, Natacha entró en el correo electrónico de su marido, algo que nunca había hecho antes. Era fácil acceder; la entrada estaba en la esquina izquierda. Él no llegó a borrar los últimos mensajes. Tenía un amorío en toda regla. Y ella, ahora, era la “no amada”. Diez años había sido “mi sol”, tras ocho años de lucha por tener un hijo se había convertido además en “la mejor madre”. Ahora todo cambiaba. Y había que acostumbrarse. Pero antes, buscar trabajo. A nadie le importaba su titulación universitaria. La ayuda temporal del INEM casi no daba ni para comer. ¿Qué pasó, qué ocurrió, por qué aquel marido responsable y atento cambió de repente y se volvió ajeno? Sólo encontraba una respuesta: se había vuelto loco. La casa que construían juntos, ladrillo a ladrillo, quedó a medio acabar. Menos mal que tenían techo y una habitación habitable. —¡Trabajo, cuánto te necesito! —Natacha estuvo a punto de llorar otra vez, pero no podía permitirse perder tiempo. Necesitaba encontrar trabajo. Buscó durante días, sin éxito. El primer curso de su hijo y la soledad reducían sus posibilidades al mínimo. Una noche, tras otro día fallido, llamó su primo Román: —Nata, ¿entonces el tuyo no ha vuelto? —No… —¿Quieres ser encargada de almacén? —¿Hablas en serio? —Claro, sé que no te hace gracia lo de Vova. Pero es con turno partido, podrías recoger a tu ahijado o llevarle a la extraescolar. El sueldo, 900 euros. Poca cosa, pero mejor que nada. Mañana te traemos unas patatas, cebollas y un pollito. —¡Román, si tengo mis gallinas! Nos dan los huevos y nos alimentan. —Pues que sigan dando huevos. Nada de matarlas. —Gracias. ¿Y Galita cómo está? —Bien, ahí va “tirando”. Es una campeona. Siempre igual él. Su mujer Galia había pasado una operación muy dura y recibía quimioterapia, y él nunca se quejaba de que cargaba con todo. Para él siempre “todo va bien”. Natacha suspiró: había esperanza. Gracias a Dios, que todo lo ve y nunca falla. Gracias por el “primo”. El trabajo era sencillo y encontraba momentos para estar sola, llorar y pensar en lo ocurrido. Los días, las semanas y los meses pasaron volando. Un año después, Natacha empezó a sentir hambre, a poder dormir, a reír y alegrarse por los éxitos de Alvarito. El dolor por la traición de su marido revivía cuando él venía a buscar al niño los fines de semana. Nunca se lo impedía: los problemas de los mayores no debían hacer infeliz al niño. Quiso preguntarle dónde falló, aunque sabía que no era cuestión suya, sino la pasión repentina de su ex por otra mujer. Recordó una frase de una película: “El amor dura hasta el primer giro de la vida; luego empieza la vida de verdad”. Para ella, amor y vida eran inseparables. ¿Para él? Aquel otoño parecía una prolongación del verano: cálido, los árboles aún verdes, los niños riendo en la calle y las flores de las jardinera reventonas de color. El día que Natacha notó la mirada intensa de Miguel fue igual que todos, aunque quizá el sol brillaba más y la música sonaba más fuerte desde la casa vecina… O quizá era el momento de que dos soledades se encontraran según el plan del destino. —Señorita, ¿le ayudo? No debería ir tan cargada. —Ya estoy acostumbrada. —Mal asunto, que una mujer tan guapa se acostumbre a llevar peso. —¿Ayuda usted a todas las guapas? ¿Está de guardia en la puerta del súper? —Eso, estoy de guardia, he perdido los ojos buscando una belleza y finalmente la encuentro. Imposible no reírse. Y los dos se rieron sin poder parar. —Miguel, —y le tendió la mano, con una chispa en los ojos. —Natacha. —¿Has oído esa canción de “Natacha, Natacha, esposa de otro”? —No. Pero no soy esposa. —¿En serio? ¡Menuda suerte la mía! Por fin encuentro a una mujer con la que sólo se puede soñar y resulta que está libre. ¿La gente está ciega o loca? —Veo que el humor no le falta. ¿Y la seriedad? —También. Nata, ¿por qué no vamos hoy al cine y charlamos? —No puedo, tengo que recoger a mi hijo de la extraescolar. —¿No me lo creo! ¿Tiene usted hijo? ¡Si parece que tiene veinte! ¿Qué extraescolar? —Tengo 35. —Y yo también, qué casualidad. Pero pensé que eras mucho más joven. —¿Y ahora? —¿Ahora? Asimilando. Todos los hombres sueñan con tener hijos. Y tú me dices así, tan tranquila, que eres madre pero no casada. ¿Dónde está el padre de tu hijo? —No quisiera hablar de eso ahora. —Entendido. No hay problema. Entonces el fin de semana. Podemos ir los tres a un pase infantil. —El fin de semana Alvarito está con su padre. —Natacha, no quiero ser alguien que te incomode. Si tienes un par de horas libres, llámame. Aquí tienes mi tarjeta. Por cierto, pone que soy pediatra hematólogo. —No se puede tener trabajo más serio. —Y tiempo para buscar guapas, menos. —Bueno, Miguel, te llamaré, —dijo Natacha, sincera. —Te esperaré. ¡Qué bonito aquel otoño! Parecía su regalo. Rayos de sol que pintaban las hojas de mil colores, días templados que les abrieron todos los parques de la ciudad. Y la ternura que, por fin, rompió todo el dolor del pasado y los hizo girar en una danza otoñal bajo un despliegue de hojas. Se acercaron tan despacio, tan cuidadosos, que Natacha descubrió sorprendida cómo le atraía este hombre excepcional. Casi mes y medio después de conocerse, ella le propuso, tímidamente, “tomar un té juntos”. —Nata, ¿no te enfadarás? No voy a entrar en tu casa. Para mí lo que pasa ahora es muy importante, quiero cuidar ese momento. ¿Confías en mí? Ese fin de semana fueron juntos al parque natural, donde Miguel alquiló una casa que parecía un pequeño castillo. Dentro todo era limpio, acogedor, pero Natacha sólo veía los enormes ojos castaños de su amado y se sentía flotar en sus abrazos. Nunca había imaginado que la intimidad pudiera ser tan dulce. —Miguel, ¿dónde estoy, qué me ocurre? Creo que me muero. Te amo tanto. ¿Cómo viví sin ti? ¡Qué feliz soy contigo! —¡Eres maravillosa! ¡Qué suerte la mía! Unos meses después, les costaba cada vez más separarse. —Nata, cásate conmigo. —Migue, el divorcio sale a finales de mes. —¡Y directamente nos casamos! No vaya a ser que alguien te robe. —A esta chica no la conquista cualquiera, tiene su dueño. Nada de celebraciones, Migue, sólo firmamos y nos vamos a ese castillo donde ya soy tu esposa para siempre. —Por supuesto, mi amor, lo que tú digas. Román y Galita fueron los únicos testigos en la boda civil. Su madre y hermana mandaron un telegrama de felicitación. Pronto se mudaron al piso alquilado por Miguel, juntos reformaron y decoraron su nidito con todo mimo. Miguel puso especial esmero en la habitación de Alvarito. Ellos ya se conocían, pero el niño, para quien papá y mamá eran “dos mitades de una manzana”, apenas se acercaba al nuevo compañero de su madre. —Nata, no te asustes, ¿me dejas que le haga controles de sangre a Alvarito? Está demasiado pálido y no me gusta. —No digas eso, Migue. Sólo está triste. Le costó asumir el divorcio, soñaba con que no pasara. He leído que el divorcio es peor para un niño que la muerte de alguno de los padres. —Tienes razón, mujer sabia. Yo lo viví de niño y fue una auténtica catástrofe. Pero que se haga la analítica, ¿vale, campeón? Aquel día Miguel entró en casa con la cabeza baja. Natacha lo notó al instante: algo había pasado. —Nata, no te asustes. Hay cambios en la sangre de Alvarito. Mi intuición no falló… por desgracia. Mañana me lo llevo. ¿Es justo? Como si por la felicidad hubiese que pagar tan caro. Leucemia. Qué palabra tan terrible. Arrancó otra etapa. Natacha pidió la excedencia: no se imaginaba a Alvarito pasando solo los pinchazos, goteros y análisis. Le cogía la mano y sólo le pedía: “Aguanta, hijo mío, eres fuerte. Siempre fuiste mi amigo más fiel. Nunca nos separamos, y juntos seguiremos siempre”. Cuando ya no podía más, Miguel la mandaba a dormir, mientras él quedaba con el niño. Dormir era difícil: casi siempre sólo lograba tumbarse mirando el techo. Su ex llamó y le exigió que se diera de baja en el registro de la casa a medio construir. —Ya me encargaré yo de mi hijo. Vendrá a mi casa. —Deberías visitar al niño… —Ahora no puedo, debo viajar por trabajo. Miguel la consoló: —Nata, juntos saldremos adelante, no te agarres al pasado. —Da rabia. Gané buen dinero y todo lo puse en esa casa… Pero ahora, ¿eso importa? ¿Me vas a borrar? —Ni caso. Ahora pon cada pensamiento en Alvarito. Yo puedo con todo. Soñé siempre con una familia. Dios lo sabe. No nos la quitará. —¿Y los análisis de Alvarito? —Hacemos todo lo posible. Por ahora, malos. Nata lloraba en silencio. Que el niño no sepa que todo va mal. —¿Tío Miguel, qué me pasa en la sangre? —Mira, tenemos barquitos rojos y blancos. Los tuyos están en guerra. —¿Quién va ganando? —Por ahora los blancos. —¿Y después? —Ayuda a los rojos. —Mamá, llevadme lejos. Estoy cansado. —Nata, también lo pensé: vamos a llevarle al castillo a descansar. Hace buen tiempo. Pasearemos por el bosque. Que disfrute. La primavera llenó el rincón de plantas y árboles en flor. Los tres se internaron en el bosque. Celebraban cada flor, cada brizna de hierba. Pero Alvarito a veces se quedaba serio, pensativo y quieto. —¿Qué pasa, hijo, te duele? —Mamá, no me distraigas. Estoy en batalla naval. Las vacaciones terminaron pronto. El niño se transformó: se le veía más fresco, hasta con color en las mejillas. —Mamá, ¿dónde está papá? —En viaje de trabajo, cariño. —¿Otra vez? Bueno… De vuelta al hospital, repitieron análisis. La jefa de laboratorio vino en persona. —Doctor Miguel, ¿dónde ha estado con su hijo? —Aquí cerca, en el parque natural. ¿Qué pasa? ¿Cómo va su sangre? —¡Está fenomenal! ¡Está en remisión! Analítica perfecta. Miguel entró saltando en la habitación. —Alvarito, ¿qué has hecho? Estás mejor, campeón. No llores, Natacha. Está sanando. ¿Qué hacías, hijo? —Papá, ¿recuerdas lo de los barquitos? Hice ganar siempre a los rojos. En cada batalla naval.