El derecho al sosiego

Derecho al sosiego

En cuanto Lucía cruzó la puerta de la cafetería, notó que su amiga no estaba nada bien. Un rostro pálido, mirada apagada, expresión caída… Nada que ver con la Isabel de siempre. No perdió el tiempo en formalidades y fue directa:

¿Otra vez esa loca dándote la lata?

Isabel se estremeció ante la brusquedad del tono de Lucía. Apartando con nerviosismo un mechón rebelde, exhaló despacio, como si cogiera fuerzas para hablar:

Esta mañana llegó a la puerta de la oficina. Se quedó plantada, mirando al ventanal de mi despacho. Ni intentó entrar, ni cruzó palabra. Sólo miraba, como una estatua. Y eso me inquieta aún más… ¿y si mañana le da por algo peor?

La voz de Isabel era apenas un murmullo. En ella se leía la inquietud, pero también una resignación amarga, como si hubiera aceptado que aquello era ya rutina.

Lucía, al oír la confesión de su amiga, no disimuló el enfado. El café tintineó con fuerza en la taza y varios clientes se giraron. Sin embargo, a ella sólo le importaba una cosa.

Por Dios, Isabel, esto es insostenible. ¿Hasta cuándo piensas aguantar? desbordaba auténtica preocupación. ¿Has hablado con Álvaro? ¿Hace algo al respecto?

En sus palabras se colaba la impaciencia. No era contra Isabel, sino contra la situación, tan absurda, tan agotadora, tan fácil de cortar según Lucía si se tomaran cartas de verdad. Si le pasara a ella, esa mujer llevaba tiempo ingresada. Y bien que le había ofrecido ayuda a su amiga…

Isabel apretaba los puños sobre el regazo, tanto que los nudillos se le habían puesto blancos. En su interior se acumulaba cólera, decepción, agotamiento por el carrusel de pequeños sobresaltos cotidianos. Aunque la voz le temblaba, intentó mantener la compostura:

Dice que no puede dejarlo ir. Que está pasando un mal momento. ¿Y yo tengo que cargar con eso? Lleva dos meses haciéndome la vida imposible.

Las palabras salían atropelladas, como una riada contenida durante demasiado tiempo. Isabel sentía en el pecho una bola de rabia, impotencia y miedo.

¿Dos meses? ¡Pero si desde el principio ya era para preocuparse! exclamó Lucía, bajando la voz al notar que la camarera, al pasar cerca, les prestaba atención. ¿Recuerdas aquellos mensajes del principio? Me pegaba, me maltrataba, no sabes cómo es. Huye. citó de memoria. Y Álvaro… Álvaro que ni levanta la voz.

Isabel asintió, echando un vistazo, inquieta, hacia la puerta. Parecía temer que Mercedes, la acosadora, fuera a aparecer en cualquier instante.

Eso es. No ha dado una sola señal de lo que ella dice. Cariñoso, atento… Pero ella no para: escribe, se presenta, monta numeritos. El otro día irrumpió en el despacho, chillando que le había robado la felicidad. Por suerte, los de seguridad actuaron rápido.

Había amargura en la voz de Isabel. Todavía le costaba creer que alguien llegase tan lejos con tal de hundir la vida de otra persona por venganza.

Lucía tamborileó con los dedos en la mesa, buscando palabras que pudieran consolar, aunque fuera un poco, a su amiga. La situación era demasiado grave para tópicos vacíos.

Y luego sus fotos… esas publicaciones en redes… murmuró, aún con incredulidad. ¿Se las enseñaste a Álvaro?

Isabel bajó la mirada, incapaz de detener la punzada en el pecho al recordar eso.

Sí. Dice que es ridículo, que cualquiera se da cuenta de que son montajes. Pero va a hundir mi reputación. Usa mis fotos, las mezcla con otras burdamente retocadas, escribe a chicos haciéndose pasar por mí, envía imágenes obscenas… Ya no sé quién me cree y quién piensa que soy yo.

Por un segundo, Isabel estuvo a punto de llorar. Quería llevar una vida tranquila pero ahora cada día era una batalla para demostrar que era una persona decente. De hecho, empezaban a pararle desconocidos en la calle con propuestas asquerosas. Al ritmo que iba, pronto temería salir sola de casa.

Lucía revolvió mecánicamente su café frío, viendo cómo el líquido giraba en espiral. La situación era asfixiante. Álvaro no se movía, se excusaba con lo de siempre: que Mercedes estaba traumatizada por su ruptura. Pero eso no tranquilizaba nada.

¿Y la policía? preguntó Lucía. ¿Al menos has denunciado?

Isabel tardó en responder. Miró a lo lejos, reviviendo la amarga visita a comisaría. Cuando por fin habló, lo hizo con ironía resignada:

Dicen que no hay delito. Ni me toman la denuncia. Que lo del estropicio en el vestíbulo y arañar al portero fue alteración del orden. Una multa, pagada, y a seguir con sus cosas.

El cansancio en la voz de Isabel era demoledor y Lucía apretó los dedos alrededor del borde de la mesa. Se imaginó cómo sería vivir cada día esperando la próxima locura, siempre alerta, temiendo por la propia seguridad y nombre… No, no se podía seguir así. Mercedes tenía que asumir las consecuencias. Si la denuncia no la tomaban en el comisaría de barrio, se iría a instancias superiores.

Aunque había otra salida, y aunque era la más simple, nadie se atrevía a ponerla en voz alta.

¿Te has planteado… dejarlo con Álvaro? sugirió Lucía, con tacto, midiendo cada palabra. A lo mejor, sin relación, se acababa el problema.

No quiero. Le quiero… soltó Isabel al instante, mirándola con sorpresa. Pero esto es un estrés constante. Tengo miedo de salir, miedo a que vuelva a aparecer. Y Álvaro… no imagina lo grave que es. Dice que Mercedes se curará en unos días y me dejará en paz. ¿Tú te lo crees?

Había desilusión y una pizca de reproche en la voz de Isabel. Le gustaría que él le demostrara lo que sentía, que la defendiera de verdad, no que lo simplificara todo como crisis pasajera de una exnociva.

Lucía exhaló, compadecida pero firme.

Tal vez no lo comprende, afirmó con suavidad pero rotundidad. Pero tú tienes que fijar límites. O espabila y actúa, o…

Isabel le dirigió una mirada húmeda, llena de desesperación.

¿O qué? Yo no quiero perderle, Lucía. Pero así no puedo vivir.

Justo en ese momento, una campanilla sonó sobre la puerta del local. Ambas miraron hacia allí y vieron entrar a Álvaro. Exhausto, pero al verlas sonrió como de costumbre, dando a Isabel una efímera sensación de alivio.

Se acercó a la mesa, saludó con un leve gesto a Lucía y se centró en Isabel. Se sentó junto a ella y le tomó la mano con delicadeza, como intentando que parte de su agobio desapareciera en aquel gesto.

Buenas, chicas. ¿Todo bien, Isabel? su voz era suave pero en alerta. Intuía el tema. ¿Ha vuelto la historia?

Isabel miró las manos unidas, buscando fuerzas para expresarse. Su susurro era casi inaudible:

Otra vez. Estuvo en la oficina. Se quedó mirándome… y tengo miedo.

Álvaro se tensó. Un destello de preocupación e irritación pasó brevemente por su rostro. Tomó aire y miró a Isabel intentando transmitir seguridad.

Te entiendo, de verdad. Pero no ha hecho nada grave. Te molesta, pero… ¿no entra en la oficina, no?

¿De verdad crees que no es grave? ¿Y las fotos? ¿Y los rumores? ¿Y todos esos mensajes?

Álvaro suspiró, incapaz de ver el problema en toda su magnitud. Pero, por calmarla, prometió:

Hablaré con ella. Hoy mismo.

Isabel retiró lentamente su mano de la de Álvaro, sin hostilidad, sólo cansancio y desengaño, y masculló:

Ya lo has hecho antes. No sirve…

El chico se llevó la mano al cabello, intentando encontrar una solución. Quería hacer algo, pero sólo chocaba contra un muro el de Mercedes, y el de Isabel.

Buscaré otra forma…, quizá ayuda psicológica. Claramente no está bien.

Hasta entonces, Lucía había permanecido callada, pero ahora explotó, recta y rígida como un resorte.

¡Esa mujer debería estar detenida! soltó, sin ocultar el enfado. Álvaro, ¿no ves cómo vive Isabel? Constantemente asustada, temiendo salir a la calle o ir a trabajar. ¡Esto ya pasa de castaño oscuro! Si no haces nada, moveré mis contactos y tu Mercedes lo pagará caro, te lo aseguro.

Su tono resultó tan firme y seco que ambos se sobresaltaron. Álvaro giró hacia ella, dolido.

¡Estoy intentando solucionarlo! respondió más alto de lo adecuado. No es un monstruo, sólo una persona perdida. Por eso no voy a pedir cárcel al primer problema.

Se volvió de nuevo a Isabel, buscando comprensión. Pero ella alzó la cabeza, ahora colérica:

¿Perdida? ¿Y todo lo que ha hecho? ¿Lo restas a crisis pasajera?

Intentó apaciguarla, alzando las manos:

Isabel, por favor, cálmate…

Pero la barrera se había roto. Todos los miedos, el agobio y la rabia estallaron de golpe.

¡No! la voz le temblaba pero era más fuerte. ¡Estoy harta de disculparme, de vivir con miedo, de sentirme culpable por querer ser feliz!

Álvaro enmudeció, viéndola de repente bajo una luz nueva. Por primera vez comprendía lo que padecía Isabel.

Si tú no puedes o no quieres defenderme… añadió ella suavemente, con una indefensión estremecedora …igual deberíamos…

No logró acabar la frase, suspendida en el aire.

En ese instante, la puerta de la cafetería se abrió de golpe.

Apareció Mercedes. Iba desencajada: el pelo, la ropa, los ojos encendidos. Sin mediar palabra, se lanzó a por Isabel, ignorando a los demás.

Lucía se interpuso, tiró de ella para separarlas, pero Mercedes la empujó con fuerza, haciéndola tambalearse. Álvaro también intentó pararla, pero Mercedes, fuera de sí, logró zafarse y asestar una bofetada a Isabel.

El sonido seco resonó en todo el local. Isabel se llevó la mano a la mejilla dolorida, pero apretó los labios mirando a Mercedes con una mezcla de rabia y miedo.

Se armó un pequeño revuelo en la cafetería. Gente llamando a la policía, camareros tratando de poner orden, algunos móviles grabando la escena.

Álvaro por fin logró contener a Mercedes, agarrándola por los hombros:

¡Mercedes, para!

Un grito de ella retumbó:

¡Todo esto es por tu culpa! ¡Ella me lo ha quitado todo, tú eres mío…!

Otro cliente fue a ayudar a Lucía a ponerse en pie.

Desconcertada, Isabel retrocedió. Miró de nuevo a Álvaro y comprendió: él no sería capaz de protegerla. Él no era un escudo, sólo un espectador.

Entonces entraron los agentes. Dos policías de uniforme, con expresión grave. El mayor se adelantó.

¿Qué ocurre aquí? preguntó, serio, mientras barría la sala con la mirada.

Isabel, recobrando entereza, dio un paso al frente:

Esa chica lleva meses acosándome. Me insulta online, difama, publica fotos manipuladas. Hoy ha entrado aquí y me ha agredido.

Se tocó la mejilla herida, respirando hondo.

¡Miente! gritó Mercedes, desbordada. ¡Ellos me lo han quitado, Isabel me ha hecho la vida imposible…!

Los policías cruzaron miradas; el veterano sacó la libreta.

Necesitamos que ambos nos acompañen a comisaría para tomar declaración y ver mensajes y pruebas. Habrá cámaras, así que sabremos qué ha pasado.

Mercedes se quedó paralizada. Álvaro quiso decir algo, pero fue interrumpido.

Usted puede acompañarnos a declarar si lo estima. Se recogerán todas las versiones indicó el agente.

En la cafetería reinó un silencio incómodo. Los curiosos fijaban la mirada. Mercedes, de repente exánime, se dejó caer de rodillas y se tapó la cara entre sollozos.

Álvaro permanecía inmóvil, sin saber cómo actuar: ¿quedarse, ir tras Mercedes, apoyar a Isabel?

Álvaro empezó Isabel, en tono firme, lo has visto. Esto no va a parar.

No era reproche, sólo certeza. Había agotado la esperanza.

Él miró a Mercedes, acurrucada y derrotada. A Isabel, cansada y dolida.

Tengo que estar a su lado. No puedo hacer como si nada, no en este estado balbuceó al fin.

Esas palabras suspendieron el alma de Isabel. Le clavaron una punzada profunda.

¿Cómo que estar a su lado? apenas le salía la voz. ¿Quieres decir que… la eliges?

Él lo negó, inseguro.

No voy a volver con ella. Pero no puedo dejarla en este abismo. Seguro que entiendes que no se puede abandonar así a una persona.

Isabel lo miró. Vio en sus ojos sólo la determinación de ayudar a Mercedes, no la decisión de quedarse a su lado. Lo aceptó en silencio, con lágrimas incómodas y una tristeza nueva: la de perder la confianza en quien amas.

Entonces la eliges, susurró, con la voz al borde de la quiebra. Incluso después de todo esto.

No, Isabel… No la elijo. Pero es que tampoco puedo mirar para otro lado.

Ella retrocedió.

¿Y yo? ¿Quién me protege entonces? ¿Acaso no ves por lo que he pasado? Pareces sólo mirarla a ella…

Los policías, bajo la atenta mirada de todos, ayudaron a Mercedes a ponerse en pie. Iba sin chispa, la tormenta apagada. Justo antes de salir, dirigió a Álvaro una mirada donde quedaba el rastro de una súplica.

Él le devolvió la mirada y luego se volvió a Isabel.

Te llamaré, musitó, sabiendo que esas palabras sabían a nada. Salió tras Mercedes y los agentes.

Isabel se quedó sola, rodeada de murmullos. Sentía sobre sí todas las miradas, como agujas. Todo le pesaba: el miedo, la rabia, el dolor y esa última decepción.

Lucía vino junto a ella y la abrazó en silencio. Era un simple gesto, pero hizo que Isabel casi rompiera a llorar.

Déjale ir, susurró Lucía, firme pero dulce. Si no sabe priorizar tu bienestar, no merece tus lágrimas. Te mereces a quien te valore, quien te proteja.

Isabel asintió, aunque mantenía esa esperanza infantil de que Álvaro llamaría luego, arrepentido. Que volvería, que elegiría su vida, su seguridad.

Pero al mirar por la ventana, la última chispa de esa ilusión se extinguió. Álvaro estaba montando en el coche policial, cerca de Mercedes. Su rostro reflejaba una compasión verdadera, la que nunca consiguió mostrarle a Isabel.

Vámonos, dijo con una determinación renovada. Tengo que prestar declaración. No pienso dejarlo pasar más. Que cargue con sus actos. ¡Basta de vivir de rodillas!

Se irguió, respirando hondo. Lucía, sin decir nada, la acompañó.

Salieron a la calle, dejando atrás sueños rotos y un porvenir incierto. Pero Isabel ya no lloraba: en sus ojos sólo brillaba una firme decisión de empezar de nuevo.

Y así, comprendió que buscar la paz a cualquier precio es perderse a sí misma, y que todas merecemos, ante todo, el derecho al sosiego.

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