Habla conmigo, Donutillo
No tengas miedo, Donutillo. Todo está bien, ya verás. Ahora gritan un poquito más y luego se les pasa Creo
Vero apretó aún más a su peluche contra el pecho y cerró los ojos. No debía tener miedo. Ya era mayor, o eso decía la abuela Carmen. Si con cinco años ya la consideraban mayor, debía serlo. Hasta había dejado de llorar cuando le pusieron las vacunas, ¡qué vergüenza! Solo con Donutillo podía permitirse ser pequeña como antes. Él la conocía de siempre, desde que su madre, Lucía, se lo regaló cuando ella nació. Era un oso de peluche gracioso y con las patas algo torcidas, pero su mejor amigo. Le podía contar cualquier cosa, y Donutillo nunca iría corriendo como la cotilla de Martita, su mejor amiga, a chivarse a la seño Ana. Simplemente la miraba con esos ojos redondos y callaba, pero Vero sabía que lo entendía todo. Y cuando tenía miedo, como ahora, Donutillo la consolaba. Él era suave y tan suyo
Sus padres también lo eran, pero cuando se ponían a gritarse uno al otro, se volvían duros y puntiagudos. Vero no sabría decir exactamente cómo, pero cuando discutían, sentía que de repente crecían por toda la casa zarzas llenas de espinas, como en el cuento de la Bella Durmiente. Nadie podía acercarse, aunque gritaran no conseguían entenderse. Y Vero no lograba comprender por qué discutían sus padres. ¿Qué motivos pueden tener los mayores para enfadarse? Si son adultos, deberían hablar y entenderse. Abuela Carmen siempre decía que hay que buscar el idioma ¿o era el lenguaje? Pero estaba segura que “idioma” era. Quizás no eran peleillas tontas como las de los niños, sino enfados de verdad. Enfados grandes, de adultos. De esos, Vero nunca había tenido, pero veía que debían de ser horribles. Si cuando se enfadaba con Martita no quería ni helado y le daban ganas solo de llorar, los enfados grandes tenían que ser aún peores.
Vero abrió los ojos y escuchó. Al parecer se había hecho el silencio. Eso solo podía significar que mamá se había ido al baño a llorar y papá estaba en la cocina enfurruñado. Era su turno. Se levantó del suelo, detrás de la cama donde se había escondido, y suspiró. Su habitación era preciosa. Lucía había elegido con mucho cuidado el color de las paredes, la colcha, preguntándole siempre qué le gustaba. Tenía una cama blanca con edredón rosa, un armario que guardaba todos sus vestidos y unas estanterías repletas de juguetes hasta el punto de no poder recordarlos todos. No quería salir de allí. Era su pequeño refugio. Era casi tranquilo, ahora que todo estaba en silencio. Pero Donutillo la miraba expectante y Vero sorbió la nariz.
¡Ya lo sé, ya lo sé! Ahora voy. Tú quédate aquí.
Dejó al oso en la almohada y salió de la habitación.
Primero mamá. Siempre era más difícil con ella. La puerta del baño estaba cerrada, como casi siempre.
¿Mamá?
¿Qué pasa?
¿Puedo entrar contigo?
Lucía abrió la puerta. Ahí estaba, sentada en el borde de la bañera, limpiándose las lágrimas.
¿Te pasa algo, cariño? ¿Quieres hacer pipí?
No. Quiero estar contigo Vero llenó los pulmones de aire y cruzó el umbral. No le gustaba nada lo que venía. Mamá lloraría más, la abrazaría, le prometería que todo iría bien. Y Vero también lloraría. No porque le diera pena su madre, sino porque en el fondo sabía que las cosas no serían del todo buenas. Porque siempre era así. Lo bueno duraba solo dos días y luego volvían a crecer las zarzas con espinas por todas partes.
Vero se frotó los ojos y miró a Lucía.
¿Para qué, mamá?
¿Para qué qué, mi niña?
¿Para qué gritáis tanto? Si no os queréis, ¿no sería mejor estar lejos uno del otro? Eso dice la abuela Carmen. Cuando yo me peleé con Martita me dijo que mejor, si estábamos separadas, no podríamos discutir.
Lucía se quedó de piedra mirando a su hija. Hasta entonces, Vero nunca había hablado del tema. Ella pensaba que las discusiones con Javier, el padre, pasaban desapercibidas para la niña. Total, era pequeña. ¿Qué iba a entender?
Vero ¿Por qué dices eso? Yo quiero mucho a papá
No es verdad, mamá.
¡Vero!
Si le quisieras, no le gritarías así. Además, a mí nunca me gritas, ¿verdad?
Lucía se quedó muda. ¿Cómo explicarle que las relaciones son complicadas? Que gritar no siempre es odiar O sí, a veces. Qué pregunta tan simple: ¿Para qué? ¿Cómo se le responde a eso?
Hay que sentarse y pensar en lo que una ha hecho, mamá. Vero le acarició las mejillas y quitó las lágrimas.
¿Eso también lo dice la abuela Carmen? Lucía sonrió entre lágrimas.
¡Sí! Y tiene razón. Que me peleé con Martita, hablamos y ya todo mejor. Ahora solo discutimos si ella se chiva a la seño.
¡Estás hecha toda una mayor! lucía abrazó a Vero.
No, mamá, aún soy una niña. Si fuera mayor y esta vez lo susurró como si temiera decirlo muy alto, no tendría tanto miedo.
¿A qué tienes miedo, Vero? preguntó Lucía preocupada.
A que os gritéis tanto que os vayáis de casa.
¿Que nos vayamos? ¿Adónde?
A donde se está en silencio. No se puede estar siempre donde se está mal, ¿no? ¿Tú estás bien aquí, mamá?
Bien Lucía hizo una pausa. ¿Te preocupa que os dejemos?
Sí Vero ya no lo pudo evitar y rompió a llorar. Y me quedaré yo sola con Donutillo. Y si se vuelve a perder, como en el taxi Y abuela Carmen ya es muy mayor para hacer de mamá
¡Vero, cielo, para! Yo nunca me iré de tu lado. ¡Nunca! Eres mi hija. ¿Lo entiendes?
¿Y eso qué? Cuando discutís, ¿os acordáis de mí?
Sí bueno Lucía se calló de golpe. Porque tenía razón Vero. En esos momentos no pensaba en nadie ni en nada. El enfado lo llenaba todo, nublaba la mente ¿Desde cuándo era así?
Lucía conoció a Javier en la universidad, en segundo año. Ella corría por el pasillo, tarde para un examen, y tropezó con un chico larguirucho con gafas, destrozándole las lentes. Solo tuvo tiempo de gritar “¡perdón!” y desaparecer hacia el aula.
Aprobó el examen con la mejor nota y salió dando saltitos de alegría: vacaciones, verano, playa…
Fuera encontró a ese chico berreando contra el sol, con la sonrisa puesta:
Hola, Ave Fénix. ¿También tienes prisa ahora?
Luego la llamaba “mi trenecito” cada vez que se enfadaba o andaba acelerada.
¡Bufas tan graciosa! No puedo ni enfadarme contigo.
En el hospital las matronas se morían de risa cuando Javier le gritaba durante el parto:
¡No bufes, trenecito! ¡Empuja!
¿Cuándo dejó de llamarla así? ¿Cuándo dejaron de reír y empezaron a discutir?
¿Mamá?
¿Sí, hija?
¿Estáis tan enfadados? ¿Os habéis hecho daño de verdad?
Lucía acariciaba distraída los rizos de su hija, tan dorados y vivos como los del padre. Cuando la esperaba, soñaba que tuviera los tirabuzones de Javier.
¡Con tal de que no sean como los míos! Para qué querrá una niña cuatro pelos desordenados
No digas tonterías, tienes un pelo precioso.
Tengo una peluquera que es una artista, mamá. Pero imagina que hereda tu melena y mis ojos… ¡los niños se volverán locos!
Todo se cumplió: rizos color trigo y ojos claros, como el mar. Vero sería muy guapa. En realidad, ya lo era. Lucía se sorprendió sonriendo. Su madre siempre le decía: “Lo más importante es elegir bien al padre de tus hijos”. Javier era un gran padre. Lo mejor de su vida, lo más importante para él había sido siempre Vero. El problema era ese: Vero, no ella. Lucía se encogió de hombros. ¡Qué ideas más bobas! Sentir celos de tu propio hijo Pero le dolía. Vero tenía razón.
Recordaba cómo Javier, al llegar a casa, no la saludaba a ella, sino que buscaba directamente a la niña:
¿Dónde está mi princesita? ¡Mira lo que te he traído, tu chocolate favorito!
Tras jugar con Vero, él se apartaba, se ponía una peli con los cascos y desaparecía, sin notar siquiera que Lucía quedaba recogiendo y acostando sola a la niña.
Cantaba con Vero en el coche, le hacía reír. Si ella hablaba, él no la escuchaba, y luego le pedía que le repitiera las cosas.
Y, cuando Vero enfermaba, se enfadaba con Lucía.
Recordaba la primera vez que Javier le gritó. Hacía dos años, Vero tuvo fiebre y Lucía pasó la noche en vela. Aunque el médico decía que no era grave, a ella le pudo el miedo. Al atardecer, rota de cansancio, soltó unas lágrimas. Fue entonces cuando Javier perdió los nervios:
¿¡Pero para qué lloras!? ¿Le ayudas en algo? ¡Reacciona! ¿Qué clase de madre eres?
Dejó de llorar, pero fue porque se rompió por dentro. Se sintió la peor madre del mundo. Todo a su alrededor perdió color. Se acurrucó junto a Vero y ni se dio cuenta cuándo dejó de tener fiebre. Por supuesto, Vero se recuperó y todo quedó atrás. Pero ese sentimiento de ser poca cosa nunca lo olvidó. ¿Era aquello el rencor grande?
Vero la miraba esperando. Ya no lloraba. Eso quería decir que era momento de ir a ver a papá.
Vuelvo enseguida.
Vero se escabulló y abrió la puerta.
No llores más, ¿vale mamá?
Lucía no contestó. Pasó revista mental a todos sus años con Javier. ¿De verdad hubo tanto malo? ¿Y lo bueno dónde quedó? Claro que sí
Las citas con Javier, antes de casarse, su mirada tras las gafas, intensa, como si solo ella existiera. Aquellos veranos, el nacimiento de Vero, sus primeros pasos, su primera palabra, el primer viaje juntos, el primer logro laboral de Lucía después de la baja por maternidad. Javier le hizo una tarta, aunque jamás se había acercado a la cocina. No pudieron acabarla, era empalagosa. Lucía casi lloró al tirarla y Javier le prometió que haría otra. Y que la guardarían, como hacen en las bodas reales, para cien años.
Cuando compraron el piso, celebrando sentados en el suelo porque no les llegaba para muebles, mirando emocionados cómo dormía su niña en el colchón inflable.
Habrá que tener otra niña, ¿no te parece? Javier, alzando la copa.
¿Otra más?
¿O acaso vas a parar en una hija?
No lo sé
Pues yo sí. Aunque hasta que nos alcance para otro cuarto… ¡Por ahora solo una más!
Pero el segundo hijo nunca llegó. No sabían bien por qué. Los médicos decían que todo estaba bien. Con el tiempo, a Lucía empezó a darle igual. Los problemas se fueron acumulando, como una bola de nieve. Disputas aparentemente tontas, reproches innecesarios Palabras pesadas como plomo, llenando la casa pequeña y estrechando el aire. Vero, en su inocencia, era la única que veía lo que de verdad pasaba: no eran bolas, eran espinas, largas y afiladas, que se colaban hasta el corazón.
Lucía abrió el grifo y se lavó la cara con agua fría. ¡Basta! Sumando lo bueno y lo malo se pueden pasar la vida. Vero tenía razón. Si el rencor manda, no hay manera de seguir. O reconciliarse o cada uno por su lado. Por un momento imaginó su vida sin Javier. Si él no volviera, si se llevara a Vero. Tembló. ¿A qué sabría la vida entonces?
Vero entró en la cocina. Su padre, Javier, estaba de espaldas, mirando por la ventana.
¿Papá?
¡Vero! ¿Despierta ya? ¿No es pronto para levantarse? Vero se encaramó a su regazo.
Hemos discutido
Lo sé. Perdón.
¿Por qué?
¿Por discutir?
Sí.
No lo sé. No quería.
¿Estás enfadado con mamá?
Vero le examinaba el rostro, seria. Debería haberles dicho cosas antes. Cuando ella y Martita discutieron, la seño Ana les hizo sentarse y contarse todo. “¿De verdad queréis dejar de ser amigas?”, les preguntó.
¿Te ha dicho mamá que está enfadada conmigo?
No, lo sé yo.
¿Cómo?
Cuando os queréis, os abrazáis. Y mamá sonríe. Cuando estáis enfadados, gritáis.
Javier la miró con ternura.
Estás muy mayor.
Eso dice mamá.
¿Qué más ha dicho?
Qué os quiere. A ti y a mí.
Vero veía cómo el rostro de Javier cambiaba, relajando los pliegues de enfado. Ella sonrió satisfecha y bajó de su regazo.
Me voy con Donutillo, que tiene miedo.
Anda, ve Javier la siguió con la mirada y se quedó pensativo. ¿Cuándo empezaron los problemas con Lucía? Todo había sido poco a poco. Nació Vero, Lucía se volcó en ella, pero luego había desaparecido la calidez que tanto le gustaba. Lucía era como el sol de primavera, dulce, sin abrasar. Pero un día dejó de serlo. Todo se convirtió en quejas y discusiones. Él sentía que siempre estaba en falta, hiciera lo que hiciera. Se redujeron los abrazos, las sonrisas, los “bienvenidos a casa”. Él se refugiaba en Vero, porque con Lucía ya no sabía qué hacer. En uno de esos días malos, la vio llorando con la niña enferma, y en vez de consolarla, la recriminó. Se arrepintió en el acto, pero Lucía le miró y supo que ahí se había roto algo. Desde entonces, solo les unía su hija.
Y encima, en medio de una bronca, Javier soltó lo imperdonable:
Nos une solo Vero. Si no fuera por ella
Lucía enmudeció, le miró con una tristeza helada y salió sin decir nada. Desde entonces, apenas palabras esenciales. Javier sentía que cada vez estaban más lejos, y cualquier intento por acercarse terminaba igual: reproches, enfados No encontraba ya a su Lucía de antes.
Suspiró y se levantó. La casa era un remanso de silencio. Ya no corría el agua. Eso quería decir que Lucía preparaba a Vero para dormir. Miró por la ventana las luces del edificio de enfrente. Pensó que, tras cada persiana, había una vida distinta, ni mejor ni peor, pero distinta. ¿Y si Lucía se iba para siempre y se llevaba a Vero? Sintió un escalofrío. Su vida se quedaría vacía, sin sentido. Y recordó una conversación antigua con su madre. Él tendría quince años y le preguntó qué hacer con las chicas.
Hay que ser responsable, hijo. Eso lo valora toda mujer.
¿Y eso?
Incluso cuando ellas se equivoca, piensa cómo has llegado hasta ahí, en qué has fallado tú para que ella se aparte. En una pareja, los dos tienen parte, pero el hombre, más.
¿Por qué más?
Así es. Normalmente dirige el hombre, salvo raras excepciones. Si cuidas de que tu mujer esté bien, así estarán tú y los niños. Recuerda, no es de hierro ni una bestia de carga. Si te encoges de hombros y dejas todo en sus manos, mal asunto. Prueba a darle tiempo libre cada día, aunque solo sea una hora. Y si la sigues tratando como cuando te enamoraste, no tendrás precio.
¿Y eso cómo?
Al principio ella es lo mejor de tu vida, la cuidas, la admiras, la tratas como un tesoro. Luego te acostumbras y dejas de prestar atención. Pero ella recuerda todo.
Javier se tocó la cara. Sonrió.
Gracias, mamá
Pensativo, abrió la nevera.
Aquella noche, Vero no podía dormir. Abrazaba a Donutillo y a mamá, que ya había caído rendida de cansancio. El ceño de Lucía seguía fruncido incluso dormida, y Vero lo acarició hasta alisarlo. Volvió a abrazar a su madre y cerró los ojos muy fuerte, deseando que al día siguiente fuera bueno de verdad. Que los “días buenos” fueran algo más que una expresión vacía.
Por la mañana Lucía no oyó el despertador, que sonaba en el dormitorio. Cuando se dio cuenta, corrió a mirar el reloj de Vero, aquel con forma de gatito, y exclamó. Iban tarde al cole. Menos mal que en el trabajo no había nada urgente. Oyó ruido en la cocina: una cucharilla chocando contra una taza. Se sorprendió. ¿Javier aún en casa? Se levantó sigilosamente, dejando a Vero en la cama, y se fue a lavar los dientes.
Quizás Javier se marchara antes de que ella saliera; así no tendrían que hablarse hasta la tarde. Pero al llegar vio a Javier junto a la cafetera, ojeroso, ojeras tan grandes que casi eran negras.
Hola lo saludó. Pero se detuvo viendo en la mesa una tarta llena de rosas de mantequilla, casera sin duda. ¿Para qué eso? Si la había hecho él, seguro estuvo toda la noche.
Javier la miró y dio un paso hacia ella.
Perdóname, Lucía. Por todo. Soy el peor marido del mundo. He sido injusto, no te he dado atención… Tú y Vero sois lo mejor. Si no fuera por ti, ni si quiera tendríamos a Vero. Sé que hay cosas que ya no tienen arreglo, pero ¿puedes al menos pensarlo?
Lucía lo miró fijamente, intentando comprender, y luego dio un paso adelante colocándole la mano en la boca.
Los dos tenemos culpa. También te pido perdón. Pero es cierto, tengo que pensar muchas cosas. Muy en serio.
¿Te llevará mucho pensarlo?
Unos siete meses.
Javier la miró sin entender, hasta que de pronto captó el mensaje. Ella esbozó una media sonrisa.
¿Te he entendido bien?
No le dio tiempo a reaccionar. En ese momento apareció Vero en la puerta abrazando a Donutillo, con los ojos aún pegados de sueño.
¿Ya os habéis reconciliado?
Los dos se miraron divertidos.
¡Vaya! ¿Y esa tarta? ¿Se puede desayunar?
Hoy se puede todo Javier abrazó a Lucía y le susurró. Te quiero. Dame una oportunidad.
Y tú a mí, susurró ella mirándole. Luego miró a Vero. Pero las niñas sin lavar no toman tarta.
¡Voy! Vero sentó a Donutillo en la silla y ordenó. Dos trozos, por favor, uno para mí y otro para Donutillo.
Los osos no comen tarta.
Para eso estoy yo, ¿no? Le ayudaré.
Los años pasarían y Lucía caminaría por el Retiro empujando el carrito de Vadi, con prisa por recoger a la mayor en el colegio. Vadi se despertaría reclamando atención, pero Javier estaría allí para cogerle en brazos.
Déjame a mí, diría sonriendo Javier. Os esperamos aquí.
Lucía sonreiría y partiría hacia el cole. Al día siguiente comenzarían las vacaciones, ya tenían todo listo: billetes, maletas, y el pequeño Vadi vería el mar por primera vez. Recordaría cuánto costó recomponer la familia, les llevó su tiempo. Incluso esos dos meses en casa de los padres con Vero, la reconciliación gracias sobre todo a la abuela Carmen, el nacimiento del pequeño, su primer paso, su primer diente, esa primera palabra
La primera palabra de Vadi no fue “mamá”. Javier, encantado, bromeaba:
¡Me ha hecho caso! “Papá” ha dicho.
Vero, ya seria y nerviosa en su primer día de cole, puso a prueba a sus padres, pero salió adelante, sin mirar atrás.
¡Mamá!
¡Vero! Lucía la abrazó rápido. ¿Cómo ha sido el día?
¡Como una campeona! La seño Pilar dice que solo somos dos alumnas ejemplares: Martita y yo.
¡Muy bien! Lucía la abrazó.
¿Y papá? ¿Y Vadi?
Están en el parque, esperándonos.
Bien. ¿Y Donutillo?
¡Ay! Siempre con nosotras. Va sentado en el carrito.
Vero suspiró aliviada. Había regalado a Donutillo a su hermano, porque lo mejor debía compartirse solo con quienes quieres. Pero lo echaba de menos y solo se lo confesaba a su madre.
Al ver a sus padres caminar juntos delante, pasándose al pequeño de brazo en brazo, discutiendo con alegría, Vero acercó la cabeza al carrito y susurró a Donutillo:
¿Tú crees que ahora todo irá bien?
Donutillo la miró con sus ojos redondos y no contestó. Pero a Vero le pareció que sí, que le había respondido sin palabras.
Porque la vida, aunque duela, merece encontrar el modo de reconciliarse y seguir caminando juntos, protegiendo lo más valioso: el amor y la familia.







