No te guardo rencor

Yo no te odio

Nada ha cambiado

Celia jugueteaba nerviosamente con el borde de la manga mientras miraba por la ventanilla del taxi. Fuera, desfilaban las mismas calles familiares que recorría de niña, aquellas por donde solía correr con Héctor, riendo y formando sueños para el futuro. Siete años Siete años enteros sin pisar su propia casa.

Ya hemos llegado dijo el taxista, rompiendo la cadena de sus pensamientos con suavidad.

El coche se detuvo frente al portal de un antiguo edificio de cinco plantas en un barrio de la periferia de Salamanca. Celia comprobó el móvil, sacó un par de billetes de veinte euros, pagó y descendió del taxi. Al cerrarse la puerta, permaneció un instante inmóvil, inhalando el aire de su ciudad natal. Era diferente, distante de la inmensidad bulliciosa de Madrid, donde ahora vivía. Cada perfume y cada sonido despertaban algo dormido en su interior: el olor a hierba recién cortada del parque cercano, la fragancia a pan tostado de la panadería a la vuelta de la esquina, y ese aroma indefinible que sólo podía llamarse hogar. El corazón le dolió de nostalgia y dulzura: una alegría tímida y miedo al encuentro inevitable con su pasado.

La excusa oficial de su regreso era ayudar a su madre con unos papeles que llevaban tiempo pendientes. En realidad, quería perderse por los rincones de siempre, comprobar si seguían igual que en sus recuerdos. Pero, sobre todo, y por más que intentara negárselo, había una razón mayor: quería ver a Héctor. En el fondo de su pecho latía la esperanza imposible de que todo cambiase con un solo encuentro.

Sabía que él vivía cerca. No por haberlo buscado, sino porque su círculo común, al escribirle o quedar de vez en cuando, dejaba caer noticias suyas. Cambió de trabajo, ahora tiene un puesto importante, compró un piso, se llevó a vivir consigo a su madre Cada vez que escuchaba algo de él, imaginaba cómo estaría, a qué pensaría pero apartaba esas ideas, temerosa de dejarles ocupar sitio en su pecho.

**********************

Al día siguiente Celia fue al centro sin rumbo, sólo con un deseo confuso de sentir la ciudad bajo sus pies, de ver los escaparates, oír a la gente, recuperar el pulso de las aceras que una vez fueron su mundo. Reconoció el quiosco donde compraba tebeos, la verja de un parque donde se sentaba con amigas tras clase, la cafetería donde probó el primer cappuccino y casi lo vertió sobre una blusa nueva.

Entonces lo vio.

Héctor caminaba por la acera contraria. No la había visto: tenía la mirada perdida, la cabeza ligeramente inclinada, entregado a sus propios pensamientos. Celia se quedó petrificada. El estómago le dio un vuelco. No había cambiado: igual de alto, el paso relajado y seguro, la figura inconfundible, incluso el mismo corte de pelo de siempre.

Sin pensarlo, cruzó la avenida a toda prisa. El semáforo ya parpadeaba en ámbar y un coche la pitó bruscamente, pero Celia casi ni lo oyó. Su corazón latía tan fuerte que parecía retumbar en toda la calle.

¡Héctor! gritó desenfocando la voz por la emoción cuando llegó a su lado, junto a una pequeña tienda.

Él se detuvo y giró lentamente la cabeza. Ni alegría, ni rencor, sólo una absoluta indiferencia.

Celia pronunció su nombre con una serenidad que dolía más que cualquier afrenta.

Aquel tono neutro, sin ningún matiz, la desarmó. Todo lo guardado durante siete años salió a borbotones: los ojos se inundaron; la voz, a punto de romperse.

Héctor lo siento tanto Sé que no tengo derecho ni a acercarme pero te sigo queriendo. Te quiero. Perdóname, por favor sollozaba sin filtro, olvidando a los transeúntes, olvidando los años, suplicando solo una oportunidad.

Las palabras salieron atropelladas, como un caudal que ya no era posible contener. Al decirlo, se abalanzó sobre él, sujetándolo fuerte con la esperanza de recobrar aquellos días perdidos a la deriva del tiempo. La ciudad y toda su gente desaparecieron: sólo existían el calor de su pecho y la esperanza desgarrada de que él la abrazara.

Héctor no la apartó al instante. Por un segundo, Celia sintió que iba a corresponderle, que los brazos se alzaban para rodearla Quiso creer que quedaba una rendija abierta, que albergaba dentro los mismos recuerdos.

Pero sólo fue un segundo. Con firmeza, Héctor le despegó las manos de sus hombros, la apartó con delicadeza y se erguió. Su expresión era tranquila, casi pétrea. Donde antes brillaba la complicidad de los sueños compartidos, ahora no quedaba ni una grieta.

Vete susurró al oído, más frío que la brisa de la Plaza Mayor en enero.

Tan bajo, tan impersonal, que la hizo sentir invisible, un fantasma entre la multitud. Sólo añadió, tras una pausa llena de rencor:

Te odio.

Y giró sobre sus talones, marchándose sin mirar atrás. Celia permaneció de pie, aturdida, mientras la ciudad seguía su curso: risas de niños en el parque, el lejano tañido de las campanas, la sirena tenue de un autobús. Algunos viandantes la observaban con extrañeza, preguntándose qué hacía esa chica inmóvil con el rostro bañado en lágrimas en mitad de la Gran Vía. Ella no lo percibía.

Solo los pasos de Héctor alejándose, el propio y entrecortado aliento resonando como gritos en la cabeza. Una sola frase daba vueltas, tenaz: Esto sí es el final.

Celia se fue a casa andando, sin saber cómo. Cada paso era una losa, el pecho encogido, la mente en blanco, dejando que el eco de las palabras de Héctor llenaran el silencio.

Al llegar al piso de su madre, no intentó siquiera dar explicaciones. Simplemente entró y se sentó en la cocina junto a la ventana. Al verla así, la madre de Celia no le preguntó, sólo suspiró, resignada y serena, como si hubiera esperado ese momento desde hace tiempo. Fue a poner agua para té, como hacía siempre ante los problemas de las dos, y el murmullo de la tetera, el perfume de la infusión, le devolvieron un poco el sentido a todo.

No me ha perdonado susurró Celia, aferrando la taza con ambas manos. El calor subía y le acariciaba el rostro, pero ella ni lo sentía. Apretaba la porcelana como si fuera lo último que podía retener, la mirada fija en el reflejo dorado del líquido.

Su madre se sentó a su lado y la abrazó tiernamente, como cuando era niña y volvía con las rodillas desolladas. Ese gesto bastó para romper la coraza adulta y hacerla sentir frágil, vulnerable, peor que nunca.

Sabías que podía pasar dijo su madre en un murmullo carente de reproche, sólo triste.

Lo sabía Celia asintió, y la voz le salió árida, agotada, como si esas palabras no pudieran sorprenderla ya. Pero tenía esperanza. Qué idiota, ¿no?

No es de idiotas la corrigió la madre, con dulzura. Tú lo elegiste, Celia. Pero le hiciste mucho daño a Héctor. Tardó años en volver a ser él Fue como si se hubiera convertido en un muñeco de hielo, como Kai en el cuento de la Reina de las Nieves. Nadie logró calentarle el corazón de nuevo.

Celia soltó un suspiro largo, dejó la taza sobre la mesa y se reclinó en la silla. Las imágenes del pasado desfilaron ante sus ojos.

Entonces todo parecía tan fácil Ella tenía veintidós años, esa edad en la que el futuro se pinta de colores, las dificultades son obstáculos que se superan juntos, y el amor te sostiene en cualquier batalla. Héctor era bondadoso, constante. No era poeta ni orador, pero lo demostraba con detalles: estaba siempre que lo necesitaba, trabajaba en la obra sin descanso y a la vez estudiaba por las noches en la UNED, soñando montar su propio negocio de reformas. Pero sus sueños iban demasiado lentos para ella.

No quería lujos, sino seguridad, estabilidad, saber que en unos años podrían empezar de nuevo según sus reglas. Pero la vida con Héctor era siempre una apuesta: contratos temporales, trabajos por horas, planes que se postergaban con cada mes.

Todo cambió cuando un tío de Madrid le ofreció un puesto en su empresa. Celia se fue enseguida, apenas lo pensó. Era una oportunidad que no podía dejar escapar.

Y entonces apareció Faustino. Dueño de una empresa de marketing, cuarenta y muchos, seguro de sí mismo, atento y acostumbrado a tenerlo todo. La conoció en un evento de la agencia, y pronto empezó a colmarla de atenciones: ramos de flores entregados en la oficina, cenas en restaurantes de Gran Vía, charlas relajadas sobre arte y viajes, regalos caros. Al principio, Celia se resistía: le parecía demasiado, innecesario, no quería sentirse una más. Pero él insistía y, poco a poco, el brillo de esa nueva vida la sedujo. Se acostumbró a la despreocupación de Faustino, a que le resolviera todo, a no mirar precios, a sentir que no le faltaría nada nunca más.

Sin darse cuenta, su relación con Héctor se volvió un recuerdo incómodo y la admiración inicial dio paso al desprecio sordo: llegó a asegurarle a su mejor amiga que ese pobre hombre nunca serviría para nada en la vida.

Volvió a Salamanca una vez no para ver a Héctor, sino para lucirse, ostentar la nueva Celia para que él supiera que había triunfado. Eligió la cafetería Avenida, la misma en la que él acostumbraba a parar tras el trabajo. Vestía un vestido azul de seda, sandalias de tacón y el bolso de la última colección de Loewe. Faustino la acompañaba, engalanado, como una pieza más del escaparate.

Cuando apareció Héctor, lo saludó desde lejos con una risa altisonante. Vio en sus ojos la confusión, el dolor y la torpeza. Sostuvo la mirada, altiva, convencida de haber vencido aquella batalla invisible.

Durante unos minutos, creyó haberse liberado. Pero cuando Héctor salió, el barullo del local se volvió un zumbido hueco y se sintió más vacía que nunca. Miró el anillo en su dedo, el bolso caro, la sonrisa falsa de Faustino. ¿De verdad había merecido la pena todo aquello?

**********************

A la alegría breve siguió el reflujo amargo, que fue calando lenta, inexorablemente. Faustino mantenía el teatro del príncipe encantador, pero pronto fue perdiendo el interés: lo mismo que el hombre que compra una muñeca y al poco la deja en un rincón. A veces, en vez de flores, un simple mensaje: Elige tú algo en esa tienda. De repente, comentarios hirientes: ¿No crees que deberías cuidarte más?; reticencias a sus amistades: Esos amigos de tu ciudad, ¿no te parecen un poco vulgares?. Faustino desaparecía de vez en cuando y, cuando Celia intentaba hablar de su soledad, él respondía con desgana:

Tienes lo que querías. ¿Y aún te falta algo?

Celia buscó pretextos para justificarlo. Tiene estrés en el trabajo Está cansado Ya volverán los buenos tiempos. Pero por dentro sabía que era mentira. No era falta de tiempo ni de cariño: era que para él ya no representaba nada.

Soportó su frialdad, sus largas ausencias, la sensación de estar sola en un piso enorme en Chamberí, los planes pospuestos, las cenas sin compañía. Porque admitir que aquella vida brillante no era real, era aceptar que se había equivocado y que había perdido al único hombre de verdad.

Al final, ni vestidos de diseño, ni los perfumes exquisitos, ni las cenas de autor llegaban a consolarla. Todo era cartón piedra. Miraba por la ventana y sólo pensaba: ¿Y si? Pero no se permitía terminar la frase.

En las noches más largas, cuando la ciudad callaba y sólo se oía el eco de su propio llanto, Celia comprendía que la seguridad que anheló se había convertido en una condena solitaria. Tenía lo que siempre soñó comodidad, estabilidad, un nombre en la empresa, pero carecía de la mano cálida que había sostenido la suya en los peores días. A veces cerraba los ojos y sentía el peso de las manos de Héctor, la serenidad de su sonrisa, recordando cómo hablaba del futuro: en términos sencillos, sin promesas vacías, y cómo eso la hacía sentirse protegida y capaz de cualquier cosa.

************************

Tres días después de llegar, Celia volvió al parque donde solían pasear. Allí estaba el banco bajo el castaño, testigo de sus charlas y promesas ingenuas. Se sentó, dejando que los recuerdos la arrastrasen. Quiero que tengamos una casa grande y luminosa, con ventanales al este le había confesado él una tarde, mientras los rayos del sol caían sobre las hojas. Entonces ella sonrió, pensando que eran simples cuentos.

Una voz interrumpió el monólogo interior.

¿Celia?

Se volvió. Era Roberto, un amigo común de ambos. La miró con sorpresa, pero enseguida le sonrió con ese aire entrañable de quienes comparten un pasado.

No esperaba encontrarte aquí dijo, sentándose a su lado. Habló un rato de asuntos triviales, anécdotas del barrio, el cierre de la zapatería, los cambios en la plaza.

Para Celia fue apaciguador escucharle. Contestaba con monosílabos, subida en una nube agria. Pero al cabo, Roberto dejó de hablar, suspiró y preguntó, sin dureza:

¿Has visto a Héctor?

Los ojos de Celia recorrieron la gravilla a sus pies, tragando saliva antes de poder articular:

Sí. Ayer.

¿Y qué tal?

No quiere ni hablarme admitió, con una tristeza rabiosa en la voz. Me odia.

Roberto bajó la mirada, apoyó los codos en las rodillas y contempló la avenida entre los plataneros. Se hizo un silencio largo que él rompió finalmente:

Estuvo fatal después de que te marcharas. Ni una llamada, ni siquiera un WhatsApp. Para él fue un mazazo. Le costó años recomponerse, Celia.

Celia asintió despacio, clavando las uñas en el dorso de la mano, como si cada palabra la golpeara físicamente.

Ya lo sé. Lo sé musitó, sin poder mirarle a la cara. Fui una cobarde.

Roberto no la juzgó, sólo continuó:

Trató de superar lo vuestro, pero no pudo. Salió con otras chicas, no lo logró. Nunca ha querido a nadie como a ti. Literalmente se hundió Cuando volviste con todo aquel despliegue, a postura de triunfadora, yo creí que iba a romperse del todo.

Celia lloraba en silencio. La imagen de Héctor, luchando por regresar a una vida normal, la sumía en la culpa más negra.

No lo hice para herirle. Buscaba lo que todo el mundo: estabilidad, saber qué iba a ser de mí en el futuro

No hace falta que lo expliques la interrumpió Roberto, poniendo la mano sobre su hombro, comprensivo.

El parque seguía su curso, el bullicio infantil rebotaba entre los álamos, el olor a castañas asadas flotaba en el aire.

No le pido que me perdone ronqueó Celia entre lágrimas. Sólo quería que supiera que me arrepiento. Lo pienso todos los días Doy vueltas al pasado y más me odio.

Roberto aguardó unos segundos y concluyó despacio:

Quizás él no necesite saberlo. Déjale en paz. Su vida tuvo que rehacerse y volvió a empezar. Pero tu visita se lo ha removido todo. Ayer mismo, me llamó y nunca le oí así, Celia. No le persigas, ya es tarde.

Celia bajó la cabeza, sintiendo la verdad de cada palabra de su amigo. Sabía que repetir su dolor sólo abriría más heridas. Quiso redimirse, pero sólo había provocado más sufrimiento.

*************************

Esa noche, desde la ventana de la casa materna, contemplaba la ciudad teñida de luces: los naranjas cálidos de la plaza, el parpadeo intermitente de los semáforos lejanos. Todo semejaba una estampa irreal. Pensaba: ¿y si hubiéramos alquilado aquel piso? ¿Y si no me hubiera dejado tentar? ¿Y si? Pero el pasado no podía corregirse.

Al día siguiente hizo la maleta con la lentitud de quien se despide de su propia historia. Su madre la abrazó fuerte y le deseó suerte sin una palabra.

En la estación de tren, sacó un billete hacia Madrid, sin rumbo más allá que el de perderse unas horas en el traqueteo anónimo del AVE. Miró por la ventanilla cada vez que el convoy cruzaba un barrio o una pincelada de dehesa: aquí la panadería, allí los columpios. El mundo seguía girando, indiferente a su dolor.

En alguna de esas calles quedó el hombre que de verdad amó, que tenía en los dedos la ternura de quien sólo ambiciona días sencillos y buenos. Aquel hombre con quien fue incapaz de despedirse, al que no dejó explicaciones. Ahora lo había perdido para siempre, lo sabía, y no podía cambiarlo por mucho que lo desease.

*************************

Pasaron seis meses. Celia siguió trabajando en Madrid, yendo a sus reuniones, tomando café en el mismo bar de siempre, quedando con compañeras de piso. Todo era igual por fuera, pero curioso y extrañamente diferente en su interior. Ahora aceptaba el pasado, sin buscar consuelos fáciles ni evasiones de lujo. Ya no sentía esa sensación de pánico cuando se asomaba a los recuerdos; los miraba de frente y aprendía a vivir con la culpa.

Sabía remontar cada mañana, decirse: Ya está hecho. No tiene remedio. Encontraba una paz tenue, el placer mínimo de poder respirar con libertad y mirar adelante aunque fuera con cicatrices.

Una tarde, mientras preparaba cena, el teléfono vibró. Un número desconocido: sólo una frase breve.

No te odio. Pero no puedo perdonarte.

Celia se quedó paralizada. Se abrazó el móvil al pecho, buscando sentir con el tacto lo que no podía definir con palabras.

No sabía lo que aquello significaba. No era un perdón, tal vez no era siquiera una despedida. Pero una tenue hebra parecía unirlos, una especie de hilo invisible que no acaba de romperse del todo. Porque alguien al otro lado de la ciudad aún pensaba en ella, aún tenía pendiente una palabra.

Celia sonrió, con lágrimas serenas, y se permitió por primera vez en mucho tiempo una esperanza tímida. Quizá, cuando el tiempo lo quiera, puedan hablar de nuevo. Quizá puedan decirse todo sin reproches, como adultos. Quizá entonces logren, juntos o por separado, avanzar de verdad.

Por ahora, bastaba saber que todavía quedaba alguien, en algún sitio, que la recordaba. Y eso, en ese instante, era suficiente.

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