En lugar de uno mismo

En vez de a sí misma

La madrastra lo tenía clarísimo: Clara no quería casarse con el viudo, y no era por la niña pequeña, ni porque él fuese mayor que ella; la realidad era que le tenía pánico. Su mirada afilada calaba hasta lo más hondo, y el corazón le latía tan deprisa de miedo que parecía querer huir del pecho, como si luchara contra una lluvia de flechas invisibles. Clara miraba al suelo, evitando siempre levantar los ojos, y si en algún momento lo hacía, todos veían sus ojos nublados de lágrimas.

Lágrimas que caían en cascada por las mejillas encendidas de vergüenza. Las manos le temblaban y los puñitos pequeños querían rebelarse contra la madrastra y contra el prometido que ésta le había plantado delante.

La lengua, traidora, ¡maldición!, dijo: Vale, acepto.

Pues ya está hecho el trato replicó la madrastra satisfecha. ¡A semejante casa, con tal hombre, sería pecado no ir! Si con su difunta esposa era un sol: pendiente de cada respiro, pobrecilla, que siempre estaba floja y delicada, todo el día tosiendo Cuando iban de paseo, él hacía tres pasos y ella solo uno. Paraban y ella resoplaba como una locomotora. Él la abrazaba, la calmaba vamos, ni el más mínimo grito, no como tu difunto padre, que tenía más genio que hambre vieja.

En el embarazo casi nadie la vio fuera, todo el tiempo en la cama, y tras el parto, el marido era quien se desvelaba cada noche con la niña. Ella se fue apagando.

Eso lo contaba su suegra.

Y tú, que estás llena de vida, te sentará en el mejor rincón de la casa. Menuda moza más apañada, sabes hacer de todo: coges la hoz, hilas, tejes… ¡Un pecado perderte con un jovenzuelo de esos! Esos aún no tienen el juicio hecho, ni la tontería bien puesta. A este, en cambio, se le ve venir, ¡es un libro abierto! Qué suerte la tuya.

Haremos orujo, nos sentaremos una noche, pero el viudo ni boda necesita, que no conviene andar molestando a la difunta con festejos. El ajuar, ni falta hace; él mismo ha dicho que en casa no falta de nada.

Fernando se casó por amor la primera vez, sabiendo que Vera era enfermiza. Su madre le insistía: un hombre como él necesitaba una mujer fuerte, no un saco de males, pero ni familiares ni sensatez pudieron hacerle cambiar de idea. Solo quería a Vera y punto.

El pueblo entero murmuraba que le habrían hecho un mal de ojo, porque solo un embrujado convierte la vida en una sala de hospital por gusto.

Los pulmones muy pobres, decían los médicos, una gripe, y se lía bronquitis, asma… y después, vete a saber. Fernando creía firmemente que la salvaría a base de cariño; la curaría él, y la enfermedad saldría corriendo. Y sí, al principio, el amor lo podía todo.

Fueron una pareja feliz, hasta que Vera se quedó embarazada, y entonces las fuerzas le faltaron por todos lados: mareos, sueño, un cansancio infinito la dejaron como una sombra. Ella ya no podía ni lavar ni ordeñar la vaca, ni peinarse la melena preciosa.

Toxicosis, decían los médicos, cuando dé a luz, se le pasará. Fernando la mimaba sin reproches, desoyendo a su madre, que no paraba de señalar que había traído a casa una carga, no una esposa. Tanto la defendió, que acabó pidiéndole a su madre que no volviera por allí.

Vera tuvo una niña, y Fernando soñó con la vuelta de la alegría y las fuerzas a casa. Duró poco. Vera un día cogió frío y se fue viniendo abajo.

Se la llevaron al hospital. El médico, muy campechano, le soltó:

Mira, hija, tus pulmones se están desmoronando.

Ella sabía lo que venía. Al principio disimulaba: sacaba fuerzas y sonrisas, aunque parecían muecas, boca en sonrisa y ojos llenos de pena y pavor por el futuro de su hija. Como si su mirada quisiera dejar una foto amable para el recuerdo.

Su delgadez, los hombros caídos, las manos resecas contaban sin palabras que la muerte rondaba cerca, aguardando su último aliento.

Sabiendo que le quedaba poco, Vera hizo llamar a Fernando.

Alguien que cambie los planes de Dios, aún no ha nacido. Nuestro amor está agotado de pelearle a la muerte. Perdón por dejaros solos a ti y a la niña. Yo nací para la desgracia, y parece que os la paso de herencia…

Fernando tomó aquellas manos ardientes, las besaba, notó por el aire entrecortado que se le acababa el tiempo. Ella empezó a declarar su amor atropelladamente, hablaba sin aire, y tras una pausa, le dijo:

Cásate con Elisabet, será buena esposa, tú buen marido y padre, y ella madre de la niña. Lo ha pasado mal de niña con la madrastra, con las hermanastras y un padre bebedor, lo sé yo bien, que mi madre entra en su casa y todo lo ve.

Elisabet es tierna, muy trabajadora, no haría daño a la niña, y acabará por quererte. Sé bueno, trátala igual que a mí. Haz como si yo siguiera contigo y solo habitara en su cuerpo. Perdona la crudeza, pero tengo el alma negra ya de tanto pensar en la niña. Tú decide tu suerte, que al final los caminos nos los escribe Dios a cada uno. Pero a mi hija ni la toques mal, o te envío una maldición desde el otro barrio fue lo último que dijo, apretando la mano de Fernando con lo poco que le quedaba de fuerza.

Fernando lloró sin consuelo, sin poder mirar ya bien el rostro de Vera entre lágrimas. Besó hasta sus pies. Cuando Vera al fin se fue, el año siguiente, Fernando fue a pedir la mano de Elisabet.

Todo fue organizado entre la madrastra y la suegra de Fernando. Ésta última estaba ya enferma, temía que le quedara poco y sólo quería asegurarse de que su nieta tendría una buena madre y su yerno, un poco de felicidad, que bien merecido lo tenía.

El compromiso pasó como un sueño. Viendo que la casa se caía sin la mujer, y la niña sin madre, Fernando empezó a fijarse en Elisabet: sumisa, callada, dulce y hasta se parecía a Vera en la sonrisa, la trenza y el modo de andar.

A veces él sentía ganas de abrazarla fuerte, imaginando que así retenía a su esposa muerta. En cuanto a Elisabet, ni sabía explicar por qué aceptó: si por el hastío de ser criada de su madrastra, de aguantar al padre borracho, de los desprecios de las hermanastras, o quizás por lástima por la pobre hija de Fernando.

Ya dada su palabra, supo que le costaría aún otra tarea: aprender a querer y hacer que Fernando la quisiera.

Tras el compromiso, Fernando llevó a su hija a conocer a Elisabet en la casa. Vera seguía en el recuerdo de todos. La niña, a la que llamaban Leocadia, apenas salía y siempre estaba con la madre. Cualquier noche, Fernando la despertaba viendo cómo Vera le susurraba cosas a su hijita dormida, como dándole consejos para cuando ella faltara.

A Leocadia no se la veía ni con juegos con otros: solo quería madre, padre, la abuela y otra abuela gruñona.

Fernando quiso que Elisabet viese a la niña, para estar a solas, sin la madrastra fingiendo jubilo por deshacerse de la hijastra como una vaca vieja.

Elisabet no hablaba mucho frente a Fernando, pero notó que no era tan hosco, sino atento. Y él, bien claro, le preguntó si tenía ya algún pretendiente o enamorado, que lo dijera y él se hacía a un lado. Nada dijo de la promesa a Vera.

La casa dejó a Elisabet con la boca abierta: muebles de madera hechos a mano, paredes con tapices y cuadros bordados, habitaciones grandes y luminosas. Leocadia, al ver a Elisabet, empezó a sacar juguetes y a reclamarle juegos, buscando constantemente tocarle la mano. Le miraba con curiosidad y hasta alguna sonrisa se le escapaba. Elisabet, durante el juego, la abrazaba y le arreglaba el pelo con la misma delicadeza de una madre.

Anda, que te hago un peinado de princesa le dijo.

Fernando, desde la puerta, miraba casi llorando de emoción. Temía que su hija se cerrase como ostra, pues desde que no estaba su madre, preguntaba por ella todo el día y, al oír pasos en casa, corría a la puerta confiando que volvía.

Por más que intentara explicárselo, a esa edad no le servían palabras: necesitaba amor de madre. Por eso Fernando tenía tanto miedo a equivocarse con Elisabet. Pero cuando vio a su hija a dos minutos de llorar por la marcha de Elisabet, hasta él sintió alivio.

La niña la cogió de la mano, la llevó a su cuarto, quitó el edredón, peinó las almohadas como una anfitriona y, de contenta, se subió a la cama saltando como una cabritilla.

Elisabet recordó, de golpe, aquella llegada de su madrastra, los reproches con el pan, los caramelos escondidos para las hermanastras, los vestidos remendados de segunda y cómo, con el padre borracho tirado, ella le tapaba con su propia manta. También las amenazas de la madrastra de echarla como a una mula, y aquellas maldiciones que le martilleaban por dentro Se le hizo un nudo en la garganta cuando abrazó a Leocadia y se tumbó a su lado. La niña se quedó dormida en paz. Fernando, eufórico de verlo, ni sabía qué hacer con Elisabet: bebieron té, se miraron sonrientes y no la dejó marchar.

No la dejó, y punto. Que la mujer debe estar con el marido, y no en una casa donde solo esperan su ausencia…

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En lugar de uno mismo
Dijo que era huérfana para casarse con una familia rica y me contrató como niñera de mi propio nieto. ¿Existe algo más doloroso que tu propia hija te pague un sueldo sólo para que puedas abrazar a tu nieto? Acepté ser la sirvienta en su mansión, portar uniforme y agachar la cabeza cuando pasa a mi lado —todo por estar cerca de su hijo. A su marido le dijo que yo era “una mujer de agencia”. Pero ayer, cuando el niño me llamó “abuela” por error, mi hija me despidió sin miramientos para proteger su mentira. La historia En esta enorme casa de techos altos y suelos de mármol, mi nombre es “María”. Sólo María. La niñera, la mujer que lava biberones, cambia pañales y duerme en un cuarto sin ventanas. Pero mi auténtico nombre es “Mamá”. O al menos lo era —antes de que mi hija decidiera matarme en vida. Mi hija se llamaba Amanda. Siempre fue guapa. Siempre odió nuestra pobreza. Odiaba nuestra casa de tejado de uralita y odiaba que yo vendiera comida casera para poder pagarle el colegio. A los veinte se fue de casa. — Buscaré una vida donde no huela a masa y sudor —me dijo. Desapareció tres años. Renació. Cambió de apellido, se tiñó de rubio, fue a clases de etiqueta. Conoció a Daniel —un empresario rico, buen hombre, pero muy tradicional. Para encajar en su mundo, Amanda inventó una vida trágica: decía ser huérfana, hija única de intelectuales fallecidos en un accidente en Europa. Una mujer sola, culta, sin pasado. Cuando se quedó embarazada, el miedo la invadió. No sabía nada de bebés. No confiaba en extraños. Necesitaba a alguien que la quisiera —y que a la vez guardase su secreto. Entonces me buscó. — Mamá, te necesito —me dijo llorando en mi puerta, vestida con ropa que valía más que toda mi casa. — Pero tienes que entender una cosa. Daniel no sabe que existes. Si descubre quién es mi madre, me dejará. Su familia es muy exigente. — ¿Qué quieres que haga, hija? — Ven a vivir con nosotros. Serás la chica interna, la niñera. Te pagaré. Podrás estar con tu nieto. Pero tienes que prometer que jamás, bajo ninguna circunstancia, dirás que eres mi madre. Ante todos serás María, la mujer de la agencia. Acepté. Porque soy madre. Y porque la idea de no ver jamás a mi nieto dolía más que el orgullo. Viví dos años esa mentira. Daniel es buen hombre. — Buenos días, María —me dice siempre—. Gracias por cuidar tan bien del pequeño Ethan. No sé qué haríamos sin usted. Amanda, en cambio, es mi verdugo. Cuando Daniel no está, el frío de Amanda me atraviesa. — María, no beses al niño, no es higiénico. — María, no le cantes esas viejas canciones, quiero que escuche música clásica. — María, enciérrate en tu cuarto cuando vengan visitas. No quiero que te vean. Yo callo y abrazo a Ethan. Él es mi luz. No sabe de clases sociales. Sólo que mis brazos son su refugio. Ayer fue su segundo cumpleaños. Fiesta en el jardín. Globos. Gente elegante. Risas y champán. Yo, con mi uniforme gris, al lado del niño. Amanda brillaba, presumía de “vida perfecta”. — Ojalá mis padres vivieran para conocer a su nieto —le dijo a una señora. Entonces Ethan se cayó, se raspó la rodilla y lloró. Amanda corrió, pero él la apartó. Me tendió los brazos y gritó claro: — ¡Abu! ¡Quiero a la abuela! Todos enmudecieron. Daniel frunció el ceño. Amanda palideció. — ¿Qué ha dicho el niño? —preguntó alguien. — Nada —dijo Amanda rápido—. Así llama a la niñera por cariño. Ethan se aferró a mí. — Abu, besa y cura. Lo tomé en brazos. No pude resistir. — Estoy aquí, tesoro. Amanda me miró con odio. Me quitó el niño de los brazos. — ¡Dentro! Y haz la maleta. ¡Estás despedida! Daniel intervino. — ¿Por qué la echas? El niño la quiere. — Porque se toma demasiadas confianzas —gritó Amanda. Él me miró a los ojos. — María… ¿por qué Ethan la llama “abuela”? Miré a mi hija. Suplicaba en silencio. Luego miré al niño. — Señor Daniel —dije suave—. Porque los niños siempre dicen la verdad. Y conté toda la verdad. Enseñé las fotos. La mentira saltó por los aires. La decepción en su rostro fue mayor que la rabia. — Me da igual tu pobreza —le dijo a Amanda—. Me importa que hayas rechazado a tu madre. Se volvió hacia mí. — Esta también es su casa. — No —respondí—. Mi sitio es donde mi nombre no da vergüenza. Bese a Ethan. Y me fui. Hoy estoy en casa. Huele a pan y a calor. Duele. Echo de menos a mi nieto. Pero he recuperado mi nombre. Y eso ya no me lo puede quitar nadie. ¿Y tú qué crees? ¿Es justificable una mentira así en nombre del amor, o la verdad siempre se abre camino?