El Último Rayo de Luz

27 de abril

Hoy escribo desde el rincón más íntimo de mi corazón, ese que aún guardo para mí, a pesar de que todos piensan que me conocen tan bien en el Hospital General de Salamanca. Llevo años como jefa del servicio de medicina interna y, aunque todos me miran unos con admiración, otras con ese brillo envidioso tan español, nadie realmente sabe lo que guardo tras el frío terciopelo de mi mirada. El uniforme blanco, bien planchado, las manos pulcras, el moño sujeto con firmeza y mis zapatos que, por arte de magia, nunca retumban en los pasillos. Parezco tener unos cuarenta y cinco, pero a nadie le he revelado jamás mi auténtica edad.

En el trabajo me llaman doña Marisol Álvarez Muñoz. Los médicos jóvenes bromean a mis espaldas, los compañeros intentan invitarme a tomar café por la tarde en la Plaza Mayor, y a veces incluso aparecen flores o una caja de bombones en mi despacho. Pero una mirada mía basta para congelar cualquier intento de galantería. Dicen por ahí que tuve un gran amor al que nunca superé, que quedé viuda porque mi marido murió en el Estrecho, o que incluso perdí un hijo… Nadie sabe a ciencia cierta qué hay de verdad en todo lo que se cuenta. Lo único seguro en mi vida es el silencio y la soledad de mi piso antiguo en la Calle Toro.

Me volví inquebrantable después de perder a mi gran amor en la universidad. Arturo Gutiérrez Ramos: alto, de ojos claros, popular entre las chicas. Amé tanto, tan infantilmente, que asusté su libertad. Él se fue con otra y yo juré no volver a abrir el corazón a nadie. Quizá, por miedo a otro abandono; quizá porque aún le quise, lo reconozco, durante muchos años.

Hoy, ya terminando la tarde, salí de mi despacho con esa rutina que me salva del abismo. Paré en el control de enfermería.
Victoria, pásame por favor la historia de don Tomás Navarro, el de la habitación cinco. Tengo que preparar el informe de alta para mañana.

Con el expediente apretado contra el pecho, regresé al despacho. Siempre siento algo extraño al firmar un alta: una mezcla de alivio y desasosiego. Nadie sabe si aquellos a los que damos el alta volverán a cruzar esa puerta.

Ya en el pasillo, escuché a una mujer hablando por teléfono cerca de la ventana creo que era la esposa de uno de los pacientes. Las frases, mitad cuchicheo, mitad reproche, se colaron en mi cabeza:
No, no se ha muerto. Está más vivo que nunca. No te enfades. Sí, ya se lo he dicho… Pues claro que lo sabía. Esta noche, hablamos en casa.

La vi marcharse sin mirar atrás, bajando por la escalera. Había en su voz una extraña mezcla de triunfo y hartazgo.

Entré en la habitación cinco. Más que palabras de advertencia sobre el tabaco, como haría en otro momento, me llamó la atención la tensión en la espalda de Tomás, mirando el cielo gris de abril por la ventana.

Don Tomás, mañana… empecé, pero sus ojos, velados de pena y rabia, me pararon.
¿Le pasa algo? Pregunté, sentándome a su lado, esta vez buscando igualar alturas.
¿Puedo no irme aún? Es que… no tengo a dónde ir balbuceó, la voz rota.

Un hombre en la otra cama, de pelo completamente blanco, intervino desde la penumbra:
Nada, que su mujer ya ha buscado a otro. Se lo ha dicho claro: Aquí te las apañes. Ahora pertenezco a otro y le seré fiel. Lo echó, así de fácil.

Me quedé muda, y las piezas encajaron al instante. Era de ese hombre de quien hablaba la mujer hace minutos.

Tomás tiene más de cincuenta, fuerte aún pese a la palidez y la tristeza. No tiene ni amigos ni familia cerca. No hay hijos a quien acudir, ni amigos con sofás para más de dos noches. Toda su vida dependía de una casa que ya no es suya.

En la ventana, las yemas de los árboles del parque hospitalario quieren ser hojas, aunque todavía amagan copos de nieve desde el cielo castellano. El invierno no quiere irse, y tampoco el dolor de Tomás.

¿No tiene a quién acudir? le pregunté, bajando el tono.
Mis hijos tienen su vida, no quiero molestar. Sabía que ella iba con otro. Pensé que se le pasaría…

La realidad impone que las camas se necesitan para otros enfermos. Dudé por una fracción y luego, casi en voz alta, se me ocurrió una idea.
Tengo una casa en un pueblo a ochenta kilómetros de Salamanca, cerca de Peñaranda. Es una casa vieja, pero sólida. Si quiere, puede quedarse allí. Mañana le traigo las llaves y le explico el camino. Puede dedicarle sus manos, necesita trabajo y ganas. Nadie vive allí desde hace mucho.

Me marché antes de que pudiera contestar. Oí el suspiro asombrado del vecino de cuarto:
Así que tiene su corazoncito, doña Marisol. No hagas el tonto, Tomás, que tu mujer no merece ni tus recuerdos.

La primavera trajo olor a lilas y días cálidos. Era domingo cuando conduje mi Seat León hasta el pueblo y vi desde la ventanilla cómo la casa, que llevaba años cerrada, revivía. Las ventanas estaban reparadas y más azules que nunca, la teja remendada, el porche relucía con un nuevo escalón. En la puerta, Tomás, ya mucho más saludable y bronceado, saludaba en camiseta y pantalones vaqueros, descalzo sobre el suelo aún fresco.

Buenos días, vine a comprobar que todo va bien. ¿Le tratan bien aquí? pregunté, sacando la caja de fruta que había traído de la parte trasera.
Aquí no hay quien moleste. Sólo tres abuelas felices de tener vecino nuevo, y los urbanitas ni reparan en mí dijo, aún sorprendido al verme de ropa informal.

¿Y la vida en el pueblo?
Mi trabajo era puro trámite. Al salir del ejército, sólo sirvo para dar órdenes o mantener seguridad. Ahora, la pensión me da para lo justo.

Le animé a mostrármelo todo. Me abrió la casa y entré en una sala inundada de luz filtrada en el suelo sobre viejas alfombras hechas a mano, los relojes de pared marcando minutos, dos macetas con geranios regaladas por una vecina, y olor a puchero recién hecho.

¿A qué huele tan rico? pregunté mirando la pequeña cocina.
He hecho cocido y una suerte de patatas guisadas. Me han enseñado las señoras del pueblo, me ayudaron cuando todo me salía crudo o quemado. ¿Le apetece?

Al sentarme sentí la nostalgia de la infancia: los tarros de encurtidos de mi madre, las tardes eternas en aquel mismo pueblito en la sierra. No había vuelto desde que murió, incapaz de desprenderme de lo que fue familia. Ahora el hogar huele distinto, pero no menos cálido. Tomás, respetuoso, preguntó:
¿Hasta cuándo puedo quedarme aquí?
Todo el tiempo que quiera. Este sitio ya no es para mí, pero aquí usted ha devuelto algo de vida.

Recordé que traía provisiones que olvidé en el coche y bajé de un salto. Fue entonces cuando lo vi: sin bata, sin moño, con el pelo suelto, sentí la edad y la vida pasada en cada músculo.

Esa noche el olor de mi colonia flotaba en la casa y Tomás, me confesó luego, durmió inquieto; quién sabe, a lo mejor agradecido de que su mujer lo hubiera dejado.

Al cabo de dos meses volví. Le llevé más cosas, incluso una caña de pescar, y él me enseñó los avances: ya venían a pedirle ayuda las mujeres del pueblo y, a cambio de reparaciones, se llevaba huevos, leche fresca y algún que otro queso de oveja.

El viejo caserón parecía inflarse de orgullo, luciendo sus marcos de ventanas como medallas.
Este invierno, le invitaré a pepinillos en vinagre, ya lo verá presumía Tomás.

Ahora tiene mejor figura, los músculos ya no le cuelgan y la barriguita desapareció. Bajo su mirada me sonrojé como una niña.

El sol bajaba ya cuando Tomás salió corriendo un momento y yo aproveché para recorrer la casa. Ahora olía a él y a sus rutinas. Me preocupé al verle tardar y acabé por salir. Lo encontré en el huerto, sentado, exhausto contra la valla:

¡Tomás! grité, arrodillándome a su lado. Le palpé el pulso, busqué agua y kit de primeros auxilios. Corrí, sin importarme el vestido ni el polvo. Le di una pastilla, agua y aguardé. Tras un rato, se recuperó.
Hoy el sol me pudo, quería recoger unos pepinos para tu viaje Quédate, susurró él, tuteándome por primera vez.

Me quedé de pie, sin saber qué responder. Apoyó la cabeza en mi estómago y suspiró.

La felicidad tiene esas rarezas: la buscas, la llamas, la esperas al final de un día interminable. A veces crees aprender a vivir sola, a no temer, a no perder. Y de repente, una vida ajena cruza tu camino, y juntos encuentran un nuevo inicio.

¿Y el amor? Existen muchas formas de amar. En la juventud arde, exige y consume. Con la edad, es calma, abrigo, ese último rayo de sol que calienta sin hacer daño.

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