Amor que no se olvida…

—¡Lucía! ¡A cenar! —gritó Carmen desde la cocina, pero no obtuvo respuesta ni el más mínimo ruido.

—Madre mía, ¿qué le voy a hacer? Seguro otra vez con los auriculares puestos y no escucha nada. —Carmen entró en la habitación de su hija con determinación.

—Vaya, vaya. Otra vez enganchada al móvil. —Le arrancó un auricular bruscamente.

Lucía se sobresaltó y, antes de reaccionar, intentó esconder la pantalla de su madre.

—¿Otra vez hablando con ese chico? Te distrae de los estudios. Y estás en el último curso…

—Pero los exámenes no son mañana —protestó Lucía, quitándose el otro auricular y apagando el móvil con gesto culpable.

—Vamos a cenar —repitió Carmen con firmeza, y salió de la habitación.

Lucía suspiró, resignada. No tenía hambre, pero discutir con su madre era misión imposible. Movió los macarrones con el tenedor sin ganas, mirando a su madre de reojo.

—Come. Tu Romeo puede esperar —dijo Carmen, malinterpretando su mirada.

—Se llama Adrián —murmuró Lucía.

—¡Ay, perdón! Como si no lo supiera —replicó Carmen, irónica—. Ya te has enamorado de cualquier modo.

—Mamá, solo somos amigos. Déjalo ya… —suplicó Lucía.

Carmen puso una taza de té y una magdalena delante de su hija.

—Come, que solo te quedan los ojos —dijo en tono más conciliador.

Al día siguiente, Adrián la esperaba a la salida del instituto.

—¿Qué pasa? ¿Tu madre leyó nuestros mensajes? No le caigo bien, ¿verdad? —preguntó, preocupado.

—Tranquilo, no vio nada. Y lo de que no le gustas… Es solo que se preocupa por mí. No quiere que repita sus errores. Verás, se enamoró en segundo de carrera y se casó enseguida. Cuando nací yo, todo se le vino encima: estudios, falta de dinero, más yo… Ella y mi padre no estaban preparados. Empezaron a pelearse mucho. Mamá dice que él cambió por completo.

Pidió una excedencia y se fue a casa de mis abuelos conmigo. Y mi padre… Ni llamó ni vino. Como si nos hubiera borrado. Pidió el divorcio.

Lo pasó muy mal. Mis abuelos la reprendían por haberse casado tan joven… «Con un estudiante, ¿qué pensabas?» Y luego, cuando mi padre empezó a trabajar, ella fue demasiado orgullosa para pedir la pensión. Y así se le fue el amor. —Lucía dejó escapar un suspiro.

No volvió a la universidad. Trabajó como administrativa en un museo y, de vez en cuando, como limpiadora. Yo no quiero eso —murmuró, caminando cabizbaja junto a Adrián—. Hasta que no terminemos la carrera, ni se te ocurra hablar de bodas.

—No es que esté pensando en eso. Pero, dime, ¿tu madre nunca se volvió a casar? —preguntó Adrián, observándola.

—Tuvo pretendientes, pero siempre tuvo miedo por mí. «Un hombre ajeno en casa…» Supongo que nunca encontró a su media naranja.

—Ya veo —refunfuñó Adrián—. Oye, mi padre tiene un amigo. Acaba de llegar de fuera. Un tío genial. Su mujer murió hace tres años dando a luz. El bebé también. Conocí a tía Lola. Era preciosa. Una pena. Le oí decir a mi padre que está harto de estar solo, que quiere una familia, pero le da miedo. Compara a todas con su mujer.

—¿Y me estás diciendo que los presentes? ¡No me lo puedo creer! —Lucía se detuvo, indignada.

—¿Qué tiene de malo? Si tuviera su propia vida, no estaría tan encima de ti. Pero así… —Adrián dejó escapar un suspiro.

—¿Tú crees? Convencer a mi madre de que salga con un hombre no será fácil. Piensa que todos sois unos irresponsables, que ante el primer problema salís corriendo… —Lucía vio cómo Adrián fruncía el ceño—. Se refiere a los hombres mayores, no a ti.

—¿Y yo qué soy? ¿Un niño? —se ofendió él.

—No te enfades. Tiene miedo de que me hagas lo mismo que mi padre a ella. ¿Entiendes? —Lucía le acarició el brazo en señal de paz.

—¿Nunca lo has visto? ¿A tu padre? —preguntó Adrián, más calmado.

—¿De dónde? Nos fuimos, y él ni llamó ni vino. Seguro que tiene otra familia. Tal vez hasta tengo hermanos. ¿Te imaginas? —sonrió sin alegría.

—Nosotros tendremos dos hijos —dijo Adrián, animándose—, para que no se aburran.

—Ya lo hablamos —Lucía le lanzó una mirada de reproche.

Le gustaba mucho Adrián. Cuando estaba cerca, como ahora, su corazón latía más rápido y un calor dulce le recorría el pecho. Solo quería besarlo, abrazarlo y no soltarlo. Pero su madre…

—¡Vamos, no te quedes ahí! —le espetó, echando a andar.

Adrián la alcanzó.

—¿Entonces? ¿Los presentamos?

—No servirá de nada. Mi madre ni mira a los hombres. Y punto.

—Pues idearemos algo —insistió él.

Caían copos de nieve, pero Lucía y Adrián no los veían, demasiado ocupados tramando cómo unir a dos adultos que temían volver a amar.

Esa noche, Lucía le dijo a su madre que el viernes había reunión de padres por la fiesta de graduación.

—¿Tan pronto? —preguntó Carmen, sorprendida.

—Mamá, si no reservamos ahora, nos tocará la cafetería del instituto. Qué cutre —se quejó Lucía.

—Vale. ¿A qué hora? —preguntó Carmen, cansada.

—A las siete.

—De acuerdo. Pero ayúdame antes a limpiar en el museo o no llegaré. —Esperaba que su hija protestara, como siempre.

—Vale —aceptó Lucía sin rechistar, dejándola boquiabierta.

El viernes, efectivamente, ayudó a fregar escaleras y pasillos. Al llegar al instituto, Carmen vio luces encendidas en las aulas del segundo piso. El edificio estaba vacío. Sus pasos resonaban en el silencio del pasillo.

De pronto, oyó pasos detrás. Se volvió. Un hombre se acercaba a toda prisa.

—¡Espere! ¿Sabe dónde está el aula doce? —gritó.

Carmen se detuvo, esperándole.

—¿Carmen? ¿Eres tú? —El hombre se quedó helado.

Ella perdió el habla. Reconoció a Alejandro, su exmarido, el padre de Lucía.

—¿También vienes a la reunión? ¿Tienes otro hijo en la clase de Lucía? —A Carmen se le cortó la respiración.

—No, es el hijo de un amigo. Él y su mujer están de guardia, son médicos. Me pidieron que viniera. Bueno, me ofrecí, la verdad.

Carmen dio media vuelta, pero la voz de Alejandro la detuvo.

—¿Así que tu hija se gradúa este año?

—Sí, nuestra hija. ¿O es que olvidaste que existe? —respondió con sarcasmo.

—No lo olvidé. Pero… —Alejandro vaciló—. No estoy seguro de que sea mía.

—¿Cómo? —Carmen apenas podía respirar.

—¿Te acuerdas de Laura Martín? Bueno, me dijo que te había visto con… Tito. Que la niña no era mía. Me volví loco. Hasta pensé en matarte. ¿Recuerdas nuestras peleas? —se indignóFinalmente, tras muchas lágrimas y conversaciones, Carmen y Alejandro decidieron dejar atrás los malentendidos y, aunque el pasado dolía, comenzaron a reconstruir algo nuevo, mientras Lucía y Adrián, sonrientes, los observaban con la esperanza de que esta vez el amor sí durara para siempre.

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Amor que no se olvida…
—¿Y adónde va a ir ella, hombre? Mira, Víctor, una mujer es como un coche de alquiler: mientras le eches gasolina y pagues las revisiones, va adonde tú digas. Pero mi Olguita, yo la compré con todos los extras hace ya doce años. Yo pago, yo elijo la música. Comodísimo, ¿te enteras? Ni opiniones propias, ni dolores de cabeza. Una seda, la mía. Sergio hablaba en alto, agitando la brocheta de la que goteaba grasa sobre las brasas vivas. Estaba seguro de tener razón, igual que de que mañana sería lunes. Víctor, su viejo colega de la facultad, sólo resoplaba. Olga se encontraba junto a la ventana de la cocina, cuchillo en mano, cortando tomates para la ensalada. El jugo goteaba, mientras resonaba en sus oídos aquella frase autosuficiente: “Yo pago, yo elijo la música”. Doce años. Doce años sin ser simplemente esposa: era como su sombra, su borrador, su airbag. Sergio se creía un genio del Derecho, la estrella del despacho. Ganaba casos difíciles, traía a casa gruesos sobres y los lanzaba sobre la mesilla con aire triunfante. Cuando Sergio, agotado, se dormía, Olga sacaba en silencio los papeles de su maletín y los corregía: errores de bulto, frases confusas, leyes nuevas que él pasaba por alto en su arrogancia. Por la mañana, como quien no quiere la cosa, sugería: —Sergio, he echado un vistazo… ¿Quizá deberías citar la Ley de Vivienda? Te he dejado el marcador. Él solía desentenderse. —Siempre con tus consejos de mujer… Bueno, lo miraré. Y por la tarde volvía como un héroe y jamás, ni una sola vez en todos estos años, dijo: “Gracias, Olga. Sin ti lo habría perdido”. Estaba convencido de que era todo mérito suyo. Olga, bueno, ella estaba en casa, haciendo cocidos. Aquella noche en la casa de campo no montó bronca, ni salió corriendo al porche, ni volcó la barbacoa. Simplemente terminó la ensalada, la aliñó con nata y la puso en la mesa. “¿Hoy mandas tú en la música, no?” pensó al ver cómo su marido masticaba la carne sin saborearla. “Bien, entonces escuchemos el silencio”. El lunes por la mañana, Sergio revoloteaba buscando la corbata. —Olga, ¿dónde está mi azul de la suerte? Hoy tengo cita con el promotor. —En el armario, segunda balda —respondió ella desde el baño. La voz era tranquila, fría, incluso demasiado tranquila. Cuando oyó la puerta cerrarse, Olga no fue a terminarse el café ni ver el magazine matinal. Abrió su vieja agenda. El número de Boris Petrovich, exjefe de ambos, seguía igual desde hacía veinte años. —¿Hola, Boris Petrovich? Soy Olga. Sí, Samóilova, la esposa de Sergio. No, él no lo sabe. Quería preguntarle: ¿Sigue buscando gente para el archivo? ¿O alguien que sepa desenredar líos imposibles? Siguió un breve silencio. Boris la recordaba: sus magníficos trabajos, su visión para ir al grano. Fue el único, doce años atrás, que dijo: “Has cometido un error, Olga, haciéndote ama de casa”. —Ven —gruñó—. Tengo un asunto que nadie quiere. Si lo sacas adelante, te contrato. Esa tarde Sergio llegó de mal humor; el promotor resultó tozudo y el asunto, atascado. Se quitó la chaqueta, la tiró en el recibidor y gritó: —Olga, ¿hay algo decente para cenar? Me comería a un toro. Y pásame la camisa blanca para mañana, plánchamela. Silencio. Fue a la cocina. Nada en la placa, ni ollas ni sartenes. Todo limpio. En la mesa, una nota: “La cena está en la nevera, pelmeni congelados. Estoy cansada”. —¿Cansada de qué? —Sergio miraba la nota como si estuviese en chino. Entonces sonó la llave de la puerta. Olga entró con una carpeta de documentos. Llevaba el traje elegante que Sergio sólo recordaba del día de la graduación del niño y zapatos de tacón. —¿Dónde has estado? ¿Qué es este disfraz? —He estado trabajando, Sergio. En tu empresa, por cierto: en el archivo. Boris Petrovich me ha contratado de ayudante. Sergio soltó una carcajada nerviosa. —¿Tú, trabajar? Venga ya. Doce años sin sujetar nada más pesado que un cucharón. ¿En el archivo? No aguantas ni dos días entre polvo. —Ya veremos. Se sirvió agua. —¿Y qué, ahora tengo que tragarme los pelmeni? Yo soy quien trae el dinero. Yo mantengo la casa. —Yo también trabajo ahora. Poco, pero para comer me llega. Y la plancha está donde siempre. Si quieres camisa, te la planchas tú. Fue la primera alarma. Sergio pensó en una crisis de mediana edad: hormonas, lo que sea. “Que juegue una semana, ya se le pasará. Verá lo que es ganarse el pan y volverá a la seda”. Pero pasaron semanas. La crisis no remitía. La casa cambió: dejó de ser esa maquinaria invisible que Sergio daba por sentada. De repente, los calcetines dejaban de aparecer limpios en el cajón y se amontonaban sucios en el baño. El polvo, antes invisible, ahora se apoltronaba descarado en la estantería. Las camisas había que plancharlas uno mismo: un tormento. Siempre quedaba una arruga, la manga mal doblada… Pero lo peor fue otra cosa: Olga dejó de ser su “pañuelo de lágrimas”. Antes, Sergio llegaba a casa y se desahogaba una hora: que si los jueces son inútiles, que si los clientes son tacaños. Ella oía, asentía, le ponía un té y, sobre todo, aconsejaba: consejos que él luego vendía como propios. Ahora intentaba iniciar conversación: —¿Sabes que Grabowski me ha vuelto a tumbar la demanda? ¡Le digo y mira…! —Olga no despegaba los ojos del portátil, rodeada de códigos. —Sergio, por favor, silencio. Mañana tengo revisión de un concurso de acreedores infernal. —¿Y a quién le importa tu concurso ese? —estallaba él—. ¡Yo tengo un negocio serio entre manos! —A mí me importa. Para mi autoestima. Él se enfadaba. Sentía que el suelo se abría bajo sus pies. Sin sus consejos nocturnos, empezó a fallar en el trabajo. Olvidos tontos, nombres cambiados, algún plazo pasado. Los jefes lo miraban raro. Boris Petrovich, en las reuniones, fruncía el ceño mirando a Sergio, pero luego fijaba la vista en Olga y asentía satisfecho. Resultó que Olga había resuelto el desastre del archivo en tres días. Encontró documentos que se creían perdidos. La trasladaron de la planta baja al despacho general, frente al becario. Sergio la veía cada día de espaldas, erguida, orgullosa. Caminaba distinta, segura, los tacones resonando. La tormenta estalló un mes después. Al despacho llegó una clienta de oro: Doña Ana Márquez Vives, propietaria de una cadena de clínicas privadas, mujer de carácter, garra de hierro y cero paciencia. Litigaba con su exsocio, que le reclamaba la mitad del negocio mediante —aseguraba ella— documentos falsos. El asunto se lo dieron a Sergio: era su oportunidad de redimirse. —La voy a machacar —presumía en casa mientras cortaba chorizo directo sobre la encimera, sin tabla—. Está chupado: peritos, testigos y a ganar. Olga guardaba silencio, leyendo un libro. —¿Me oyes? —Le dio en el hombro—. ¡Te digo que esta la gano. Premio y te compro un abrigo de piel. ¿Vuelves a ser la de antes? Olga bajó el libro despacio, mirándolo con calma. —No quiero pieles, Sergio. Quiero que dejes de hacer el pavo real. Márquez Vives no soporta la presión. Es de la vieja escuela. No la puedes aplastar “a base de peritajes”. Hay que hablar. —Uf, ahora psicóloga. El día D, la sala de juntas era densa como sopa de cocido. Ana Márquez, diminuta y mayor, taladraba con la mirada. Sergio pavoneaba, vomitaba términos y agitaba gráficos: —Le embargamos la cuenta y lo ponemos de rodillas. —No, usted no me entiende. Yo no quiero destruir a nadie. Ese hombre es mi ahijado. Se está portando mal, pero no quiero verlo en la cárcel. Solo quiero mi negocio y que desaparezca de mi vida. En silencio, sin escándalos. ¿Y usted qué me propone? Sergio se atragantó. —Pero, doña Ana, en esto hay que ser duros. Si ven grietas… —Está usted fuera del caso —dijo ella bajito, levantándose—. Boris, me decepcionas. Pensé que en tu bufete trabajaban profesionales y no bulldozers. Boris se puso pálido. Perder ese cliente era un agujero enorme. Sergio rojo como un tomate. En ese momento se abrió la puerta: entró Olga con una bandeja de té. La secretaria estaba enferma y pidieron ayuda a los junior. Olga vio la escena: a Márquez yéndose, el pánico de su marido. Cualquier otra en su lugar habría sonreído satisfecha: “Querías elegir la música, pues toca bailar”. Pero Olga era una profesional. Y la profesional que había dormido doce años se despertó de golpe. —Doña Ana. La voz de Olga era baja, firme. Márquez se quedó en la puerta, sin girarse. —Perdone, sólo le traigo su té de tomillo, que sé que le gusta —siguió Olga—. Tiene razón sobre su ahijado. En el 98 hubo un caso parecido. Lo arreglaron sin juicio gracias a una mediación y transferencia de participaciones, con cláusula de confidencialidad. Así ambas partes conservaron el honor. Márquez se dio la vuelta despacio. Sus ojos taladraron a Olga. —¿Cómo lo sabe? Ese caso era confidencial. —Estudié los archivos. Olga posó la bandeja, sin temblar. —Y hay un detalle más: los pagarés pueden anularse no por la firma, sino por defecto de forma. Falta un requisito técnico, nada penal. Su ahijado cometió un error. Así él mantiene su libertad y usted la clínica y la calma. El silencio era total. Sergio miraba a su esposa como si le hubiese salido otra cabeza. ¿Lo del defecto de forma? Él ni había mirado los papeles, fue directo a embestir. Márquez volvió a la mesa, se sentó. —Té con tomillo, ¿eh? —Por primera vez sonrió: la cara arrugada, cálida como una manzana asada—. Sírvame, muchacha, y explíqueme ese defecto de forma. Y usted, —miró a Sergio sin verle—, siéntese y aprenda. Durante dos horas, Olga llevó la batuta. Sergio callaba, retorciendo un bolígrafo. Escuchaba cómo su “cómoda” esposa deshacía una maraña legal con palabras llanas. Sin presionar, escuchando, buscando alternativas. Cuando Márquez firmó el contrato nuevo, Boris fue a Olga y le estrechó la mano: —Doña Olga, —le dijo ceremonioso—. Mañana quiero verla en el despacho. Hablaremos de su ascenso. Ya no toca seguir en el archivo. Sergio y Olga volvieron en silencio a casa. En la radio sonaba reggaetón. Sergio solía poner las noticias, pero ahora tenía miedo hasta de tocar el dial. Su mundo seguro, donde él era el rey y su mujer, su servicio, había volado. Sobre las ruinas estaba otra mujer: fuerte, inteligente, guapa, y lo peor, siempre lo había sido; él era quien no la veía. Entraron en casa. Oscuro, tranquilo. El niño aún no había vuelto. Sergio se descalzó, se fue a la cocina y se sentó. Olga fue a cambiarse. Él miraba sus manos: sentía una vergüenza ardiente. No por haber fallado en el trabajo; eso pasa. Sino por aquella frase en la barbacoa: “yo pago”. Olga volvió en ropa cómoda, sin maquillaje pero con los ojos vivos, brillantes. Abrió la nevera y sacó huevos, puso la sartén al fuego en silencio. —Olga… La voz de Sergio temblaba. Ella, sin volverse, cascó un huevo. —Déjame, lo hago yo. Corrió a su lado, torpe, le quiso quitar la espátula. —Siéntate, estás cansada. Ella la soltó y fue a la mesa. Miró cómo él intentaba hacer el huevo: se le desparramaba la yema, refunfuñando. Le puso el plato delante: revuelto seco, medio quemado. —Perdóname —dijo él, mirando la mesa. Ella tomó el tenedor. —No tiene mala pinta la tortilla. —Hoy… he entendido —le costaba encontrar palabras—. Tú siempre me has salvado. No sólo hoy. Recuerdo cómo me corregías los papeles de noche. Me acostumbré. Me lo creí. La miró a los ojos: miedo de que ella se fuera. Ahora podía. Tenía dinero, respeto, independencia. —No me voy, Sergio —le leyó el pensamiento—. De momento no. Tenemos más que partir que bienes. Veinte años, nada menos. Pero las reglas van a cambiar. —¿Cómo? —preguntó rápido—. ¿Qué tengo que hacer? —Respetar. Mordió un trozo de pan. —Solo respetar. No soy de seda, soy una persona. Tu pareja. En casa y en el trabajo. Repartimos. No es “ayudar a la mujer”, es hacer tu parte. ¿Lo entiendes? —Lo entiendo —asintió él. Y era cierto. —¿Puedo comer ya? —Sergio sonrió y cogió el tenedor. Estaba soso, a medio quemar, pero hacía años que nada le supo tan bien. Porque esa cena no era un servicio. Era una cena de iguales.