A mi marido no le gustaba que lo pillaran en situaciones graciosas, porque él es muy macho. Por eso, me asomo en silencio al baño, disfruto de lo que veo, me vuelvo tras la pared y… Seguro que me va a dar un ataque de risa:

A mi marido nunca le ha hecho gracia que le pillen en situaciones graciosas, porque claro, él es muy serio y duro. Así que me asomo en silencio al baño, disfruto de lo que veo, me giro detrás de la pared y probablemente vaya a tener hipo de tanto reírme:

«Si eres un buen gatito, di miau.
Si eres un gatito genial, di miau…
Si eres el gatito favorito, di miau…»

Mi marido canturrea en voz baja mientras baña a nuestro gato. Normalmente el bicho suele resistirse, arañar, morder y maullar escandalosamente, pero hoy o le ha gustado la serenata, o simplemente está en shock.

«Te lavamos la espaldita, di miau…
Te lavamos las patitas, di miau…
Te lavamos la colita, di miau…»

Miau, susurra el gato, flojito.

Yo, detrás de la pared, creo que me muero de la risa Todavía me pesa haberme perdido grabar semejante obra de arte, pero claro, con semejante prueba en mi mano, igual no vivo para contarlo.

¿Que no te gusta? Venga, te canto otra cosa, ¿vale?
Miau.

Álvaro se queda callado un momento, enjabonando al gato, y luego empieza a tararear bajito:

«Llueve y la lluvia pinta en mi ventana
La silueta triste de tu adiós, mi dama…»

Las lágrimas me corren por la cara de tanto reír. Y de repente caigo en la cuenta de que Álvaro jamás me ha cantado a mí. Romántico no es, desde luego, pero oye, tiene otras virtudes. Y al gato, mira tú, serenatas las que quieras. Si no me estuviera muriendo de risa, quizá hasta me hubiera dado rabia. Mientras, el dama vuelve a maullar tristemente y Álvaro pasa a Sombra aquí, sombra allá, maquíllate, maquíllate…

Una más y me descubren, así que toca retirada táctica al salón, porque ya está terminando y mi marido está listo para secar al gato. Ya casi estoy entera cuando escucho:

«Dring, dring, televisor,
Dring, dring, televisor,
Dring, dring, televisor»

No podía más y salté entonando:

¡Y dos duendecillos dentro!

Mientras me arrastraba al sofá, soltando carcajadas abiertas.

No sé si cantaron algo más, porque ya no tenía fuerza para seguir espiando de tanto reírme. A los dos minutos, aparecen dos machotes resabiados, mirándome con aire ultrajado y muy ofendidos. Yo prefiero esconder la cara en el cojín, temblando silenciosa.

Gato y marido me lanzan una mirada de superioridad digna y se retiran, muy formales, hacia la cocina.

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A mi marido no le gustaba que lo pillaran en situaciones graciosas, porque él es muy macho. Por eso, me asomo en silencio al baño, disfruto de lo que veo, me vuelvo tras la pared y… Seguro que me va a dar un ataque de risa:
La madre se siente fuera de lugar