Aquella noche, envuelta en la niebla suave de un sueño, una pareja de enamorados de nombres antiguos pero sonorosCelia y Marcoscruzaba las dehesas a las afueras de Salamanca. Caminaban despacio, las manos enlazadas y las miradas entrelazadas en ese modo dulcemente distraído de quien se olvida del mundo al entregarse al amor. La hierba, alta como lanzas de oro viejo, rozaba sus muslos y cubría sus pasos. De pronto, un murmullo de viento interrumpió el sosiego; la hierba se abrió como un telón, y el mundo suspendió la respiración.
Celia, de pronto, lanzó un gritito que se perdió en la brisa. Marcos, instintivamente, se adelantó para apartarla de algo que no se veía aún, dispuesto a enfrentar cualquier amenaza invisible.
Allí, medio sumida en la espesura, yacía una silueta difusa. Una yegua, o lo que había sido una yegua en otro tiempo, se extendía sobre la tierra como si fuera sólo un esqueleto cubierto de una piel ajada y pegada al hueso.
La imagen era irreal: la piel reseca, estirada como papel antiguo, dejaba ver cada costilla, y los insectos zumbaban en remolinos sobre costras oscuras que tapizaban su cuerpo. El espectáculo era tan inquietante que hacía girar el estómago.
¡Pobrecita! exclamó Celia, como si su voz despertara a los álamos cercanos.
El río, allá al fondo, pareció detenerse. Entonces, levemente, la yegua movió una oreja. En ese instante, a ambos se les pusieron los pelos de punta y el aire se vio atravesado por un grito unísono, fugaz y desgarrado.
Corrieron hasta pisar tierra apisonada y, jadeando, se detuvieron en un camino de tierra. Nadie les seguía; solo el temblor de la propia angustia.
La inquietud fue cediendo paso a la sorpresa.
Está viva murmuró Celia, casi sin creerlo.
Viva, pero parece un espectro, añadió Marcos con voz sombría.
Pero se movía.
La duda flotó entre los dos, como si no perteneciera enteramente al sueño. ¿Y si no se movía por sí sola, sino porque algún otro ser habitaba en su interior? Celia se estremeció.
Envió a su caballero a explorar mientras ella se quedaba al borde del camino, sin querer ver más de la cuenta. Marcos, cauteloso, se internó de nuevo por la hierba y comprobó que estaba sola, silenciosa, y, sobre todo, viva.
Al acercarse, la yegua giró tímidamente la cabeza y exhaló un suspiro cansado. Sus costados subían y bajaban con el ritmo del esfuerzo, y una película rojiza velaba su mirada. La comisura de la boca colgaba, ajena a toda dignidad, mientras las piernas y el rabo yacían inmóviles; apenas las orejas, ligeros temblores, delataban vida.
Era un ser vencido, apenas rozando la frontera del no-ser.
Marcos contempló a su alrededor. La yerba intacta sugería que la yegua llevaba allí siglos de sueño. Meditó un instante y volvió con Celia para describirle la escena con detalles que ella sólo podía imaginar.
¿Y ahora qué hacemos? preguntó Celia. ¡No tenemos ni idea de caballos!
Marcos recordó entonces el cortijo vecino, donde los mozos de los pueblos venían a montar. Les localizó enseguida, y, tras escuchar el atropellado relato, le prometieron acudir cuanto antes.
Poco después, una nube de polvo anunció la llegada de una furgoneta con remolque para caballos. Dos personas bajaron: una mujer y un hombre con las manos ajadas y rostros curtidos.
Al acercarse, palidecieron ante el estado lamentable de la yegua. Ni pensar en que subiera por sí sola al remolque; sólo rezaban por llegar a la clínica veterinaria a tiempo.
Intentaron levantarla entre los cuatro, pero fue inútil. Marcos, rápido, corrió a buscar vecinos y amigos.
Ocho hombres y mujeres se unieron. Organizadamente, colocaron una manta gruesa bajo ella y, entre mucho susurro y compasión, alzaron el cuerpo exánime hasta el remolque. Los ojos asustados de la yegua se abrieron un instante, pero el miedo era ya solo una sombra en su agotamiento.
El vehículo vibró y partió rumbo al cortijo, con la esperanza de una segunda oportunidad.
Cuando llegaron, ya les esperaba un veterinario y varios ayudantes. Entre todos, movieron a la yegua al establo. El veterinario, con aire minucioso y resignado, examinó las costras, aplicó ungüentos, extrajo muestras y colocó una perfusión.
Llegó la Guardia Civil, recogió testimonios de todos y sugirió que hallar al responsable sería muy difícil. La violencia de lo sucedido quedaría impune.
La yegua no comía ni bebía apenas. Pronto supieron la razón: una infestación de ácaros la había convertido en un mar de llagas y costras, secando cuerpo y ánimo. El tercer párpado estaba inflamado, el veterinario sospechaba un tumor que sólo podría extirparse tras una convalecencia larguísima. Había también problemas dentales, imposibles de aplazar.
Durante semanas el establo se transformó en hospital de campaña. El veterinario acudía todos los días. Sus manos curtidas traían consuelo, vitaminas, calor humano. La yegua recibía el agua de una botella, cada sorbo administrado como a un potro recién nacido. Al principio, era solo quietud; apenas un resuello que señalaba el límite entre la vida y la muerte.
Pero el empeño de los nuevos dueños y los voluntarios la ancló al mundo. Empezó a distinguir voces. Olfateaba las manos de Celia, temblaba si el veterinario resoplaba cerca de su oído. Veía poco, pero sentía caricias y vibraciones, y eso bastaba para sostenerla un día más en la cuerda del existir.
Más adelante, logró girar el cuerpo, alzar la cabeza, estar erguida unas horas. Lo imposible era levantarse: las patas no respondían, ajenas como si fuesen troncos muertos. Los músculos, aislados tanto tiempo, se resistían a despertar.
Pero nadie se rendía. Inventaron un arnés con mantas y cintas para mantenerla en pie. Necesitaban ocho, diez manos dispuestas. Las tardes se llenaron de risas y bromas, los amigos se turnaban para sostenerla y entrenarla.
Con el paso de los días, la yegua, que ya mostraba flancos cubiertos de pelo brillante y su mirada se llenaba de vida, fue ganando seguridad. Primero sostuvieron las extremidades por ella; luego ella sola probó a caminar, torpe y vacilante, pero caminando al fin.
Los meses se derritieron. Sus andares lentos la llevaban hasta el prado, bajo el aroma fresco de la hierba reciente, mientras el aire de Castilla traía ecos de antiguas campanas.
El veterinario, finalmente, la declaró fuerte para la operación ocular. La llevaron de nuevo a la clínica, y la bestia, aun con los ojos doloridos tras la intervención, levantó el hocico y miró por primera vez de verdad a la gente que la había rescatado: Celia, Marcos, los amigos y el establo. Todo tenía contornos renovados, como cuando uno despierta de un sueño largo.
Aceptó las gotas en los ojos, se mostró serena y dócil. Pronto, la dejaron salir junto a otras dos yeguas; aprendió a doblegar la impaciencia del más joven y a compartir la frescura de la alfalfa al atardecer.
Aquella figura otrora fantasmal ya no se parecía nada a la aparición de la dehesa. Una crin lustrosa, un cuerpo fuerte; solo las marcas en la grupa y ciertos gestos lentos recordaban la otra vida.
No estaba domada aún, pero un día la yegua relinchaba cada vez que veía el sillín. Miraba con ansias a sus compañeras cuando salían con niños sobre el lomo.
Hasta que un mañana esplendente, Marcos la ensilló y salió con ella al campo. La yegua se estremeció de satisfacción; el peso del hombre era nada comparado con la alegría.
Durante el breve paseo, el horizonte se abrió como un mar, y por primera vez en siglos de sueño y sufrimiento, la yegua supo sin duda alguna: ahora era de allí, de ellos; nunca más volvería a estar sola. Y la llanura castellana a su alrededor se extendía, infinita, dentro y fuera de un sueño del que nunca despertarían.







