Felicidad Libre

¡Espera, Diego! Para un momento

Diego aminoró el paso y se giró.

Por el sendero que llevaba a la casa de ladrillo de dos plantas venía Clara, una chica de dieciséis años, con botas altas, falda, un abrigo corto y blanco y un pañuelo de lana atado en la cabeza. De debajo del pañuelito asomaban unos rizos oscuros, castaños, que encajaban a la perfección con sus ojos, verdes con brillos ambarinos, como si estuviera a punto de llorar. Eso la hacía parecer frágil y tierna, daban ganas de protegerla.

Mientras caminaba no dejaba de resbalar y asustarse, pero seguía a paso ligero.

¡Clara, no corras, que está resbaladizo! le regañó Diego con voz seria. Aunque, mira, te sienta bien correr, tienes las mejillas encendidas Hace tiempo que no te veía así, ¡vaya, que vas mejorando!

Clara sonrió, se acercó todavía más y Diego le tendió la mano. Ella la cogió con fuerza, guiñándole un ojo con complicidad.

¿Y qué querías? preguntó Diego, mirando a los lados, antes de inclinarse y darle un beso rápido en la mejilla. Sabes que tu madre me ha prohibido verte y ha dicho que, como nos vea juntos, me va a poner firme

Clara bajó la mirada, jugando nerviosa con el asa de su mochila. Pero pronto volvió a sonreír.

¡No les hagas caso a mi madre ni a mi padre, Diego! ¡Siempre exageran! Ven esta tarde al cine conmigo, ¿quieres? Ya he comprado dos entradas, mira.

Se quitó un guante, mostrando dos papelitos apretados en la palma.

Diego se los tapó con la mano, notando lo caliente que estaba la suya, y le acarició los dedos finos, largos, como de pianista.

¿Al cine? No sé tenía cosas que hacer frunció el ceño, haciéndose de rogar, y Clara le quitó la mano y volvió a ponerse el guante.

Pero si insistes, iré dijo finalmente, asintiendo mientras hacía ver que refunfuñaba. ¿Y qué peli veremos? ¿Otra vez una de amor?

¡Que va! Es bélica, la ha recomendado Eugenio, dice que está genial respondió Clara muy seria. Pero me da miedo ir sola, y ninguna amiga ha querido.

Bueno, Eugenio dice muchas cosas ¿Por qué no vas con él? Seguro que sería encantado dijo Diego, con media sonrisa y un poco dolido, si le haces caso a él

Eugenio Torres era compañero de clase de Clara. Estudioso, inteligente, el típico que nunca se metía en líos, ni hacía tonterías, siempre preparándose para ser el número uno. También se notaba mucho que iba tras Clara, y eso a Diego le molestaba, aunque tampoco lo veía como un rival de verdad. Clara siempre había preferido a Diego, con más vida, inquieto, divertido.

El problema era que ahora a Diego no le dejaban ni arrimarse a casa de los Paniagua, mientras que a Eugenio su madre, Doña Pilar, le recibía siempre con la alfombra roja, echando flores cada vez.

¡No hago caso de nadie! protestó Clara. Si te lo pido a ti, es porque quiero ir contigo. ¿Es que no lo entiendes?

Se puso colorada, entornando los ojos.

A Diego le gustó escucharlo, y asintió satisfecho.

Está bien, vamos. A ver si soy yo el que pasa miedo esta vezdijo, sacando pecho. Vosotras, siempre asustándoos por nada Verás cómo luego soy yo el que no pega ojo.

Diego guiñó un ojo, y Clara se rió, moviendo la mano como para restarle importancia.

¡Anda ya! ¡Si tú no tienes miedo de nada! Bueno, te espero a las seis y cincuenta delante del cine, ¿vale? Ahora me voy a casa que mi madre me tiene liada cortando repollo y toda la cocina está perdida. ¡Hasta luego!

Clara se giró con cuidado y se apresuró hacia su casa.

Vivían a dos casas de distancia. Clara había crecido junto a Diego corriendo tras los gorriones, trepando a los cerezos a escondidas de su madre para coger esas cerezas casi negras, comiéndolas a la vez para ver quién escupía el hueso más lejos. Habían ido juntos al colegio, aunque él era dos años mayor. Las chicas le envidiaban por tener a ese chico tan guapo siempre pendiente de ella, pero a Clara le parecía lo más natural. Diego siempre había estado en su vida, así que nunca se sorprendía por su atención. Y eso de que la llevaba en volandas

Hace dos inviernos, esquiando, a Clara le dio un mareo y se cayó, rompiéndose una pierna. Dolía tanto, sentía el sudor por la espalda, no sabía ni cómo respirar del dolor. Y ella, desde niña, siempre había temido el sufrir. Hasta para quitarle una astilla del dedo su madre tenía que luchar. Y entonces una pierna casi un mundo.

Por suerte, Diego siempre estaba cerca. Cómo no, si Clara era capaz de armar tal escándalo cuando le pasaba algo que la oían en todo el barrio. De pequeña lloraba con una voz gruesa, poderosa, y Diego la encontraba enseguida. Con los años, su voz era más dulce, más cálida.

Mientras Diego la cargaba hasta casa, el pie se le hinchó tanto que tuvieron que cortar la bota. Clara le estrujaba el hombro, dejando hasta las marcas de las uñas, pero Diego ni se quejaba, aguantando como un campeón.

La ambulancia la llevó al hospital, donde le dijeron que la pierna no tenía importancia, pero el problema estaba en el corazón. Los médicos apuntaron un montón de diagnósticos incomprensibles en latín y la dejaron ingresada mucho tiempo.

Cuando por fin pudo volver, el invierno ya quedaba lejos.

La pierna soldó despacio, picaba bajo la escayola. Clara se desesperaba, discutía con su madre por cualquier cosa, pero todo cambiaba cuando llegaba Diego. Siempre tenía algo para entretenerla: unas veces desplegaba encima de la cama un mapa del mundo arrancado de una enciclopedia, y se inventaban viajes imaginarios, con barquitos de papel y cochecitos de madera viajando por los cuatro puntos cardinales; otras veces se traía el Tente o el Lego o se ponía a dibujar.

Cuando te quiten eso decía Diego señalando la escayola, nos iremos de viaje. ¿A dónde quieres ir tú?

Clara encogía los hombros.

Solo quiero bajar al patio, pero mi madre dice que tengo que estar tranquila, que me puede pasar algo al corazón. Se me está olvidando cómo andar

Tonterías replicaba Diego con seguridad. Lo que necesitas es ejercicio. Mi abuelo, el abuelo Miguel, volvió de la guerra casi invalido. Una pierna que no le respondía. Y un médico del pueblo se puso a darle ejercicios rarísimos, hasta le hacían girar la pierna de maneras imposibles Pues se recuperó del todo, fíjate tú. La medicina avanza, Clara. Seguro que hay solución: ¡tú no desesperes y muévete, caracol!

Para animarla, le cogía alguna muñeca, amagos de pelea y Clara protestaba, cojeando tras él entre juegos y bromas.

¡Clara, con dieciséis años y aún con muñecas! bromeaba Diego. Vas a parecer la señora Nines de la tienda, siempre lamentándose. ¡Venga, arriba ese ánimo, que nos quedan muchos bailes por bailar!

¡Clara! ¡Túmbate de una vez! ¡Diego, de verdad, ¿quieres matarla de un disgusto? entraba la madre, Doña Pilar. Lo sabes: nada de excitaciones. Diego, vete a casa, anda, que además viene Eugenio a ayudarla con los deberes, que tiene mucho que recuperar

¿Eugenio? Ese santurrón Bueno, vale, pero igual me quedo a escuchar.

Ya en la puerta, Pilar le agarraba la chaqueta de Diego y lo arrimaba contra la pared.

Escúchame bien, hijo, mejor deja de hacerte el médico. La salud de mi hija no está para bromas. Ni hijos puede tener, los médicos han dicho que no aguantaría un embarazo. Yo quiero a mi hija viva, ¿me entiendes? Y ni se te ocurra contarle todo esto, que ella sueña con tener familia, con una casa llena de niños Y ahora ahora

Pilar rompía a llorar. Diego se alejaba y mientras se acercaba a su casa, sentía una punzada de angustia: Clara era… ¿una inválida? ¿De verdad? ¿Y si se muriera de un día para otro?

Su abuela, Doña Asunción, le miraba desde el porche, extrañada de que el nieto se quitara la chaqueta y la camisa y se echara agua fría por la espalda del barreño.

¡Diego, que te vas a resfriar! le gritó, corriendo a buscar una toalla.

Diego respiró hondo. “No puede ser pensó. ¡Tiene que vivir! ¡Y va a ser feliz, aunque tenga que mover cielo y tierra!”

A menudo llevaban a Clara a hacerse pruebas médicas. Su madre intentaba por todos los medios que le dijeran que había cura, pero los médicos no daban esperanza.

Hoy por hoy no tiene remedio, Pilar. Quizá en el futuro, pero de momento, solo descanso y tranquilidad. No hay que llorar le decía el médico. ¡Miles de personas viven así!

Por supuesto, claro decía Pilar, suspirando. Eugenio, su amigo, también dice que hay que tener cuidado. La tiene todo el día leyendo, hasta le controla los paseos.

¡Mamá! se quejaba Clara, avergonzada de tanto detalle.

Pues me parece un buen chico, Clara decía el médico. Valóralo, que eso es marido de los buenos.

Clara se movía con temor por la casa; su madre la vigilaba, no se podía resfriar, ni acalorar, ni saltar, ni

En el cine había olor a tabaco y mucho calor. Clara agarraba fuerte la mano de Diego y miraba la película, hasta que se echó a llorar, apoyando la cabeza en su hombro.

No llores, Clara, ya verás como acaba bien le susurraba Diego, acariciándole el pelo.

Pero les mandaban callar desde las butacas de delante.

Me encuentro mal, Diego, ¿salimos fuera? murmuró ella.

¡Claro!

Las dos figuras se recortaron contra la pantalla y avanzaron hasta la salida, cegándose con la luz del vestíbulo.

Siéntate aquí, te traigo agua mandó él.

La acomodadora los miraba desaprobando.

Qué juventud ¿Estáis casados siquiera? ¡El mundo está patas arriba!

Seguramente pensó que Clara estaba embarazada.

Todavía no estamos casados, pero pronto contestó Diego muy seguro, apareciendo junto a Clara.

¿Qué? balbuceó Clara, desconcertada, sintiendo que le temblaba todo. ¿Lo dices en serio o es broma?

Le agarró de la muñeca, lo giró hacia ella.

No bromeo con esas cosas dijo Diego, muy serio. Quería decírtelo más adelante, pero da igual. Me voy a la mili, Clara. Cuando vuelva, nos casamos. Te prometí que verías mundo, ¿no? Lo verás. Por lo menos veremos pingüinos juntos, eso seguro.

Ella asintió.

Lo conseguiré. Y no me importa lo que digan. Si hay que curarte, te curas. Buscaremos a los mejores médicos. Y tendrás el hijo que quieras. Le ardía la voz de ganas de besarla, allí mismo, con las cortinas rojas y luz chillona, pero la acomodadora los vigilaba, así que se aguantó.

Termina el agua, salimos a la calle dijo, tirando de ella, pero Clara se soltó suavemente.

¿De verdad no puedo tener hijos? le preguntó, fijo a los ojos.

Diego dudó. La madre le había prohibido contárselo, y él ya se había ido de la lengua

Bueno Ahora no hablemos de eso. Ya se verá. Lo importante es que tengas mucho cuidado. Vamos, damos una vuelta.

Clara asintió, le dejó ponerle bien el abrigo. Se volvió y, mordiéndose el labio, pensó que era menos mujer, menos persona No podría formar una familia de verdad. ¿Y entonces?

Después, Diego tuvo una idea para animarla: la llevó a casa de su amigo Cosme, que les dejó una vuelta en el vespino que tenía. Le pusieron casco, la sentaron delante de Diego y no le dejaron correr.

Con el motor suave y el abrazo de Diego sujetándola, Clara sintió que desaparecía todo, las películas, el miedo, el temblor. Solo quedaba la carretera y Diego.

Por la noche, llamaron al médico; le puso una inyección rápida.

¿No cuidas al niño? reprendió, desde el pasillo. Que dentro de nada tendrá exámenes y la niña está atacada.

Clara explicó que solo había visto una película fuerte, que no era nada.

¿Y estabas con Diego? le preguntó con tono seco la madre al quedarse sola.

Sí, y él siempre me dice la verdad, todo, incluso lo de los hijos

Clara volvió a llorar.

¡Si pillo a ese Diego! apretó los puños el padre, Juan Manuel.

¡No le toques, papá! ¡Es el mejor! ¡Ni comparación con Eugenio!

¡A dormir! soltó el padre, apagando la luz.

A partir de entonces, Pilar no dejó pasar a Diego, le echaba la culpa de todo.

Me da igual le gritaba Diego desde la acera. Vamos a ser felices, ¡lo prometo! ¿Por qué la tenéis tan encerrada? ¡La estáis secando!

La noche antes de irse a la mili, Diego fue a despedirse, pero Pilar no le dejó. Diego estuvo a punto de colarse por la ventana.

Salió Juan Manuel, con una escopeta en la mano.

¿Vas a disparar, Juan? ¡Adelante! Total, a mí nadie me necesita. Solo la abuela Asunción. Así que dispara si quieres. Tú dile a Clara que me fui, y así no la preocupas.

Y avanzó sin miedo, con el cañón apuntándole al pecho. Pilar se tapó la boca, horrorizada.

Por fin, Juan bajó el arma.

Eres un cabeza loca, chaval. A ver si en el ejército aprendes algo. Vete. Clara duerme y no la vas a despertar. Hazlo por tu abuela murmuró entre dientes.

Él y Pilar habían decidido que todo era culpa de Diego; por su culpa Clara había enfermado, por su culpa todo iba mal. Mejor que desapareciera de sus vidas.

No te preocupes, mujer. Igual se queda en el ejército y olvida a Clara dijo Juan a Pilar. Anda, mira si la niña ha oído algo.

Pilar fue de puntillas al cuarto de Clara y no vio cómo Clara, descalza y de pie, miraba por la ventana la espalda de Diego.

¡Gírate, gírate! le suplicaba en silencio.

Y en ese instante, él hizo como que se arreglaba la gorra, pero en realidad le saludaba a Clara, con un gesto pequeño y rápido. Y ella lo entendió.

Diego no volvió hasta pasados cuatro años. Clara no lo sabía, pero lo destinaron a Afganistán y allí desapareció. La abuela Asunción murió sin verlo regresar. A Clara no la dejaron ir al entierro, dijeron que tenía que estudiar.

Las cartas que enviaba al regimiento de Diego jamás recibieron respuesta.

¿Nada? preguntaba la cartera, Ana, cada vez que Clara iba a preguntar. Igual está ocupado, corazón. Mira, ahí va Eugenio, ¡qué guapo se ha puesto! Si yo tuviera tu edad

Volvió en otoño. La casa, negra, sin una luz, le recibió con silencio y olor a humedad. El tejado estaba hundido y las manchas de agua trepaban por las paredes. La bufanda de la abuela seguía sobre el sofá, y el rincón de las estampas, igual de polvoriento.

Diego se sentó a la mesa, cerró los ojos. Todo era igual y a la vez tan distinto Quizá el que era otro, era él.

Después de una noche sin dormir, Diego fue a casa de Clara. Pilar colgaba la ropa en el patio.

¡Doña Pilar! la llamó, tirando el cigarro. No ha cambiado nada usted.

A Diego le parecía que habían pasado siglos.

¿Quién anda ahí? preguntó ella con la vista entrecerrada.

Soy Diego. ¿Puedo pasar?

Sin esperar permiso, empujó la verja, buscando con la mirada la ventana de Clara. Las cortinas estaban cerradas, ya no había plantas.

Ya no vive aquí. ¿Vuelves con vida? dijo Pilar con sequedad. Se ha ido, Diego. Cosas de la vida.

¿Dónde? preguntó él, a punto de sacar el tabaco pero se contuvo.

A Salamanca. Eugenio entró en la universidad y se han mudado los dos juntos.

¿Qué pinta Eugenio?

Son marido y mujer. Clara no quiso quedarse aquí cuando dijeron que habías muerto. Allí tienen familia. Mandaron carta diciendo que están bien y que Clara estudia en la Uni. Gracias a Eugenio, que la ayudó mucho cuando tú… Cuando enterramos a la abuela Asunción y la pobre Clara volvió a recaer Pero Eugenio estuvo ahí, y sabes qué, Diego Pilar se acercó, le acarició el hombro. Se la veía muy envejecida. No los busques. Déjales intentarlo.

Le miró suplicando.

¡Si Clara nunca le quiso! rió Diego, escupiendo al suelo.

Antes no. Pero al desaparecer tú se volvió a él. Con él está segura. Te ruego que no vuelvas a aparecer.

Diego no respondió y se marchó. Pilar se metió en casa. Su marido ya estaba leyendo, gracias a Eugenio

Diego, después de un día dando vueltas por la casa vacía, recogió unas cosas, cerró las ventanas y cerró la casa con candado. Después fue al cementerio, se quitó la cruz del cuello y la dejó en la tumba de la abuela.

Perdóname, abuela Asun

Y se marchó.

Diego cambió: ahora era arrojado, decidido, peleaba por lo que quería y, de paso, arrastraba a los demás tras de sí. Hacía negocios, no siempre limpios, llevaba dinero entre manos y seguía buscando.

Encontrar a Clara era fácil, Salamanca, universidad, Eugenio, todo rastro sencillo. No. Lo que buscaba eran oportunidades.

Tras años tirando de talleres, anticuarios, tiendas, Diego acabó en contacto con proveedores de equipos médicos, y con los mejores médicos del mundo.

¿Y por qué tanto interés en temas de cardiología? le preguntaba Román, cirujano del Clínico de Madrid. ¿Algún familiar?

No, una amiga. Dos años menor que yo, lleva enferma desde los dieciséis.

Primero necesitamos los últimos informes médicos, ¿entiendes? El historial, la analítica… No valen cosas de hace diez años.

Diego asintió y se fue prometiendo volver con la documentación.

¿Otra vez te vas? preguntó Inés, su pareja, la bata atada fuerte; en la casa hacía frío porque él siempre ventilaba. Son las cinco de la mañana, Diego.

Él se encogió de hombros.

Perdóname, tengo que arreglar un par de cosas, no sé cuándo vuelvo. Quédate tranquila y, por favor, no traigas a nadie a casa.

Vale, amo y señor. ¿De verdad no quieres desayunar?

No me da tiempo.

Salió y bajó las escaleras con paso rápido. Ella sabía que no la amaba. Pero juntos estaban bien, cada uno tenía lo que quería. ¿Para qué complicarse más en este mundo?

D. Diego, agradecemos el interés y el material, siempre viene bien balbuceaba el jefe administrativo del hospital, un tipo pequeño y nervioso. Pero lo del historial médico, eso no puede ser… ¿Usted de dónde viene? ¿De la inspección? Yo no digo nada, vamos, ni conozco a ninguna Clara Paniagua

Él sudaba y miraba ansioso a Diego.

Venga ya, hombre, ¿cuánto quiere por la información? Me es igual dijo Diego. Clara es una amiga, su marido la tiene encerrada, solo le da pastillas y la manda al centro médico, y encima presume de cuidar a su esposa enferma. Se ha hecho con piso y coche gracias a eso, pero Clara va en bus. Al hijo lo educa de tal forma que parece un viejo. Pero él, Eugenio, va siempre de punta en blanco, con la cara rozagante, y todo gracias a Clara. Le han dado ayudas, leche, y dicen que se la toma él. Y así, todo. Solo quiero ver el historial, nada más, y te dejo en paz. Cobra lo que quieras, yo pago.

Diego hablaba despacio, pero por dentro le hervía la sangre por gritar.

¡Usted es un peligro, Diego! ¡Se quiere meter en vidas ajenas! Es un delito.

¡Delito es casarse por interés para vivir del sufrimiento ajeno! Pero me da igual su mundo. Solo quiero ayudarles. Es un trato, tú ganas, yo ayudo. No me falles.

Salieron a la calle. Un aire frío y mojado batía las bufandas. Finalmente, el administrativo le entregó unos papeles, aceptando el dinero de Diego.

Gracias. El material lo enviamos en nada.

Clara paseaba despacio por una callejuela. No pensaba en nada, simplemente caminaba y respiraba, agradeciendo el aire fresco. Al día siguiente tenía cita en el centro de salud, a una hora imposible por orden de Eugenio. Luego reunión en el cole de su hijo Valerio. La semana próxima vendrían los suegros de visita Muchos deberes, pero por ahora solo quería caminar.

Un vespino rugió a su lado, con una pareja joven abrazada riéndose. Clara sonrió, acordándose de cuando ella y Diego iban en moto, desafiando a todos.

¡Clara! oyó de repente. ¡Clara, qué alegría!

Giró. Era Diego.

Tengo que hablar contigo. Es importante la agarró y la llevó a una esquina. Vamos a sentarnos.

Diego no me lo creo susurraba, tocándole el brazo, el rostro, como para asegurarse de que era real. Ni la abuela Asunción lo creería.

Clara rompió a llorar y Diego la abrazó, fuerte pero con mimo. Él seguía siendo ese refugio de siempre.

Dónde podemos hablar tranquilos? ¿Quizá una cafetería?

Mejor a casa, Eugenio y Valerio están allí, así los conoces propuso ella.

No puedo en tu casa. Es una charla solo para ti.

Bueno Allí delante hay una cafetería. Vamos.

Se sentaron, Diego dudó mucho antes de arrancar.

Clara, tienes que venir conmigo. Conseguí médico, hospital, todo. Ya he pagado. Tu cura está esperándote.

¿Dónde? preguntó Clara, confusa.

En Suiza. Un cirujano buenísimo. Hay que operarte y cambiará tu vida. Ya está todo en marcha, solo faltas tú.

Espera, ¿y tú? ¿Estás casado? ¿A qué te dedicas? preguntó Clara, examinándolo. Has cambiado mucho.

Ahora no soy el de antes. Al principio me metí en líos, pero salimos a flote. Aprendí inglés, hago de intermediario… Pero no hablemos de mí, Clara. ¿Vienes?

Diego tenía prisa, como sintiendo que algo se interpondría.

¿Clara? ¿Valerio espera para cenar y tú aquí? apareció Eugenio. Me retrasé en el trabajo y te vi desde fuera. ¿No es Diego? Qué sorpresa.

Eugenio tiró de su mujer.

Espera, Eugenio. Diego me contaba algo importante

Clara sintió pánico.

Vámonos a casa, que necesitas aire y una pastilla indicó Eugenio, mientras Diego, resignándose, los seguía.

La casa olía a sopa. Valerio, el hijo, miraba curioso.

Diego saludó él.

Valerio, cena en tu cuarto que tengo que hablar con tu madre y el amigo.

Clara le llevó la cena a su hijo y volvió a la cocina.

¿Y tú qué? ¿De qué vas ahora? Eugenio se paseaba por la cocina, como marcando territorio. ¿Le pones una albóndiga, Clara? ¿Te casaste ya?

No. Encontré hospital, médicos, operación. Puede ser la solución, y así vuelve vuestra vida normal, Clara los ojos de Diego brillaban.

Clara, dale el té a Valerio ordenó Eugenio.

Cuando Clara se fue, Eugenio bajó la voz.

¿Ella qué va a decir? Apareces de la nada, la quieres llevar fuera, con unos dineros raros ¿Y nosotros? ¿Y si pasa algo? ¿Y si no vuelve? Nosotros estamos bien aquí, Diego. Ayúdate tú. No vuelvas por aquí, ¿entiendes? ¿Dónde estabas antes? ¿Metido en líos? Aquí hemos aguantado lo que nadie.

¿Vas a echarme en cara tus sacrificios? Clara merece algo más, merece vivir, no solo existir le encaró Diego. ¡Le darás la libertad que se merece!

No me iré, Diego. Me asusta una operación, me asusta dejar solo a Valerio si pasa lo peor. Estoy bien así.

Clara abrazó a Diego por la espalda.

Vamos a merendar, que tengo pastas y bombones sonrió. Y luego te vas a casa.

Diego no aceptó. Salió a la calle, empapado en frustración. ¿Cómo era posible que alguien rechazara su oportunidad? Tenía todo preparado, casi había vendido la mitad de su negocio por ella para nada.

Solo querías demostrar a Eugenio que eras mejor que él Y no lo eres. Has perdido, se lamentó.

Inés le esperaba despierta.

Hola dijo suavemente con la bata puesta. Hice sopa, por si quieres probarla

Se acercó y le abrazó en silencio.

¿Qué te pasa? le preguntó Diego.

Tenía miedo de que no volvieras, de que te quedaras con ella

Tonta ¿Cómo iba a dejarte? sonrió Diego aliviado, sintiendo que al fin dejaba una carga terrible atrás. Ya está, ya no debo nada. Ahora puedo empezar de nuevo, contigo, con hijos, lo que surja. Y los demás, que vivan como quieran.

Y así de sencillo es: ¡darse permiso para ser feliz!

Inés le observaba comer la sopa con ganas y sonreía. En su casa ahora también había una pequeña familia. Ella lo sabía bien.

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Felicidad Libre
Un encuentro inquieto entre dos corazones