Cásate conmigo, mi madre lo desea con todas sus fuerzas

¡Cásate ya, que mamá lo desea con todas sus fuerzas!

Margarita, no deberías pensar solo en el trabajo, ¡sino en casarte! repetía su madre por teléfono, la voz cargada de exasperación. ¡Ya tienes treinta años! Sin marido, sin hijos Y yo quiero nietos.

Mamá, ahora no puedo, hablamos luego respondió Margarita, apretando el móvil contra el hombro mientras revisaba unos documentos. Estos temas la agotaban, y hoy, menos que nunca, tenía tiempo.

¿Cómo que no puedes? la indignación de su madre traspasó la línea. ¡Nunca tienes tiempo! ¡Y así se te pasará la vida!

Mamita, mi vida suplicó Margarita, conteniendo un suspiro, de verdad, tengo una reunión en cinco minutos. Te llamo esta noche y me regañas todo lo que quieras, ¿vale? Adiós, cielo, un beso.

Colgó rápido, casi corriendo hacia la sala de juntas, dando órdenes a su secretaria entre paso y paso. Su agenda estaba repleta, minuto a minuto, y al día siguiente partía a un viaje de negocios. Llevaba dos años viviendo sin pausa. Siempre había sido trabajadora y estudiosa, pero desde que ascendió a directora de la empresa, el descanso era un recuerdo lejano.

Sabía que su madre tenía razón: debía ocuparse de su vida personal. Pero, ¿dónde encontrar marido si solo vivía para el trabajo? Los romances laborales eran un tabú; no soportaba la idea de que murmuraran sobre su intimidad. La única confidente era su amiga de la infancia, Clara, casi una hermana.

Margarita, prueba con las aplicaciones de citas le aconsejó Clara al escuchar su queja. Completa un perfil, quizás encuentres a alguien decente. O mira a tu alrededor Seguro que hay algún hombre soltero y con cabeza.

Sí, mañana mismo lo pienso respondió Margarita, riendo con ironía. Clara sabía que esa respuesta significaba desinterés.

El “mañana” se convirtió en “cuando vuelva del viaje”. A su regreso, cumpliendo su palabra, Margarita creó un perfil en una app de citas. Omitió su puesto directivo y escribió simplemente “economista”. En segundos, un hombre con delirios de grandeza y ortografía deplorable le escribió: *”hola, no buskes a nadie mas porke yo soy el mejor”*.

Margarita cerró los ojos, deseando borrar esa atrocidad gramatical de su memoria. No respondió, pero la tentación de eliminar el perfil crecía. Sin embargo, los mensajes continuaron: *”por ke no contesta”*, *”dame tu tlf”*, *”salimos”*, *”kiero verte”*, *”kasa konmigo”*, *”eres mia”*.

“Quizás haya hombres decentes aquí, pero no para mí. Solo me atraen los locos”, pensó, capturando el monólogo y enviándoselo a Clara con un mensaje: *”Mi alma gemela ha llegado. Voy a llorar.”*

Borró su perfil al instante. Un par más de pretendientes así y perdería la cordura o la vista ante tanto disparate.

Margarita, ¿cuándo te vas a casar? insistió su madre una mañana, mientras el coche oficial las llevaba.

Margarita inspiró hondo, conteniendo la irritación.

Pronto. Mamá, ahora no puedo, hablamos esta noche.

Observó al conductor, Javier Martínez. Diez años mayor que ella, sereno, inteligente, exmilitar. En el tiempo que llevaba llevándola, había pasado de ser solo un empleado a un amigo íntimo. Además, estaba divorciado hacía años.

Javier, cásese conmigo dijo ella, con voz neutra, casi como si comentara el clima. Mamá lo desea mucho.

Si es por su madre, Margarita, acepto respondió él, igual de impasible. No se le puede decir que no a una madre.

En realidad, ambos sentían algo, pero el protocolo y los prejuicios los frenaban. Ella nunca lo había visto como posible marido; él creía no estar a su altura. Cuando ella habló, él aceptó aunque dudaba que fuera en serio. Ella tampoco lo creyó.

Y así, medio en broma, se casaron. Formaron una familia feliz: con tiempo para compartir, respeto, amor Y dos niños, que llenaron de alegría a abuelos y bisabulos.

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Cásate conmigo, mi madre lo desea con todas sus fuerzas
EL ÚLTIMO AMOR —¡Ay, Iri, que no tengo dinero! Lo último se lo di ayer a Natali, ¡ya sabes que tiene dos críos! Completamente desanimada, doña Ana Fernández colgó el teléfono. Ni ganas tenía de recordar lo que le acababa de decir su hija. —¿Por qué pasa esto? Tres hijos criados junto a mi marido, nos desvivimos por ellos. ¡Todos triunfaron en la vida! ¡Con carrera y buenos puestos! Y mira, ya de mayor no tengo ni paz ni ayuda. —Ay, Vasili, ¿por qué me dejaste tan pronto? ¡Contigo todo era más fácil! —pensó Ana recordando a su difunto esposo. Un dolor intenso en el pecho, la mano fue, por costumbre, a buscar las pastillas: —Quedan solo una o dos cápsulas. Como me ponga peor ni podré ayudarme. Tendré que bajar a la farmacia. Ana intentó levantarse, pero tuvo que dejarse caer de nuevo en el sillón: le daba un mareo horrible. —Nada, la pastilla hará efecto y pasará… Pero el tiempo pasaba y no mejoraba. Marcó el número de su hija menor: —Natali… —solo le dio tiempo a decir en la llamada… —¡Mamá, estoy en una reunión, te llamo luego! Probó con su hijo: —Hijo, me siento mal y se me acabaron las pastillas. ¿Podrías después del trabajo…? —él ni la dejó terminar. —Mamá, no soy médico, ni tú tampoco. ¡Llama al ambulatorio y no esperes! Ana suspiró hondo: —Pues sí, el chico tiene razón. Si en media hora sigo igual, tendré que llamar al 112. Se recostó y cerró los ojos, contando mentalmente hasta cien para relajarse. De pronto le pareció oír un sonido. ¿El qué? ¡Ah, sí, el teléfono! —¡Diga! —respondió como pudo Ana Fernández. —¡Anita, soy Pedro! ¿Cómo estás? Me he quedado intranquilo y he querido llamarte… —Pedro, no me encuentro bien. —¡Voy enseguida! ¿Puedes abrirme la puerta? —Pedro, últimamente siempre la dejo abierta. Ana dejó caer el teléfono de la mano. No tenía fuerzas para recogerlo. —¡Que se quede así! —pensó. Imágenes de su juventud desfilaban por su mente como una película: ella, una muchachita estudiante de Económicas, y dos chicos muy apuestos con globos en la mano. —¡Qué gracioso! —pensó Ana entonces—, tan mayores y con globos… ¡Ah sí! ¡Era el nueve de mayo! El desfile, la verbena popular. Ella con dos globos, entre Pedro y Vasili. Eligió a Vasili simplemente porque era más valiente, Pedro era más tímido y reservado. Y luego la vida los separó: Ana y Vasili marcharon a servir en Madrid, Pedro fue destinado a Alemania. Se reencontraron en el pueblo cuando ambos se jubilaron. Pedro, toda la vida, solo, sin mujer ni hijos. —¿Por qué? —le solían preguntar… —No tengo suerte en el amor, ¡tendré que probar con las cartas! —contestaba en broma Pedro. Ana distinguía voces en la distancia, una conversación. Abrió los ojos con esfuerzo: —¡Pedro! Junto a él había, al parecer, un médico del SAMUR. —Tranquila, enseguida se pondrá mejor. ¿Es usted su marido? —Sí, sí… El médico le daba recomendaciones a Pedro. Pedro no se movió de su lado, agarrado a la mano de Ana, hasta que, por fin, se sintió mejor. —¡Gracias, Pedro! Me siento mucho mejor… —¡Me alegro! Toma, aquí tienes un té con limón. Pedro no se fue, seguía en la cocina, cuidando de Ana. A pesar de la mejoría, no quería dejarla sola. —Sabes, Anita, yo te he querido toda la vida, por eso nunca me casé. —Ay, Pedro, yo con Vasili fui muy feliz. Siempre le respeté y él me quiso. Tú nunca dijiste nada en la juventud. No sabía lo que sentías. Pero, ¿qué importa ya? Todo eso quedó atrás, los años han pasado y no vuelven. —Ana, ¿y si lo que nos queda lo vivimos juntos y felices? ¡Los años que Dios nos quiera dar, que sean de felicidad! Ana apoyó la cabeza en el hombro de Pedro, le tomó la mano: —¡Venga, adelante! —y soltó una carcajada feliz. Una semana después, por fin llamó NATALI: —Mamá, ¿qué pasó? Llamaste, luego no pude contestar y se me fue de la cabeza… —Ah, nada, ya está todo bien. Ya que llamas, te lo cuento para que no te lleves una sorpresa: ¡que me caso! En la línea solo se oyó el silencio, el ruido de la respiración de la hija, intentando encontrar las palabras. —¿Mamá, estás bien de la cabeza? ¡Ya te deberían estar pasando lista en el cementerio y tú vas y te casas! ¿Y quién es el afortunado? Ana luchó contra las lágrimas, pero finalmente logró responder con voz serena: —¡Es cosa mía! Y colgó. Se giró hacia Pedro: —Ya está, hoy aparecen los tres en casa. ¡Nos toca hacerles frente! —¡A ver quién nos detiene! —rió Pedro. Por la tarde llamaron a la puerta: allí estaban los tres, Iñaki, Irene y Natali. —Bueno, mamá, preséntanos a tu Donjuán —dijo Iñaki sarcástico. —¡Pero si ya me conocéis! —Salió Pedro del cuarto—. A Ana la quiero desde jóvenes, y cuando la vi tan mal la semana pasada, supe que no podía perderla. Le pedí matrimonio y ella dijo que sí. —¡Oiga, usted, ¿está usted loco? ¿Amor a estas alturas?! —chilló Irene. —¿Estas alturas? —contestó Pedro tranquilo—, apenas tenemos setenta y aún nos queda vida. ¡Y vuestra madre todavía es una belleza! —¿Y a qué viene todo esto? ¿Será que quiere quedarse con el piso? —preguntó con veneno Natali, como abogada de pleitos. —Por Dios, hijos, ¡qué tendrá que ver mi piso! ¡Si ya tenéis casa los tres! —Pero ese piso también es nuestro —añadió Natali. —A mí no me hace falta nada, ya veré dónde vivo —dijo Pedro—. ¡Pero no le tolero que falten a su madre! —¿Y tú de qué vas, playboy jubilado? ¿A santo de qué vienes tú aquí de gallito? —Iñaki se encaró con Pedro. Pedro ni se inmutó, lo miró directamente a los ojos. —Soy el marido de vuestra madre. Os guste o no. —¡Y nosotros sus hijos! —gritó Irene. —¡Pues mañana mismo, la internamos en una residencia o en el psiquiátrico! —apoyó Natali. —¡Ni hablar! Ana, cariño, vámonos. Y se marcharon juntos, bien cogidos de la mano, sin mirar atrás. Ya no importaba lo que pensaran. Eran libres y felices. Una farola solitaria les iluminaba el camino. Y los hijos los miraban alejarse, incapaces de entender cómo podía existir el amor a los setenta años.