Solo el amor es responsable…

Solo el amor tiene la culpa de todo…

Catalina entró en el piso, dejó las llaves en la mesita, colocó su bolso al lado y empezó a desabrocharse el abrigo. Desde el interior del apartamento llegó un sonido, entre susurro y roce, claramente masculino. Catalina se paralizó y aguzó el oído. “Sin duda, un susurro. Mi hija no está sola”. La siguiente idea la golpeó como un baño de agua caliente: “¿Y qué estarán haciendo allí?”

Sin quitarse el abrigo, se acercó a la habitación de su hija, llamó a la puerta y, sin esperar, la abrió de golpe.

Lucía y un joven revoloteaban por la habitación, vistiéndose a toda prisa. Al ver a Catalina, se quedaron helados. Se hizo un silencio incómodo, que en otras circunstancias habría resultado hasta ridículo. Pero a Catalina no le apetecía reírse. Los jóvenes parecían agitados y despeinados. No había duda de lo que habían estado haciendo en su ausencia.

—Hola— dijo el chico, enrojeciendo aún más mientras intentaba alisar su pelo revuelto con los dedos.

Catalina notó que se había subido la camisa a los vaqueros, pero no se la había abrochado del todo. Y estaba descalzo, sin calcetines siquiera.

—Hola, joven—. Catalina desvió la mirada hacia su hija. Esta bajó los ojos, avergonzada, mientras se ajustaba el cuello de la blusa. —Lucía, preséntame a tu… amigo— dijo con frialdad. Contener la indignación le costaba un esfuerzo.

—Es Adrián. Estudiamos juntos. ¿Y tú por qué llegas tan temprano?— Lucía alzó la barbilla con un gesto desafiante hacia su madre, aunque en el fondo de sus ojos asomaban el miedo y la confusión.

—Veo que estaban preparando el seminario—. Catalina echó un vistazo a la cama. Su hija había logrado cubrirla con la colcha, pero bajo ella se adivinaba el bulto de las sábanas revueltas.

—Bueno. Ahora prepararé la cena y hablaremos. Les espero en la cocina—. Catalina salió de la habitación.

*”No me había dado cuenta de cuánto ha crecido Lucía. Claro, ya es una mujer. Pero todo va tan deprisa que, a este paso, a los cuarenta seré abuela. Dios mío, qué rápido”*, pensó Catalina, apoyándose en el fregadero.

Se echó agua fría en la cara para reaccionar. *”No ha pasado nada. Todos están sanos. Es solo amor. ¿Por qué me altero tanto? ¿Acaso he olvidado cómo era yo a su edad? Bueno, a su edad yo solo pensaba en estudiar, el amor llegó más tarde…”*

Calentó los macarrones y las croquetas del día anterior, puso la tetera al fuego.

—No se queden ahí, vengan a cenar— llamó hacia las habitaciones.

Adrián entró en la cocina con timidez y se sentó entre la mesa y la nevera. Lucía lo siguió, ocupando la silla frente a él. Ninguno de los dos la miraba. Catalina repartió la comida en los platos y los colocó sobre la mesa. En ese momento, la tetera empezó a silbar, y ella se volvió hacia la cocina. Cuando por fin se sentó, el plato de Adrián ya estaba casi vacío.

—¿Quieres más?— le preguntó.

—Sí, por favor— respondió él, lanzándole una mirada fugaz antes de bajar de nuevo la vista.

Lucía apenas había comido. Catalina le sirvió el resto de los macarrones al chico y se sentó entre ellos.

—¿Así que tú también serás médico?— preguntó, observando a Adrián.

Él asintió con la boca llena.

—¿Al menos se han protegido?—. Catalina desvió la mirada hacia su hija.

—¡Mamá!— exclamó Lucía, indignada.

—¿Qué “mamá”? Primer año de universidad, ¿y si hay un bebé? Yo aún soy joven, la jubilación queda lejos, no cuenten conmigo— dijo con calma, aunque por dentro hervía.

—Tengo a mi abuela, ella nos ayudará. Está hecha un toro— respondió Adrián con alegría.

—¿O sea que ya han hablado de esto?—. Catalina sintió un escalofrío recorrerle la espalda y un dolor punzante en el pecho.

—No, no, solo lo decía por decir…— se apresuró a aclarar él, avergonzado.

Antes de que Catalina pudiera contestar, Lucía se levantó de un salto, haciendo ruido con la silla.

—Gracias, mamá, ya estamos llenos. Vámonos—. Miró a Adrián con gesto imperioso. Este, a regañadientes, dejó el tenedor y también se levantó.

Salieron de la cocina, y Catalina se quedó sentada a la mesa. Se sentía molesta consigo misma por no haber contenido ese estúpido comentario. Recogió los platos y se puso a fregar. Siempre la tranquilizaba.

Minutos después, la puerta de entrada se cerró de golpe. Lucía entró en la cocina, se dejó caer en una silla y miró a su madre con rebeldía.

—¿Por qué lo has hecho así?

—¿Cómo? ¿He dicho algo malo? Solo preguntaba qué harían si…

Catalina se interrumpió y estudió el rostro de su hija.

—Espera, ¿me lo parece a mí o…? ¿Es que ya…?— La voz le falló, incapaz de completar la frase.

Lucía estaba sentada, con la cabeza gacha y las manos apretadas entre las rodillas.

—¿Cuánto tiempo?—. A Catalina le parecía un sueño. En cualquier momento, Lucía diría que era una broma, que solo seguía el juego, que no había pasado nada.

—Dos meses— susurró.

—¡¿Dos meses?!—. En la mente de Catalina apareció de inmediato un pensamiento: *”Aborto, aún hay tiempo para un aborto”*.

La invadió la rabia, hacia su hija, hacia sí misma por no haberlo visto antes, por confiar demasiado. Gritó hasta quedarse ronca. Lucía al principio intentó justificarse: que era adulta, que había sido un accidente, que se casarían… pero al final solo lloró.

—¿De dónde es él?— preguntó Catalina, exhausta, cuando ya no le quedaban fuerzas.

—De un pueblo cerca de Salamanca.

—De un pueblo…—. Catalina sonrió con amargura. —Entonces, ¿te irás con él a Salamanca, a vivir con su abuela “hecha un toro”? ¿Y los estudios?— le espetó.

—Tú también me tuviste en la universidad. Nos las arreglaremos—. Lucía se limpió la nariz con un gesto infantil.

—Sí, claro. Pero yo estaba en el último año, y ustedes van por el primero. ¿Ves la diferencia? Si se casan, ¿dónde vivirán?— volvió a encenderse Catalina. *”Aborto, solo aborto”*, se repetía.

—Contigo, si nos dejas. Esta también es mi casa. En la residencia no nos aceptarán con un bebé—. Lucía parecía asustada y patética.

—¿Y si no te dejo?— preguntó Catalina, sorprendiéndose a sí misma.

Lucía la miró fijamente, sin esperar ese giro.

—No voy a abortar— declaró, y salió corriendo de la cocina entre sollozos.

*”¿Por qué les he echado tanto en cara? Ya está hecho, ¿y qué? Quizá sea amor verdadero, quizá todo salga bien y no se separen a los dos años, como nos pasó a su padre y a mí. No son los primeros ni los últimos”*, pensó Catalina, agotada. Dejó caer la cabeza entre las manos y llorY así, entre lágrimas y risas, Catalina comprendió que la vida, caprichosa como el viento, siempre encuentra el modo de equilibrar las pérdidas con nuevos amaneceres.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

5 × three =

Solo el amor es responsable…
—Pues parece que me he esforzado en vano—, dijo la madre de mi marido con desdén: “¡Eso es Dios que te castiga por destruir una familia ajena! ¡Ahora te toca sufrir!” —Yo no destruí nada—, respondió al fin Vera—. Vadim ya pensaba en divorciarse. —¡Anda ya! Quisiera o no, vivió con Zoé casi quince años. Pero la dejó por tu culpa y ella terminó alcohólica y murió. A sus treinta años, Vera arrastraba un matrimonio fallido y varios romances igual de desafortunados, pero ansiaba de verdad una familia y un hijo. Por eso, cuando comenzó su romance con Vadim, volvió a ilusionarse. Cinco años mayor que ella, alto y robusto conductor−repartidor, le pareció ese hombre estable tras el que sentirse segura. Ya a las dos semanas él fantaseaba sobre su futuro juntos y admitía que soñaba con un hijo. Vera rezaba para que todos sus planes y sueños se cumplieran. Lo que no esperaba era descubrir, cuatro meses después, que su amor estaba casado. —No pongas esa cara—, le tranquilizó Vadim nada más ver su gesto—. Hace mucho que decidí divorciarme, solo no tenía a dónde ir. ¿Acaso un hombre hecho y derecho puede regresar con su madre? —Todos los casados decís lo mismo—, susurró Vera, aguantando las lágrimas de desilusión. —Yo no soy como todos—, zanjó él. Y cumplió. Dos meses después, Vadim le enseñó el certificado de divorcio. Dos meses más y ya eran marido y mujer. Aunque tenía una hija de su primer matrimonio que vivía con su madre, Vadim siempre animó a Vera en su deseo de tener un hijo juntos. Pero ahí empezaron los problemas. Durante dos años intentaron sin éxito hasta que Vera acudió a un médico, sorprendida de oír de problemas de salud inesperados. —No es raro, ni tan grave—, la tranquilizó la doctora—. Siga el tratamiento y verá cómo se queda embarazada enseguida. El tratamiento fue duro: cambios de humor, hambre voraz, dolor estomacal… Vadim notaba los cambios y preguntaba, pero Vera decidió ocultarlo todo. ¿Qué tal si la dejaba por eso? Jamás lo superaría y, de todas formas, no quería que nadie lo supiera. Hasta que, de repente, él apareció en casa con una adolescente. —Te presento a Dasha, mi hija. Su madre ha muerto, ahora vivirá con nosotros—, soltó Vadim. —¿Cómo?—, se quedó pasmada Vera, conteniéndose frente a la chica. Curiosamente, Vera jamás había visto a la hija de Vadim: él la veía fuera de casa y apenas hablaba de ella, salvo para decir que pagaba la pensión. Por supuesto, Vera se negó a criar la hija ajena y así se lo dijo a su marido. —¿La quieres mandar a un orfanato? —No es eso. Puede irse con tu madre, que tanto la quiere. Pero su suegra, María, tenía problemas de salud y Vera—sin relación casi con ella—, replicó: —¿Y acaso yo estoy sana? —Solo muy nerviosa. Deberías ir al médico, de verdad, Vera. —¡Pero ni Dasha ni yo nos conocemos! —Es una buena niña. Te caerá bien. Se acabó la discusión. Molesta, Vera buscó apoyo en su suegra, quien la despachó sin miramientos: —Te casaste con un hombre con hija. No te quejes. Esa noche Vadim la gritó delante de la niña: —Ya me tienes harto. Me divorcio. Dasha se queda contigo hasta que le encuentre piso. Se marchó de casa y Vera, paralizada de miedo, apenas pudo reaccionar. Al final, ella y Dasha se quedaron solas y… para su sorpresa, congeniaron y formaron un tándem inmejorable. Cocinaban, veían pelis, hacían planes. Solo la ausencia de Vadim y el asunto de la escuela inquietaban a Vera, pero él ni le contestaba el teléfono y solo regresó para montar una escena: —¡Así que no puedes darme un hijo y, encima, eres mentirosa! —¿De qué hablas, Vadim? —¡Mi madre me ha contado todo! Lo tuyo es infertilidad y todas esas pastillas inútiles. ¡No quiero verte más! Vera, destrozada, apenas pudo replicar antes de que Vadim empezase a meter la ropa de su hija en bolsas: —¿Has sido tú quien le ha contado todo a la abuela? Yo pensaba que éramos amigas, Dasha… —¡No he dicho nada!, se defendió la niña. —Ve al coche, cariño—, apareció de pronto la suegra—. Te advertí que no te acercaras aquí. —¡Abuela! —Venga, espera fuera, hija—, la cortó Vadim. Dasha salió y la suegra arremetió, confesando que había cotilleado en los cajones y descubierto el tratamiento. —¡Eso es Dios que te castiga por destruir una familia ajena! ¡Ahora a sufrir! —No destruí nada—, repitió Vera—. Vadim ya quería divorciarse. —Quinces años con Zoé. Por tu culpa la dejó y acabó destruida. En ese momento, Dasha, que había escuchado todo tras la puerta, entró llorando: —¡Abuela, no mientas! Mamá ya era alcohólica y por eso mis padres discutían. Por eso papá quería el divorcio. ¡Tía Vera es buena, se preocupa por mí, me cuida… y la quiero! Todos intentaron consolar a la niña, que entre sollozos añadió: —¿Y qué si tía Vera está enferma? Se va a curar, yo lo sé. Papá, ¿por qué te has ido? Vera te quiere y yo también… —Pues al final para nada me esforcé—, admitió la suegra, rendida—. Hasta rechacé quedarme con Dasha, esperando que tú no aguantaras y acabaras divorciándote. Vera, al límite, abrazó a la niña y la llevó a lavarse la cara mientras Vadim, al fin, se quedó sin palabras. Al cabo, los esposos se reconciliaron y Dasha eligió quedarse con ellos antes que irse con la abuela, para alegría de Vera. La relación con la suegra siguió fría, aunque ella aún sueña con arreglarlo algún día.