**Un hombre para una mujer solitaria**
María vivió quince años con su marido. Todo iba bien. Claro, discutían, como en todas partes, pero se reconciliaban y seguían adelante. Todos pensaban que tenían un matrimonio sólido.
Hasta que un día, él le fue infiel. María se enteró por casualidad. Estaba en el supermercado, haciendo cola en la caja, cuando escuchó la conversación de dos mujeres detrás de ella.
—¿Qué más quieren estos hombres? Tiene una esposa guapísima, lista, como sacada de un cuadro, y va con otra. Encima, con una camarera del bar de la esquina —dijo una.
—¡Anda ya! —contestó la otra, incrédula—. ¿Cómo lo sabes?
—Vivo en el mismo edificio que Verónica. Casi todas las noches lo veo salir de su casa —suspiró la primera.
María no escuchó más. La vergüenza le quemó las mejillas. Sintió las miradas ajenas clavándose en su espalda. Dejó la compra en la cinta y salió corriendo.
En casa, deambulaba sin rumbo, incapaz de quedarse quieta. Su hija, callada, hacía los deberes en su habitación. María, como tantas mujeres, había intuido que algo cambiaba en su marido. No quiso creerlo, ahuyentando sospechas. Pero, al final, la verdad salió a la luz. Resulta que todos lo sabían, que cotilleaban a sus espaldas.
Su hija se acostó temprano, y María se quedó en la cocina, a oscuras, esperándolo. A las once y media, la llave giró en la cerradura. Le pareció oír no el tic-tac del reloj, sino los latidos de su propio corazón, a punto de saltársele del pecho.
Cuando él pasó sigilosamente hacia el dormitorio, ella encendió la lámpara. El chasquido del interruptor sonó como un disparo en la noche. Él se quedó paralizado, la mirada perdida.
—¿Qué haces despierta? —preguntó con voz ronca.
—Esperándote. Lo sé todo. Siéntate y habla —indicó María, señalando la silla.
Él obedeció, entrelazando los dedos hasta que los nudillos palidecieron. Su rostro también, cubierto de un sudor frío.
—Me has sido infiel. Hasta sé con quién —dijo ella con calma.
Aún esperaba que lo negara. Pero él lo confesó todo. No, no se fue. Y ella no lo echó. Tal vez por miedo a quedarse sola. Intentó seguir adelante, pero cada día era peor. Al final, cogió a su hija y se marchó a otra ciudad, con sus padres.
María era atractiva; los hombres la cortejaban, pero ella desconfiaba. No era lo mismo un marido de toda la vida que un extraño, con sus propias historias, hijos, carácter…
Su hija creció, comenzó su propia vida. Y María seguía sola. Hasta que una antigua amiga del instituto la invitó a su cumpleaños.
—No tengo qué ponerme —se quejó María—. Mejor voy a tu casa, charlamos, tomamos un vino…
—Nada de quedarnos en casa. Es mi cumpleaños, he reservado en un restaurante. Vendrán amigos de siempre. ¿Recuerdas a Lucía? Tiene tres hijos. Y a Javier, el de la panadería, ya va por el tercer matrimonio. ¿De verdad no quieres ver a nadie? Si me enfado, me olvido de tu dirección —bromeó Carmen, su amiga—. Y te compramos un vestido. Este fin de semana vamos de tiendas. Y te haces un peinado, te queda genial recogido. Lleva mis pendientes, te pintaré los ojos…
María cedió.
El sábado eligieron un vestido negro elegante, con un collar de perlas y unos pendientes a juego. María siempre se arreglaba el pelo sola; sus rizos obedientes quedaron perfectos recogidos, con unos mechones sueltos en las sienes. Carmen le maquilló el rostro con destreza. Cuando María se miró al espejo, no se reconoció.
—¡Ni yo misma me conozco! Así no salgo —protestó, yendo al baño.
Su hija llegó justo entonces y se sorprendió.
—Pareces de treinta. ¡Qué guapa estás!
—Demasiado —se quejó María.
—Para nada. Así deberías ir siempre —sentenció su hija, sin dejar que se quitase el maquillaje.
En la fiesta, recibió más halagos que en toda su vida. Un hombre en la mesa de al lado la miraba con admiración. María, turbada, apartaba la vista.
Cuando empezó la música, ella se quedó sentada, mareada por el vino.
—¿Me permite este baile? —escuchó detrás de ella.
Era él, aquel hombre. Se inclinó levemente, esperando. María se levantó, pero volvió a sentarse.
—¿Se marea? —preguntó él, comprensivo.
—Los zapatos… me aprietan —confesó.
—Por estar sentada tanto. Bailemos despacio, verá cómo se alivia.
La guio con suavidad. Notó su aliento en el mechón de su sien. ¡Cuánto tiempo sin bailar! El calor de sus manos, su perfume… “Cuidado —pensó—. Primero los halagos, después el engaño.”
La música cesó, pero permanecieron abrazados un instante. María fue la primera en separarse. Él la acompañó a su mesa y se marchó.
—¿Ves? Y tú no querías venir —dijo Carmen—. Ese es Daniel. Viudo, por cierto. Mira cómo te mira.
—No digas tonterías. ¿Qué quiere un hombre así conmigo?
—Tienes cuarenta, no noventa. Estás preciosa.
—Hoy sí. Mañana no —replicó María, yéndose.
A la salida, tropezó con Daniel.
—¿Ya se va? La acompaño —dijo con firmeza.
Ella no discutió. Los zapatos le hacían daño, estaba cansada. Cuando él la llevó a su coche, entró sin protestar.
—Puede quitárselos —sugirió.
Ella calló, prefiriendo aguantar.
—¿Cómo conoce a Carmen? —preguntó al arrancar.
—Es clienta. El restaurante es mío. ¿Y usted?
María lo miró de reojo.
—Gire aquí. Segundo portal. Pare ahí.
Salió rápidamente, sin volverse, aunque cojeaba.
Al cerrar la puerta de casa, respiró. “¿De qué huía?” Se rio, quitándose los zapatos.
Se deshizo del vestido, el maquillaje, el peinado. “Otra vez Cenicienta,” susurró ante el espejo.
Al día siguiente, Carmen llamó.
—Daniel quiere tu número.
—¿Se lo diste?
—No, por eso llamo.
—Bien. Le gusto maquillada, pero después… No quiero sufrir otra vez.
—Es un buen hombre. ¿Vas a estar sola para siempre?
—No puedo creer otra vez…
—Aprovecha. La vida es corta.
Pasaron semanas. Cada vez que veía un coche como el de Daniel, ella se sobresaltaba. Pero él no apareció.
Hasta que un día, en el autobús, un hombre se sentó a su lado. Reconoció el perfume.
—Disculpe, ¿qué colonia usa? —preguntó.
—Ni idea. Mi mujer me la regaló. ¿Le molesta?
—No, al contrario.
Se bajó, turbada.
En el cumpleaños de su hija, cargada de bolsas, se le cayeron unas manzanas. Un coche se detuvo. Daniel las recogió.
—¿Le ayudó?
Ella bajó la cabeza, pero él ya la había reconocido.
—Aquí vive una mujer”Tiempo después, Daniel le entregó las llaves de aquella casa en el campo, y María comprendió que, a veces, la segunda oportunidad llega cuando ya no se espera, pero justo cuando más se necesita.”






