Querido diario,
Desde pequeño me sentía inseguro por mi estatura. En la guardería de la zona de Chamartín era el más bajo; incluso las niñas parecían más altas que yo. No tenía amigos y jugaba solo. Cuando los demás niños me quitaban los juguetes, me quedaba callado y aguantaba, sin quejarme a mis padres.
En el instituto la situación no mejoró. Me llamaban el chiquitín, se burlaban de mí y yo solo apretaba los puños con más fuerza. Cuando esas bromas se hicieron insoportables, pedí que me inscribieran en una sección de baloncesto.
Pasaron los años y dejé de ser ese niño que conocían. Crecí, me fortalecí y mi cuerpo se volvió musculoso y ágil. Ya en el noveno curso algunas chicas empezaron a fijarse en mí, pero yo guardaba todas las heridas de la infancia y no quería acercarme a nadie.
El primer romance y la primera desilusión
Al entrar en la universidad de la Universidad Complutense, mi vida dio un vuelco. Gané seguridad, hablaba con facilidad con los demás y las muchachas mostraban un interés evidente.
Así conocí a Almudena, una estudiante que vivía en un piso compartido en Lavapiés. Al principio solo la acompañaba hasta la puerta del edificio, pero una tarde ella me invitó a su apartamento. De pronto surgió una relación íntima.
Sin embargo, esa cercanía no me hizo feliz de verdad. Un día, dejándome llevar por el corazón, le dije:
Casémonos.
Almudena soltó una carcajada:
Pablo, todavía tienes toda la vida por delante. Eres guapo, deportista, y créeme, tendrás muchísimas chicas. Puedes salir con quien quieras y, al final, escoger la mejor.
¿En serio? mi voz se volvió helada.
Claro respondió encogiéndose de hombros . Tengo un prometido. Es el más rico y apuesto del barrio, me manda dinero para no vivir en el dormitorio. Solo nos vemos en vacaciones; contigo paso las noches.
Aquellas palabras me calaron hondo.
¿Entonces soy solo una opción temporal? pregunté con amargura.
Pablo, me gustas mucho, pero ya sabes cómo son las cosas
Me levanté y empecé a recoger mis cosas.
¿Te ofendes? se rió Almudena, mirándome con desprecio. Menos mal que descubres la verdad ahora. No confíes en una chica al primer momento; conócela bien antes de entregarle el corazón.
Salí del piso sintiéndome usado.
El calor del hogar en vez de ilusiones rotas
Al volver a casa dejé la mochila junto al umbral. Mi madre, preocupada, me preguntó:
¿Qué ha pasado, hijo? ¿No habrá boda?
Qué va, le contesté secamente, sacando el anillo que llevaba en el bolsillo. Tócalo, te será más útil a ti que a mí.
Ella me miró con tristeza.
Qué anillo más bonito, lo usaré yo misma suspiró. Ven a la cocina, que he horneado tus pasteles de manzana favoritos y he preparado té de menta. Siéntate, vamos a charlar.
Sentí el calor y la ternura que tanto me habían faltado en los últimos días.
Otro golpe al orgullo
En la universidad evitaba cruzarme con Almudena, pero ella actuaba como si nada hubiera ocurrido. Después de clase se paseaba de la mano con Constantino, le susurraba al oído y luego desaparecía por alguna calle desconocida.
Comprendí entonces que sus palabras no eran más que excusas. Yo solo era su entretenimiento momentáneo, una pieza de reemplazo hasta que surgiera una opción más conveniente. Ese pensamiento se quedó como un regusto amargo en mi interior.
Y, pocos días después, llegó otra prueba.
Pablo, ven a mi cumpleaños me dijo de improviso Tamara, una de las chicas más guapas del grupo.
¿Sería esa una oportunidad genuina o una nueva trampa?
Lección personal
He aprendido que la confianza ciega en los demás solo abre la puerta a desengaños. Es mejor conocerse a uno mismo, valorar nuestro propio camino y no buscar la aprobación externa. Sólo así se construye una vida auténtica y plena.







