— ¡No entreguéis al perro a la perrera! — suplicó el niño. Los adultos no le hicieron caso — y se arrepintieron.

Hoy he vuelto a leer el cuaderno de Alejo. No sé por qué lo hago. Hace once días que llevo esto dentro, y aún no sé ponerle nombre.

Aquel sábado, cuando llegamos de la obra, los dos bolsos ya estaban junto a la puerta. En uno, los cuencos. En el otro, el pienso a medio gastar y la pelota de goma que Canelo llevaba arrastrando desde que aprendió a andar. La camioneta aparcada, el maletero abierto. Y yo, convencido de que la reforma del piso era más importante que el perro de mi hijo.

Alejo los vio antes de quitarse las zapatillas. Canelo se le echó encima, le lamió la rodilla, movió el rabo tan fuerte que golpeó la bolsa. El cuenco sonó dentro. Olió a campo, a hojas secas, a ese calor de perro que siempre le apretaba algo a mi hijo en el pecho. Se agachó y lo abrazó. Canelo se quedó quieto, apoyó el hocico en su hombro.

La pata trasera izquierda le fallaba desde pequeño. Alejo lo sujetaba por el costado cuando se sentaba.

En la cocina hervía el agua. Pilar, mi mujer, daba vueltas al anillo de bodas en el dedo anular. Rápido, como siempre que quería decir algo y no encontraba las palabras. Yo estaba sentado a la mesa, la espalda recta, las manos juntas. La taza de café, en el centro del plato.

—Mamá, ¿eso qué es?

Pilar no se giró. Los dedos se aceleraron.

—Papá, ¿por qué hay bolsas en la puerta?

Bebí el café de un trago. Dejé la taza en el plato sin que sonara.

—Alejo, lo hemos hablado. Al perro lo llevamos hoy.

—¿Adónde?

—A la perrera. Buen sitio, me informé. Jaulas calientes, comida decente.

Mi hijo miró a su madre. Ella miraba por la ventana, el cielo gris de octubre aplastando los tejados. El anillo seguía girando.

—¿Mamá?

El hervidor chasqueó y se apagó. Se oyó a Canelo respirar en el pasillo.

—Mamá, dile algo.

Pilar enderezó el trapo de la cocina. Lo quitó, lo colgó otra vez.

—Papá tiene razón, Alejo. Hay que reformar la casa. El perro aquí va a estar…

—¡Canelo! Se llama Canelo.

—…va a estar mal. Pintura, polvo, herramientas. Puede ponerse enfermo.

Lo dijo con voz plana, como si hubiera ensayado la noche anterior mientras él dormía.

Alejo agarró el borde de la silla. Los nudillos se le quedaron blancos.

—Yo lo sacaré tres veces al día. Se quedará en mi cuarto. No molestará. Por favor.

Me levanté. La silla chirrió contra el linóleo.

—Lo dicho. En media hora salimos.

—Por favor. Por favor, no.

Su voz se volvió fina. Transparente, como si las palabras lo atravesaran sin quedarse. Canelo arañó el suelo con las uñas, cojeó hasta la cocina y se sentó junto a su pierna. Apoyó el hocico en su rodilla. Sus ojos marrones, con motas rojizas, miraban hacia arriba tranquilos. Confiaba. En todos nosotros.

Pilar cerró los ojos un segundo. Luego los abrió y buscó las llaves del coche.

Alejo se puso la chaqueta.

—Hijo, quédate en casa. No hace falta que vengas.

—¡No, voy!

En el coche olía a gasolina y a plástico caliente. El sol no salía, y la ciudad parecía dibujada con lápiz gris sobre papel mojado. Canelo iba en el asiento de atrás, la cabeza sobre las piernas de Alejo. Mi hijo no lloraba. Acariciaba el pelo rojizo despacio, como grabándose cada bulto, cada rizo.

Miré una vez por el retrovisor. Aparté la vista.

Pilar conducía y pensaba en el papel pintado del pasillo. En los rodillos, en el color marfil que elegimos el sábado en la ferretería. En un mes, el piso sería luminoso. Limpio. Sin pelos en el sofá, sin ruido de uñas por las mañanas.

La perrera estaba en las afueras, tras los garajes. Un edificio gris con puerta de hierro que olía a lejía, a cemento húmedo y a algo agrio. Desde dentro llegaban ladridos. No fuertes, no rabiosos. Tristes, como quien llama sin esperar respuesta.

Una mujer con delantal verde salió a recibirnos. Sonrió a Canelo, le rascó la oreja.

—Bonito chico, rojito. Lo colocaremos bien, no se preocupe.

Alejo sujetaba la correa con las dos manos, tan fuerte que el cuero se le clavaba en las palmas.

—Alejo, dámela.

Le tendí la mano. Grande, oliendo a aceite de motor.

Mi hijo miró la correa. Luego a Canelo. Luego otra vez la correa.

Y abrió los dedos. Despacio.

La mujer cogió la correa y llevó a Canelo por el pasillo. El perro cojeaba, y las uñas repicaban contra el azulejo. En la curva, Canelo se volvió.

La mujer giró la esquina. El repiqueteo se fue apagando. Y desapareció.

De vuelta, Alejo se sentó detrás del asiento del conductor. Donde diez minutos antes estaba Canelo. La tapicería aún olía a pelo caliente, a campo, a hojas secas. Apoyó la mejilla en el asiento y cerró los ojos.

Pilar estiró la mano hacia la radio. Negué con la cabeza. Llegamos a casa en veinte minutos. Sin una palabra.

Alejo se quitó las zapatillas, pasó de largo la cocina y se encerró en su cuarto. La puerta se cerró sin ruido.

Pilar recogió las bolsas vacías, las dobló y las metió en la basura. Luego vio el cuenco.

Rojo, de plástico, con marcas de dientes en el borde. Canelo lo mordía de cachorro. Lo cogió, lo sostuvo. El plástico era ligero, liso; las marcas, ásperas. Lo dejó otra vez en el suelo.

Al día siguiente notamos rarezas.

Alejo no preguntó qué había de cena. No encendió la tele. No sacó la mochila. Volvió del colegio, se descalzó, se metió en su cuarto. Callado como una sombra.

Pilar llamó.

—Alejo, ¿macarrones con queso? Como te gustan.

La cama crujió. Nada más.

Se quedó un minuto junto a la puerta. Escuchó el silencio. Se fue.

Por la noche dije: se acostumbrará. Los niños olvidan rápido. En una semana correteará como antes. Lo dije seguro, de pie en el pasillo, donde aún se veía una marca de uñas de Canelo de su primer mes.

A los cinco días llamó la profesora. Voz cautelosa, como pisando hielo fino.

—¿Todo bien en casa?

—Sí, claro. ¿Por?

—Alejo no responde en clase. Se queda mirando por la ventana. En el recreo se pega a la pared. Los niños se acercan, él calla.

Pilar se mordió el labio.

—Es que… hemos llevado al perro a una perrera. Se acostumbrará.

La profesora calló. Unos segundos. En ese silencio Pilar oyó más que en cualquier palabra. Luego:

—Entiendo.

Ese «entiendo» flotó en la casa toda la tarde. Como el olor de la pintura que aún no habíamos abierto, pero que ya estaba.

Al séptimo día, Alejo dejó de salir a cenar. Pilar le ponía el plato. Lo recogía intacto. Los macarrones se enfriaban y se cubrían de una película que se volvía insoportable.

Compré rodillos y imprimación. Arranqué el papel pintado del pasillo. Debajo aparecieron paredes grises, manchas de cola vieja, una grieta del suelo al techo que antes tapaba un dibujo de barco. Olía a humedad. No se puso bonito. Tampoco se hizo el silencio que había planeado, porque el silencio era otro.

El cuenco rojo seguía en la cocina. Pilar no podía quitarlo. Lo cogió tres veces, lo dejó otras tres. A la cuarta lo puso boca abajo. Luego lo volvió a colocar.

Un día, mientras Alejo estaba en el colegio, Pilar entró a su cuarto para ordenar.

Sobre la mesa había un dibujo.

Una casa con tejado triangular y chimenea humeante. Normal, como dibujan todos los niños. Al lado, un niño: palos por piernas, cabeza redonda, brazos abiertos. Y junto al niño, una mancha naranja con cuatro patas y un rabo en espiral. El niño y el perro estaban pintados fuerte, con rotulador rojo y lápiz naranja, apretando tanto que el papel se hundía.

Pero la casa estaba vacía. Ventanas sin cortinas, puerta abierta de par en par. Dentro, ni figuras ni muebles. Blanco.

Ni mamá. Ni papá. Solo espacio blanco tras la puerta abierta.

Pilar se sentó en la cama de su hijo. Cogió el dibujo, lo acercó. Abajo, bajo la casa, letras torcidas y pequeñas: «Canelo voy a buscarte».

Sin coma, sin punto. Una promesa escrita por una mano que aún no sabía hacer bien las eles.

El anillo le apretó tanto que se lo quitó. Lo dejó en la mesa junto al dibujo. Y se quedó mirando la pared, porque no pensaba en el papel pintado. Ni en el color marfil. Ni en pelos ni uñas.

Pensaba en que su hijo había dibujado una casa donde ella no existía.

Por la noche puse el dibujo delante de Pilar. No dije nada. Lo dejé en la mesa, junto al plato.

Lo miró largo rato. Luego apartó el plato.

—Lo recogeremos.

Pilar parpadeó.

—A Canelo. Mañana por la mañana.

Y lo dije yo, no ella. Ella esperaba tener que discutir, convencer, señalar el dibujo. Pero yo miraba la casa vacía sin personas, y en mi cara algo se movía, como si los músculos no supieran qué expresión poner.

—Mañana. Temprano.

Pilar asintió. Quiso decir «gracias», pero la palabra se atascó. No había nada que agradecer. No era un regalo. Era intentar arreglar lo que nosotros mismos habíamos roto.

Por la mañana fuimos a la perrera. La misma puerta de hierro. El mismo olor a lejía y cemento húmedo. Salió la mujer, esta vez con delantal azul.

Canelo nos reconoció desde el umbral. Se lanzó contra la rejilla, gimió, movió el rabo tan fuerte que todo el cuerpo se tambaleaba. Había adelgazado: las costillas se marcaban bajo el pelo rojizo, y la pata trasera izquierda se doblaba más que antes. Cojeó hacia nosotros tan rápido como podía.

Cogí la correa. La misma, de cuero gastado. La palma se cerró sobre ella con costumbre.

En casa, Alejo estaba en su cuarto. Puerta cerrada.

Las uñas repicaron en las baldosas del pasillo. Flojo. Desigual, con un fallo cada cuatro pasos.

La puerta se abrió.

Mi hijo estaba en el marco. Canelo se lanzó, le metió el hocico en la barriga, le lamió la mano, la rodilla, otra vez la mano. El rabo golpeaba la pared.

Alejo se sentó en el suelo. Sus dedos se hundieron en el pelo rojizo, que olía a perrera, a lejía, a otro. Pero debajo había otro olor, el viejo, el de verdad, el que siempre le apretaba algo en el pecho.

Dijo la primera palabra en aquellos días:

—Canelo.

Luego levantó la cabeza. Me miró. Miró a Pilar.

Ella se arrodilló a su lado.

—Alejo…

No se apartó. Pero tampoco se acercó. Solo se quedó en el suelo, abrazando al perro, y nos miró como si nos viera por primera vez. Y no estaba seguro de reconocernos.

Canelo le lamió la barbilla y se calmó. Se tumbó a su lado, pegado, caliente.

Pilar llenó el cuenco rojo con marcas de dientes. Canelo cojeó hasta la cocina, las uñas repicaron, empezó a comer con ansia. Alejo se sentó a su lado.

Y yo me quedé en el pasillo, donde las paredes desnudas olían a humedad y a cola vieja. El rodillo estaba en un rincón, cubierto de polvo. La imprimación se había secado en el bote. La grieta del suelo al techo seguía ahí.

Desde la cocina llegaba el golpeteo del cuenco contra el suelo y el ruido de la lengua.

Me quedé mirando las paredes. La reforma no había avanzado. Y ya no importaba si avanzaba. Porque en esta casa había que arreglar otra cosa.

Lo que aprendí: uno puede cambiar el color de las paredes, pero el vacío no se pinta. Se llena con lo que duele, o con lo que se ama. Y a veces, lo que duele es lo mismo que se ama.

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