Está seguro: la reforma es más importante, el hijo sobrevivirá. Se llevan al perro a la perrera, a pesar de los ruegos del niño. Pero once días después, Pilar entra en la habitación de su hijo y encuentra un dibujo que lo cambia todo.
Las bolsas están en la entrada. Dos bolsas, para ser exactos: en una, los cuencos; en la otra, el resto de la comida y una pelota de goma que Rufo arrastra por la casa desde que aprendió a andar.
Javi las ve antes de quitarse las zapatillas.
Rufo hurga con el hocico en la rodilla del chico y mueve la cola con tanta fuerza que golpea la bolsa. El cuenco tintinea dentro. El pelo rojizo huele a calle, a hojas de otoño y a algo cálido, solo a perro, que siempre le oprime algo debajo de las costillas. Javi se agacha, abraza al perro con los brazos. Rufo se queda quieto, apoya el lomo contra la camisa de cuadros y posa el morro en el hombro del niño.
La pata trasera izquierda se dobla de forma torpe. El perro cojea de ella desde cachorro, y Javi se ha acostumbrado a sostenerlo por el costado cuando se sienta.
En la cocina, el hervidor zumba. Su madre está junto al fogón, girando el anillo de casada en el dedo anular. Rápido, con un gesto habitual, como siempre que quiere decir algo pero no encuentra las palabras. Su padre está sentado a la mesa, la espalda recta, las manos cruzadas frente a él. La taza de café reposa justo en el centro del plato.
—Mamá. ¿Y eso?
Pilar no se da la vuelta. Los dedos aceleran el giro del anillo.
—Papá, ¿por qué están las bolsas en la puerta?
Gonzalo se bebe el café de un solo trago. Deja la taza en el plato con tanta precisión que ni suena.
—Javi, lo hemos decidido. Llevamos al perro hoy.
—¿Adónde?
—A la perrera. Buenos sitios, lo he mirado. Jaulas calientes, comen bien.
El niño mira a su madre. Ella contempla la ventana, donde el cielo gris de octubre aplasta los tejados. El anillo sigue girándose.
—¿Mamá?
El hervidor chasquea y se apaga. Se oye cómo respira Rufo en el pasillo.
—Mamá, dile algo.
Pilar arregla el paño en el gancho. Lo quita, lo cuelga otra vez, aunque ya estaba derecho.
—Papá tiene razón, Javi. Tenemos que hacer la reforma. El perro aquí…
—¡Rufo! Se llama Rufo.
—Rufo lo pasará mal. Pintura, polvo, herramientas en el suelo. Puede ponerse malo.
Lo dice con voz tranquila, y cada palabra suena como si no fuera la primera vez. Como si ellos hubieran ensayado la noche anterior, mientras Javi dormía.
El niño se agarra al borde de la silla. Los nudillos se blanquean.
—Saldré a pasearlo tres veces al día. Me quedaré con él en mi cuarto. No molestará. Por favor.
Gonzalo se levanta. La silla se desplaza con un chirrido corto sobre el linóleo.
—He dicho lo que he dicho. En media hora salimos.
—Por favor. Por favor, no.
La voz se vuelve fina. Ni siquiera infantil, sino transparente, como si las palabras atravesaran al niño sin detenerse. Rufo rasca con las uñas el suelo de baldosas, llega cojeando a la cocina y se sienta junto a la pierna de Javi, apoyando el costado. Pone el hocico sobre la rodilla.
Y se queda quieto. Los ojos del perro son marrones, con puntos rojizos, y miran hacia arriba con calma. No comprende. Confía en todos en esta casa.
Pilar cierra los ojos. Un segundo, quizá dos. Luego los abre y mete la mano en el bolsillo buscando las llaves del coche.
Javi se pone la chaqueta.
—Javi, será mejor que te quedes. No hace falta que vengas.
—No, voy —dice Javi, a punto de llorar.
En el coche huele a gasolina y plástico caliente. El sol no sale, y la ciudad tras la ventana parece dibujada con lápiz gris sobre papel mojado. Rufo yace en el asiento trasero, el morro apoyado en las rodillas de Javi. El niño no llora. Se sienta derecho, acaricia la cabeza rojiza, y los dedos se mueven despacio, iguales, como si grabaran cada bulto, cada rizo del pelo.
Gonzalo mira una vez por el retrovisor. Desvía la mirada rápido.
Pilar conduce y piensa en el papel pintado del pasillo. En los rodillos, en el color marfil que eligieron el sábado en la tienda de bricolaje. Dentro de un mes, el piso estará luminoso. Limpio. Sin pelo en el sofá, sin el tictac de las uñas por la mañana.
La perrera está en las afueras, tras los garajes. Un edificio gris con puerta metálica, tras la que huele a lejía, a cemento húmedo y a algo agrio, denso, que obliga a respirar por la boca. Desde el fondo llegan ladridos. No fuertes, no furiosos. Tristes, como si alguien llamara sin creer ya que lo oirán.
Una mujer con un delantal verde sale al encuentro. Sonríe a Rufo, le rasca la oreja.
—Buen chico, rojito. Lo acomodaremos, no se preocupen.
Javi sujeta la correa. Con las dos manos, apretado, tanto que la tira de cuero se clava en las palmas. Los dedos se enrojecen por la tensión.
—Javi, suelta.
El padre extiende la mano. Una palma grande, con olor a aceite de coche, se abre frente al niño.
Javi mira la correa. Luego a Rufo. Luego otra vez la correa.
Y afloja los dedos. Despacio.
La mujer toma la correa y lleva a Rufo por el pasillo. El perro cojea de la pata trasera izquierda, y las uñas golpean el azulejo, y ese sonido resuena hueco porque el pasillo es largo y vacío. En la curva, Rufo se vuelve.
La mujer dobla la esquina. Los golpes se vuelven más suaves, más suaves. Y desaparecen.
En el coche, de vuelta, el niño se sienta detrás del asiento del conductor. Allí donde hace diez minutos yacía Rufo. La tapicería aún guarda el olor: pelo cálido, calle, hojas de otoño. Javi aprieta la mejilla contra el asiento y cierra los ojos.
Pilar alarga la mano hacia la radio. Gonzalo niega con la cabeza. Veinte minutos de trayecto a casa. Ni una palabra.
En casa, Javi se quita las zapatillas, pasa de largo por la cocina y se encierra en su cuarto. La puerta chasquea suavemente. Solo se cierra.
Pilar guarda las bolsas vacías, las dobla con cuidado, las mete en la basura. Luego ve el cuenco.
Un cuenco rojo de plástico con marcas de dientes en el borde. Rufo lo mordía de cachorro, cuando aún no sabía que los cuencos no son para eso. Pilar lo coge, lo sostiene en las manos. El plástico es ligero y liso, y las marcas son rugosas bajo los dedos. Deja el cuenco otra vez en el suelo.
Al día siguiente notan rarezas.
Javi no pregunta qué hay de cena. No enciende la tele. No saca la agenda de la mochila. Vuelve del cole, se quita las zapatillas, se va a su cuarto. Silencioso, como una sombra en la pared.
Pilar llama.
—Javi, ¿quieres macarrones? Con queso, como te gustan.
Detrás de la puerta, la cama cruje. Nada más.
Se queda medio minuto frente a la puerta. Escucha el silencio. Se va.
Por la noche, Gonzalo dice: se acostumbrará. Los niños olvidan rápido. Dentro de una semana correteará como antes. Lo dice con seguridad, de pie en el pasillo, donde aún se ve la marca de unas uñas en la pared, que Rufo dejó el primer mes.
Al quinto día llama la profesora. Su voz es cautelosa, como de alguien que camina sobre hielo fino.
—¿Todo bien en casa?
—Sí, claro. ¿Por qué?
—Javi no responde en clase. Nada. Está sentado, mirando por la ventana. En el recreo se queda solo contra la pared. Los niños se acercan, él calla.
Pilar se muerde el labio.
—Es que… hemos llevado al perro a la perrera. Se acostumbrará.
La profesora calla. Unos segundos, y en esa pausa Pilar oye más que en cualquier palabra. Luego la voz al teléfono dice:
—Entiendo.
Ese «entiendo» flota en la casa toda la tarde. Como el olor de la pintura que aún no han abierto, pero ya está.
Al séptimo día, Javi deja de salir a cenar. Pilar le pone un plato. Lo recoge intacto. Los macarrones se enfrían y se cubren de una película, y eso, por alguna razón, es insoportable.
Gonzalo compra rodillos y imprimación. Arranca el papel pintado viejo del pasillo. Debajo, las paredes aparecen grises, con manchas de cola antigua, una grieta de suelo a techo que antes tapaba un dibujo de barco de vela. Huele a humedad. No se vuelve bonito. Y tampoco se vuelve silencio, porque el silencio no es el que él había planeado.
El cuenco rojo sigue en la cocina. Pilar no puede quitarlo. Tres veces lo coge, tres veces lo devuelve. A la cuarta lo pone boca abajo. Luego lo vuelve a colocar como estaba.
Un día, Pilar entra en la habitación de su hijo mientras él está en el colegio. Quiere ordenar.
Sobre la mesa hay un dibujo.
Una casa con techo triangular y chimenea de la que sale humo. Normal, como dibujan todos los niños. Al lado, un niño: palos por piernas, cabeza redonda, brazos abiertos. Y junto al niño, una mancha rojiza con cuatro patas y cola de ganchito. El niño y el perro están dibujados con colores vivos, rotulador rojo y lápiz naranja, apretando tanto que el papel se ha marcado.
Pero la casa está vacía. Ventanas sin cortinas, puerta abierta de par en par. Dentro, ni figuras ni muebles. Blanco.
Ni mamá. Ni papá. Solo espacio blanco tras la puerta abierta.
Pilar se sienta en la cama de su hijo. Levanta el dibujo, lo acerca. Abajo, bajo la casa, con letras torpes y pequeñas: «Rufo vendré».
Sin coma. Sin punto. Una promesa escrita por una mano que aún no sabe trazar bien las eles y las ges.
El anillo en el dedo aprieta tanto que Pilar se lo quita. Lo deja en la mesa junto al dibujo. Y se queda sentada, mirando la pared, porque no piensa en el papel pintado. No en el color marfil. No en el pelo ni en las uñas.
Piensa en que su hijo ha dibujado una casa donde ella no existe.
Por la noche, Pilar pone el dibujo ante Gonzalo. No explica nada. Solo lo deja en la mesa, junto al plato.
Él mira largo rato. Luego aparta el plato.
—Lo recogemos.
Pilar parpadea.
—A Rufo. Mañana por la mañana.
Y lo dice él, no ella. Ella esperaba tener que discutir, convencer, señalar el dibujo. Pero Gonzalo mira la casa vacía sin personas, y en su cara algo se mueve, como si los músculos no supieran qué expresión tomar.
—Mañana. A primera hora.
Pilar asiente. Quiere decir «gracias», pero la palabra se queda atascada. No hay nada que agradecer. No es un regalo. Es un intento de arreglar lo que ellos mismos rompieron.
Por la mañana llegan a la perrera. La misma puerta metálica. El mismo olor a lejía y cemento húmedo. La mujer sale al encuentro, esta vez con un delantal azul, pero la cara es la misma.
Rufo los reconoce desde la entrada. Se lanza contra la reja de la jaula, gime, mueve la cola tan fuerte que todo el cuerpo tiembla. Ha adelgazado estos días: las costillas se marcan bajo el pelo rojizo, y la pata trasera izquierda se dobla más que antes. Cojea hacia ellos más rápido de lo que puede.
Gonzalo coge la correa. La misma, de cuero, gastada. La palma abraza la tira con naturalidad.
En casa, Javi está en su cuarto. La puerta, cerrada.
Las uñas golpean el suelo de baldosas en el pasillo. No fuerte. Desigual, con un tropiezo cada cuatro pasos.
La puerta del cuarto se abre.
El niño está en el umbral. Rufo se lanza hacia él, hunde el hocico en su barriga, lame la mano, la rodilla, otra vez la mano. La cola golpea la pared.
Javi se sienta en el suelo. Los dedos se hunden en el pelo rojizo, que huele a perrera, a lejía, a ajeno. Pero bajo ese olor hay otro, el viejo, el verdadero, el que siempre le oprime algo debajo de las costillas.
Dice la primera palabra en esos días:
—Rufo.
Luego levanta la cabeza. Mira a su madre. A su padre.
Pilar se agacha a su lado.
—Javi…
Él no se aparta. Pero tampoco se aprieta contra ella. Solo se queda sentado en el suelo, abrazando al perro, y los mira como si los viera por primera vez. Y no está seguro de reconocerlos.
Rufo lame la barbilla del niño y se calma. Se tumba a su lado, apretando el costado caliente.
Pilar echa comida en el cuenco rojo de plástico con marcas de dientes en el borde. Rufo cojea hasta la cocina, las uñas golpean el suelo, empieza a comer con ansia, a toda prisa. Javi se sienta a su lado.
Y Gonzalo está de pie en el pasillo, donde las paredes peladas huelen a humedad y a cola vieja. El rodillo yace en un rincón, cubierto de polvo. La imprimación se ha secado en el bote. La grieta de suelo a techo no se ha ido a ninguna parte.
Desde la cocina llega el golpeteo del cuenco contra el suelo y el ruido de comer.
Gonzalo está de pie y mira las paredes. La reforma no ha avanzado. Y ahora ya no importa si avanza o no. Porque en esta casa hay que arreglar algo muy distinto.







