— ¡No lleven al perro a la perrera! — suplicó el niño. Los adultos no le hicieron caso… y se arrepintieron.

Mira, te cuento lo que pasó con Javier y su familia. Javier estaba convencido: la reforma era más importante, el hijo ya se adaptaría. Se llevaron al perro a la perrera, a pesar de las súplicas del niño. Pero once días después, Carmen entró en la habitación de su hijo y encontró un dibujo que lo cambió todo.

Las bolsas estaban en la entrada. Dos bolsas, la verdad: en una los cuencos, en la otra los restos de pienso y una pelota de goma que Chico arrastraba por el piso desde que aprendió a andar.

Pablo las vio antes de quitarse las zapatillas.

Chico le metió el hocico en la rodilla y movió la cola tan fuerte que golpeó la bolsa. El cuenco dentro sonó. El pelo rojizo olía a calle, a hojas secas y a algo cálido, solo a perro, que a Pablo siempre le apretaba algo en el pecho. Se agachó, abrazó al perro con los dos brazos. Chico se quedó quieto, se pegó al costado de la camisa a cuadros y apoyó el morro en el hombro del niño.

La pata trasera izquierda se le torcía. Cojeaba de ella desde cachorro, y Pablo ya estaba acostumbrado a sujetarlo por el costado cuando se sentaba.

En la cocina hervía el agua. Carmen estaba junto a los fogones, girando el anillo de casada en el dedo anular. Rápido, con ese gesto de siempre, como cuando quería decir algo pero no encontraba las palabras. El padre estaba sentado a la mesa, espalda recta, manos cruzadas delante. La taza de café, justo en el centro del plato.

—Mamá, ¿eso para qué?

Carmen no se giró. Los dedos en el anillo se aceleraron.

—Papá, ¿por qué están las bolsas en la puerta?

Javier se bebió el café de un trago. Dejó la taza en el plato con tanta precisión que no sonó.

—Pablo, lo hemos decidido. Hoy llevamos al perro.

—¿Adónde?

—A la perrera. Buenas condiciones, me informé. Jaulas con calefacción, les dan bien de comer.

El niño miró a su madre. Ella miraba por la ventana, donde el cielo gris de octubre aplastaba los tejados. El anillo seguía girando.

—¿Mamá?

El hervidor hizo clic, se apagó. Se oyó la respiración de Chico en el pasillo.

—Mamá, dile algo.

Carmen ajustó el trapo de cocina en el gancho. Lo quitó, lo colgó otra vez, aunque estaba bien puesto.

—Papá tiene razón, cariño. Tenemos que hacer la reforma. Al perro le va a ser…

—¡Se llama Chico!

—A Chico le va a ser difícil. Pintura, polvo, herramientas por el suelo. Le puede sentar mal.

Lo decía con voz plana, y cada palabra sonaba como si no fuera la primera vez. Como si ella y Javier hubieran ensayado la noche anterior mientras Pablo dormía.

El niño se agarró al borde de la silla. Los nudillos se le pusieron blancos.

—Le sacaré tres veces al día. Me quedaré con él en mi cuarto. No molestará. Por favor.

Javier se levantó. La silla chirrió breve sobre el linóleo.

—He dicho que no se discute. En media hora salimos.

—Por favor, por favor, no.

La voz se le volvió fina. No infantil, sino transparente, como si las palabras atravesaran al niño sin detenerse. Chico rascó las baldosas con las uñas, cojeó hasta la cocina y se sentó al lado, apoyando el costado contra la pierna de Pablo. Puso el morro sobre su rodilla.

Y se quedó quieto. Los ojos del perro eran marrones, con puntitos rojizos, y miraban hacia arriba con calma. No entendía. Confiaba en todos en esa casa.

Carmen cerró los ojos. Un segundo, tal vez dos. Luego los abrió y metió la mano en el bolsillo para coger las llaves del coche.

Pablo se puso la chaqueta.

—Pablo, mejor quédate en casa. No hace falta que vengas.

—No, ¡yo voy! —Pablo casi lloraba.

En el coche olía a gasolina y a plástico caliente. El sol no salía, y la ciudad tras la ventanilla parecía dibujada con lápiz gris sobre papel mojado. Chico iba tumbado en el asiento trasero, con el morro sobre las piernas de Pablo. El niño no lloraba. Se sentaba recto, acariciaba la cabeza rojiza, y los dedos se movían despacio, como memorizando cada bulto, cada rizo del pelo.

Javier miró una vez por el retrovisor. Desvió la vista rápido.

Carmen conducía y pensaba en el papel pintado del pasillo. En los rodillos, en el color “marfil” que habían elegido el sábado en la tienda de bricolaje. Dentro de un mes el piso estaría claro. Limpio. Sin pelo en el sofá, sin el tic-tac de las uñas por las mañanas.

La perrera estaba en las afueras, tras unos garajes. Un edificio gris con puerta metálica, que olía a lejía, a cemento húmedo y a algo agrio, denso, que daban ganas de respirar por la boca. Del fondo llegaban ladridos. No fuertes, no enfadados. Tristes, como si alguien llamara y ya no creyera que le iban a oír.

Una mujer con un delantal verde salió a recibirlos. Sonrió a Chico, le rascó la oreja.

—Qué chico más bueno, el pelirrojo. Lo colocamos, no se preocupen.

Pablo sujetaba la correa. Con las dos manos, fuerte, tanto que la tira de cuero se le clavaba en las palmas. Los dedos se le habían puesto rojos de la tensión.

—Pablo, dámela.

El padre extendió la mano. Una palma grande, con olor a aceite de motor, abierta delante del niño.

Pablo miró la correa. Luego a Chico. Luego otra vez la correa.

Y abrió los dedos. Despacio.

La mujer cogió la correa y llevó a Chico por el pasillo. El perro cojeaba de la pata trasera izquierda, y las uñas sonaban en el azulejo, y ese sonido se expandía hueco porque el pasillo era largo y vacío. En el giro, Chico se volvió.

La mujer dobló la esquina. El sonido se hizo más débil, más débil. Y desapareció.

En el coche de vuelta, el niño se sentó detrás del asiento del conductor. Donde diez minutos antes estaba Chico. La tapicería aún guardaba su olor: pelo caliente, calle, hojas secas. Pablo apoyó la mejilla en el asiento y cerró los ojos.

Carmen alargó la mano hacia la radio. Javier negó con la cabeza. Hasta casa fueron veinte minutos. Ni una palabra.

En casa, Pablo se descalzó, pasó de largo por la cocina y se encerró en su cuarto. La puerta hizo clic suave. Solo se cerró.

Carmen recogió las bolsas vacías, las dobló con cuidado, las metió en la basura. Luego vio el cuenco.

Un cuenco de plástico rojo con marcas de dientes en el borde. Chico lo mordisqueaba de cachorro, cuando aún no sabía que los cuencos no eran para eso. Carmen lo cogió, lo sostuvo en las manos. El plástico era ligero y liso, y las marcas de dientes ásperas bajo los dedos. Dejó el cuenco otra vez en el suelo.

Al día siguiente notaron cosas raras.

Pablo no preguntó qué había de cena. No encendió la tele. No sacó la mochila del colegio. Llegó de clase, se descalzó, se fue a su cuarto. Callado, como una sombra por la pared.

Carmen llamó a la puerta.

—Pablo, ¿quieres macarrones? Con queso, como te gustan.

Detrás de la puerta, la cama chirrió. Y nada más.

Se quedó medio minuto junto a la puerta. Escuchó el silencio. Se fue.

Por la tarde, Javier dijo: se acostumbrará. Los niños olvidan rápido. En una semana correrá como antes. Lo dijo con seguridad, de pie en el pasillo, donde aún se veía una marca de uñas en la pared, dejada por Chico el primer mes.

Al quinto día llamó la tutora. Tenía voz cautelosa, como quien pisa hielo fino.

—¿Todo bien en casa?

—Sí, claro. ¿Por qué?

—Pablo no responde en clase. Nada. Se sienta, mira por la ventana. En el recreo se queda solo pegado a la pared. Los niños se acercan, él calla.

Carmen se mordió el labio.

—Es que… hemos dado al perro. A una protectora. Ya se adaptará.

La tutora calló. Unos segundos, y en ese silencio Carmen oyó más que en cualquier palabra. Luego la voz al teléfono dijo:

—Ya entiendo.

Ese “ya entiendo” flotó en el piso toda la tarde. Como el olor de la pintura que aún no habían abierto, pero ya estaba.

Al séptimo día, Pablo dejó de salir a cenar. Carmen le ponía el plato. Lo recogía intacto. Los macarrones se enfriaban y se cubrían de una película, y eso era, por algún motivo, insoportable.

Javier compró rodillos e imprimación. Arrancó el viejo papel pintado del pasillo. Debajo las paredes estaban grises, con manchas de cola vieja, una grieta del suelo al techo que antes tapaba un dibujo de un barco de vela. Olía a humedad. Bonito no se volvió. Y silencio tampoco, porque el silencio no era el que él había planeado.

El cuenco rojo seguía en la cocina. Carmen no podía quitarlo. Tres veces lo cogió, tres veces lo dejó. A la cuarta lo puso boca abajo. Luego lo volvió a colocar como estaba.

Un día, Carmen entró en la habitación de su hijo mientras él estaba en el cole. Quería ordenar un poco.

Sobre la mesa había un dibujo.

Una casa con techo triangular y una chimenea con humo. Normal, como dibujan todos los niños. Al lado, un niño: palos por piernas, cabeza redonda, brazos en cruz. Y al lado del niño, una mancha rojiza con cuatro patas y una cola en forma de gancho. El niño y el perro estaban pintados con colores vivos, rotulador rojo y lápiz naranja, apretando tanto que el papel se había marcado.

Pero la casa estaba vacía. Ventanas sin cortinas, puerta abierta. Dentro, ni figuras, ni muebles. Blanco.

Ni mamá. Ni papá. Solo espacio blanco tras la puerta abierta.

Carmen se sentó en la cama de su hijo. Cogió el dibujo, lo acercó. Abajo, bajo la casa, con letras torcidas y pequeñas: “Chico yo bengo”.

Sin coma. Sin punto. Una promesa escrita por una mano que aún no sabía trazar bien las “g” ni las “b”.

El anillo en el dedo le apretaba tanto que Carmen se lo quitó. Lo dejó en la mesa junto al dibujo. Y se quedó mirando la pared, porque no pensaba en el papel pintado. Ni en el color marfil. Ni en el pelo ni en las uñas.

Pensaba en que su hijo había dibujado una casa donde ella no existía.

Por la noche, Carmen puso el dibujo delante de Javier. Sin explicar nada. Solo lo dejó en la mesa, junto al plato.

Él miró largo rato. Luego apartó el plato.

—Lo recogeremos.

Carmen parpadeó.

—A Chico. Mañana por la mañana.

Y lo dijo él, no ella. Ella había esperado tener que discutir, convencer, señalar el dibujo. Pero Javier miraba la casa vacía sin personas, y en su cara algo se movía, como si los músculos no supieran qué expresión poner.

—Mañana. Por la mañana.

Carmen asintió. Quiso decir “gracias”, pero la palabra se le atascó. No había nada que agradecer. No era un regalo. Era un intento de arreglar lo que ellos mismos habían roto.

Por la mañana fueron a la perrera. La misma puerta metálica. El mismo olor a lejía y cemento húmedo. La mujer salió a recibirlos, esta vez con un delantal azul, pero la cara era la misma.

Chico los reconoció desde la entrada. Se lanzó contra la reja de la jaula, gimió, movió la cola tan fuerte que todo el cuerpo le temblaba. Había adelgazado aquellos días: se le marcaban las costillas bajo el pelo rojizo, y la pata trasera izquierda se le torcía más que antes. Cojeó hacia ellos más rápido de lo que podía.

Javier cogió la correa. La misma, de cuero gastado. La palma abarcó la tira con costumbre.

En casa, Pablo estaba en su cuarto. Puerta cerrada.

Las uñas sonaron en el pasillo. Bajo. Desigual, con un traspié cada cuatro pasos.

La puerta de la habitación se abrió.

El niño estaba en el umbral. Chico se lanzó hacia él, le metió el hocico en el estómago, le lamió la mano, la rodilla, otra vez la mano. La cola golpeaba la pared.

Pablo se dejó caer al suelo. Los dedos se hundieron en el pelo rojizo, que olía a perrera, a lejía, a ajeno. Pero bajo ese olor había otro, el viejo, el de verdad, ese que siempre le apretaba algo en el pecho.

Dijo la primera palabra en aquellos días:

—Chico.

Luego levantó la cabeza. Miró a su madre. A su padre.

Carmen se agachó a su lado.

—Pablito…

No se apartó. Pero tampoco se apretó contra ella. Solo se quedó en el suelo, abrazando al perro, y los miró como si los viera por primera vez. Y no estaba seguro de reconocerlos.

Chico le lamió la barbilla y se calmó. Se tumbó al lado, pegado con el costado caliente.

Carmen sirvió pienso en el cuenco rojo de plástico con marcas de dientes en el borde. Chico cojeó hasta la cocina, las uñas sonaron, empezó a comer con ansia, con prisa. Pablo se sentó a su lado.

Y Javier se quedó en el pasillo, donde las paredes peladas olían a humedad y a cola vieja. El rodillo yacía en un rincón, cubierto de polvo. La imprimación se había secado en el bote. La grieta del suelo al techo seguía allí.

Desde la cocina llegaba el ruido del cuenco contra el suelo y las lametadas.

Javier se quedó quieto, mirando las paredes. La reforma no había avanzado. Y ya no importaba si avanzaba o no. Porque en aquella casa había que arreglar otra cosa.

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