RebeldeThe rebel stood alone in the plaza, watching the old flags fall as the first light of dawn broke over the silent crowd.

Extendió la mano para acariciar al animal amenazador, pero la gata se encogió y se arrastró de una forma extraña, alejándose del hombre, lejos de la mano extendida…

—¡Míralo! —casi gritaba la directora del colegio. —Han llamado a sus padres, ¡y ni siquiera le da vergüenza!

Jorge miró directamente a los ojos de la furiosa directora. En la cara del chico de diez años no había ni rastro de arrepentimiento por la fechoría cometida. Con expresión aburrida, escuchaba en silencio las preguntas de doña Soledad.

—¡Quemar el libro de actas! —la voz de la directora se convirtió en un chillido.

—¡Espera fuera! —ordenó el padre con voz severa.

El chico salió del despacho dando un portazo. Le daba igual que le castigaran otra vez. No podía haber hecho otra cosa, había dado su palabra…

Y en cuanto a sus padres, pronto volverían a olvidarse de él, marchándose a la siguiente expedición.

Esa misma noche, en el consejo familiar, se decidió enviar a Jorge al pueblo con el abuelo para todo el verano. Quizá él pudiera poner orden al joven rebelde…

*****

—Este es tu horario —don Ignacio, exmilitar, señaló a su nieto una hoja de papel escrita con letra clara. —En el pueblo no hay tiempo para tonterías, todo el mundo quiere comer y beber.

—¿Acaso soy un esclavo? —se le escapó a Jorge al leer la larga lista de tareas.

Don Ignacio sonrió, apreciando la mirada combativa que su nieto le lanzó. Ayer su hijo había traído a Jorge, sin dejar de quejarse de lo difícil que se había vuelto. Peleas constantes en el colegio, quejas de los profesores y de la directora: todo eso les quitaba tiempo a sus investigaciones científicas. Los padres de Jorge se fueron de expedición, aliviados de dejar al hijo rebelde con el abuelo.

Los días transcurrieron lentos, llenos de tareas insólitas…

Jorge se levantaba con los gallos, ayudaba al abuelo a dar de comer a la vaca Pinta, moteada, a los cuatro cerdos y al caballo Rocinante. Traer agua, apilar la leña cortada, escardar los bancales…

Las tareas no terminaban, pero Jorge había dado su palabra de no quejarse.

—¿Me vigila? —preguntó Jorge un día, mirando con desconfianza al perro favorito de su abuelo, un enorme capitán que le seguía como una sombra si salía del huerto.

—Huele que no eres de aquí, teme que te pierdas —respondió el abuelo con un leve tono irónico.

A Jorge le gustaba mucho ir a pescar. El chico aprendió rápido a manejar la caña, y al cabo de un par de semanas don Ignacio le dejaba ir solo al río.

La mejor hora de pesca era muy temprano, cuando todavía hacía fresco. A Jorge le gustaba sentarse con la caña en la orilla y ver cómo salía el sol, iluminándolo todo. ¡Eso no se veía en la ciudad!

Una madrugada, instalado con la caña en la orilla del pintoresco riachuelo, Jorge notó un movimiento en la hierba alta.

Cerca croaba una rana, y un perro ladró. Sonidos habituales, pero…

La hierba volvió a moverse, y el chico decidió comprobarlo…

Caminando con cuidado entre la hierba alta, Jorge escudriñaba en la penumbra del amanecer, pero no vio nada. Creyendo que se lo había imaginado, ya iba a volver a la caña, pero entonces oyó un gemido apenas perceptible.

Agachándose, apartó la hierba con las manos, y una gata le siseó amenazadora, con las orejas echadas hacia atrás. Los ojos del animal advertían que mantuviera la distancia, y el siseo era una clara amenaza.

—¡Ay! —se le escapó a Jorge, sobresaltado. —¿Por qué siseas?

Extendió la mano para acariciar al animal amenazador, pero la gata se encogió y se arrastró de una forma extraña, alejándose de la mano extendida.

En ese momento empezó a clarear, y Jorge vio manchas de sangre en el pelaje claro del animal. Ante sus ojos apareció una imagen del pasado reciente: cuatro adolescentes maltrataban a un gato rayado con la oreja derecha congelada…

Jorge tembló, apartando el doloroso recuerdo. La gata estaba herida, ¡necesitaba ayuda!

No podía cogerla con las manos desnudas, estaba enfadada y claramente sentía dolor. Miró a su alrededor, pero no encontró nada útil. Llevaba una chaqueta ligera que le protegía del fresco de la mañana.

Quitándose la chaqueta, el chico se acercó a la gata que siseaba:

—¡Mis, mis, mis! Solo quiero ayudarte… ¡Mis, mis, mis!

Con las últimas fuerzas, la gata se lanzó hacia un lado, pero Jorge fue más rápido. Cubriéndola con la chaqueta, la envolvió con cuidado y la apretó contra su pecho. Luego echó a correr a toda velocidad hacia casa, olvidándose de la caña…

—Abuelo, ¿la gata se pondrá bien? —preguntó el nieto por centésima vez, mirando con inquietud la puerta de la cocina de verano.

—No te preocupes, doña Ángela es veterinaria, y entiende de heridas —don Ignacio acarició la cabeza de su nieto. —Ve a por la caña, y cuando vuelvas, tendremos noticias…

Jorge asintió y fue corriendo al río a por la caña. Iba tan deprisa que apenas podía recobrar el aliento cuando llegó a casa.

En ese momento, en el umbral de la cocina de verano apareció la menuda figura de doña Ángela. La anciana dijo algo a don Ignacio que le hizo sonreír de alegría.

—¿Cómo está? —se le escapó a Jorge.

—Se pondrá bien —respondió doña Ángela. —Parece que la ha mordido un perro… Le he curado las heridas, ahora cuídala tú.

—¡Haré todo lo que haga falta! —exclamó Jorge, y en sus ojos aparecieron lágrimas de alegría y alivio…

Esa tarde, el chico no se separó de la gata dormida, instalándole un lecho improvisado con una caja y una manta vieja. Colocó cerca cuencos con comida y agua, y se sentó a mirar cómo dormía.

—¿Vas a dormir aquí? —preguntó don Ignacio.

—¿Puedo? —preguntó Jorge con esperanza.

—Mejor la llevamos a la casa —propuso el abuelo.

Trasladaron a la gata a la habitación donde dormía Jorge, y colocaron la caja junto a su cama.

De cerca, el pelaje de la gata era de un color beige claro con rayas casi imperceptibles.

Jorge se sentó en el borde de la cama, sin dejar de observar cómo dormía su protegida.

—Te miro, nieto, y me sorprendo —dijo don Ignacio pensativo, sentándose en una silla en un rincón de la habitación. —No eres perezoso, eres listo, responsable, y la bondad no te es ajena. Entonces, ¿por qué armas tanto jaleo?

Jorge miró a su abuelo, encogiéndose de hombros en lugar de responder.

—Tu última hazaña con el libro de actas… —insistió el abuelo. —No lo quemaste por capricho, ¿verdad?

—Di mi palabra, y si la das, hay que cumplirla —refunfuñó Jorge.

Alargando la mano, acarició con cuidado la cabeza de la gata dormida.

—¿A quién se la diste? —las sospechas de don Ignacio se confirmaron, pues no creía en la culpabilidad de su nieto.

—En el sótano de la casa junto al colegio vive un gato callejero al que daba de comer, y hablaba con él, igual que tú con Capitán —contó Jorge, sollozando. —Soñaba con llevármelo a casa, pero mis padres no querían ni oír hablar de ello… Le di mi palabra a Marino de que siempre lo protegería.

—¿Y qué pasó con ese gato? —preguntó el abuelo en voz baja, conteniendo la respiración.

—Unos chicos de cursos mayores se burlaban de él —la voz de Jorge tembló. —Les pedí que pararan, y aceptaron, con la condición de que quemara el libro de actas…

—¡Canallas! —se le escapó al anciano. —¿Dónde está ese gato ahora?

—Se lo llevó una mujer, según me dijo el conserje —Jorge volvió a acariciar a la gata. —Ojalá pudiera saber cómo está Marino…

—¡Eres un campeón! —el abuelo acarició la cabeza de su nieto. —Cumpliste tu palabra, eso está bien, pero ¿por qué no se lo contaste a tus padres?

—No me preguntaron —respondió Jorge simplemente.

Pasaron los días… Las heridas en el cuerpo de Algodón, como llamó Jorge a la gata, se cerraron. La gata dejó de sisear y de mirar con desconfianza a la gente.

Algodón aceptaba los cuidados del hombre que le había salvado la vida. Pronto, la gata, ya más bonita y visiblemente más gorda, se mudó a dormir a la cama de Jorge.

El sueño del chico se había cumplido, pero a menudo veía en sus sueños al rayado Marino con la oreja congelada. El gato se frotaba cariñosamente contra sus piernas y ronroneaba fuerte cuando Jorge lo cogía en brazos.

—¿Dónde estás? —preguntaba Jorge en sueños al gato rayado, pero no obtenía respuesta.

Pasó julio, y luego agosto…

Jorge esperaba que sus padres vinieran a buscarlo, pero en lugar de eso, el abuelo le anunció que tenía que ir a la ciudad por unos asuntos. Después de hacer las tareas de la mañana, don Ignacio dejó la casa a cargo de su nieto y se fue a la estación.

Volvió por la tarde, cansado pero contento. Alabó a su nieto por el orden en las tareas y, sonriendo misteriosamente, lo llamó a la casa, donde antes había metido una caja grande.

—Ven aquí, nieto —don Ignacio señaló el sofá. —Mira quién ha venido conmigo desde la ciudad.

Jorge entró en la habitación y miró al sofá. Parpadeó varias veces, temiendo que fueran imaginaciones suyas.

—¡Marino! —exclamó el chico, cogiendo con cuidado al gato rayado de oreja congelada en brazos. —Abuelo, ¡eres el mejor!

El gato tenía aspecto sano y bien alimentado. Más tarde, don Ignacio le contó a su nieto que le había impresionado tanto su acción que decidió buscar al gato rayado, pidiendo ayuda en el colegio de Jorge.

Resultó que el conserje había llamado a una protectora para que recogiera al gato callejero, temiendo por su vida.

A principios de septiembre llegaron los padres de Jorge con la noticia de que tenían que irse a una expedición larga, y que el chico tendría que vivir un tiempo con el abuelo.

Los padres apenas reconocieron en el niño alegre y risueño al antiguo rebelde.

—Papá, ¡has hecho un milagro! —exclamó el padre de Jorge.

—Aprended a escuchar a vuestro hijo —dijo don Ignacio con tono aleccionador.

En cuanto a Jorge, se alegró de quedarse a vivir con el abuelo y de no tener que separarse de Marino y Algodón.

El rebelde se convirtió en el dueño más cariñoso y responsable de sus mascotas.

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Antes de cumplir los treinta logré comprarme un piso de dos habitaciones. Vivo sola y hasta ahora no…