– Venga, Canelo, vamos… – masculló Manolo, ajustando la correa casera de una cuerda vieja.
Se subió la cremallera de la cazadora hasta el cuello y tiritó. Febrero se había puesto especialmente agresivo: nieve con lluvia, un viento que calaba los huesos.
Canelo – un perro mestizo de pelo rojizo desteñido y un ojo ciego – había llegado a su vida hacía un año. Manolo volvía entonces del turno de noche en la fábrica y lo vio junto a los contenedores. El perro estaba magullado, famélico, y el ojo izquierdo lo tenía cubierto por una nube blanca.
– ¡Eh, tío! ¿Adónde vas con ese chucho?
La voz le atravesó los nervios. Manolo reconoció al que hablaba: Sergio el Tuerto, el «mandamás» del barrio, unos veinticinco años. A su lado se arremolinaban tres chavales: su «pandilla».
– Paseando, – respondió Manolo, sin levantar la mirada.
– Oye, abuelo, ¿pagas la tasa por sacar a ese bicho? – se rio uno de los chavales. – Mira qué feo, con el ojo torcido.
Voló una piedra. Dio a Canelo en el costado. El perro gimió y se apretó contra la pierna de su dueño.
– Lárgate, – dijo Manolo en voz baja, pero con un tono de acero.
– ¡Ostras! ¡El abuelo Manitas se ha puesto chulo! – Sergio se acercó. – ¿Se te olvida que esto es mi barrio? Aquí los perros pasean solo si yo lo permito.
Manolo se tensó. En la mili le habían enseñado a resolver los problemas rápido y sin contemplaciones. Pero eso fue hacía treinta años. Ahora solo era un mecánico jubilado y cansado que no quería líos.
– Vamos, Canelo, – giró hacia su casa.
– ¡Eso es! – gritó Sergio a su espalda – Y la próxima vez, a tu amigo lo reviento.
En casa, Manolo no pudo dormir en toda la noche, dándole vueltas a la escena.
Al día siguiente caía aguanieve. Manolo fue aplazando el paseo, pero Canelo se sentó junto a la puerta y lo miró con tanta lealtad que no tuvo más remedio.
– Vale, vale. Pero rápido.
Caminaron con cuidado, esquivando los sitios habituales de la «banda». Pero no se veía a Sergio por ninguna parte; seguro que se habían escondido del temporal.
Manolo ya se había tranquilizado cuando Canelo se paró en seco junto a una caldera abandonada. Aguzó la única oreja, olfateó.
– ¿Qué pasa, viejo?
El perro gimió, tiró hacia las ruinas. De allí llegaban ruidos extraños, entre llantos y quejidos.
– ¡Eh! ¿Hay alguien? – gritó Manolo.
Silencio, solo roto por el aullido del viento.
Canelo tiraba de la correa con insistencia. En su único ojo se leía inquietud.
– ¿Qué quieres? – Manolo se agachó. – ¿Qué hay ahí?
Y entonces oyó claro, una voz de niño:
– ¡Socorro!
El corazón dio un vuelco. Manolo soltó la correa y siguió a Canelo hacia los escombros.
En el cuarto semiderruido de la caldera, tras un montón de ladrillos, yacía un chaval de unos doce años. La cara magullada, el labio partido, la ropa rota.
– ¡Dios mío! – Manolo se arrodilló. – ¿Qué te ha pasado?
– ¿Don Manolo? – el chico entreabrió los ojos con esfuerzo. – ¿Es usted?
Manolo miró bien y lo reconoció: Andrés García, el hijo de la vecina del quinto piso. Un chico tranquilo y tímido.
– ¡Andrés! ¿Qué ha ocurrido?
– Sergio y su banda, – el chico sollozó. – Le pedían dinero a mi madre. Yo dije que se lo contaría al policía local. Me pillaron…
– ¿Cuánto tiempo llevas aquí?
– Desde esta mañana. Tengo mucho frío.
Manolo se quitó la cazadora y tapó al chico. Canelo se acercó, se tumbó a su lado para darle calor.
– Andrés, ¿puedes levantarte?
– Me duele la pierna. Creo que está rota.
Manolo palpó con cuidado. Sí, era una fractura. Y sin saber qué más daños internos tendría después de aquella «paliza».
– ¿Tienes móvil?
– Me lo quitaron.
Manolo sacó su viejo Nokia y marcó el 112. La ambulancia prometió llegar en media hora.
– Aguanta, chaval. Ahora vienen los médicos.
– ¿Y si Sergio se entera de que estoy vivo? – la voz de Andrés temblaba de miedo. – Dijo que me remataría.
– No te rematará, – dijo Manolo con firmeza. – No volverá a tocarte.
El chico lo miró sorprendido:
– Don Manolo, ayer usted mismo salió huyendo de ellos.
– Eso es distinto. Allí solo estábamos Canelo y yo. Pero ahora…
No terminó la frase. ¿Qué iba a decir? ¿Que treinta años atrás juró defender a los débiles? ¿Que en la mili le enseñaron que un hombre de verdad nunca abandona a un niño en apuros?
La ambulancia llegó antes de lo prometido. Andrés se lo llevaron al hospital. Manolo se quedó junto a la caldera con Canelo, pensando.
Por la tarde vino a su casa la madre de Andrés, Elena García. La mujer lloraba, daba las gracias, juraba que nunca lo olvidaría.
– Don Manuel, – dijo entre sollozos, – los médicos dijeron que si hubiera estado una hora más en el frío… Le ha salvado la vida a mi hijo.
– No fui yo, – Manolo acarició a Canelo. – Él lo encontró.
– ¿Y ahora qué pasará? – Elena miró con miedo hacia la puerta. – Sergio no se va a quedar quieto. El policía local dice que no hay pruebas, que el testimonio de un niño no vale.
– Todo irá bien, – prometió Manolo, aunque no sabía cómo.
Por la noche no pudo dormir. Dándole vueltas: ¿qué hacer? ¿Cómo proteger al chico? Y no solo a él, ¿cuántos niños más sufrían el acoso de aquella banda?
A la mañana siguiente, la solución llegó sola.
Manolo se puso su antiguo uniforme militar – el de gala, con las condecoraciones. Sacó del armario las medallas. Se miró al espejo: un soldado, aunque mayor.
– Vamos, Canelo. Tenemos trabajo.
La banda de Sergio merodeaba, como siempre, junto al supermercado. Al ver acercarse a Manolo, se rieron.
– ¡Ojo! ¡El abuelo se ha puesto de gala! – gritó uno. – ¡Mirad qué héroe!
Sergio se levantó del banco, sonriendo:
– Anda, jubilado, lárgate de aquí. Tu tiempo pasó.
– Mi tiempo empieza ahora, – respondió Manolo con calma, acercándose.
– ¿Qué quieres con ese disfraz?
– Servir a mi país. Defender a los débiles de gente como tú.
Sergio soltó una carcajada:
– ¿Te has vuelto loco, abuelo? ¿Qué país? ¿Qué débiles?
– Andrés García, ¿te suena?
La sonrisa se borró de la cara de Sergio.
– ¿Y a mí qué me importa un pringao?
– Te importa, porque es el último niño del barrio que sufre por tu culpa.
– ¿Me estás amenazando, vejestorio?
– Te estoy avisando.
Sergio dio un paso al frente. En la mano brilló un punzón.
– ¡Ahora mismo te enseño quién manda aquí!
Manolo no retrocedió ni un centímetro. Los años habían pasado, pero la instrucción militar seguía ahí.
– Aquí manda la ley.
– ¿Qué ley? – Sergio blandió el punzón. – ¿Quién te ha nombrado a ti?
– Me ha nombrado mi conciencia.
Y entonces ocurrió lo que nadie esperaba.
Canelo, que había estado todo el rato quieto a su lado, se levantó. El pelo del lomo se le erizó. De la garganta le salió un gruñido amenazador.
– Y tu perro… – empezó Sergio.
– Mi perro estuvo en la guerra, – le cortó Manolo. – En la de Afganistán. Unidad de detección de minas. Huele a los maleantes en las entrañas.
Era mentira: Canelo solo era un mestizo callejero. Pero Manolo lo dijo con tanta convicción que todos se lo creyeron. Incluso el propio Canelo se lo creyó: se irguió, enseñó los dientes.
– Encontró a veinte terroristas. Y los llevó a todos vivos, – siguió Manolo. – ¿Tú qué crees, que podrá con un macarra drogata?
Sergio retrocedió. Los chavales a su espalda se quedaron quietos.
– Escúchame bien, – Manolo dio un paso adelante. – Desde hoy, en este barrio hay seguridad. Cada día recorreré todas las calles. Y mi perro buscará a los matones. Y entonces…
No terminó. Pero todos entendieron.
– ¿Quieres asustarme? – Sergio intentó recuperar el descaro. – Con una llamada…
– Llama, – asintió Manolo. – Pero recuerda: yo tengo contactos que te superan. Conozco a muchos en la cárcel. Y tengo deudas de por vida.
También era mentira. Pero lo dijo de tal manera que Sergio lo creyó.
– Me llaman Manolo el Afgano, – dijo Manolo para terminar. – Acuérdate. Y no toques más a los niños.
Se dio la vuelta y se fue. Canelo trotaba a su lado, con la cola erguida.
A sus espaldas, el silencio.
Pasaron tres días. Sergio y su banda casi no aparecían por el barrio.
Y Manolo empezó a recorrer las calles cada día. Canelo iba junto a él, serio, importante.
Andrés salió del hospital a la semana. La pierna aún le dolía, pero ya podía andar. Ese mismo día fue a casa de Manolo.
– Don Manolo, – dijo el chico, – ¿puedo ayudarle con las rondas?
– Puedes. Pero primero habla con tus padres.
Elena no puso ninguna objeción. Al contrario, se alegró de que su hijo hubiera encontrado un modelo así.
Y desde entonces, cada tarde se veía a una curiosa comitiva: un hombre mayor con uniforme militar, un chaval y un perro rojizo y viejo.
Canelo gustaba a todo el mundo. Hasta las madres dejaban que los niños lo acariciaran, aunque vieran que era un perro callejero. Pero tenía algo especial, como dignidad.
Y Manolo les contaba a los chavales historias del ejército, de la verdadera amistad. Y ellos escuchaban con la boca abierta.
Una tarde, al volver de la ronda, Andrés preguntó:
– Don Manolo, ¿usted alguna vez ha tenido miedo?
– Sí, – respondió Manolo con sinceridad. – Y a veces todavía lo tengo.
– ¿De qué?
– De no llegar a tiempo. De no tener fuerzas.
Andrés acarició al perro:
– Pues yo cuando sea mayor le ayudaré. Y también tendré un perro, igual de listo.
– Lo tendrás, – sonrió Manolo. – Claro que lo tendrás.
Canelo movió la cola.
En el barrio ya lo conocían todos. Decían: «Es el perro de Manolo el Afgano. Distingue a los héroes de los canallas».
Y Canelo cumplía orgulloso su servicio, sabiendo que ya no era un simple mestizo. Era un protector.






