Pilar cerró el candado y soltó un suspiro de alivio. Dos días de descanso por delante, sin colas, sin tener que pesar mercancía, sin cargas ni descargas.
―Pilar, ¿mañana trabaja usted? ―sonó una voz conocida a sus espaldas.
Ni siquiera se volvió; ya sabía quién era. Don Manuel. Siempre llegaba en el peor momento.
―Mañana es domingo ―respondió sin girarse―. Descanso.
―Ah, claro. Bueno, nada, el lunes entonces.
Pilar se dio la vuelta. El anciano estaba allí, con una bolsa de malla raída, una chaqueta desgastada y una mirada perdida, como si esperara algo.
«Otra vez estará contando céntimos media hora», pensó ella.
―Venga el lunes ―dijo, y se encaminó a su casa.
Él siempre hacía lo mismo: llegaba justo al cierre, escogía dos o tres cosas baratas, y luego se ponía a rebuscar monedas en el monedero mientras la cola crecía y la gente suspiraba. Él parecía no darse cuenta. Lento, pesado. Molestaba.
El domingo por la mañana, al pasar junto a la tienda, Pilar se quedó clavada.
Junto a la puerta había una gata. Corriente, callejera, gris, flaca y de pelo áspero. Pero no estaba quieta: iba de la puerta a la ventana, arañaba el umbral, se asomaba a las rendijas y maullaba con un lamento desesperado.
―¡Fuera de aquí! ―le gritó Pilar, agitando la mano.
La gata ni se movió. Solo miraba la puerta.
«Está perdida», pensó Pilar, y siguió andando.
El lunes, Pilar se acercó a la tienda con el corazón apretado. La gata seguía allí, hecha un ovillo en el umbral, agotada.
La llave giró en la cerradura. La puerta se abrió.
Entonces Pilar lo oyó. Un chillido finísimo, apenas perceptible. En un rincón, detrás de los estantes.
Se asomó, miró bien… y el corazón se le cayó a los pies.
Un gatito.
Diminuto, ciego, indefenso, tirado entre cajas de cartón, pataleando y gimiendo.
La gata entró como una exhalación tras Pilar, saltó junto al pequeño y se puso a lamerlo, ronroneando.
―Dios mío ―susurró Pilar―. Así que intentabas llegar hasta él.
Pilar se quedó mirando la caja de cartón sin saber qué hacer. La gata se había acomodado al lado del gatito, lo lamía, ronroneaba; por primera vez en un día, estaba tranquila.
Pero en la cabeza de Pilar solo había un pensamiento: «No puedo tener animales en la tienda. ¿Qué hago con ellos?»
―Oye, tienes bemoles ―murmuró en voz alta―. ¿Cómo te colaste? ¿Cuándo lo hiciste?
La gata se apretó más contra el gatito.
Pilar recordó: el viernes por la tarde, cuando cerró, había mucha gente en la entrada. Ajetreo, prisas. Seguro que entonces se coló, sin que nadie la viera. Y parió de noche, cuando la tienda estaba vacía.
Y todo el domingo estuvo fuera, desesperada por volver a entrar.
―Vale ―suspiró Pilar―. Ya pensaremos algo.
Le puso agua en un vaso de plástico y le dio un trozo de chorizo de su bocadillo. La gata bebió con ansia, como si temiera que se lo quitaran.
Luego Pilar abrió la tienda.
La primera en entrar fue la vecina, doña Lola. Al ver a la gata con el gatito, se llevó las manos a la cabeza:
―¡Ay, Pilar! ¿De dónde han salido?
―Pues… ―Pilar hizo un gesto vago―. Se coló. Oye, Lola, ¿te los llevas? A tus nietos les gustan los animales.
Doña Lola frunció el ceño:
―Ya tenemos un gato. Viejo y muy borde. Los mata a todos. No, no, perdona.
El siguiente fue don Miguel, el fontanero. También dijo que no:
―Mi mujer no me deja. Se pone a estornudar con el pelo.
Después llegó una madre joven con su hijo. El pequeño estiró la mano hacia el gatito, pero la madre lo frenó:
―¡No toques! Está sucio. Lleno de enfermedades. Vámonos.
Pilar se quedó tras el mostrador, sintiendo un nudo en el pecho. Cada negativa le golpeaba sordo.
«¿Nadie lo va a querer?»
A media tarde ya había perdido la esperanza.
Cerca de las tres, la puerta se abrió y entró don Manuel.
Como siempre, despacio, con cuidado. Su bolsa de malla en la mano. Saludó en voz baja, asintió.
Pilar ni siquiera contestó: él se detuvo en la entrada, se agachó junto a la caja.
―Ay ―dijo en voz queda―. ¿Quién tenemos aquí?
La gata levantó la cabeza, recelosa.
Don Manuel alargó la mano con cuidado, le acarició la cabeza. La gata entornó los ojos y empezó a ronronear.
―Pilar ―se volvió hacia la dependienta―. ¿Y qué va a pasar con ellas?
Pilar suspiró:
―No lo sé, don Manuel. No puedo tenerlas aquí. Y nadie las quiere.
―Ya.
Calló un momento, y luego volvió a acariciar a la gata. El gatito chilló quedo, se movió.
―¿Puedo…? ―empezó don Manuel, y se detuvo―. ¿Puedo llevármelas yo?
Pilar se quedó helada. Miró al anciano sin dar crédito.
―¿Usted? ―repitió―. ¿En serio?
―Pues sí. ―Sonrió con timidez―. Estoy solo, me aburro. Así tendré compañía. No sé cuidarlas, pero aprenderé. Buscaré en internet.
A Pilar se le hizo un nudo en la garganta. Aquel viejo lento al que siempre había dado prisa, al que había mirado con fastidio, era el único que no había pasado de largo.
―Don Manuel ―dijo con voz ahogada―. Gracias de verdad. Gracias.
Él negó con la mano:
―No me dé las gracias. A mí me alegra. La casa está vacía. Mi mujer murió hace tres años. No tengo hijos. Vengo cada día a la tienda para hablar con alguien.
Pilar sintió tanta vergüenza que quiso hundirse.
Siempre se había molestado porque él era lento. Porque retrasaba la cola.
Y él solo estaba solo.
Don Manuel cogió la caja con cuidado, sosteniéndola por abajo para que no se moviera. La gata lo miró con recelo, pero no opuso resistencia. Como si supiera que aquel hombre no le haría daño.
―No sé cómo llevarlas a casa ―dijo pensativo―. La caja es grande, incómoda. Van a dar tumbos.
―Espere ―Pilar fue al almacén y volvió con una caja de cartón más pequeña y resistente―. Esta es mejor. Tiene asas.
Ella misma pasó a la gata y al gatito, puso un trapo en el fondo. Le temblaban las manos. No sabía si por la emoción o por la vergüenza que la carcomía.
―Pilar, ¿me podría aconsejar? ―Don Manuel sonrió inseguro―. ¿Qué les compro? ¿Comida? ¿Un cuenco?
Pilar lo vio claro de repente: el anciano estaba perdido. Había aceptado la responsabilidad, pero no sabía cómo seguir. Y aun así la había aceptado. Porque no había podido pasar de largo.
―Aguarde ―dijo resuelta.
Recorrió los estantes, juntando lo necesario: una lata de comida para gato, un paquete de pienso, dos cuencos de plástico, un paquete de arena.
―Tome ―le tendió la bolsa.
―No, no, yo pago.
―No hace falta ―cortó Pilar―. Es un regalo. De mi parte.
Él quiso protestar, pero ella le clavó una mirada tan seria que solo asintió:
―Gracias. Muchísimas gracias.
Don Manuel cargó con la caja y la bolsa, se dirigió a la salida. En la puerta se volvió:
―Pilar, ¿cree que debería llevarlas al veterinario?
―Sí ―asintió ella―. Vaya mañana. Que las revise.
―Bien, iré.
Salió. La puerta se cerró con un tintineo suave.
Pilar se quedó sola.
En la tienda todo estaba en silencio. Vacío. Solo en el suelo, en un rincón, seguía la caja de cartón vieja, la que había albergado al gatito.
Se acercó, la levantó para tirarla. Y de repente no pudo. Se sentó en el suelo, apretó la caja contra el pecho y rompió a llorar.
Las lágrimas rodaban por sus mejillas, caían sobre el cartón.
Recordó cómo se había molestado con don Manuel. Cómo lo había apremiado. Cómo había suspirado cada vez que entraba. Cómo pensaba: «Otra vez el viejo este. Otra vez contando céntimos».
Y él resultó ser así.
Sin dudarlo, se llevó a la gata y al gatito. Aunque él mismo apenas llegaba a fin de mes ―se notaba en su ropa, en cómo contaba las monedas― no había pasado de largo.
«Dios mío ―pensó Pilar―, qué tonta he sido. Qué dura».
Se secó las lágrimas con la mano, se levantó. Tiró la caja a la basura. Volvió al mostrador.
Empezaron a entrar clientes.
Un día normal de trabajo.
Pero algo había cambiado dentro de Pilar. Miraba a los clientes de otra manera. Ya no eran solo una cola que despachar rápido. Eran personas, cada una con su historia. Y nunca se sabe lo que lleva cada uno dentro.
Mañana, sin falta, preguntaría a don Manuel cómo estaban la gata y el gatito. Si necesitaba ayuda.
Y nunca más lo apresuraría.
Pasaron dos días.
Pilar esperaba a don Manuel. Miraba la puerta, escuchaba los pasos en el pasillo. Pero él no venía.
Y la preocupación crecía. «¿Le habrá pasado algo? ¿Estará enfermo? ¿O la gata?».
Al tercer día no aguantó más.
Preguntó a los vecinos la dirección. Resultó que don Manuel vivía en el edificio de al lado, en un tercero.
Pilar compró una bolsa de manzanas y un paquete de galletas ―por cortesía, para no ir con las manos vacías― y después del trabajo fue a verle.
La puerta no se abrió al instante. Luego oyó pasos arrastrados, y don Manuel apareció en el umbral. Sorprendido, perdido.
―Pilar, ¿usted… viene a verme?
―Sí ―le tendió la bolsa―. Quería saber cómo está. Y la gata, y el gatito.
El rostro del anciano se iluminó con una sonrisa tan cálida, tan sincera, que a Pilar se le alivió el alma.
―Pase, pase ―dijo, apartándose―. Están perfectamente instalados.
El piso era pequeño, modesto. Muebles viejos, una alfombra gastada. Pero limpio, acogedor.
En el alféizar de la ventana, sobre una manta doblada, dormía la gata. A su lado se movía el gatito, ya más fuerte, esponjoso.
―Aquí están ―dijo don Manuel con orgullo―. A la gata la llamé Luna. Y al gatito, Sombra, porque es muy callado.
Pilar se acercó, acarició a Luna con suavidad. La gata entreabrió un ojo, ronroneó y volvió a dormitar.
―Qué guapos son ―dijo Pilar en voz baja.
―Ya ve. ―Don Manuel sonreía de oreja a oreja―. Los llevé al veterinario. Están bien.
Habló y habló: de cómo Luna se había escondido el primer noche debajo del sofá, arrastrando al gatito; de cómo luego se había adaptado; de cómo ahora lo esperaba en la puerta cuando volvía.
Al despedirse, Pilar se detuvo en la entrada:
―Don Manuel, venga a la tienda. Le esperaré.
Él asintió:
―Iré.
Y añadió en voz baja:
―Gracias, Pilar. Por todo.
―Gracias a usted ―respondió ella―. Es usted una buena persona.
Al día siguiente, don Manuel volvió a la tienda. Como siempre, despacio, con su bolsa de malla.
Pero esta vez Pilar lo recibió con una sonrisa. Sacó un taburete del almacén y lo puso junto al mostrador:
―Siéntese, don Manuel. No tenga prisa. Yo no tengo ninguna.
Él asintió agradecido. Se sentó. Empezó a escoger la compra con parsimonia.
Y por primera vez, Pilar no apresuró al anciano.






