Todos temían al perro y lo esquivaban. Hasta que una niña se le acercó.

A veces la vida te sorprende con historias que luego piensas: no puede ser que todo fuera así. Pero fue así.

En el patio de un bloque de pisos de una calle cualquiera de Madrid apareció un perro. Grande, pelirrojo con manchas negras. Una oreja desgarrada, la pata trasera arrastrándose.

La gente se asustó enseguida. Claro, un animal enorme y además lisiado. Y los animales lisiados, como se sabe, son los más peligrosos. Eso pensaban los vecinos.

—Habría que llamar a la perrera —decía doña Beatriz, del primero, ajustándose las gafas—. No sea que muerda a alguien.

—Exacto —secundaba don Vicente, del cuarto—. Hay muchos niños en el patio.

Y todos empezaron a esquivar al perro. Como si no estuviera tumbado tranquilamente junto al portal, sino gruñendo y atacando. Pero él solo yacía. Y temblaba. Incluso bajo el sol de octubre temblaba.

Aitana se fijó en el perro el primer día. La niña siempre se daba cuenta de lo que los adultos pasaban por alto sin mirar. Quizá porque ella misma se sentía a menudo invisible. Desde que murió su padre, el mundo se había vuelto de otro color. Gris, tal vez.

—Mamá, ¿qué le pasa al perro? —preguntó cuando volvían del supermercado.

—¿Qué perro? —Elena ni siquiera miró hacia el portal.

—Ese de allí. ¿Le duele la pata?

Mamá por fin lo vio. Y enseguida agarró a su hija con más fuerza.

—No te acerques, Aitana. Puede estar enfermo. O ser agresivo.

—Pero no es agresivo —dijo la niña en voz baja—. Está triste.

Los adultos no saben distinguir la tristeza de la agresividad. Sobre todo en los animales. Aitana lo había notado hacía tiempo.

Pasaron los días. El perro no molestaba a nadie. Yacía junto a la pared, a veces intentaba levantarse —cojeaba hacia los contenedores, buscaba algo. No encontraba nada, volvía. Y se echaba otra vez.

Y los vecinos seguían hablando y hablando.

—Pronto hará frío, y él aquí.

—Ayer pasaron unos niños corriendo, y él levantó la cabeza. Se asustaron.

—Y qué cabeza —¡es enorme!

Aitana miraba cada día por la ventana. Tercer piso, se veía todo.

—Mamá, ¿por qué nadie le ayuda?

—Porque no es asunto nuestro, hija.

Pero a Aitana le parecía que los problemas eran cuando no había dinero para botas nuevas o cuando te dolía una muela. Aquí alguien se moría delante de todos. Y todos hacían como si no lo vieran.

El sábado por la mañana la niña se despertó temprano. Miró por la ventana: el perro estaba tumbado, pero de un modo raro. De lado. Y no se movía.

—¡Mamá! —Aitana corrió a la cocina—. El perro, está…

—¿Qué le pasa?

—Creo que está muy mal.

Elena se asomó. Miró. En efecto, algo no iba bien.

—Seguro que está enfermo —suspiró mamá—. Pobre animal.

—¡Pues ayudémosle!

—Aitana, no podemos.

—¿Por qué no podemos?

Sí, ¿por qué? Elena tampoco lo sabía. Simplemente no se podía. Y ya tenían bastantes problemas.

Pero al mediodía el perro intentó levantarse. Y cayó. Cayó de lado. Así se quedó. Solo respiraba con dificultad —se le veían los costados subir y bajar.

Aitana lo vio.

Se puso la chaqueta. Cogió un trozo de chorizo de la nevera. Mamá estaba en la ducha.

En el patio, el perro yacía con los ojos cerrados. De cerca parecía aún más grande. Y nada peligroso. Solo cansado hasta la muerte.

—Hola —dijo Aitana en voz baja—. ¿Qué tal?

El perro abrió los ojos. Miró a la niña. Y en esa mirada había tanta sorpresa… como si pensara que la gente ya no sabía hablar con los animales.

—Te he traído un poco de chorizo. ¿Quieres?

Aitana le tendió la mano con la comida. El perro olfateó, pero no comió. Solo lamió los dedos de la niña. La lengua estaba caliente.

—Estás enfermo, ¿verdad? —Aitana acarició con cuidado la cabeza pelirroja—. Todos te tienen miedo. Creen que eres malo. Pero no lo eres.

Entonces el perro hizo algo asombroso. Apoyó la cabeza en las rodillas de Aitana. Una cabeza grande y pesada. Y cerró los ojos.

—¡Aitana! ¡Aitana, aléjate ahora mismo!

Mamá cruzaba el patio corriendo, agitando los brazos. El pelo mojado, la bata abierta —había salido de la ducha.

—¿Te has vuelto loca? ¡Puede morderte!

—Mamá, no muerde. Mira, está enfermo.

Elena se detuvo a tres pasos. Miraba a su hija sentada junto al perro enorme, acariciándole la cabeza. Y el perro permanecía quieto.

—Mamá, ¿te acuerdas cuando me contabas lo de papá? Que de pequeño traía a casa todos los gatos callejeros.

Elena lo recordaba. Su suegro se lo había contado: Sergio era así. Compasivo hasta el extremo.

—Y tú decías que lo peor es pasar de largo ante el dolor de otro.

¿Cuándo había dicho eso? Ah, sí. Después del entierro. Cuando Aitana preguntaba por qué papá iba al hospital a leerles cuentos a ancianos desconocidos.

—Mamá, ¿no pasemos de largo?

Elena miraba a su hija. Y de repente vio en ella a Sergio. Al mismo chiquillo que traía gatos a casa. Que nunca podía ignorar la desgracia ajena.

—Levántate despacio —dijo—. Con cuidado.

Pero el perro pareció entender. Él mismo levantó la cabeza, liberó a la niña. Miró a Elena con unos ojos… como si dijera: «No le haré daño. Palabra.»

—No come —dijo Aitana—. Seguro que está muy enfermo.

Elena se acercó. Se agachó a su lado. El perro no gruñó, no enseñó los dientes. Solo miraba. Con ojos inteligentes y tristes.

—¿Te duele la pata? —preguntó Elena, y ella misma se sorprendió hablándole como a un niño.

El perro pareció asentir.

—Vale —suspiró mamá—. Vamos a llamar.

El veterinario llegó media hora después.

—Fractura. Antigua, mal soldada. Pero tiene arreglo —dijo tras examinar la pata—. Es un perro de raza. Pastor alemán. Seguro que se perdió.

—¿Y qué será de él? —preguntó Aitana.

—Bueno, si nadie lo reclama…

—Nosotros lo cogemos.

Elena miró a su hija. Al perro. A la bufanda roja que le habían puesto en la pata.

¿Cuándo se había vuelto tan mayor su niña pequeña?

Un mes después.

Rex (así lo llamó Aitana) dormía en la alfombrilla junto a su cama. La pata había sanado. El pelo brillaba.

—Mamá —dijo la niña antes de dormir—. ¿Por qué le tenían miedo todos? Si es bueno.

Elena acarició el pelo de su hija.

—Sabes… A veces la gente tiene miedo de mostrar bondad. Por si no la entienden. Por si la juzgan.

—Qué tontería.

—Sí. Tontería.

Después de comer, Elena se quedó mirando por la ventana.

Abajo, en el patio, Aitana jugaba con Rex. El perro la zarandeaba con suavidad, con cariño. Y ella reía.

Aquel día su hija le enseñó a no tener miedo.

A no tener miedo de la bondad.

A no tener miedo de tender la mano a quien la necesita.

Y en el patio resonaba la risa.

Y los ladridos de un perro grande y bueno que por fin había encontrado un hogar.

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