Un perro callejero aullaba junto a la cerca por las noches – Marina se quedó sin aliento al conocer la causaAl acercarse, descubrió que el perro cuidaba a sus cachorros atrapados bajo un montón de escombros.

Lucía oyó el aullido por primera vez el sábado, cuando volvía del turno de noche. Un lamento largo, lastimero – le erizó la piel. Paró el coche junto a la casa, aguzó el oído. El aullido llegaba de algún lugar del terreno.

Salió del coche y lo vio. Pegado a la valla, donde crecía un viejo olivo, estaba el perro. Pequeño, rojizo, tan flaco que se le marcaban las costillas. El hocico alzado al cielo, y aullaba, aullaba.

–¡Eh, tú! –gritó Lucía.– ¡Largo de aquí! ¡Vas a despertar a todo el barrio!

El perro calló, bajó la cabeza. La miró –y en esa mirada había algo que hizo retroceder a Lucía sin querer.

–Vete ya –dijo Lucía con un gesto cansado.– No tengo tiempo para esto.

Se acostó de madrugada, pero el aullido le daba vueltas en la cabeza.

–¿Oíste al perro anoche? –preguntó por la mañana su suegra, doña Matilde, cuando Lucía salió a la cocina.– Estuvo toda la noche aullando, ¡maldito! Pensé que era el del vecino, esos aullidos anuncian muertos.

–No era el del vecino –respondió Lucía.– Un vagabundo. Se sentó junto a nuestra valla.

–¡Vaya! –se alarmó la suegra.– ¡Hay que echarlo! Es de mala suerte que un perro desconocido aúlle en tu casa. Voy a esparcir sal por el patio, así se irá.

Lucía calló. No creía en esas supersticiones. Aunque su madre, que en paz descanse, siempre decía: un perro no aúlla por nada. O presiente la muerte, o la desgracia.

Por la noche, su marido Manuel llegó tarde del trabajo, furioso como una fiera.

–Otra vez los recortes –tiró el maletín en un rincón.– ¡Ya van tres veces en medio año! Van a echar a media fábrica a la calle.

–Quizá no te toque –intentó calmarlo Lucía.– Eres el mejor maestro que tienen.

–Sí, el mejor –se burló Manuel.– Todos son los mejores. Y a los jefes les da igual. Solo quieren papeles bonitos y cobrar sus bonus.

Cenaron en silencio, cada uno en sus pensamientos. El pequeño Pablo cabeceaba sobre el plato –se había cansado corriendo en el cole. Doña Matilde tejía, con los labios apretados, señal de que no era momento de hablar.

Por la noche, el aullido se repitió. Largo, monótono. Lucía saltó de la cama, se asomó a la ventana. El perro estaba en el mismo sitio, junto al olivo. Manuel se despertó, refunfuñó entre sueños:

–¡Qué demonios! ¡Hay que echar a ese sinvergüenza!

Salió al patio en calzoncillos y chanclas, gritando y agitando los brazos. El perro se alejó unos diez metros, se sentó. Manuel le tiró un palo –no le dio. Volvió a casa dando un portazo que hizo temblar los cristales.

–Mañana le pongo veneno –prometió.– ¡Ya estoy harto!

–Manuel, no podemos –empezó Lucía.

–¡Podemos! –rugió él.– ¡Encima vamos a despertar a toda la familia por un perro!

Lucía se acostó, pero no pudo dormir. Se quedó mirando el techo. Y le daba vueltas a una idea: ¿y si su madre tenía razón? ¿Y si era cierto que anunciaba la desgracia?

Por la mañana fue hasta la valla. El perro yacía bajo el olivo, hecho un ovillo. Alzó la cabeza, la miró. No huía, no gruñía –solo miraba.

–¿Qué haces aquí? –preguntó Lucía en voz baja.– ¿Tienes casa? ¿Dueños?

El perro gimoteó suavemente. Se levantó, se acercó a la valla. Empezó a escarbar con las patas, a cavar la tierra. Lucía se agachó, miró. Debajo de la valla había un hoyo pequeño –el perro claramente intentaba hacer un túnel.

–¿Por qué quieres entrar? –murmuró Lucía.– ¿Qué necesitas?

El perro dejó de cavar, la miró fijamente.

–Vale –suspiró Lucía.– Espera aquí.

Volvió con un cuenco de agua y restos del cocido de ayer. Lo pasó por debajo de la valla.

–Toma, come. Pero deja de aullar, o mi marido te envenena de verdad.

Así pasó una semana. Cada noche, aullido. Manuel, cada vez más irritado; la suegra, lamentándose de malos presagios. Y Lucía seguía llevándole comida al perro. Pero el animal seguía perdiendo peso a ojos vista.

–Oye, Lucía –le dijo la vecina Rosa por encima de la valla–, ¿sabes de quién es ese perro?

–Será callejero, supongo.

–Sí, claro, callejero –se rió Rosa.– Hablé ayer con doña Encarna, la de la casa dos más allá. Dice que este perro vivía antes con los Gutiérrez. ¿Te acuerdas de los Gutiérrez?

Lucía recordó. Una pareja mayor, callada, educada. Hacía tiempo que se mudaron a no sé dónde. Vendieron la casa a una familia joven.

–¿Y qué?

–Pues que tenían un hijo. Se llamaba Javier, creo. O Iván. No estoy segura. El caso es que murió hace un año. En la carretera. Un conductor borracho lo atropelló.

A Lucía se le pusieron los pelos de punta.

–¿Y?

–Y dicen que ese perro era de su hijo. Después del entierro se escapó, lo buscaron un mes entero –no lo encontraron. Y ahora, mira, ha vuelto. Pero la casa ya no es suya. Viven extraños. Por eso aúlla. Añora a su dueño.

–Cuentos de viejas –dijo Lucía, pero el corazón le dio un vuelco.

Por la noche contó la historia durante la cena. Manuel resopló:

–Tonterías. Los perros no recuerdan tanto tiempo.

–Sí recuerdan –dijo de repente doña Matilde.– Claro que recuerdan. En mi pueblo había una vecina cuyo perro esperó cuatro años a su hijo que estaba en la guerra. Cada día salía al camino. Y cuando el hijo murió, aulló una semana entera y luego se murió en el mismo umbral.

Se hizo el silencio. Pablo miró asustado a su abuela.

–Mamá, ¿nuestro perro también va a morir? –preguntó el niño en voz baja.

–No es nuestro –gruñó Manuel.– Y basta ya de hablar de esto.

Por la noche, Lucía no aguantó más. Cuando empezó el aullido otra vez, se puso la bata y salió al patio. Se acercó a la valla. El perro estaba sentado, el hocico alzado. Aullaba como si se le escapara el alma.

–¿Qué quieres? –susurró Lucía.– ¿Qué quieres de nosotros?

El perro calló. Volvió la cabeza hacia la casa de los Gutiérrez. O mejor dicho, hacia la casa que una vez fue suya. Gimió, como llamando a alguien.

–Tu dueño no está –dijo Lucía.– ¿Lo entiendes? No está. Ya no está desde hace tiempo.

Alargó la mano, acarició la cabeza del perro. El animal no se apartó. Cerró los ojos.

Así se quedaron. Una mujer y un perro. Bajo el cielo estrellado, en el silencio del pueblo dormido.

–Ven –dijo Lucía.– Ven a casa. Él no volverá. Pero puedes vivir con nosotros. ¿Quieres?

El perro abrió los ojos. La miró largo rato, como sopesando si fiarse.

–Ven –repitió Lucía.– Te prometo que no te haremos daño.

Se levantó y volvió hacia la casa. El perro se levantó detrás. Caminaba despacio, cansado. Lucía se volvió –él la seguía.

Lucía abrió la cancela.

–Pasa.

El perro se detuvo en el umbral. Luego dio un paso. Otro. Cruzó el límite.

Esa noche no se oyó ningún aullido.

Por la mañana, Manuel bajó a la cocina y se quedó de piedra. Sobre la vieja alfombra, junto a la chimenea, dormía el perro rojizo. Lucía preparaba gachas.

–¿¡Has traído a ese chucho a casa!? –estalló Manuel.

–¡Chis! –siseó Lucía.– Vas a despertar a Pablo.

–He dicho que no quiero perros en casa.

–Y yo digo que se queda –respondió Lucía con calma.– Y punto.

Manuel miró a su mujer con los ojos como platos. Ella nunca le había llevado la contraria. Nunca.

–Lucía, tú…

–Ya lo he decidido, Manuel. El perro se queda. Si no te gusta, la puerta está ahí.

Se hizo el silencio. El perro levantó la cabeza, los miró. Tranquilo, sin miedo.

–¡Vaya por Dios! –Manuel agitó la mano.– ¡Haz lo que quieras!

Dio un portazo y se fue al trabajo. Doña Matilde, que había presenciado la escena desde el pasillo, negó con la cabeza:

–Ay, Lucía, has puesto al hombre de mal humor. Por un perro.

–No es un perro, madre –respondió Lucía en voz baja.– No es un perro.

Lo llamaron Rufo, por el color del pelo. Pablo fue el primero en hacerse su amigo. Resultó que el perro conocía órdenes, sabía traer la pelota, no ladraba sin motivo. Educado, vamos.

Rufo se adaptó rápido. Dormía en el recibidor, comía poco, pedía salir. Un perro perfecto. Pero tenía algo. Como si esperara algo. A menudo se levantaba de noche, se acercaba a la puerta, olfateaba.

Dos semanas después, ocurrió.

Manuel llegó del trabajo negro como una tormenta.

–Se acabó –dijo sentándose a la mesa.– Me han despedido. Desde mañana estoy libre.

Lucía sintió un escalofrío.

–¿Cómo que te han despedido?

–¡Pues así! Recorte de plantilla. Han tachado a la mitad de los maestros. Yo estoy entre ellos.

–Pero tú…

–¡¿Qué yo qué?! –estalló Manuel.– ¿El mejor maestro? ¿El más experto? ¡Les da igual! Quieren jóvenes a los que pagar cuatro perras.

Golpeó la mesa con el puño. Pablo se sobresaltó, se apretó contra Lucía. Rufo, que dormitaba en un rincón, levantó la cabeza.

–¿Qué vamos a hacer ahora? –susurró Lucía.– Con mi sueldo solo no llegamos.

–¡Exacto! –Manuel se levantó y empezó a pasear por la cocina.– Hay que pagar la hipoteca, el coche está hecho un cromo, hay que dar de comer al niño. Y yo sin trabajo ni futuro.

–Encontrarás algo –intentó calmarlo Lucía, aunque ella misma sabía que en el pueblo el trabajo escaseaba.

–¡Sí, claro! Tengo cuarenta y cinco años, ¿quién me quiere a mí?

Los días siguientes fueron una pesadilla. Manuel bebía. No mucho, pero a menudo. Se irritaba por tonterías. Se peleaba con su madre, gritaba a Pablo. Lucía iba al trabajo como a un suplicio –volvía a casa y se encontraba otro escándalo.

Rufo, entretanto, se volvió extraño. Seguía a Manuel a todas partes. Lo miraba sin apartar la vista. Cuando el marido bebía, se tumbaba a sus pies, gimoteaba bajito.

–¡Quita a ese chucho de aquí! –gruñía Manuel.– ¡No lo soporto!

Pero Rufo no se apartaba.

El jueves por la noche, Lucía se retrasó en el trabajo. Inventario, los jefes la obligaron a quedarse. Volvió a las once. La casa a oscuras, el patio en silencio. Raro –normalmente Manuel veía la tele hasta la madrugada.

Abrió la puerta y lo vio.

Manuel yacía en el suelo del recibidor, inconsciente. Al lado, una botella vacía. Y encima de él, Rufo, ladrando, arañándole la manga, tirando de su ropa.

–¡Manuel! –se lanzó Lucía hacia su marido.

Le tomó el pulso –débil, pero ahí. Respiración superficial. El olor a coñac era tan fuerte que costaba respirar.

–¡Madre! –gritó Lucía.– ¡Madre, llama a una ambulancia!

Doña Matilde salió de su cuarto, dio un grito.

–¡Dios mío, qué le pasa!

–¡No sé! ¡Llama rápido!

Rufo no se separaba de Manuel. Gimoteaba, le lamía la cara. Lucía comprendió de repente: si no hubiera sido por el perro, podría haber encontrado a su marido demasiado tarde. Intoxicación etílica, dijeron luego los médicos. Un poco más y no lo reaniman.

Manuel estuvo tres días en el hospital. Volvió a casa demacrado, envejecido.

–Perdona –le dijo a Lucía cuando se quedaron solos.– No sé qué me pasó.

–Calla –puso ella una mano en su hombro.– Lo importante es que todo ha salido bien.

–El perro me salvó, ¿verdad? –Manuel miró a Rufo, tumbado en la puerta.– Lo recuerdo vagamente: ladraba, no me dejaba dormir. Intentaba espantarlo, pero él arañaba, aullaba.

Lucía asintió, sin fiarse de su voz.

–Es muy raro todo esto –continuó Manuel.– Como si lo supiera. Como si no me dejara perder el conocimiento a propósito.

–Quizá lo sabía.

Manuel calló, luego llamó:

–Rufo, ven.

El perro se acercó con cuidado. Manuel alargó la mano, le acarició la cabeza.

Rufo le lamió la mano. Y en los ojos del perro algo cambió.

Pasaron seis meses.

Manuel encontró trabajo –no tan bueno como el anterior, pero estable. Dejó de beber. Se volvió más suave con la familia. Rufo era ya un miembro más de la casa –doña Matilde le daba golosinas, incluso Manuel ahora lo sacaba a pasear por las tardes.

Lucía estaba junto a la ventana, observando cómo su marido y el perro volvían del paseo. Manuel le contaba algo a Rufo, y el perro escuchaba atento.

–Mamá, ¿de dónde salió Rufo? –preguntó Pablo un día.

–No lo sé, hijo –respondió Lucía con sinceridad.– Simplemente llegó. Cuando lo pasábamos mal, llegó.

–¿Y nos ayudó?

–Y nos ayudó.

–Seguro que es un mago bueno –decidió el niño.– Disfrazado de perro.

Lucía sonrió. Quizá Pablo tenía razón. Quién sabe.

Y aquella noche le llegó un sueño. Un chico joven de pie junto a un camino, acariciando a un perro rojizo.

El perro gimoteaba, se frotaba contra las piernas de su dueño.

–Vete –decía el chico.– No te preocupes por mí.

Y se disolvía en la niebla de la mañana.

Lucía despertó llorando. Se levantó, fue al recibidor. Rufo dormía en su alfombra. Respirando tranquilo, pausado.

El perro abrió un ojo, la miró. Y volvió a dormirse.

Y por la mañana, mientras todos desayunaban, Pablo dijo de repente:

–Mamá, ¡Rufo sonríe! Mira.

Y era cierto: el morro del perro tenía una expresión satisfecha. Como si hubiera cumplido su misión.

Lucía se acercó, se agachó, abrazó al perro. Él apoyó la cabeza en sus rodillas.

–Te queremos –susurró Lucía.

Rufo suspiró suavemente. Y cerró los ojos, confiado, pegado a ella.

En algún lugar lejano, más allá de este mundo, un chico joven estaba junto a un río de luz y sonreía. Su amigo había encontrado un nuevo hogar. Y un nuevo amor. Así que todo estaba bien. Todo, como debía ser.

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Un perro callejero aullaba junto a la cerca por las noches – Marina se quedó sin aliento al conocer la causaAl acercarse, descubrió que el perro cuidaba a sus cachorros atrapados bajo un montón de escombros.
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