Mariana oyó el aullido por primera vez un sábado, cuando volvía del turno de noche. Largo, triste, que te ponía los pelos de punta. Paró el coche delante de casa y se quedó escuchando. El aullido venía de alguna parte de su parcela.
Salió del coche y lo vio. Junto a la valla, donde crecía un viejo olmo, había un perro sentado. Pequeño, color canela, tan flaco que se le marcaban las costillas. Tenía el hocico levantado al cielo y aullaba, aullaba sin parar.
– ¡Eh, tú! – gritó Mariana. – ¡Largo de aquí! ¡Vas a despertar a todo el mundo!
El perro se calló y bajó la cabeza. La miró, y había algo en esa mirada que hizo que Mariana retrocediera sin querer.
– Vete ya – dijo ella, cansada, con un gesto de la mano. – No tengo tiempo para esto.
Se acostó de madrugada, pero no podía quitarse ese aullido de la cabeza.
– ¿Has oído al perro anoche? – le preguntó su suegra, Fina, cuando Mariana salió a la cocina por la mañana. – Estuvo aullando toda la noche, ¡el muy condenado! Pensé que era el Rintintín de los vecinos, que dicen que aúllan antes de que alguien se muera.
– No era el Rintintín – respondió Mariana. – Era un vagabundo. Estaba sentado junto a nuestra valla.
– ¡Anda ya! – se alarmó la suegra. – ¡Hay que echarlo! Eso trae mal fario, que un perro desconocido aúlle en tu puerta. Voy a echar sal por el patio, para que se vaya.
Mariana no dijo nada. Ella no creía en esas supersticiones. Aunque su madre, que en paz descanse, siempre decía: un perro nunca aúlla por gusto. O huele la muerte, o presiente una desgracia.
Por la tarde, su marido Óscar llegó del trabajo tarde y de muy mal humor.
– Otra vez los recortes – dijo, tirando la cartera en un rincón. – Ya van tres veces en seis meses. Pronto echarán a media fábrica a la calle.
– Ya verás como no – intentó calmarlo Mariana. – Eres el mejor oficial que tienen.
– Sí, claro, el mejor – se rio Óscar con amargura. – Todos son los mejores. Y a los jefes les da igual. Solo quieren hacer números bonitos para cobrar su prima.
Cenaron en silencio, cada uno con sus pensamientos. Carlitos, de seis años, se dormía sobre el plato – había corrido mucho en el colegio. Fina tejía, con los labios apretados, señal de que no había que hablar.
Por la noche, el aullido volvió. Largo, lastimero. Mariana se levantó de un salto y se asomó a la ventana. El perro estaba en el mismo sitio, junto al olmo. Óscar se despertó y empezó a gruñir entre sueños:
– ¡Pero qué coño es esto! ¡Hay que echar a ese condenado!
Salió al patio en calzoncillos y zapatillas, gritando y agitando los brazos. El perro retrocedió unos diez metros y se sentó. Óscar le tiró un palo, pero no le dio. Volvió a casa dando un portazo que hizo temblar los cristales.
– Mañana le pongo veneno – prometió. – ¡Ya está bien!
– Óscar, no puedes hacer eso – empezó a decir Mariana.
– ¡Sí puedo! – rugió su marido. – ¡No voy a dejar que un perro cualquiera nos desvele a toda la familia!
Mariana se acostó, pero no pudo dormir. Se quedó mirando al techo dándole vueltas a una idea: ¿y si su madre tenía razón? ¿Y si de verdad aquello era un mal presagio?
Por la mañana fue hasta la valla. El perro estaba tumbado bajo el olmo, hecho un ovillo. Levantó la cabeza y la miró. No huía, no gruñía; solo miraba.
– ¿Qué haces tú aquí? – preguntó Mariana en voz baja. – ¿Tienes casa? ¿Dueños?
El perro gimió suavemente. Se levantó, se acercó a la valla y empezó a escarbar con las patas, como intentando hacer un agujero. Mariana se agachó para ver mejor. Debajo de la valla ya había un pequeño hoyo; el perro llevaba tiempo intentando pasar.
– ¿Por qué quieres entrar en casa? – se preguntó Mariana en voz alta. – ¿Qué es lo que quieres?
El perro dejó de cavar y se quedó mirándola fijamente.
– Bueno – suspiró Mariana. – Espera aquí.
Volvió con un cuenco de agua y los restos del cocido del día anterior. Lo metió por debajo de la valla.
– Toma, come. Pero deja ya de aullar, que si no, mi marido te envenena de verdad.
Así pasó una semana. Cada noche, el aullido. Óscar, cada vez más furioso. Fina, que no paraba de hablar de malos augurios. Y Mariana, que seguía llevándole comida al perro. Pero el animal seguía perdiendo peso a ojos vista.
– Oye, Mariana – le dijo su vecina Gloria, al otro lado de la valla. – ¿Sabes de quién es ese perro?
– Será callejero, supongo.
– Ya, callejero – se rio Gloria. – Ayer estuve hablando con doña Socorro, la que vive dos casas más allá. Dice que ese perro era de los López, los que vivían en tu misma calle. ¿Te acuerdas de los López?
Mariana sí se acordaba. Una pareja mayor, tranquila, educada. Se habían mudado hacía tiempo. Vendieron la casa a una familia joven.
– ¿Y qué?
– Pues que tenían un hijo. Se llamaba Ignacio, o algo así. Bueno, pues el chico murió hace un año. Atropellado. Un conductor borracho.
A Mariana se le pusieron los pelos de punta.
– ¿Y?
– Y dicen que ese perro era de su hijo. Después del entierro, se escapó de casa. Lo buscaron durante un mes, pero no lo encontraron. Y ahora ha vuelto. Pero la casa ya no es suya, viven otros. Por eso aúlla. Echa de menos a su dueño.
– Cuentos de viejas – dijo Mariana, aunque el corazón le dio un vuelco.
Por la noche, contó la historia durante la cena. Óscar resopló:
– Tonterías. Los perros no se acuerdan de las cosas tanto tiempo.
– Sí que se acuerdan – dijo Fina, con voz queda. – Claro que sí. En mi pueblo hubo una vecina que tuvo un perro esperando a su hijo que volvía de la guerra. Salió todos los días al camino. Y cuando el chico murió, el perro aulló una semana entera, y luego se murió en el mismísimo umbral de la puerta.
Se hizo un silencio. Carlitos miraba a su abuela con miedo.
– Mamá, ¿el perro nuestro también se va a morir? – preguntó el niño en voz baja.
– No es nuestro – gruñó Óscar. – Y basta ya de hablar de esto.
Aquella noche, Mariana no pudo aguantar más. En cuanto empezó el aullido, se puso la bata y salió al patio. Se acercó a la valla. El perro estaba allí, con el hocico levantado, aullando como si se le escapara el alma.
– ¿Qué quieres? – susurró Mariana. – ¿Qué quieres de nosotros?
El perro se calló. Volvió la cabeza hacia la casa de los López, o mejor dicho, hacia la casa que un día fue de ellos. Gimió, como llamando a alguien.
– Tu dueño no está – dijo Mariana. – ¿Lo entiendes? No está. Se fue hace tiempo.
Alargó la mano y acarició la cabeza del perro. El animal no se apartó. Cerró los ojos.
Y así se quedaron. Una mujer y un perro. Bajo el cielo estrellado, en el silencio del barrio dormido.
– Ven – dijo Mariana. – Ven a casa. Él no va a volver. Pero puedes quedarte con nosotros. ¿Quieres?
El perro abrió los ojos. La miró largamente, como si estuviera decidiendo si confiar o no.
– Ven – repitió Mariana. – Te prometo que no te haremos daño.
Se levantó y echó a andar. El perro se levantó también. Caminaba despacio, con pasos cansados. Mariana se volvió a mirar: la seguía.
Abrió la verja.
– Pasa.
El perro se quedó quieto en el umbral. Luego dio un paso. Otro más. Cruzó la puerta.
Aquella noche no se oyó ningún aullido.
Por la mañana, Óscar bajó a la cocina y se quedó de piedra. En la vieja alfombra, junto a la chimenea, dormía un perro color canela. Mariana estaba haciendo colada.
– ¿Pero qué has hecho? ¿Has metido a ese chucho en casa? – estalló su marido.
– ¡Chisss! – siseó Mariana. – Vas a despertar a Carlitos.
– Te he dicho que no quiero perros en casa.
– Y yo te digo que se queda – respondió Mariana, con una calma que sorprendió incluso a ella misma. – Y punto.
Óscar se quedó mirando a su mujer con los ojos como platos. Nunca le había llevado la contraria. Nunca.
– Mariana, tú…
– Ya lo he decidido, Óscar. El perro se queda. Si no te gusta, la puerta está ahí.
Se hizo el silencio. El perro levantó la cabeza y los miró a los dos. Tranquilo, sin miedo.
– ¡Vaya por Dios! – Óscar agitó una mano. – ¡Haz lo que te dé la gana!
Dio un portazo y se fue a trabajar. Fina, que había estado observando la escena desde el pasillo, negó con la cabeza:
– Ay, Mariana, cómo has puesto al hombre. Por culpa de un perro.
– No es un perro, madre – respondió Mariana en voz baja. – No es un perro.
Le pusieron Canelo, por el color del pelo. Carlitos fue el primero en hacerse su amigo. Resultó que el perro sabía órdenes, traía la pelota y no ladraba sin motivo. Un perro educado, vamos.
Canelo se adaptó rápido. Dormía en el recibidor, comía poco y salía al jardín cuando se lo pedían. Un perro perfecto. Pero tenía algo. Como si estuviera esperando algo. A menudo se levantaba por la noche, se acercaba a la puerta y olfateaba el aire.
Dos semanas después, pasó lo que tenía que pasar.
Óscar llegó del trabajo más negro que una tormenta.
– Se acabó – dijo, sentándose a la mesa. – Me han echado. Desde mañana, estoy en el paro.
Mariana se quedó helada.
– ¿Cómo que te han echado?
– Pues así. Recorte de plantilla. Han borrado a la mitad de los oficiales. Yo estoy entre ellos.
– Pero si tú…
– ¿Qué? – explotó Óscar. – ¿El mejor oficial? ¿El trabajador más experimentado? ¡Les importa una mierda! Quieren a jóvenes a los que pagar cuatro perras.
Golpeó la mesa con el puño. Carlitos se encogió, apretándose contra su madre. Canelo, que dormitaba en un rincón, levantó la cabeza.
– ¿Y ahora qué hacemos? – susurró Mariana. – Con mi sueldo solo no llegamos a fin de mes.
– ¡Pues eso! – Óscar se levantó y empezó a caminar de un lado a otro de la cocina. – Hay que pagar la hipoteca, el coche está hecho una ruina, y el niño hay que mantenerlo. Y yo sin trabajo y sin futuro.
– Encontrarás algo – intentó calmarlo Mariana, aunque sabía que en el barrio el trabajo escaseaba.
– ¡Claro, encontraré! Tengo cuarenta y cinco años, ¿quién me va a querer?
Los días siguientes fueron una pesadilla. Óscar bebía. No mucho, pero a menudo. Se irritaba por cualquier cosa. Se peleaba con su madre, le gritaba a Carlitos. Mariana iba a trabajar como quien va al matadero: volvía a casa y se encontraba con un nuevo escándalo.
Y Canelo empezó a comportarse de manera extraña. Seguía a Óscar a todas partes. Lo miraba sin apartar la vista. Cuando el hombre bebía, se tumbaba a sus pies y gemía bajito.
– ¡Quita de ahí a tu chucho! – rugía Óscar. – ¡No puedo ni verlo!
Pero Canelo no se rendía.
El jueves por la noche, Mariana se retrasó en el trabajo. Inventario, el jefe los obligó a quedarse. Llegó a casa a las once. La casa estaba a oscuras, el patio en silencio. Qué raro, normalmente su marido veía la tele hasta la madrugada.
Abrió la puerta y lo vio.
Óscar estaba tirado en el suelo del recibidor. Inconsciente. Al lado, una botella vacía. Y encima de él, Canelo, que ladraba, arañaba, tiraba de la manga de su camisa.
– ¡Óscar! – gritó Mariana, arrodillándose junto a su marido.
Le tomó el pulso: débil, pero ahí estaba. Respiraba con dificultad. Olía a alcohol de una manera que daba asco.
– ¡Madre! – chilló Mariana. – ¡Madre, llama a una ambulancia!
Fina salió de su cuarto y soltó un grito.
– ¡Dios mío, qué le pasa!
– ¡No lo sé! ¡Llama a la ambulancia, rápido!
Canelo no se separaba de Óscar. Gemía, le lamía la cara. Mariana comprendió de repente: si no hubiera sido por el perro, podría haber encontrado a su marido demasiado tarde. Intoxicación etílica, dijeron después los médicos. Un poco más y no lo salvan.
Óscar estuvo tres días ingresado. Volvió a casa ojeroso, envejecido.
– Perdona – le dijo a Mariana cuando se quedaron solos. – No sé qué me pasó.
– Cállate – dijo ella, poniéndole una mano en el hombro. – Lo importante es que estás bien.
– El perro me salvó, ¿verdad? – Óscar miró a Canelo, que estaba tumbado en la puerta. – Me acuerdo vagamente: ladraba, no me dejaba dormirme. Intentaba espantarlo, pero él arañaba y aullaba.
Mariana asintió, sin atreverse a hablar.
– Es muy raro todo esto – continuó Óscar. – Como si lo hubiera sabido. Como si no me hubiera dejado perder el conocimiento.
– Puede que lo supiera, sí.
Óscar se quedó callado un momento. Luego llamó:
– Canelo, ven aquí.
El perro se acercó con cuidado. Óscar alargó la mano y le acarició la cabeza.
Canelo le lamió la mano. Y en los ojos del perro cambió algo.
Pasaron seis meses.
Óscar encontró trabajo. No era tan bueno como el anterior, pero era estable. Dejó de beber. Se volvió más cariñoso con la familia. Canelo se convirtió en un miembro más de la casa: Fina le daba golosinas, y hasta Óscar lo sacaba a pasear por las tardes.
Mariana estaba en la ventana, viendo cómo su marido y el perro volvían del paseo. Óscar le contaba algo a Canelo, y el perro lo escuchaba atentamente.
– Mamá, ¿de dónde salió Canelo? – preguntó Carlitos un día.
– No lo sé, hijo – respondió Mariana con sinceridad. – Llegó. Cuando lo estábamos pasando mal, llegó.
– ¿Y nos ayudó?
– Y nos ayudó.
– Seguro que es un mago bueno – decidió el niño. – Disfrazado de perro.
Mariana sonrió. Quizá Carlitos tenía razón. Quién sabe.
Y aquella noche soñó. Un chico joven, de pie junto a una carretera, acariciando a un perro color canela. El perro gemía, se frotaba contra las piernas de su dueño.
– Vete – decía el chico. – No te preocupes por mí.
Y se disolvía en la niebla de la mañana.
Mariana se despertó llorando. Se levantó y fue al recibidor. Canelo dormía en su alfombra. Respiraba tranquilo, acompasado.
El perro abrió un ojo, la miró. Y volvió a dormirse.
Por la mañana, mientras desayunaban todos juntos, Carlitos dijo de repente:
– Mamá, Canelo está sonriendo. ¡Mira!
Y era verdad: el hocico del perro tenía una expresión de satisfacción. Como si hubiera cumplido su misión.
Mariana se acercó, se agachó junto a él y lo abrazó. El perro apoyó la cabeza en sus rodillas.
– Te queremos – susurró Mariana.
Canelo suspiró suavemente. Y cerró los ojos, confiado, acurrucado contra ella.
En algún lugar, más allá de este mundo, un chico joven estaba de pie junto a un río de luz y sonreía. Su amigo había encontrado un nuevo hogar. Y un nuevo amor. Así que todo estaba bien. Todo era como debía ser.







