– ¡Déjame en paz! – insistía Olga. Pero la gata la seguía sin cesar.

Carmen no vivía. Sobrevivía.

Setenta y dos años, un piso pequeño en Vallecas, una pensión que a veinte de mes ya eran calderilla. Y silencio.

Hace seis meses que Antonio se fue. No por otra mujer—se fue del todo. En silencio, mientras dormía, ni siquiera roncó. Carmen despertó por la mañana y él ya estaba frío. Su mano descansaba en el borde de la cama como si hubiera querido alcanzarla y no hubiera llegado.

Su hija Sofía vino desde Barcelona para el entierro, estuvo tres días, dejó pastillas para la tensión en la nevera y se marchó con un «Mamá, llama si pasa algo». Carmen no llamaba. Sofía sí llamaba. Cada dos semanas, como un reloj.

—Mamá, ¿cómo estás?
—Bien.
—Pues me alegro. Un beso.

Esa era toda la conversación. Todo el vínculo. Todo el sentido.

Carmen iba al supermercado. A la farmacia. A veces al centro de salud, donde le tomaban la tensión y le decían «no se ponga nerviosa». No se ponía nerviosa. No sentía nada. Como un mueble. Como aquel armario del recibidor que Antonio siempre decía que iba a tirar y nunca tiró.

Aquel día, un noviembre gris, con cielo bajo y llovizna fina, Carmen volvía del ambulatorio. La tensión se le había disparado otra vez. La doctora movió la cabeza, recetó otro papel. Carmen guardó la receta en el bolsillo sin mirarla.

Junto a los contenedores de basura, algo se movió.

Una gata. Flaca, tricolor, con una oreja partida. Estaba sentada en el asfalto mojado mirando a Carmen. No con lástima, no pidiendo. Más bien… evaluando. Como si calculara: ¿sí o no?

Carmen pasó de largo.

La gata se levantó y la siguió. En silencio. Ni un maullido, no se adelantó, solo caminaba tres pasos detrás, como una sombra.

Carmen se giró en la entrada del portal.
—Déjame en paz.

La gata se sentó. Parpadeó. Y se quedó allí.

Carmen subió al tercero, cerró la puerta, puso el hervidor. Se asomó a la ventana—abajo, en el banco del portal, estaba la misma gata.

Una gata chalada.

A la mañana siguiente, Carmen abrió la puerta y casi se tropieza. En el felpudo, hecha un ovillo, dormía la gata. Cómo había subido al tercero, un misterio. Pero yacía allí como si ese fuera su sitio.

—¿Y qué hago yo contigo?—preguntó Carmen.

La gata abrió un ojo. Y lo cerró de nuevo.

Como si la respuesta fuera evidente.

Carmen no la dejó entrar. Bueno, eso creía ella.

Solo sacó un platillo con leche. Solo dejó la puerta entreabierta porque era noviembre y los radiadores calentaban como locos. Y la gata entró.

Carmen estaba en el pasillo viendo como aquel bicho flaco y descarado olisqueaba la entrada. Luego la cocina. Luego el salón. Y de repente se detuvo.

El sillón de Antonio. Viejo, hundido, con los brazos desgastados. Ese donde él se sentaba cada noche, cambiaba canales y decía: «Carmen, mira lo que hacen estos». Carmen llevaba seis meses rodeando ese sillón. No podía sentarse en él, ni tirarlo. Era como un monumento. Como un agujero en la sala.

La gata saltó. Dio vueltas sobre la marca del cuerpo y se echó. Se hizo un ovillo, se tapó el morro con el rabo.

Y se puso a ronronear.

A Carmen le temblaron los labios. Quiso gritar: «¡Baja de ahí!», pero la garganta se le cerró y solo salió un sonido ronco. Se sentó en el sofá y se quedó mirando a la gata dormida en el sillón de su marido.

—Te quedas esta noche—dijo Carmen con voz áspera.—Mañana te echo.

Mañana no la echó. Ni pasado. La gata se quedó.

La llamó Mona.

—Mona, ven a comer—decía Carmen, poniendo el platillo en el suelo.

Mona comía. Y miraba a Carmen de abajo arriba con esa misma mirada. Evaluadora. Tranquila. La mirada de quien sabe algo que tú aún no has entendido.

A la semana, Carmen compró pienso. El más barato, en un paquete amarillo, en oferta. Estaba en la tienda de animales y se sentía idiota. La dependienta, una chica de veinte años con uñas rosas, le preguntó:

—¿De qué raza?
—Sin raza. Se me pegó—refunfuñó Carmen, y salió sin despedirse.

Luego compró una bandeja. Luego un cuenco. Uno de cerámica, normal, porque del platillo Mona siempre derramaba. Luego un rascador por cuatro euros, porque la gata empezaba a afilar las uñas en el sofá, y el sofá era lo único decente que le quedaba a Carmen.

«Temporal», se repetía. «Todo esto es temporal».

Pero la vida ya cambiaba. Sin que se diera cuenta, como el agua que horada la piedra.

Antes Carmen se despertaba a las nueve, tumbada mirando al techo. Ahora a las siete y media Mona se sentaba junto a la almohada, la miraba fijo y callaba. No maullaba. Solo se sentaba y esperaba. Y de esa espera silenciosa era imposible no levantarse.

Carmen se levantaba. Iba a la cocina. Echaba pienso. Encendía el hervidor. Y de repente se daba cuenta de que llevaba diez minutos en la ventana mirando al patio. Sin más. Sin pensar en la tensión, sin pensar en la pensión, sin pensar en Antonio.

Las noches eran más curiosas. Antes Carmen encendía la tele—no para ver, sino para no tener ese silencio muerto. Las voces de la pantalla llenaban el vacío y parecía que no estaba sola. Ahora Mona se tumbaba a su lado en el sofá, pegada al muslo, y ronroneaba. Bajo, constante, como un motorcito. Y Carmen, por primera vez en seis meses, apagó la tele.

El silencio no daba miedo. El silencio con ronroneo era otro silencio.

Se sorprendió hablando con la gata. No con mimos—Carmen nunca supo hacer mimos, ni a Sofía de pequeña. Hablaba. Como con una persona.

—Otra vez la tensión a 160. La doctora esa, doña Remedios, me mira como si ya estuviera muerta. Pues a lo mejor aún vivo. Para fastidiar.

Mona parpadeaba.

—Ha llamado Sofía. Otra vez con su «Mamá, ¿cómo estás?». ¿Cómo voy a estar? Mal. Aunque… antes estaba mal. Ahora… ahora no sé.

La gata frotaba la cabeza contra su mano. Y Carmen callaba, porque la garganta se le volvía a cerrar.

La vecina, doña Pilar, pasó a tomar un té, vio a Mona y dio una palmada:

—¡Carmen! Si decías que nunca, jamás.
—Y lo digo. Es temporal.
—Ya, temporal—rió doña Pilar, viendo a la gata enredarse entre las piernas de Carmen.—Tienes pienso en tres sitios, cuenco de cerámica y rascador. Muy temporal.

Carmen giró la cara hacia la ventana para que doña Pilar no viera que sonreía. La primera vez en seis meses.

Luego llamó Sofía. Carmen no supo por qué le contó lo de la gata. Se le escapó. Quizá quería compartir algo—por primera vez en mucho tiempo tenía algo que compartir.

—¿Has recogido una gata?—repitió Sofía.—Bueno, al menos tienes un entretenimiento, mamá.

Un entretenimiento.

Carmen colgó y sintió rabia. Rabia de verdad, caliente, viva. No pena—la pena era conocida, como algodón, informe. Rabia. Esa que hace querer dar un puñetazo en la mesa y decir «¡¿Te das cuenta?!».

En diciembre todo se torció.

Mona empezó a comer menos. Al principio Carmen no lo notó—bueno, no se acabó el plato, pasa. Luego no probó bocado. El cuenco estaba lleno de mañana a noche, y el pienso se secaba formando una costra marrón. Mona yacía en el sillón de Antonio casi sin moverse. Solo respiraba—rápido, superficial, como si le faltara aire.

—Eh—Carmen se agachó, miró a la gata a los ojos.—¿Qué te pasa?

Mona parpadeó. Y volvió el morro hacia la pared.

A Carmen se le rompió algo dentro.

Nunca había ido al veterinario. Antonio de pequeño tuvo perro, pero Carmen no, nunca; no entendía a la gente que llevaba animales al médico, gastando dinero y nervios. «Con lo que falta para que nos curemos a nosotros», decía antes. Hacía muy poco que lo decía.

Ahora estaba en el recibidor con un transportín en las manos. Lo había comprado ayer. Seis euros en una liquidación—plástico, con la rejilla medio pelada. Metía a Mona dentro, y la gata no oponía resistencia. Eso era lo más terrorífico. Antes habría arañado, forcejeado, bufado; ahora parecía un trapo y miraba.

La clínica veterinaria «San Francisco» en el barrio de Usera. Pequeña, apretada, olía a medicamentos y a pelo mojado. Carmen se sentó en una silla de plástico, apretando el transportín contra las rodillas, sintiéndose fuera de lugar. Alrededor, clientes jóvenes, con perros de raza, con gatos de pelo largo en bolsos caros. Y ella, una jubilada con un abrigo viejo, un transportín desgastado, dentro una gata callejera de oreja partida.

El veterinario era joven. Un chaval, treinta años, con gafas y bata azul. Se llamaba Carlos, pero él mismo dijo: «Puede llamarme Carlos». Examinó a Mona, palpó su vientre y se calló. La cara se le torció.

—¿Qué?—preguntó Carmen.
—Habrá que hacer una ecografía.

La hizo. Pasó el aparato largo rato por el vientre de Mona, chasqueaba el ratón, fruncía el ceño. Luego se giró hacia Carmen y habló con cuidado, como se habla a quienes dan lástima:

—Tiene una masa en el abdomen. Necesita cirugía. Si no la operamos, dos o tres meses, quizá un poco más.
—¿Cuánto cuesta?—preguntó Carmen.
—Mil doscientos euros. Con anestesia, cuidados postoperatorios.

Carmen asintió, cogió el transportín y salió.

Mil doscientos euros. Su pensión. Entera. Sin un céntimo de sobra.

Se sentó en un banco frente a la clínica. Diciembre, un frío que pelaba, los dedos helados. Mona dentro del transportín, quieta, inmóvil, solo los ojos brillaban tras la rejilla. Miraba. No pedía, no se quejaba, solo miraba.

Carmen sacó el móvil y llamó a Sofía. Un tono, dos, tres.

—Mamá, estoy trabajando, dime rápido.
—Sofía, necesito ayuda. La gata necesita una operación. Mil doscientos euros.

Silencio. Luego un suspiro. Y una voz que heló a Carmen más que el viento de diciembre:

—Mamá, ¿en serio? ¿Mil doscientos euros por una gata callejera?
—No es callejera. Es mía.
—Mamá. Es una gata. Solo una gata. Si se muere, coge otra. Hay un montón en la calle.

Carmen cerró los ojos. De repente vio claro, como una foto—Antonio en su sillón, cambiando canales y diciéndole: «Carmen, eres la persona más cabezota del mundo. Si te lo propones, tiras una montaña». Se lo repetía tan a menudo que ella se enfadaba. Ahora daría cualquier cosa por oírlo otra vez.

—¿Mamá? ¿Me oyes?
—Te oigo—dijo Carmen.—Gracias, Sofía.

Y colgó.

Tres días pensó. Tres días son muchos cuando alguien se muere a tu lado.

Mona yacía en el sillón y se consumía. Como una vela. Comía una cucharilla de postre. Bebía poco. Dejó de ronronear. Carmen se sentaba a su lado, en el suelo, sobre una manta vieja, y acariciaba la cabeza de la gata—suave, con la punta de los dedos.

—Te dije que eras mía. Pues mía eres.

Al cuarto día, Carmen se levantó a las seis de la mañana. Se vistió. Fue a la oficina de Correos. Hizo cola para cobrar la pensión—tres viejas delante, todas con sus recibos, todas lentas, todas eternas.

Los billetes estaban en el bolsillo del abrigo, y Carmen caminaba apretando la mano contra el costado, como si llevara algo frágil. En cierto modo, así era.

En la clínica veterinaria puso el dinero sobre el mostrador. Le temblaban las manos—de frío o de miedo, no lo sabía.

—He traído a la gata para la operación.

Carlos miró el dinero, luego a Carmen, luego otra vez el dinero. Asintió. No dijo nada superfluo. Solo:

—El pronóstico es bueno. Si supera la anestesia, todo irá bien.

Si.

Carmen se sentó en el pasillo. Silla de plástico, pared blanca, olor a antiséptico.

Intentó recordar cuándo había esperado así la última vez. Lo recordó. Veinte años atrás, en el hospital de maternidad. Sofía daba a luz. Carmen esperaba sentada en el pasillo—igual, en una silla, apretando un bolso—y esperó. Entonces todo salió bien. Un niño lloró y el mundo cambió.

La puerta se abrió. Salió una enfermera—joven, de verde, con ojos cansados.

—¿Es usted la dueña de la tricolor?
—Sí—dijo Carmen, y se levantó. Las piernas dormidas, las rodillas crujieron.
—Todo ha ido bien. La operación ha salido. Su gata es una luchadora.

Carmen asintió. No pudo hablar—la garganta se le cerró. Solo asintió una y otra vez, y la enfermera le tocó el brazo:

—Oiga, ¿está usted bien?
—Sí. Sí. Todo bien.

Sacaron a Mona—envuelta en pañales, somnolienta, con la tripita rapada y un fino hilo de puntos. Carmen cogió el transportín con las dos manos, lo apretó contra el pecho y se fue a casa.

En casa, por primera vez, puso a la gata en su cama. En la mitad donde antes dormía Antonio. Mona yacía de lado, respiraba tranquila, y la sutura en su vientre rosaba con el hilo fino. Carmen se tumbó a su lado, puso la palma sobre el costado caliente de la gata y susurró:

—Eres mía.

Mona se recuperaba despacio. El primer día estuvo quieta, comía gota a gota, miraba con ojos turbios. Luego empezó a levantar la cabeza. A la semana ya iba sola al cuenco y se comió todo. Carmen estaba en la puerta de la cocina viendo a la gata lamer el fondo de cerámica, y pensó: esto es la felicidad. Una tontería, de cuatro patas.

En febrero, Mona era la de antes. Corría por la casa como una loca, tiraba el salero de la mesa, arañaba el rascador—y luego el sofá, porque tenía carácter. Carmen reñía, agitaba un paño, gritaba: «¡Pero qué bicho!».

Carmen vivía casi solo a base de arroz y patatas. Doña Pilar le traía un día sí otro no, o un tupper de cocido o una bolsa de manzanas—«me sobra, llévatelo». Carmen sabía que no sobraba nada. Que doña Pilar también contaba los céntimos. Pero lo aceptaba. Porque el orgullo está bien, pero hay que comer.

A finales de febrero llamó Sofía.

—Mamá, mira la cuenta. Te he ingresado. Mil doscientos euros.

Carmen calló. Luego:

—¿Para qué?
—Para eso. —Pausa. Larga, pesada.—Diste toda la pensión por la gata, y no me dijiste. Me llamó doña Pilar.
—Doña Pilar… —Carmen cerró los ojos.
—Mamá, no debería enterarme de estas cosas por la vecina.

Carmen callaba. No por enfado—porque no podía escoger entre mil palabras una correcta. Y eligió la más sencilla:

—Ven, Sofía. Solo a verme. Ven.

Silencio. Un segundo, dos.

—Voy, mamá. El sábado.

Carmen colgó. Se quedó de pie. Luego se dejó caer en el sillón de Antonio—por primera vez en todo ese tiempo. Simplemente se sentó. Y no pasó nada. Solo que la marca del asiento le quedaba un poco grande.

Mona saltó a sus rodillas, le metió la cabeza en la palma de la mano y se puso a ronronear—fuerte, tanto que la vibración se le metía dentro.

Fuera nevaba. Carmen se quedó mirando. No porque antes no hubiera nieve. Sino porque antes no se daba cuenta.

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– ¡Déjame en paz! – insistía Olga. Pero la gata la seguía sin cesar.
Llevó a su amante al funeral de su esposa embarazada en Madrid… y entonces el notario destapó el testamento y desveló la verdad