Pilar no vivía. Sobrevivía.
Setenta y dos años, un piso pequeño en las afueras de Valladolid, una pensión que para el día veinte se reducía a céntimos. Y silencio.
Hacía seis meses que Javier se había ido. No por otra mujer: se había ido del todo. En silencio, mientras dormía, ni siquiera un estertor. Pilar despertó por la mañana y él ya estaba frío. Su mano descansaba en el borde de la cama, como si hubiera querido alcanzarla y no hubiera llegado a tiempo.
Su hija Rocío vino desde Madrid para el entierro, estuvo tres días, dejó pastillas para la tensión en la nevera y se fue, soltando al salir: «Mamá, llámame si pasa algo». Pilar no llamaba. Y Rocío llamaba. Una vez cada dos semanas, exactamente como un reloj.
— Mamá, ¿cómo estás?
— Bien.
— Pues me alegro. Un beso.
Eso era toda la conversación. Todo el vínculo. Todo el sentido.
Pilar iba a la tienda. A la farmacia. A veces al centro de salud, donde le medían la tensión y le decían «no se ponga nerviosa». Ella no se ponía nerviosa. No sentía nada. Era como un mueble. Como aquel armario viejo del pasillo que Javier siempre decía que iba a tirar, y nunca tiró.
Aquel día, un día de noviembre sin más, con el cielo bajo y una llovizna fina, Pilar volvía del centro de salud. La tensión había subido otra vez. La doctora negó con la cabeza, le recetó otro papel. Pilar metió la receta en el bolsillo sin mirarla siquiera.
Junto a los contenedores de basura algo se movió.
Una gata. Flaca, tricolor, con una oreja desgarrada. Estaba sentada en el asfalto mojado, mirando a Pilar. No con lástima, no. Ni pidiendo. Más bien… evaluándola. Como si calculara: ¿esta es o no es?
Pilar pasó de largo.
La gata se levantó y la siguió. En silencio. No maulló, no se adelantó, solo caminaba a tres pasos detrás, como una sombra.
Pilar se giró en la entrada del portal.
— Déjame en paz.
La gata se sentó. Parpadeó. Y se quedó allí.
Pilar subió a su tercer piso, cerró la puerta, puso el hervidor. Se asomó a la ventana: abajo, en el banco del portal, estaba la misma gata.
Qué gata más loca.
Por la mañana, Pilar abrió la puerta y casi tropieza. En el felpudo, hecha un ovillo, dormía la misma gata. Cómo había llegado al tercer piso era un misterio. Pero yacía allí como si ese fuera su sitio.
— ¿Y qué hago yo contigo? — preguntó Pilar.
La gata abrió un ojo. Y lo volvió a cerrar.
Como si la respuesta fuera obvia.
Pilar no la dejó entrar. Bueno, eso creía. Solo sacó un platillo con leche. Solo dejó la puerta entreabierta porque había calor, noviembre y los radiadores daban fuego. Y la gata entró.
Pilar estaba en el pasillo mirando cómo aquella cara flaca y descarada olfateaba el rincón de la entrada. Luego la cocina. Luego el salón. Y de repente se detuvo.
El sillón de Javier. Viejo, hundido, con los reposabrazos gastados. El mismo en el que él se sentaba cada noche, cambiando canales y diciendo: «Pilar, mira lo que hacen estos». Pilar llevaba seis meses rodeándolo. No podía sentarse en él, ni tirarlo. Estaba como un monumento. Como un agujero en la habitación.
La gata saltó. Dio vueltas sobre la huella y se tumbó. Se enroscó, se tapó el hocico con la cola.
Y ronroneó.
A Pilar le temblaron los labios. Quiso gritar: «¡Baja de ahí!», pero la garganta se le cerró y en lugar de un grito solo salió un sonido ronco, confuso. Se sentó en el sofá y se quedó mirando cómo la gata dormía en el sillón de su marido.
— Te quedas esta noche — dijo Pilar con voz áspera. — Mañana te echo.
Al día siguiente no la echó. Ni al otro. La gata se quedó.
La llamó Lita.
— Lita, ven a comer — decía Pilar, dejando un platillo en el suelo.
Lita comía. Y miraba a Pilar de abajo arriba con esa misma mirada. Evaluadora. Serena. La mirada de alguien que sabe algo que tú todavía no has entendido.
A la semana, Pilar compró pienso. El más barato, en un paquete amarillo, en oferta. Estaba en la tienda de animales sintiéndose una idiota. La dependienta, una chica de unos veinte años con uñas rosas, preguntó:
— ¿De qué raza es?
— Sin raza. Se me pegó — refunfuñó Pilar, y salió sin despedirse.
Luego compró una bandeja. Luego un cuenco. Normal, de cerámica, porque del platillo Lita siempre derramaba. Luego un rascador de ciento noventa pesetas —bueno, euros—, porque la gata empezó a arañar la esquina del sofá, y el sofá era lo único que Pilar tenía en buen estado.
«Temporalmente», se repetía. «Todo esto es temporal».
Pero la vida ya estaba cambiando. Sin que se diera cuenta, a escondidas, como el agua que desgasta la piedra.
Antes Pilar se despertaba a las nueve, se quedaba mirando el techo. Ahora, a las siete y media Lita se sentaba junto a la almohada, la miraba a la cara y callaba. No maullaba. Solo se sentaba y esperaba. Y de esa espera silenciosa era imposible no levantarse.
Pilar se levantaba. Iba a la cocina. Echaba el pienso. Ponía el hervidor. Y de repente se daba cuenta de que llevaba diez minutos en la ventana mirando el patio. Porque sí. Sin pensar en la tensión, sin pensar en la pensión, sin pensar en Javier.
Las tardes se volvieron más curiosas. Antes Pilar encendía la tele, no para verla, sino para no oír ese silencio de muerto. Las voces de la pantalla llenaban el vacío y parecía que no estaba sola. Ahora Lita se tumbaba a su lado en el sofá, pegada al muslo, y ronroneaba. Bajo, constante, como un motorcito. Y Pilar, por primera vez en seis meses, apagó la tele.
El silencio ya no daba miedo. El silencio con ronroneo era otro silencio.
Se sorprendió hablando con la gata. No con mimos, no; Pilar nunca supo hacer mimos, ni siquiera a Rocío cuando era pequeña. Hablaba. Como con una persona.
— Otra vez la tensión a ciento sesenta. La doctora esa, doña Teresa, me mira como si ya estuviera muerta. Pues igual vivo un poco más. Para fastidiar.
Lita parpadeaba.
— Ha llamado Rocío. Otra vez con lo de siempre: «Mamá, ¿cómo estás?». Y yo, ¿cómo estoy? Ni bien ni mal. Aunque… antes era nada. Ahora… ahora no sé.
La gata frotaba la cabeza contra su mano. Y Pilar se callaba, porque la garganta se le volvía a apretar.
La vecina, doña Paula, vino a tomar un té, vio a Lita y dio una palmada:
— ¡Pilar! ¿No decías que nunca, jamás?
— Y lo sigo diciendo: esto es temporal.
— Claro, temporal — se rió Paula, mirando cómo la gata se enredaba entre las piernas de Pilar. — Tienes pienso en tres sitios, un cuenco de cerámica y un rascador. Muy temporal.
Pilar se giró hacia la ventana para que Paula no viera que sonreía. Por primera vez en seis meses.
Luego llamó Rocío. Pilar no supo por qué le contó lo de la gata. Se le escapó. Quizá quería compartir algo —por primera vez en mucho tiempo tenía algo que compartir.
— ¿Recogiste una gata? — repitió Rocío. — Bueno, al menos te entretienes, mamá.
«Te entretienes».
Pilar colgó y sintió rabia. Rabia de verdad, caliente, viva. No resentimiento —el resentimiento era conocido, algodonoso, informe. Rabia. Esa que te da ganas de pegar un puñetazo en la mesa y decir: «¿¡Es que no te das cuenta!?».
En diciembre todo se torció.
Lita empezó a comer menos. Al principio Pilar no se dio cuenta —bueno, no se acabó el plato, pasa. Luego no probó nada. El cuenco estaba lleno de mañana a noche, y el pienso se secaba formando una costra marrón. Lita se quedaba en el sillón de Javier casi sin moverse. Solo respiraba: rápida, superficial, como si le faltara el aire.
— Oye — Pilar se agachó, miró a la gata a los ojos. — ¿Qué te pasa?
Lita parpadeó. Y volvió la cara hacia la pared.
A Pilar se le rompió algo dentro.
Nunca había ido al veterinario. Javier tuvo un perro de niño, pero Pilar no, nunca; no entendía a la gente que llevaba a los animales al médico, gastando dinero y nervios. «Con lo que falta para que la gente se cure», decía antes. No hacía tanto que lo decía.
Y ahora estaba en el pasillo con una transportín en las manos. Lo había comprado ayer. Cuatrocientos euros en liquidación, de plástico, con la rejilla desgastada. Metía a Lita dentro, y la gata no oponía resistencia. Eso era lo peor. Antes se habría arañado, retorcido, bufado; ahora yacía como un trapo y miraba.
La clínica veterinaria «San Francisco» en el barrio de las Delicias. Pequeña, apretada, olía a medicamentos y a pelo mojado. Pilar se sentó en una silla de plástico, apretando la transportín contra las rodillas, sintiéndose fuera de lugar. A su alrededor, dueños jóvenes con perros de raza, con gatos peludos en bolsos caros. Y ella, una pensionista con un abrigo viejo, una transportín deslustrada, y dentro una gata sin raza con la oreja rota.
El veterinario era joven. Un chaval, treinta años como mucho, con gafas y bata azul. Se llamaba Arturo, y él mismo dijo: «Puede llamarme Arturo». Examinó a Lita, le palpó el vientre y se calló. La cara se le cambió.
— ¿Qué? — preguntó Pilar.
— Habrá que hacerle una ecografía.
La hizo. Pasó el aparato largo rato por el vientre de Lita, tecleó, frunció el ceño. Luego se volvió hacia Pilar y habló con cuidado, como se habla a quien da lástima:
— Tiene una neoplasia. En la cavidad abdominal. Necesita cirugía. Si no se la hacemos, dos o tres meses, quizá un poco más.
— ¿Cuánto cuesta? — preguntó Pilar.
— Doscientos ochenta euros. Con anestesia y cuidados postoperatorios.
Pilar asintió, cogió la transportín y salió.
Doscientos ochenta euros. Su pensión entera. Sin un céntimo de sobra.
Se sentó en un banco junto a la clínica. Diciembre, un frío de mil demonios, los dedos se le helaban. Lita, en la transportín, callada, quieta, solo los ojos brillaban a través de la rejilla. Miraba. Sin pedir, sin quejarse, solo miraba.
Pilar sacó el móvil y llamó a Rocío. Un tono, dos, tres.
— Mamá, estoy trabajando, dame prisa.
— Rocío, necesito ayuda. La gata necesita una operación. Doscientos ochenta euros.
Silencio. Luego un suspiro. Y una voz que heló a Pilar más que el aire de diciembre:
— Mamá, ¿hablas en serio? ¿Doscientos ochenta euros por una gata callejera?
— No es callejera. Es mía.
— Mamá. Es una gata. Solo una gata. Si se muere, coges otra. Hay un montón en la calle.
Pilar cerró los ojos. De repente vio claro, como una fotografía: a Javier en el sillón. Cambiando canales y diciéndole: «Pilar, eres la persona más terca del mundo. Si te empeñas, tiras montañas». Lo repetía tantas veces que ella se enfadaba. Ahora daría cualquier cosa por oírlo otra vez.
— ¿Mamá? ¿Me oyes?
— Te oigo — dijo Pilar. — Gracias, Rocío.
Y colgó.
Tres días pensó. Tres días son mucho tiempo cuando alguien a tu lado se muere.
Lita yacía en el sillón, consumiéndose. Como una vela. Comía una cucharadita. Bebía poco. Había dejado de ronronear. Pilar se sentaba a su lado, en el suelo, sobre una manta vieja, y le acariciaba la cabeza —suave, con la punta de los dedos.
— Te dije que eras mía. Y lo eres.
Al cuarto día, Pilar se levantó a las seis de la mañana. Se vistió. Fue a Correos. Hizo cola para cobrar la pensión —tres abuelas delante, cada una con sus papeles, todas lentas, todas eternas.
Los billetes estaban en el bolsillo del abrigo, y Pilar caminó apretando la mano contra el costado, como si llevara algo frágil. En cierto modo, así era.
En la clínica dejó el dinero en el mostrador. Le temblaban las manos —de frío o de miedo, no lo sabía.
— He traído a la gata para la operación.
Arturo miró el dinero, luego a Pilar, luego otra vez el dinero. Asintió. No dijo nada superfluo. Solo:
— El pronóstico es bueno. Si aguanta la anestesia, todo irá bien.
«Si».
Pilar se sentó en el pasillo. Silla de plástico, pared blanca, olor a antiséptico.
Intentó recordar la última vez que había esperado así. Recordó. Hace veinte años, en el hospital. Rocío daba a luz. Pilar se sentó en el pasillo, exactamente igual, en una silla, apretando el bolso contra el pecho, esperando. Entonces todo salió bien. Un niño lloró, y el mundo se volvió otro.
La puerta se abrió. Salió una auxiliar, joven, con bata verde y ojos cansados.
— ¿Es usted la dueña de la tricolor?
— Sí — dijo Pilar, y se levantó. Las piernas se le habían dormido, las rodillas crujieron.
— Todo bien. La operación ha ido bien. Su gata es una luchadora.
Pilar asintió. No pudo hablar —la garganta se le cerró. Solo asintió y asintió, y la auxiliar le tocó el brazo:
— Oiga, ¿se encuentra bien?
— Sí. Sí. Estoy bien.
Sacaron a Lita —envuelta en pañales, somnolienta, con la barriguita rapada y un hilillo de puntos. Pilar cogió la transportín con las dos manos, la apretó contra sí y caminó hacia la salida.
En casa, por primera vez, puso a la gata en su cama. En la mitad donde antes dormía Javier. Lita yacía de lado, respiraba tranquila, y la cicatriz del vientre se enrojecía con un hilo fino. Pilar se tumbó a su lado, puso la palma sobre el costado caliente de la gata y susurró:
— Eres mía.
Lita se recuperó despacio. El primer día estuvo quieta, comía una gota, miraba con ojos turbios. Luego empezó a levantar la cabeza. A la semana, fue sola al cuenco y se lo comió todo. Pilar estaba en la puerta de la cocina, mirando cómo la gata lamía el fondo de cerámica, y pensaba: esto es la felicidad. Una felicidad tonta, de cuatro patas.
En febrero, Lita ya era la de antes. Corría por la casa como una loca, tiraba el salero de la mesa, afilaba las uñas en el rascador y luego en el sofá, porque tenía carácter. Pilar refunfuñaba, agitaba un trapo, gritaba: «¡Pero qué animal!».
Pilar vivía casi solo de arroz y patatas. Doña Paula le traía un día sí y otro no un tarro de lentejas o una bolsa de manzanas —«me sobra, cógelo». Pilar sabía que no le sobraba nada. Que Paula también contaba los céntimos. Pero lo aceptaba. Porque el orgullo está bien, pero hay que comer.
A finales de febrero llamó Rocío.
— Mamá, mira la cuenta. Te he transferido. Doscientos ochenta euros.
Pilar se quedó callada. Luego:
— ¿Por qué?
— Por eso. — Pausa. Larga, pesada. — Tú pagaste la pensión entera por la gata, y no me dijiste. Me llamó doña Paula.
— Paula… — Pilar cerró los ojos.
— Mamá, no debería enterarme de estas cosas por la vecina.
Pilar callaba. No porque estuviera dolida, sino porque no sabía elegir una palabra correcta entre mil. Y eligió la más simple:
— Ven, Rocío. Así, sin más. Ven.
Silencio. Un segundo, dos.
— Iré, mamá. El sábado.
Pilar colgó. Se quedó quieta. Luego se dejó caer en el sillón de Javier —por primera vez en todo este tiempo. Se sentó. Y no pasó nada. Solo que la huella del asiento le quedaba un poco grande.
Lita saltó a su regazo, le hundió la cabeza en la palma de la mano y se puso a ronronear —fuerte, tanto que la vibración se le metía dentro.
Fuera nevaba. Pilar se quedó mirando. No porque antes no hubiera nevado. Sino porque antes no lo había notado.







