—Carlos, pon la maleta con cuidado, que ahí llevo una crema de lujo, si la rompes no pagas ni en veinte vidas. La voz de mi hermana atravesó la calma del recibidor con la seguridad de una dueña que vuelve a sus dominios.
Dejé las tijeras de sastre sobre la mesa. Cortar la seda al bies es cosa fina, que ni admite prisas, y las prisas acababan de dar un portazo y meterse en el pasillo con dos maletones enormes.
En el umbral estaba Jimena. Treinta y nueve años, ni un solo día cotizado en los últimos cinco y ese papel de musa incomprendida que nunca se le cae. Detrás, mi mujer Elena cambiaba el peso de un pie a otro, escondiendo la mirada.
—Carlos, es mi hermana —murmuró ella con tono de culpa, agarrando la asa de la maleta—. Está pasando un mal momento. Necesita un sitio donde refugiarse.
—Me quedaré unos días, hasta que él venga arrastrándose a pedir perdón —anunció Jimena, quitándose los zapatos en medio del pasillo—. Carlos, sube las maletas al cuarto con balcón. Necesito aire fresco para mis meditaciones.
Pasó de largo hacia la cocina sin mirarme siquiera. Yo esbocé una sonrisa mientras observaba aquel desfile de absurdo. Como sastre con veinte años de oficio, sé bien que si la tela está podrida, por más que se hilvane, la costura acaba cediendo. La familia de mi mujer suele confundir mi educación con falta de carácter.
En la cocina se abrió la nevera.
—¡Elena! —gritó desde dentro—. ¿Por qué no tenéis leche de almendras? La necesito para mis batidos. Y esa balda la vacío yo, que ahí pondré mis geles detox. Tu chorizo lo he dejado en el balcón, me estropea el aura.
Entré despacio en la cocina. El chorizo de mi mujer estaba, en efecto, abandonado en el alféizar.
—Jimena —dije con calma, devolviendo el chorizo a su sitio—, el aura se te estropea de no hacer nada. Y la balda no la vacías porque ahí están mis productos, comprados con mi dinero. La leche de almendras se vende en el supermercado de la esquina.
Mi hermana se llevó las manos al pecho con gesto teatral.
—¡Carlos! ¿Oyes cómo me recibe? Vengo a vosotros con el alma abierta, herida por la traición de mi marido, ¡y me echan en cara un trozo de embutido!
Elena se coló entre nosotras, nerviosa.
—Carlos, en serio, déjala que lo mueva. Ella está pasando un mal trago.
—Ella está pasando un mal trago cargando la maleta, Elena. Pero vivir aquí le va a resultar muy fácil —sonreí con la más luminosa de mis sonrisas—. Siempre que acepte las normas de nuestro humilde hostal.
Jimena resopló, dejando claro que me hablaba solo por caridad.
Por la noche llamó mi madre. Doña Pilar siempre llamaba en manos libres, para que su voz de benefactora sonara con más peso. Le encantaba ser generosa, pero siempre a costa de otros.
—Carlitos, hijo mío —cantó el teléfono—. Tú ten sabiduría de hombre. Rodea a Jimena de cariño. Es nuestro sagrado deber familiar. La pobre tiene que recuperar energías, dale desayunos, que duerma todo lo que necesite. Yo la acogería, pero con las obras que tengo en casa, el ruido me sube la tensión, ya sabes.
—Lo entiendo, mamá —respondí con tono conciliador—. Cuídese. Jimena no se perderá aquí.
A la mañana siguiente, sábado, me levanté temprano. Hice buñuelos de queso, preparé un café de calidad. El aroma se extendió por el piso, y pronto llegó Jimena a la cocina envuelta en mi jersey de cachemir favorito.
—Ah, desayuno —dijo alargando la mano hacia el plato—. ¿Por qué sin leche condensada de coco?
Puse en silencio una taza de café solo delante de ella y deslicé un folio lleno de letra apretada.
—¿Qué es esto? —Jimena lo cogió con dos dedos de uñas perfectas, como si fuera basura.
—Esto, Jimena, es el presupuesto.
Mi hermana parpadeó con sus pestañas postizas sin entender.
—¡Una mujer moderna debe respetar sus límites y fluir, no andar contando céntimos! —empezó con el disco rayado—. ¡Yo me alimento de energía cósmica, lo material son vibraciones bajas que bloquean los chakras!
—Tus chakras se bloquearon cuando dejaste la logística hace cuatro años para «encontrarte a ti misma» —respondí tranquilo, dando un sorbo de café—. Y la energía cósmica, por desgracia, no paga los recibos de la luz. Por cierto, aquí el agua y la electricidad van con contador.
—¡Eres un sastre mercenario y sin espiritualidad! ¡Solo te importa coser tus trapos! —chilló Jimena, llenándose la cara de manchas rojas.
Se levantó de la silla de golpe, resoplando como un bulldog de pura raza al que en vez de foie gras le ofrecen una galleta.
Ni siquiera parpadeé.
A la cocina se asomó Elena, despeinada por el ruido.
—Carlos, ¿qué pasa? ¿Qué alquiler? ¡Si ha venido de visita!
—Una visita, Elena —me volví hacia ella—, es alguien que llega con una tarta, toma un café, alaba a la anfitriona y se va a dormir a su casa. Alguien que trae dos maletas de ropa de invierno en pleno mayo, ocupa un cuarto entero y exige leche de almendras es un inquilino.
Jimena respiró hondo, preparándose para otro berrinche.
—¡Soy familia! ¡Tengo derecho! ¡Mi hermana también vive aquí!
—Vive, Jimena —asentí sin alterarme—. Pero eso no hace de mi piso un hotel familiar. Volvamos al presupuesto. Primer punto: alquiler de la habitación. Segundo: comida de mi despensa. Tercero: agua y luz. Y cuarto: limpiar lo que ensucies. Si no quieres pagar la limpieza, aquí tienes el turno de tareas: hoy friegas el váter y la vitrocerámica.
—¡¿Cómo te atreves?! —jadeó mi hermana—. ¡Elena! ¡Tu marido me echa!
Elena miró de mi cara serena a la cara roja y torcida de su hermana.
—Jimena —dijo de repente con una voz firme que no le conocía—, Carlos tiene razón. No has venido a un hotel. Si quieres vivir aquí, respeta al dueño de la casa y sus normas.
Fue una puñalada por la espalda que mi hermana no esperaba. Le dediqué a Elena un asentimiento de aprobación y añadí el remate:
—Y si tú, Elena, por lástima, decides pagar la estancia de tu hermana de tu bolsillo, lo descontamos de nuestro presupuesto para tu coche nuevo. Las matemáticas son claras.
Elena, que llevaba tres años soñando con aquel coche, cruzó los brazos con determinación, dejando claro que no pensaba sufragar los caprichos de su hermana.
Sin apoyo de nadie, sin pensión gratis ni servicio doméstico en mi persona, Jimena cogió el teléfono como un poseso y llamó a mi madre.
—¡Mamá! ¡Se están burlando de mí! ¡Me obligan a fregar váteres! ¡Me voy a tu casa!
Por el auricular se oyó el cacareo apresurado de doña Pilar:
—¡Ay, Jimena, hija, es que he empezado las obras en el pasillo! ¡Huele a pintura, me va a dar alergia! ¡Aguanta un poco con Carlos, sé buena! —y colgó sin más.
Jimena se quedó en medio de la cocina, apretando el teléfono apagado. El postureo se desinfló, dejando al descubierto una verdad sencilla y fea: una mujer adulta, acostumbrada a vivir del cuello ajeno, acababa de descubrir que ese cuello estaba enjabonado.
Cuarenta minutos después, las maletas rodaban escaleras abajo con ruido de furia. Y Jimena, según supimos por la noche, encontró alojamiento en casa de una amiga. Eso sí, sin leche de almendras, sin jersey de cachemir y sin servicio gratuito.







