– ¡No pienso pagar la boda de vuestra reina! Tiene padres, ¡que ellos suelten la mosca! – dijo María fríamente.

María está de pie junto a la ventana, mirando el asfalto mojado. Tres noches seguidas ha sacado adelante a un paciente tras una operación dificilísima, renunciando al sueño y a la comida, solo para que el corazón de ese hombre de cincuenta años volviera a latir firme y seguro. Y cuando en la cuarta mañana él abrió los ojos, María supo que había hecho su trabajo. Ahora solo desea una cosa: silencio. Arena blanca. El rumor de las olas. Ella y Sergio han estado ahorrando para este viaje durante año y medio, apartando cada euro libre que tenían. En la nevera, sujeto por un imán, cuelga la foto de un agua turquesa recortada de una revista de viajes, y María sonríe cada vez que la mira. Quedan dos meses para las vacaciones.

La suegra llamó el sábado por la mañana y, con tono imperativo, le comunicó que por la noche toda la familia se reunía en su casa para cenar. María intentó negarse, alegando cansancio, pero doña Pilar le cortó: «Es un asunto de familia, no se discute». María suspiró y se puso el vestido que Sergio le regaló por el aniversario de bodas. Pensó que eso le levantaría el ánimo.

La casa de la suegra la recibe con olor a empanada y una tensión antinatural que flota en el aire. Carla, la hermana menor de Sergio, está sentada en el sofá hojeando una revista de bodas. El padre de familia, don Vicente, guarda su tradicional silencio, absorto en la televisión. Doña Pilar se afana alrededor de la mesa, pero su mirada es fría y calculadora, como la de una directora de colegio antes de citar a los padres.

Cuando se sientan a la mesa, María decide aliviar el ambiente. Abre las fotos en el móvil y enseña la imagen de un bungalow sobre el agua.

—Sergio y yo hemos mirado un sitio para las vacaciones —dice, esforzándose por que su voz suene ligera—. Imaginaos, te despiertas por la mañana y debajo de ti está el océano. Transparente como el cristal. Peces de colores nadan justo a tus pies.

Sergio asiente y la secunda:

—Sí, ya tenemos el vuelo reservado. Si todo sale bien, en junio volamos diez días.

Doña Pilar deja el tenedor despacio sobre la mesa. El sonido metálico tiene algo de definitivo. Carla levanta la vista de la revista y mira a su madre con una expectación que delata un guion ensayado de antemano.

—Qué bonito —dice doña Pilar con un tono glacial—. Pero tenemos un asunto más importante. Carlita se casa. Y la boda tiene que ser de verdad, a lo grande, como Dios manda, no en cualquier antro.

María siente que todo se le encoge por dentro. Sus dedos se aferran al borde del mantel. Desvía la mirada hacia Sergio. Él está mirando el plato, fingiendo un gran interés en el dibujo de la loza.

—Hemos hecho un presupuesto previo —prosigue la suegra, y en su voz aparecen matices empresariales—. Banquete, maestro de ceremonias, fotógrafo, decoración del salón, vestido de una buena modista, arras, paseo en barco. Todo junto sale aproximadamente a veinticinco mil euros. Es una cantidad considerable, pero es el día más importante en la vida de una chica. No podemos quedar mal ante la familia del novio.

—¿Veinticinco mil euros? —repite María, y su voz tiembla—. Doña Pilar, es una barbaridad.

—Lo sabemos —la suegra la mira fijamente—. Por eso toda la familia tiene que unirse. Su padre y yo nos hacemos cargo de una parte. El novio y sus padres también ponen su parte. Y vosotros, Sergio y tú, que sois los más prósperos y jóvenes, debéis aportar la mayor parte. Cinco mil euros. Es una cantidad razonable para gente con vuestros ingresos.

Se hace el silencio. En la habitación de al lado, un reloj de pared late con ritmo monótono. Carla mira a María con desafío, como diciendo: «Intenta negarte». Don Vicente sigue abstraído ante el televisor, aunque el sonido está apagado.

María respira hondo. Recuerda aquellas guardias interminables, las reanimaciones nocturnas, las manos que le temblaban de agotamiento mientras se servía café en la sala de médicos. Recuerda cómo ella y Sergio contaban cada euro, negándose incluso pequeños placeres, para ahorrar para esas vacaciones. Y ahora alguien decide por ella el destino de ese dinero.

—No pienso pagar la boda de vuestra princesita —dice María, y suena tan fría que Sergio levanta por fin la cabeza—. Para eso están sus padres. Que ellos se rasquen el bolsillo.

Carla lanza un grito ahogado. Doña Pilar palidece, pero se recompone al instante. Mira a María con una expresión de profundo pesar, como se mira a un niño que ha defraudado las expectativas.

—Creíamos que ya eras de la familia —dice, marcando cada palabra—. Pero eres una extraña. Que quede constancia.

María se levanta de la mesa. Sergio la agarra del brazo e intenta que vuelva a sentarse, pero ella se suelta y se dirige al recibidor. Él la sigue, mascullando palabras conciliadoras, pero María ya se está poniendo el abrigo.

—Hablaremos en casa —le suelta a su marido, y sale al rellano.

En casa, Sergio intenta suavizar el conflicto. La sigue por el piso, hablando sin parar. Que su madre solo se preocupa por su hermana. Que Carlita siempre ha soñado con una boda bonita. Que la familia debe apoyarse en los malos momentos.

—¿Malos momentos? —María se detiene y se gira bruscamente—. Sergio, una boda no es un mal momento. Es una fiesta que quiere organizar a nuestra costa. Llevamos año y medio ahorrando para las vacaciones. Pagamos una hipoteca. Trabajo en jornada doble para tener un colchón económico. ¿Tú te oyes?

Sergio calla, pero no por mucho rato. Quince minutos después, vuelve a la misma cantinela. María se mete en el dormitorio y cierra la puerta.

Al día siguiente estalla la tormenta. Carla se presenta en su casa sin avisar. Irrumpe en el piso con los ojos enrojecidos y empieza a gritar desde la puerta.

—¡Quieres arruinarme la vida! —vocifera, agitando las manos—. ¡Me tienes envidia! ¡No soportas que yo vaya a tenerlo todo bonito y bien, mientras que tú tuviste una boda cutre en el juzgado!

María está de pie en la cocina, con los brazos cruzados, y mira a su cuñada con cara de piedra.

—Carla, cálmate —dice con tono neutro—. Nadie te debe nada. Si quieres una boda por todo lo alto, es tu derecho. Pero que la paguen quienes quieran hacerlo voluntariamente. Yo no estoy dispuesta.

—¡Pues porque eres una agarrada! —chilla Carla—. ¡Siempre estás mirando el dinero de los demás! ¡Tienes ahorros! ¡Mamá dice que os vais al Caribe! ¿Te duele renunciar a tus vacaciones por la felicidad de tu propia familia?

—¿Familia? —repite María, y en su voz hay acero—. En todo el tiempo que nos conocemos, jamás te has interesado por mí. Solo llamas cuando necesitas que te presten dinero hasta fin de mes. La familia no se comporta así.

Carla sale del piso dando un portazo que hace temblar los cristales. Media hora después, llama doña Pilar.

—Has hecho llorar a la niña —informa con voz gélida—. Ahora está histérica, con la tensión por las nubes. ¿Eso querías?

María calla, sabiendo que cualquier palabra se usará en su contra.

—Os espero mañana por la noche —prosigue la suegra—. Resolveremos esto como personas civilizadas. Espero que hayas recapacitado y tomes la decisión correcta.

María cuelga y mira a su marido. Sergio está sentado frente al ordenador en un rincón, fingiendo que trabaja. Ella sabe que la conversación más dura aún está por llegar.

Por la noche, cuando se acuestan, Sergio da vueltas en la cama, se sienta y enciende la mesilla.

—María, tenemos que hablar en serio —empieza, inseguro.

—Te escucho —ella también se incorpora, ajustando la almohada.

—Verás, mamá tiene razón. Carlita siempre ha soñado con esta boda. Y su novio es buen chico, de buena familia. Si ahora no ayudamos, quedará mal. La gente hablará. Dirán que el hermano no ha querido gastar dinero en su propia hermana.

—Sergio —María se esfuerza por mantener la calma, aunque por dentro hierve—, no estamos obligados a cumplir las expectativas de nadie. Tenemos nuestros propios planes, nuestras necesidades. No somos millonarios para tirar el dinero así.

Él baja la cabeza y calla. María cree que la conversación ha terminado y va a apagar la luz, cuando Sergio suelta la frase que lo rompe todo.

—Ya he pedido un préstamo.

María se queda helada. El aire se vuelve espeso, pastoso.

—¿Qué has hecho? —pregunta en un susurro.

—He solicitado un crédito al consumo —repite él, sin levantar la vista—. Cinco mil euros. A cinco años. Y se los he transferido a mamá. Ya ha dado la señal por el salón de banquetes.

María siente que la sangre se le hiela. Las manos se le quedan frías. Mira a su marido y no lo reconoce. El hombre con el que ha vivido cinco años, en quien confiaba ciegamente, acaba de confesar una traición.

—¿Has pedido un préstamo sin mi consentimiento? —su voz se vuelve baja y terrible—. ¿Has gastado nuestro dinero común en la boda de tu hermana? ¿Sin consultarme?

—Bueno, no es para siempre —intenta justificarse Sergio—. Lo pagaremos. ¿Qué son cinco mil euros? Tenemos buenos sueldos, podemos.

—No es cuestión de dinero —María se levanta de la cama y empieza a pasear por la habitación—. Es que has tomado una decisión por los dos. Has puesto los intereses de tu madre y tu hermana por encima de los de nuestra familia. Has traicionado nuestra confianza. Has borrado de un plumazo todo lo que hemos construido juntos.

—No dramatices —frunce el ceño Sergio—. Es una situación familiar normal. Todo el mundo ayuda a sus parientes. Una compañera de trabajo pidió una hipoteca para ayudar a su hermano con la vivienda y viven perfectamente.

—Tu compañera lo hizo voluntariamente —corta María—. Tú me has puesto ante los hechos consumados. Ni siquiera te has dignado consultarme.

Sale del dormitorio y se dirige al estudio. Allí está su viejo ordenador, que usa para el papeleo médico. María abre la aplicación del banco y hace varias capturas de pantalla. Luego entra en el historial de movimientos y guarda el extracto. No sabe si le servirá, pero el instinto le dice que le espera una guerra de verdad.

Por la mañana, María no desayuna. Se viste y se va a la ciudad, diciendo a Sergio que tiene cosas que hacer. En realidad, va a ver a una abogada, cuyo contacto le ha dado una compañera de trabajo. Doña Inés, una mujer de unos cincuenta años, de mirada penetrante y habla concisa y directa.

María expone la situación, sin omitir detalle. Habla del préstamo, de la presión de la suegra, del berrinche de la cuñada. Enseña las capturas y los extractos. La abogada la escucha con atención, toma notas, luego se recuesta en el sillón y la evalúa con la mirada.

—¿Quiere salvar el matrimonio o defender sus intereses? —pregunta sin rodeos.

—Quiero justicia —responde María—. Y quiero saber si lo que hizo mi marido es legal.

Doña Inés asiente y empieza a explicar. Resulta que un préstamo solicitado por uno de los cónyuges sin el consentimiento del otro se puede impugnar si se demuestra que el dinero no se destinó a las necesidades familiares. Según la ley, esas deudas se consideran personales, y quien las contrajo debe responder por ellas. Pero en la práctica es más complicado. Si el préstamo ya se está pagando con el presupuesto común, será difícil demostrar que no es para la familia. Además, al banco le da igual quién pague; lo que le importa es que la deuda se salde a tiempo.

—Mi consejo —dice la abogada—: reúna todas las pruebas posibles. Grabe las conversaciones con los familiares de su marido. Guarde los mensajes. Deje constancia de que el dinero se destinó a la boda de la hermana, no a la unidad familiar. Si llega a un proceso de separación de bienes o divorcio, esa base probatoria será clave.

María sale del despacho con el alma encogida. No quiere el divorcio. Ama a Sergio. Pero sabe que no hay vuelta atrás. En el momento en que él transfirió el dinero a su madre sin consultarla, cruzó una línea que no se puede borrar.

Esa misma noche, suena el timbre. María abre y se encuentra en el umbral a doña Pilar y a Carla. La suegra lleva una caja de pasteles; la cuñada se esconde tras ella con expresión culpable. Es una función, y María lo sabe al instante.

—Venimos a hacer las paces —anuncia doña Pilar, cruzando el umbral sin ser invitada—. Basta de enfados, María. La familia tiene que estar unida.

Sergio sale de la habitación y mira a su mujer con esperanza. Quiere que todo se arregle. María deja pasar a las visitas al salón, y sin que la vean, enciende la grabadora del móvil, que ha dejado en una estantería junto a los libros.

La conversación empieza en tono cordial. Doña Pilar sirve té, habla del tiempo, de lo importante que es perdonar a los seres queridos. Carla calla y remueve el pastel con la cucharilla. María espera el ataque.

—Comprende, María —la voz de la suegra se vuelve zalamera—, todos somos una familia. Deberías agradecer que te hayamos aceptado. Sergio podría haber encontrado una chica más dócil, pero te eligió a ti. Y tú te comportas como si fuéramos tus enemigos.

—No os considero enemigos —responde María con calma—. Sencillamente, no entiendo por qué tengo que pagar la boda de tu hija de mi bolsillo.

—¡Porque vives con mi hijo! —salta Carla—. ¡Disfrutas de su dinero, de su piso! ¡El piso, por cierto, está comprado con una hipoteca que paga él! ¿Quién te crees que eres para venir aquí a imponerte?

María mira a su cuñada largamente. Luego desvía la mirada hacia Sergio. Él sigue cabizbajo, en silencio.

—El piso está comprado con una hipoteca que pagamos juntos —dice María despacio, como si explicara una evidencia—. Y la reforma la pagué yo con mis ahorros. Así que guárdate tus suposiciones.

—¡Chicas, no os peleéis! —interviene doña Pilar—. Seamos constructivos. María, entendemos tus sentimientos. Pero tú también debes comprendernos. Vicente tiene el corazón malo. Necesita un buen cardiólogo, medicinas, y son caras. No podemos asumir todos los gastos de la boda. Y Carlita está embarazada, no puede estresarse. Eres médico, debes saber lo grave que es.

—O sea, ¿tengo que pagar la boda porque tu marido está enfermo y tu hija está embarazada? —resume María.

—Tienes que ayudar a la familia —corta doña Pilar—. ¿O acaso no eres de la familia?

En ese momento, Carla estalla. Se levanta de la silla y grita, escupiendo las palabras:

—¡Has arruinado mi boda! ¡Solo piensas en ti! ¡Eres una gallina clueca que envidia mi felicidad! ¡Nunca tendrás hijos, por eso quieres amargarme la fiesta!

Un silencio tenso llena la habitación. Sergio palidece. Doña Pilar finge estar horrorizada, pero María detecta satisfacción en sus ojos. Aquella frase la han ensayado.

María se levanta despacio, se acerca a la estantería y coge el móvil. Detiene la grabación y se lo guarda en el bolsillo.

—La conversación ha terminado —dice con voz gélida—. Les ruego que se vayan de mi casa.

—¡También es mi casa! —protesta Sergio.

—Exacto —María se vuelve hacia su marido—. Por eso lo hablaremos a solas. Sin testigos.

Cuando los invitados se han ido, María reproduce la grabación. Las voces llenan la sala, y Sergio escucha mientras su expresión cambia. Al oír lo de «gallina clueca», da un respingo y mira a su mujer con dolor. Pero cuando termina la grabación, dice algo que María no espera.

—¿Has estado grabando a mi familia? ¿Los has espiado? ¿Te das cuenta de lo que parece?

—Me he defendido —responde María con tranquilidad—. Y ahora tengo pruebas de que tus parientes me insultan y me exigen dinero.

—¡No te exigían! —grita Sergio—. ¡Pedían ayuda! ¡Como seres humanos! ¡Y tú has montado un caso penal!

Él da vueltas por la habitación, agarrándose la cabeza, y María comprende de repente que tiene delante a un desconocido. No es el chico con el que fue al cine en la primera cita. No es el hombre que la cogía de la mano cuando salía del hospital tras un turno de noche. Es otro. Roto. Dependiente de la aprobación de su madre. Dispuesto a sacrificar a su mujer por seguir siendo el hijo perfecto.

—Tienes que disculparte —prosigue Sergio, deteniéndose—. Disculparte y pagar al menos la mitad. Entonces mamá se ablandará. Es una mujer de buen corazón. Lo arreglaremos todo.

—No pienso pagar nada —dice María—. Y no tengo por qué disculparme.

—Entonces tendremos que hablar en serio de nuestro futuro —la voz de Sergio se vuelve dura—. Si no respetas a mi familia, no veo sentido a seguir así.

En ese momento, el móvil de María suena con un mensaje de Carla. La cuñada le envía el enlace de un carísimo vestido de novia, y añade: «Podrías desembolsar, no te harías pobre. Y mira, te perdono si haces las cosas bien».

María enseña el mensaje a su marido. Él lo lee y aparta la mirada.

—Son nervios —murmura—. No lo hace con mala intención.

Entonces María, sin mediar palabra, entra en el dormitorio, abre el armario y empieza a sacar las cosas de Sergio. Dobla camisas, vaqueros, jerséis, y los mete en una bolsa de viaje grande. Sergio la observa desde la puerta, con los ojos desorbitados.

—¿Qué haces? —pregunta.

—Hacer tu equipaje —responde María sin volverse—. Te vas a casa de tu madre. Allí te quieren y te valoran. Yo necesito pensar.

—¡No puedes echarme! —grita Sergio—. ¡Este piso es de los dos!

—Por eso te vas tú —María cierra la bolsa y la deja en el pasillo—. Yo me quedo. Si quieres, ve a juicio y pide la división de los bienes. Pero ahora será mejor que estés con tu madre.

Abre la puerta y espera en silencio a que él se calce. Sergio duda un instante, luego coge la bolsa y sale al rellano.

—Te arrepentirás —dice al despedirse—. Estás destruyendo nuestra familia.

La puerta se cierra. María se apoya contra la pared y cierra los ojos. El piso se queda en silencio. Solo se oye el goteo de un grifo mal cerrado en la cocina. Va, lo cierra y se sienta en un taburete. No tiene pensamientos. Solo un cansancio profundo, absoluto, como el que siente después de una reanimación en la que el paciente muere a pesar de todos los esfuerzos.

Las dos semanas siguientes son una pesadilla. Doña Pilar llama a diario, alternando amenazas con falsa compasión. Unas veces promete llevarla a juicio y dejarla en la calle. Otras se compadece de la pobre nuera, que está confundida y necesita que la guíen. Otras jura que Sergio encontrará una mujer de verdad y María se quedará sola para siempre.

Carla no se queda atrás. En las redes sociales publica posts sobre lo duro que es preparar una boda cuando los seres queridos ponen trabas. A María le envían capturas de esas publicaciones, y cada nueva entrada duele más que la anterior. La cuñada no da nombres, pero todo el mundo sabe de quién habla.

Lo peor llega una semana después. Doña Pilar se presenta en el piso de María acompañada de Sergio y de dos hombres desconocidos. Exige que abran la puerta y «devuelvan a su hijo su hogar legítimo». María no negocia. Llama a la policía.

El agente llega en veinte minutos. Es un capitán ya mayor, de rostro cansado y mirada atenta. Escucha a ambas partes y pide calma. Doña Pilar intenta dar pena, contando que la nuera ha echado a su marido a la calle. Sergio asiente en silencio. Los dos acompañantes protestan a voces.

María pide al agente que entre en el piso para hablar con calma. Le enseña los documentos de la hipoteca, donde ambos figuran como cotitulares. Le muestra los extractos bancarios que confirman que los pagos mensuales se han hecho con su tarjeta. Luego reproduce la grabación en la que Carla grita lo de «gallina clueca» y doña Pilar exige dinero para la boda.

El agente escucha y se queda serio. Sale al rellano, donde la familia sigue alborotando, y dice en voz alta:

—Señores, les advierto oficialmente. Si no cesan en la presión sobre esta señora, sus actos pueden ser constitutivos de delito de coacciones o amenazas. El Código Penal lo tipifica. Así que les aconsejo que se vayan y resuelvan las cosas por la vía civil, en los tribunales.

Doña Pilar abre la boca para replicar, pero el capitán levanta la mano.

—He dicho —corta—. Se acabó. Cada uno a su casa.

Los familiares se marchan, lanzando miradas de odio a María. Sergio sale el último, y en sus ojos ella ve desconcierto. Parece que no se había creído que la cosa llegaría tan lejos.

Y luego llega el día del divorcio. María se presenta en el juzgado con un traje azul oscuro. Sergio acude con su madre, que durante toda la ceremonia suspira y niega con la cabeza de manera ostentosa. Nadie pregunta por una reconciliación. La jueza firma los papeles, divide los bienes según el convenio regulador y dicta sentencia. María se queda con el piso, asumiendo la hipoteca en solitario. Sergio se queda con el coche.

Salen del juzgado los tres. Doña Pilar empieza a hablar con su hijo, pero María no escucha. Toma un autobús y se va a casa, sintiendo a la vez un vacío inmenso y un alivio increíble.

Pasa un mes. María se entrega al trabajo para no pensar. Vuelve a sonreír, queda con sus amigas, se apunta a la piscina, como siempre había querido. El hueco en la nevera donde antes estaba la foto del agua turquesa lo tapa con una instantánea de su último viaje a casa de sus padres.

Un sábado, María va al supermercado a comprar. Está eligiendo un yogur cuando oye una voz conocida. Se gira y ve a Carla. Su cuñada está en la cola de la caja con un carro lleno de productos baratos y congelados, y tiene aspecto cansado y ojeroso. Ni rastro del esplendor nupcial.

Carla también la ve y se queda paralizada un instante. Luego se acerca con decisión, y María se prepara para otro número.

—¿Ya estás contenta? —pregunta Carla, parándose a dos pasos. Su voz suena apagada, rota—. Has destrozado mi vida. Espero que te siente bien.

María la mira con serenidad. No siente rabia ni triunfo. Solo una tristeza leve, como la que produce ver la desgracia ajena que uno mismo ha creado.

—No te he destrozado la vida, Carla —responde con voz firme—. Tú sola te la has destrozado cuando decidiste que los demás te debían algo.

—No entiendes nada —Carla sorbe por la nariz—. El novio me ha dejado. Cuando se enteró de lo que mamá pedía de tu familia, dijo que no quería líos con mi parentela. Dijo que no le interesaba una mujer así. La boda se ha ido al garete. Y el préstamo se lo ha quedado Sergio. Mamá y papá se han peleado a muerte, papá se ha ido a casa de su hermano en el pueblo, dice que no aguanta más este manicomio.

María escucha en silencio. Recuerda las palabras de la abogada: «Un préstamo sin consentimiento del otro cónyuge para fines ajenos a la familia es una deuda personal». Así que Sergio tendrá que pagar esos cinco mil euros él solo. Más los intereses. Durante cinco años. El banco no podrá reclamarle ni un céntimo a María.

—Siento que haya pasado esto —dice con sinceridad—. Pero no podía hacer otra cosa. No estoy obligada a pagar los caprichos ajenos.

Carla intenta responder, pero María ya se da la vuelta y se dirige a la salida. Oye que la cuñada grita algo a su espalda, pero no distingue las palabras.

Tres días después, María está en el aeropuerto con una maleta pequeña. A su lado, Elena, su mejor amiga de la universidad, sonríe radiante. En la pantalla brilla el número de vuelo y el destino. Arena blanca. Agua turquesa. Diez días de silencio y paz, que se ha ganado como nadie.

—¿Cómo estás? —pregunta Elena, mirándola a los ojos—. ¿Te arrepientes?

María niega con la cabeza. Recuerda todo: las guardias nocturnas, los enfrentamientos con la familia política, la traición de su marido, las vistas en el juzgado, las noches en soledad en el piso vacío. Y sabe que no se arrepiente de nada. Todo aquello fue como una operación necesaria para extirpar el tejido enfermo y dar al cuerpo una oportunidad de curarse.

—Ni una gota —responde, y sonríe.

En el bolsillo de su chaqueta lleva el móvil con el sonido apagado. En la pantalla brilla un mensaje de Sergio sin leer: «¿Podemos hablar? Lo he entendido todo». María lo lee, piensa unos segundos, y lo borra sin responder. Luego coge a Elena del brazo, y juntas se dirigen al mostrador de facturación.

El avión despega puntual. Bajo el ala pasan nubes que parecen nata montada, y muy abajo quedan deudas, préstamos, rencores y bodas ajenas que ella ya no permitirá que nadie le cobre.

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