Pilar levantó la vista del libro de registro y se quedó mirando a la visitante. En los tres años que llevaba trabajando en el refugio “El Amigo”, había oído peticiones de todo tipo. Le pedían perros pequeños, cariñosos, “que no suelte pelo”, “que se lleve bien con niños”. Un hombre exigió un perro “con ojos tristes, para una sesión de fotos”. Pero así, era la primera vez.
—Necesito un perro muy mayor —dijo la mujer.
—¿Cuántos años? —preguntó Pilar con cautela.
—El más viejo que tengáis. Diez, doce años. Cuanto más mayor, mejor.
La mujer estaba apoyada en el mostrador con un bolso de tela en las manos. Era bajita, delgada, de unos sesenta y pocos años. Llevaba el pelo recogido en un moño apretado del que se escapaba un mechón. En los pies, zapatillas deportivas desgastadas con tierra incrustada; en los hombros, una cazadora caqui desteñida en las costuras. El rostro, tranquilo, sin sonrisa pero sin tensión. El rostro de alguien que sabe exactamente a qué ha venido.
—Un momento, voy a consultarlo con doña Consuelo —dijo Pilar, y se fue al cuarto de atrás.
Doña Consuelo, la directora del refugio, estaba cortando pan para la comida de la tarde. El cuchillo golpeaba la tabla de cortar con ritmo de metrónomo. A su lado, una olla de gachas frías y una pila de cuencos de aluminio.
—Ahí fuera hay una mujer. Pide el perro más viejo.
Doña Consuelo detuvo el cuchillo.
—¿El más viejo?
—Sí. Dice que cuanto más mayor, mejor.
—Qué extraño. Hazla pasar.
La mujer se llamaba doña Soledad Herrera. Se sentó en la silla del despacho de la directora, colocó el bolso sobre el regazo y entrelazó los dedos. Tenía las manos secas, fibrosas, con uñas cortas y pequeñas grietas en los nudillos. Manos de quien trabaja mucho con ellas: lavar, fregar, cavar, curar.
—Doña Soledad, ¿sabe usted que los perros viejos requieren cuidados especiales? —dijo doña Consuelo con voz suave pero cautelosa—. Gastos veterinarios, pienso específico, enfermedades crónicas. Articulaciones, riñones, corazón. No es fácil ni barato.
—Lo sé.
—¿Tiene experiencia con animales?
—Sí.
—Cuénteme, si no le importa.
Doña Soledad calló un momento. Miró por la ventana, donde se veían las jaulas y un trozo de valla con pintura verde desconchada. Al fondo, más allá de las jaulas, se oía el rumor de la carretera.
—Ahora tengo a Conde. Tiene catorce años. Es cruce de labrador con algo peludo. Lo recogí en el refugio de Toledo hace dos años. Iban a sacrificarlo porque tiene artritis en las patas traseras y nadie lo quería. Antes de Conde tuve a Tito, un cruce ciego de ambos ojos. Cataratas avanzadas. Lo cogí con once años. Vivió conmigo año y medio. Antes de Tito tuve a Linda, una pastor alemán vieja con displasia de cadera. Linda estuvo conmigo ocho meses.
Lo enumeraba con calma, sin dramatismo, como si leyese la lista de la compra. Pero cada nombre lo pronunciaba un poco más despacio que las demás palabras. Como si les diese un segundo más de presencia.
Doña Consuelo dejó el bolígrafo y se quitó las gafas.
—¿Quiere decir que usted busca deliberadamente perros ancianos?
—Sí.
—¿Puedo preguntarle por qué?
Doña Soledad la miró directamente. Los ojos grises, serenos, sin desafío ni justificación.
—Porque nadie más los va a coger. Todos quieren cachorros. O jóvenes, como mucho hasta los tres años. Y un perro viejo se queda en su jaula esperando. No entiende por qué. Ha querido a alguien toda su vida, ha dormido a sus pies, le ha recibido en la puerta. Y luego acaba aquí. El dueño murió, se mudó, o simplemente decidió que ya no lo quería. Y a ese perro le queda quizá un año, quizá dos. No quiero que ese año lo pase sobre un suelo de hormigón.
En el despacho se hizo el silencio. Se oía ladrar a uno de los perros, sordo, rítmico, sin rabia. Solo por desamparo.
—Vamos —dijo doña Consuelo levantándose—. Le enseñaré a alguien.
Las jaulas formaban dos filas, techadas de uralita. Olía a perro, a pienso y a lejía, con la que fregaban los suelos por la mañana. Bajo los pies, charcos de la lluvia de la noche, que se acumulaban en los surcos de la carretilla de la comida.
Los perros reaccionaban de formas distintas. Los jóvenes se lanzaban contra la reja, gimoteaban, saltaban, metían el hocico entre los barrotes. Un macho enjuto y sin cola se quedaba quieto, golpeando el metal con la pata delantera, insistente, como llamando a una puerta cerrada.
Doña Soledad caminaba y miraba. No se detenía en los jóvenes. Ni siquiera aminoraba el paso.
Doña Consuelo se paró ante la penúltima jaula.
—Esta es Dulce. Tiene trece años. La trajeron hace un mes. El dueño murió, la hija dijo: “No la queremos, el niño tiene alergia”. La dejaron en el pasillo del refugio, dentro de una caja de televisión.
Dulce yacía en el rincón sobre un trozo de cartón. Grande, rojiza y parda, con los belfos caídos y los ojos turbios. Orejas caídas con manchas rojizas. El hocico canoso de punta a punta, como espolvoreado de harina. Las patas traseras, estiradas con torpeza, en un ángulo que indicaba el esfuerzo de levantarse. Al lado, un cuenco de agua intacta.
Doña Soledad se acercó a la reja y se puso en cuclillas.
—Dulce.
La perra levantó la cabeza. No se levantó. Solo la alzó y miró. Los ojos húmedos, cansados, con el blanco enrojecido. La cola se movió una vez, pesada, a duras penas, y se quedó quieta.
—Tiene problemas de riñón —dijo doña Consuelo en voz baja—. Y del corazón. Cardiomiopatía. El veterinario calcula un año, quizá año y medio. Y eso con buenos cuidados y medicación constante.
Doña Soledad no se volvió. Miraba a Dulce, y Dulce la miraba a ella. Entonces la perra, con un esfuerzo visible, se incorporó sobre las patas delanteras, arrastró las traseras y dio tres pasos hacia la reja. Metió el hocico entre los barrotes. El hocico estaba caliente y seco.
Doña Soledad metió los dedos por la reja y acarició a Dulce en el puente de la nariz, desde el hocico a la frente, despacio, como se acaricia a un niño dormido. La perra cerró los ojos.
—Me la llevo —dijo doña Soledad.
El papeleo duró media hora. Pilar rellenaba los impresos, ponía sellos y de reojo miraba por la ventana a doña Soledad, sentada en un banco del patio con Dulce atada a la correa. La perra se apretaba contra su pierna, inmóvil. Solo movía el hocico, olisqueando la rodilla, el borde de la cazadora, los cordones de las zapatillas, los dedos de la mano que reposaba sobre su lomo.
—Doña Consuelo —susurró Pilar—. ¿Está usted segura de que es normal? La mujer, digo.
Doña Consuelo se acercó a la ventana y miró al patio.
—Normal, Pilar. Más que normal.
—Pero, ¿para qué quiere perros viejos? Se van a morir pronto. Eso duele siempre. Te encariñas y luego se acaba.
Doña Consuelo se cruzó de brazos. Tras un silencio, dijo sin apartar la mirada:
—Mira, llevo veinte años en el refugio. He visto cientos de personas. Vienen, eligen, se llevan al perro. La mitad llaman al mes: “Venga a recogerlo, muerde los muebles”. O: “Nos mudamos, no podemos con él”. O simplemente dejan de contestar al teléfono. Y esta mujer no elige. Coge a los que ya han abandonado todos. A los que nadie mira. Eso, Pilar, es otra cosa.
Pilar bajó la vista y calló. Firmó la última página, puso la fecha y salió al patio.
—Doña Soledad, ya está todo. Aquí tiene las indicaciones de las medicinas de Dulce. El veterinario ha escrito la pauta. Las pastillas del riñón, mañana y noche, con la comida. El corazón una vez al día, en ayunas. Y revisión en dos semanas, con nuestro veterinario o con el suyo.
Doña Soledad cogió los papeles, los dobló con cuidado en cuatro y los guardó en el bolso. De allí sacó un collar viejo, ancho, blando, de lona gastada, con una hebilla pesada. Se lo cambió a Dulce.
—Este le irá mejor. No le aprieta el cuello. A todos los míos les compro uno igual.
Pilar las vio marcharse. Doña Soledad caminaba despacio, adaptándose al paso corto y arrastrado de la perra. Dulce cojeaba a su lado, apoyando menos la pata trasera izquierda. En la puerta, doña Soledad se detuvo, se inclinó y le ajustó el collar. Luego dijo algo a Dulce en voz baja, moviendo solo los labios, tan quedo que Pilar no lo oyó. Dulce levantó el hocico canoso y le lamió la mano.
Salieron por la verja y giraron a la derecha, hacia la parada del autobús.
Un mes después, doña Consuelo recibió un mensaje. Una foto: Dulce tumbada sobre una gruesa manta a cuadros, con las patas estiradas. Al lado, un cuenco de agua y un patito de peluche viejo, sin un ojo. El hocico, igual de canoso, pero los ojos más limpios. Más vivos. Sin esa turbiedad de la jaula. La cola, en la foto, aparecía borrosa. Debía de estar moviéndola.
Debajo el texto: «Dulce ya se ha adaptado. La primera semana tenía miedo, se pegaba a la pared. Luego una noche se subió a mi cama y desde entonces duerme ahí, aunque yo le pongo la cama abajo. Le gusta que le rasquen detrás de la oreja derecha. La izquierda no la deja, supongo que le duele. Los riñones estables, el veterinario contento. Conde se ha acostumbrado a ella, no tiene celos. Se echan juntos en el balcón cuando sale el sol. Gracias.»
Doña Consuelo lo leyó. Luego lo leyó otra vez. Guardó el teléfono, se recostó en la silla y se quedó mirando al techo, donde se extendía una mancha vieja de humedad.
Sobre la mesa, la lista de perros para trasladar a otro pabellón. Veintitrés nombres. Edades de dos a cinco años. Jóvenes, fuertes, con buenas posibilidades. Cada uno con su historia, su esperanza.
Y al final, escrito a lápiz, figuraba Barón. Catorce años, macho, cruce, traído de un piso tras la muerte de la dueña. Sordo del oído izquierdo. Camina lento. Come poco. En la columna «interés de visitantes», un guion.
Doña Consuelo cogió el teléfono y escribió: «Doña Soledad, ha llegado Barón. Catorce años. Tranquilo, sosegado. Si está dispuesta, avíseme.»
La respuesta llegó en cuatro minutos. No una hora, no un día. Cuatro minutos: «Estaré el sábado. Le prepararé el sitio.»
Doña Consuelo sonrió. Guardó el teléfono en el bolsillo de la bata.
Al otro lado de la pared, Barón ladró con voz sorda. No a nadie. Solo al vacío, como ladran los perros viejos cuando sueñan con algo. Algo de su pasado, de aquel tiempo en que la casa aún era un hogar, no un recuerdo.
Doña Soledad llegó el sábado, como había dicho. Entró en el refugio a las diez en punto, con las mismas zapatillas, el mismo bolso. En el rostro, la misma expresión serena.
Pilar la recibió en la entrada. Quiso decir algo, pero en vez de eso asintió y la condujo a la tercera jaula.
Por el camino no pudo contenerse.
—Doña Soledad, ¿puedo hacerle una pregunta?
—Puede.
—¿No se le hace duro? Cuando se van…
Doña Soledad seguía andando, sin aminorar el paso. Las zapatillas chapoteaban en los charcos familiares.
—Duro.
—Y aun así, ¿coge a otros?
—Aun así.
Pilar calló un instante. Luego, en voz baja:
—¿Por qué?
Doña Soledad se detuvo. Se volvió hacia Pilar y la miró con calma, sin resentimiento, sin énfasis.
—Cuando Linda se moría, estaba tumbada en mi regazo, sobre una sábana limpia, y yo le acariciaba la cabeza. Toda la noche. Podría haber muerto aquí, en la jaula, sobre el cartón. Sola. A mí me costó después. Todavía me cuesta cuando lo recuerdo. Pero a ella no. Ella estuvo tranquila. Lo vi en sus ojos, en su respiración, en cómo relajó las patas. No se trata de mí, Pilar. Se trata de ellas.
Pilar volvió la cara y se frotó los ojos con el dorso de la mano. Luego dijo, con voz ya profesional:
—Vamos. Barón la espera.
Barón yacía en el rincón de la jaula, oscuro, pesado, con la barriga caída y una barba canosa en la mandíbula inferior. Al verlos, no se levantó. Alzó una oreja, la sana, la derecha, y miró. Con esa expresión que tienen los perros viejos cuando ya no esperan nada, pero todavía se fijan.
Doña Soledad se agachó ante la reja. Sacó del bolso un trozo de pollo envuelto en una servilleta. Se lo ofreció entre los barrotes.
Barón lo olfateó. Lo cogió con cuidado, con los labios suaves, como quien toma algo frágil. Lo masticó despacio.
Doña Soledad le acarició la frente. Pelo áspero, piel caliente, protuberancias viejas sobre los ojos.
—Bueno —dijo doña Soledad en voz baja—. Vámonos a casa.







