Pepe metió la gata en el saco – el chico del vecino lo vio sin quererEl chico, sin saber qué hacer, se quedó paralizado mirando el bulto que se movía.

La verja de Manuel no cerraba desde el verano pasado. El pestillo se había roto cuando él la empujó con el hombro, porque llevaba los cubos en las manos. Desde entonces, la puerta colgaba de una bisagra y el viento la golpeaba por las noches, como si alguien entrara y saliera sin atreverse a pasar.

Manuel se había acostumbrado. Se acostumbraba rápido a todo. A que su mujer muriera hacía tres años. A que su hijo llamara una vez al mes, los domingos, y la conversación durara cuatro minutos. A que el huerto se llenara de malas hierbas, porque la espalda no le dejaba agacharse y contratar ayuda era admitir que no podía solo.

La gata llegó en septiembre. Gris, con una mancha blanca en el pecho y una oreja rota. Se sentó en el escalón del porche y se quedó mirando a la puerta. No maullaba. No se frotaba contra las piernas. Solo estaba ahí, como si viniera a hacer un trámite y esperara que la atendieran.

Manuel salió, la miró y dijo:

—Yo tampoco tengo qué comer.

La gata no se fue.

Volvió a la casa, sacó un trozo de bacalao cocido de la nevera, lo puso sobre un periódico y lo llevó al porche. La gata se comió el pescado, se relamió y se sentó otra vez en el mismo sitio.

—Pues siéntate —dijo Manuel.

Para octubre ya vivía dentro. No porque Manuel la invitara, sino porque una mañana abrió la puerta y la encontró durmiendo sobre la alfombra del recibidor. Cómo había entrado, ni idea. La puerta estaba cerrada. Luego se fijó en que la ventana de la cocina no encajaba del todo y lo entendió.

No arregló la ventana.

El hijo de la vecina, Tomas, pasaba por delante de casa de Manuel cada día. Tenía nueve años, iba a tercero de primaria y volvía del cole por el callejón porque era más corto. La verja con el pestillo roto estaba justo en su ruta. Tomas siempre miraba al patio, no por curiosidad, sino porque detrás del cobertizo de Manuel crecía un manzano viejo, y en otoño caían manzanas amarillas, pequeñas y ácidas, pero él las recogía y se las comía igual.

Ya no había manzanas. Pero la costumbre de mirar seguía.

Aquel jueves, Tomas volvía del colegio y vio a Manuel de pie en el porche con un saco de lona en las manos. El saco se movía.

Tomas se detuvo junto a la verja. El saco en las manos de Manuel se sacudía, y algo dentro raspaba, sordo, como uñas contra madera.

Manuel no vio al chico. Bajó del porche, cruzó el patio hasta su coche —un viejo Seat lleno de barro—, abrió la puerta trasera, dejó el saco en el asiento y volvió a la casa.

Tomas se quedó quieto. El corazón le latía como si hubiera corrido, aunque estaba parado. Había visto a la gata cerca de la casa de Manuel: gris, con la mancha blanca. A veces se sentaba en el alféizar y miraba a la calle. Tomas una vez le saludó con la mano, y la gata inclinó la cabeza, como si no hubiera entendido.

El saco. La gata dentro del saco. Tomas sabía lo que era. Su abuela le había contado que antes, en el pueblo, ahogaban a los gatitos en el río. No por maldad, sino porque no había con qué alimentarlos. La abuela lo decía con calma, como si hablara del tiempo, y aquella noche Tomas no pudo dormir hasta tarde porque se imaginaba un saco hundiéndose en el agua negra.

Manuel salió otra vez. Ahora llevaba una caja de cartón. La puso en el asiento trasero junto al saco, se sentó al volante y arrancó el motor. El Seat tosió, resopló y salió del patio por la cancela abierta.

Tomas se pegó a la valla para que el coche no le rozara. Manuel pasó a su lado y no giró la cabeza.

El chico echó a correr hacia su casa.

Su madre, Carmen, estaba en la cocina cortando cebolla. Tenía los ojos rojos, pero no de llorar, sino de la cebolla. Tomas entró en el recibidor sin quitarse los zapatos y soltó desde la puerta:

—Mamá, Manuel ha metido a la gata en un saco y se la ha llevado.

Carmen dejó el cuchillo.

—¿Qué gata?

—La gris, con la mancha blanca. La que vivía con él. La metió en un saco y al coche.

—Tomas, quítate los zapatos. Estás dejando todo el suelo…

—¡Mamá! Se la ha llevado para ahogarla. O para tirarla al bosque.

Carmen se secó las manos en el delantal. Miró a su hijo. Estaba con la chaqueta desabrochada, la mochila colgando de un hombro, y el labio inferior le temblaba. No lloraba, pero estaba al límite.

—Tomas, siéntate. No sabemos adónde la ha llevado. Igual al veterinario.

—Al veterinario no se lleva a un animal en un saco. En un transportín.

Y entonces Carmen no supo qué responder. Porque su hijo tenía razón. Al veterinario no se lleva a un gato en un saco.

—Vale —dijo ella—. Hablaré con Manuel cuando vuelva.

—¿Y si es tarde?

—Tomas.

—¿Y si es tarde, mamá?

Carmen se quitó el delantal.

—Prepárate. Vamos.

No sabía por qué lo hacía. Manuel era vecino desde hacía veinte años. Hombre callado, de pocas palabras, que antes trabajaba de mecánico en un taller y ahora estaba jubilado, arreglando pequeñas cosas a los vecinos por un dinero simbólico. No bebía. No armaba escándalos. Desde que se quedó viudo, se volvió más silencioso aún, como si le hubieran bajado el volumen unos cuantos números. Carmen le llevaba tarros de mermelada en Año Nuevo, y él siempre decía lo mismo: «No hacía falta, Carmen, de verdad». Los cogía. Y a la siguiente vez volvía a decir que no hacía falta.

No parecía un hombre que ahogara gatos.

Pero el saco se movía. Tomas lo había visto.

Carmen sacó el coche del garaje. Tomas se sentó a su lado, se abrochó el cinturón y miró por la ventanilla, como si la gata pudiera aparecer en algún lado de la carretera. No sabían adónde ir: no tenían ni idea de hacia dónde había torcido Manuel. ¿Hacia el río? ¿Hacia el bosque? ¿Hacia la carretera nacional?

—Al río —dijo Tomas con seguridad.

—¿Por qué al río?

—Porque la abuela decía que siempre al río.

Carmen giró hacia el río. No porque creyera en las historias de la abuela. Sino porque no tenía otro plan, y Tomas la miraba como miran los niños cuando esperan que un adulto lo arregle todo.

El camino al río atravesaba un campo, luego un bosque de chopos, después bajaba de repente hacia el puente. El puente era viejo, de madera, solo se usaba en verano. Ahora la gente solía dar un rodeo por El Cerro, ocho kilómetros más, pero con asfalto.

El Seat de Manuel no estaba junto al puente.

—No está aquí —dijo Carmen.

Tomas no respondió. Miraba el río. No se había helado, porque febrero había sido templado, y el agua corría turbia, gris-marrón, con manchas oscuras en las orillas.

—Vamos a dar la vuelta —dijo Carmen con suavidad.

—Por El Cerro —pidió Tomas.

Fueron por El Cerro.

Vieron el Seat a la vuelta, aparcado en el arcén a la salida de El Cerro, delante de un edificio largo y bajo con un cartel que ponía «Clínica Veterinaria». El cartel estaba viejo, las letras descoloridas. Al lado de la puerta colgaba un folio, pero desde lejos no se leía.

Carmen paró.

—Tomas, espérame en el coche.

—No.

—Pues vengo contigo.

No discutió.

Dentro olía a lejía y a algo dulce, como en las farmacias. Detrás del mostrador había una mujer con bata azul escribiendo en un cuaderno. En el pasillo, sillas vacías. Desde una puerta cerrada con el letrero «Consulta» llegaba una voz. Carmen la reconoció al instante.

Manuel.

Se acercó a la puerta y se detuvo. Tomas estaba pegado a su brazo.

La puerta estaba entreabierta.

Manuel estaba sentado en un taburete frente a una mesa metálica. Sobre la mesa, encima de un hule limpio, yacía la gata. Gris, con la mancha blanca en el pecho. Viva. El veterinario, un hombre joven con gafas, le palpaba el vientre. La gata estaba tranquila, solo movía la cola.

—¿Cuándo se dio cuenta? —preguntó el veterinario.

—Hace tres días. Dejó de comer. Luego empezó a esconderse. Se metió debajo del fregadero y no salía. La saqué como pude.

—¿En qué la trajo?

—En un saco. No tengo transportín. Lo compraría, pero en la tienda del pueblo no venden y hasta la capital… Le hice agujeros al saco para que respirara. Y le puse una manta dentro.

El veterinario asintió. Apretó el vientre de la gata y mantuvo la mano.

—Manuel, su gata no está enferma. Está preñada. Dentro de una semana, quizá diez días.

Manuel se quitó la gorra. Se frotó la frente. Se la volvió a poner.

—¿Gatitos?

—Tres o cuatro, por lo que noto. No es vieja, está sana, el parto debería ir bien.

—Creía que se moría —dijo Manuel en voz baja—. No come. Se esconde. Maúlla por la noche, bajito, como quejándose. Pensé que se acababa.

El veterinario sonrió.

—No se acaba. Todo lo contrario. Empieza.

Manuel miró a la gata. Ella giró la cabeza y entrecerró los ojos, como diciendo: «¿Ya te has enterado?».

Él alargó la mano y la acarició entre las orejas. Una vez. Otra. La gata aplastó las orejas y empezó a ronronear, y el sonido vibró sobre la mesa metálica.

Tomas, al otro lado de la puerta, dejó de respirar. Lo había oído todo. Carmen le puso una mano en el hombro y sintió cómo el chico se relajaba, como si le hubieran quitado el peso que había llevado la última hora.

Empujó la puerta.

Manuel se volvió. Vio a Carmen. Vio a Tomas. Se sorprendió.

—Carmen, ¿qué haces aquí?

Carmen abrió la boca y la cerró. Porque decir «pensábamos que ibas a ahogar a la gata» era vergonzoso, estúpido e imposible. Pero Tomas se le adelantó.

—Manuel, vi cómo metía a la gata en el saco. Pensé que iba a… ya sabe.

No terminó. Manuel miraba al chico, y en su cara ocurría algo lento y complejo, como si juntara palabras sueltas para formar un dibujo entero.

—¿Pensaste que la iba a ahogar?

Tomas asintió.

Manuel calló. Luego se levantó, se acercó al chico y se puso en cuclillas. Le crujieron las rodillas, y Manuel hizo una mueca, pero no se enderezó.

—Tomas. No lo habría hecho. ¿Me oyes? Nunca.

—Lo sé. Ahora lo sé.

—El saco, porque no tengo transportín. Ella no aguanta que la cojan. Se escapa. En el saco está a oscuras y tranquila. Le puse un jersey viejo para que estuviera blando.

—Vi que el saco se movía y me asusté.

Manuel puso la mano en el hombro del chico. La palma era grande, pesada, con callos amarillos.

—Hiciste bien en asustarte —dijo Manuel con seriedad—. Hiciste bien en correr. Si hubiera sido de verdad, habrías llegado a tiempo.

La gata, sobre la mesa, dejó de ronronear y los miraba como si entendiera de qué hablaban. El veterinario anotaba algo en silencio.

Carmen se volvió hacia la ventana. Fuera empezaba a nevar, copos finos y secos, y la farola del porche de la clínica parecía un sol apagado entre una nube blanca.

La caja de cartón que Manuel había puesto en el coche después del saco estaba en el suelo junto a la mesa. Abierta. Dentro había una toalla vieja, un cuenco con agua tapado con un plástico para que no se derramara, y un paquete de pienso. Para gatos. El que solo vendía en la tienda del pueblo, la de tía Luisa, y que costaba caro. Manuel lo había comprado antes.

Volvieron a casa de noche. Tomas iba en el asiento de atrás y callaba. No dormía, solo callaba, como un adulto a quien se le han acabado las palabras pero no los pensamientos.

—Mamá —dijo ya cerca de casa—, ¿puedo ir a casa de Manuel cuando nazcan los gatitos?

—Puedes. Si él no se opone.

—No se va a oponer.

Carmen no preguntó de dónde venía tanta seguridad. Porque había visto cómo Manuel miraba al chico en la consulta del veterinario, y en esa mirada había algo que no notaba en su vecino desde hacía tiempo. No gratitud. Algo más simple y más importante. Como si después de tres años alguien lo hubiera visto no a través de la valla, sino de cerca.

Los gatitos nacieron nueve días después. Cuatro. Tres grises y uno blanco, con una mancha oscura en el lomo, como una salpicadura.

Tomas fue aquella misma tarde. Manuel abrió la puerta y lo dejó entrar sin decir nada. El chico se sentó en el suelo junto a la caja donde la gata yacía con los gatitos, y estuvo ahí media hora, sin moverse.

—Este se parece a ti —dijo Manuel señalando al blanco—. Tan revoltoso.

—Pero está tumbado.

—Espera.

Manuel arregló la verja. Tomas ayudó, sujetando la bisagra mientras Manuel apretaba los tornillos. El pestillo nuevo lo compró Carmen. Se lo llevó en una bolsa junto con un tarro de mermelada. Manuel dijo: «No hacía falta, Carmen, de verdad». Pero puso el pestillo ese mismo día.

Ahora la verja cerraba bien, y el viento ya no la golpeaba por las noches. Pero Tomas seguía entrando por ella cada día después del colegio. La abría, pasaba, la cerraba tras de sí. El pestillo sonaba seco y breve, como un punto final.

Cuando el gatito blanco creció, Tomas se lo llevó a su casa. Le puso Blanquito. Manuel oyó el nombre, resopló y no dijo nada. Solo acarició a la gata, que estaba en el alféizar mirando cómo el chico se llevaba a su hijo por el patio.

La gata los siguió con la mirada hasta la verja. Luego se dio la vuelta y se enroscó en la repisa.

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Pepe metió la gata en el saco – el chico del vecino lo vio sin quererEl chico, sin saber qué hacer, se quedó paralizado mirando el bulto que se movía.
«El Chico Para Golpear»