Andrés la ata a un poste en una gasolinera a sesenta kilómetros de casa. Lo elige lejos a propósito, para que no encuentre el camino de vuelta. La ata, coloca un cuenco con agua a su lado, se sube al coche y se va. No se gira. No mira por el retrovisor. Sube el volumen de la radio y pisa el acelerador hasta que la gasolinera se vuelve un punto y desaparece tras una curva.
La perra se llama Nica. Pastor alemán, cuatro años, grande, con una máscara oscura en el hocico y un color canela claro en el pecho. Inteligente, obediente, con pedigrí y diploma de adiestramiento básico. Una perra perfecta. Que se ha vuelto innecesaria.
* * *
Andrés García, cuarenta y tres años, ingeniero de diseño. Su esposa Luz, su hija Paula – doce años. Un piso de tres habitaciones en un edificio nuevo en las afueras de la ciudad. Hipoteca, coche a plazos, una parcela que empezaron a construir el año pasado y abandonaron porque se acabó el dinero.
Nica la trajeron hace cuatro años, cuando todo era más fácil. Paula pedía un perro desde primero de primaria. Dibujaba pastores alemanes en los cuadernos, veía vídeos de adiestramiento, pegaba en la nevera anuncios de protectoras.
Andrés cede el día del cumpleaños de su hija. Va al criador, elige al cachorro – el más tranquilo de la camada, que está sentado en una esquina mirándolo con ojos oscuros y serios. Lo trae a casa en una caja. Paula chilla de alegría, Luz sonríe, e incluso Andrés, que nunca quiso un perro de verdad, siente algo cálido cuando el cachorro le empuja el hocico contra la palma.
El primer año todo va bien. Paula pasea a Nica después del colegio, le enseña órdenes – “sienta”, “echa”, “ven”. Nica lo capta al instante, como si ya supiera lo que quieren de ella. Andrés pasea por las tardes cuando vuelve del trabajo – por el parque, junto al estanque, pasando por el área infantil. Nica corre a su lado, sin correa, sin rezagarse ni un paso. Los vecinos dicen: “Qué perra tan educada”. Andrés asiente y siente algo parecido al orgullo.
Luego empieza. No de golpe, no como un derrumbe, sino despacio, como una grieta en la pared que al principio no se nota.
Luz pierde el trabajo. Tres meses buscando otro, no encuentra, se vuelve nerviosa, irritable. La hipoteca aprieta. La parcela tienen que paralizarla. El crédito del coche se come un cuarto del sueldo. Y encima Nica – pienso, vacunas, veterinario. No es una cantidad enorme, pero cada mes, fijo, como un recibo más.
Luz habla primero.
–Podríamos dársela a alguien. Temporalmente, hasta que nos recuperemos.
Andrés calla. Paula oye, se echa a llorar, corre a su cuarto. La conversación termina en nada.
Pero Luz vuelve al tema una y otra vez. Durante la cena, antes de dormir, en el coche. Las mismas palabras en distintas combinaciones: “No podemos”, “Necesita una alimentación adecuada y nosotros estamos ahorrando en nosotros”, “Estornudo por el pelo, me está empezando la alergia”. No tiene alergia. Andrés lo sabe. Pero discutir le cansa.
Una noche, cuando Paula está en casa de una amiga por su cumpleaños, Luz pone un ultimátum.
–O el perro o yo. Hablo en serio, Andrés. Ya no aguanto más. Estoy mal en este piso. Pelo por todas partes, olor, paseos eternos. Quiero vivir con normalidad.
Andrés está sentado en la cocina mirando a Nica, que yace a sus pies mordisqueando una pelota de goma. La pelota chilla cada vez que la aprieta. A Nica no le molesta. Casi nada la molesta.
–De acuerdo –dice.
Es la única palabra que pronuncia esa noche.
No busca un nuevo hogar para ella. No llama a las protectoras. No escribe anuncios. Porque sabe que si empieza, cambiará de opinión. Si ve cómo Nica mira a gente extraña, cómo baja las orejas, cómo busca sus ojos – no podrá.
Así que hace lo que hace.
El sábado por la mañana le dice a Paula que va con Nica al veterinario para una revisión. Paula acaricia la cabeza de la perra y dice: “Pórtate bien”. Nica le lame la mano.
Andrés sube a Nica al coche. Ella salta sola, al asiento trasero, como siempre. Se tumba, apoya el hocico en las patas y mira por la ventanilla. Él conduce en silencio. No enciende la radio hasta que sale de la ciudad.
En la gasolinera se detiene. Baja, abre la puerta trasera. Nica salta, mueve la cola – cree que es un paseo. Él ata la correa a un poste metálico junto al contenedor de basura. Coloca el cuenco. Echa agua. Nica se sienta y lo mira. No gime. Espera.
Andrés se endereza. La mira. Una vez – largo, quizá cinco segundos, quizá diez. Luego se da la vuelta, se sube al coche y se va.
No mira por el espejo. Después piensa en eso muchas veces. Podría haber mirado. Podría haber visto cómo ella tiraba hacia atrás, cómo la correa se tensaba, cómo se sentaba de nuevo y se quedaba mirando el coche alejarse. Pero no mira. Porque tiene miedo.
Llega a casa a la hora de comer. Luz pregunta: “¿Y qué?” Él responde: “Todo”. Ella asiente y se va al dormitorio. Paula vuelve por la tarde y se da cuenta enseguida.
–Papá, ¿dónde está Nica?
–Yo… le he encontrado una buena familia. Con niños. Una casa en el campo, con parcela grande. Allí estará mejor.
–¿Qué familia? ¡Nosotros somos su familia! Papá, ¿qué has hecho?
Grita, llora, da portazos. Luego se encierra en su cuarto y no sale hasta la mañana. Luz está sentada en la cocina, callada. Andrés está sentado en la otra habitación, también callado. Nica yace atada a un poste a sesenta kilómetros, esperando.
Pasa un mes. Luego dos. Luego tres.
El piso está más limpio. No hay pelo en el sofá, en la alfombra, en la ropa. No hay olor. La pelota, la correa, los cuencos – lo guardan todo en el trastero, y luego Luz saca una bolsa a la basura. Andrés ve la bolsa junto al vertedero al salir del ascensor. Se detiene. Se queda quieto. Pasa de largo.
Luz encuentra trabajo – dependienta en una tienda de fontanería, turnos de dos días sí y dos no. Deja de hablar del dinero. Se compra unos zapatos nuevos y va a la peluquería. La vida, según ella, va mejorando.
Paula deja de llorar, pero también deja de hablar con su padre. No es grosera, no da portazos. Solo responde con frases cortas – “sí”, “no”, “bien” – y se va a su cuarto. Durante la cena se sienta en silencio, pinchando la comida con el tenedor. Antes de dormir no viene a darle las buenas noches, como antes. La puerta de su cuarto siempre está cerrada.
Andrés lo nota. Cada día lo nota. Y cada día siente algo dentro, bajo las costillas, que tira y tira. No lo suelta.
Empieza a despertarse a las cinco de la mañana – por costumbre, a la hora del primer paseo. Se queda tumbado en la oscuridad escuchando el silencio. Antes, a esa hora, Nica ya estaba junto a la cama gimiendo bajito, tocándole la mano con el hocico. Ahora no hay nada.
Un día, en el supermercado, pasa junto a la estantería de pienso para perros y se para. Está un minuto, quizá dos. Luego se da la vuelta y va a la caja. La cajera pregunta: “¿Necesita bolsa?” No la oye a la primera.
Piensa en Nica cada día. Si estará viva. Si alguien la habrá encontrado en aquella gasolinera. Ese pensamiento no le deja dormir. Llega de noche, a las tres, cuando toda la casa duerme, y se sienta a su lado, y no se va hasta el amanecer.
En septiembre, Andrés vuelve a aquella gasolinera. No sabe por qué. Quizá para asegurarse de que la perra ya no está. Que alguien la recogió, la llevó, le dio una nueva vida.
El poste sigue allí. No hay cuenco. No hay correa. No hay nadie.
Pregunta al empleado de la gasolinera – un chico joven con chaqueta roja.
–¿Vio a una perra? ¿Un pastor alemán? Estaba atada aquí, en verano.
El chico se encoge de hombros.
–Había una, en verano. Estuvo tres días, luego se soltó y escapó. No vi adónde. Terminó mi turno, por la mañana ya no estaba.
Tres días. Tres días esperó.
Andrés se sienta en el coche y está un buen rato sin arrancar. Las manos sobre el volante. La frente sobre las manos. No llora. Solo está sentado.
Domingo. Llueve desde la mañana, una lluvia fina, fría, molesta. Andrés sale a comprar pan a la tienda de la esquina. Camina rápido, con el cuello del abrigo subido, saltando charcos.
Se detiene ante el portal. Porque junto a la puerta, sobre el hormigón mojado, hay una perra echada.
Flaca. Sucia. Con mechones de pelo apelmazados como fieltro. La oreja izquierda desgarrada, en el costado un arañazo largo cubierto de costra. Las costillas se le marcan tanto que se pueden contar. Las patas, sucias, desgastadas, con las almohadillas agrietadas.
Pero el hocico. La máscara oscura, el color canela claro en el pecho. Y los ojos. Esos mismos – oscuros, serios, que vio hace cuatro años en casa del criador.
Nica.
Está echada ante su puerta. Ha recorrido sesenta kilómetros – por la carretera, por los campos, por los pueblos, por los bosques, pasando junto a otra gente.
Y ha llegado aquí. A él. Al hombre que la ató a un poste y se fue.
Andrés se queda mirando. La bolsa del pan se le cae de la mano. No se da cuenta.
Nica levanta la cabeza. Lo ve. La cola se mueve. Una vez. Luego otra. Y otra. Intenta levantarse, pero las patas delanteras resbalan en el hormigón mojado. Se queda quieta. Se levanta. Tambaleándose, sobre patas temblorosas, moviendo con dificultad las patas desgastadas, da dos pasos y le clava el hocico en la rodilla. Justo en la rodilla. Como hacía cada tarde cuando él volvía del trabajo y se quedaba en el recibidor quitándose los zapatos.
Andrés se arrodilla, justo sobre el hormigón mojado. Abraza a la perra. Nica se aprieta contra él, toda entera – sucia, mojada, flaca, temblorosa. No gime. Solo se aprieta y se queda quieta. Y respira hondo, con un jadeo ronco, en el cuello de él.
Él llora. De rodillas, en un charco, a la vista de todo el vecindario. Llora como no lloró ni en el entierro de su madre. Las lágrimas le caen en silencio, sin sonido, simplemente resbalan por las mejillas y gotean sobre el pelo sucio.
–Perdón –dice. –Perdóname. Perdón.
Nica le lame la mejilla. Con la lengua húmeda y caliente.
En el ascensor, ella se aprieta contra su pierna y tiembla con un temblor menudo.
La puerta la abre Luz. Ve. Palidece.
–Andrés, esto es…
–Es Nica –dice él. Y la voz que tiene hace que Luz retroceda y no diga nada más.
Desde la habitación sale Paula corriendo. Ve a la perra. Se queda parada en el pasillo. Luego, despacio, como en un sueño, se sienta en el suelo y extiende los brazos.
–Nica… Niquita…
La perra se acerca. Paula la abraza, entierra la cara en el pelo sucio y se echa a llorar. Fuerte, a gritos.
Andrés se queda en el recibidor mirando a su hija y a la perra. Luego pasa a la cocina, saca una cacerola del armario, echa agua, la pone en el suelo. Nica bebe largo, con ansia, derramando. Él abre la nevera, encuentra una pechuga de pollo, la calienta, la desmenuza y la pone en un plato. El cuenco de la perra ya no está en casa desde hace tiempo.
Nica come despacio. Con cuidado, como siempre. Luego se tumba en el suelo a los pies de él.
Luz está en la puerta de la cocina, con los brazos cruzados, callada. Labios apretados, cara blanca. Luego dice en voz baja:
–Está toda enferma, mírala. Necesita un veterinario.
–Mañana por la mañana vamos a la clínica. Ahora que coma y descanse.
Luz se queda callada. Mira a Nica, que yace a los pies de Andrés respirando hondo. Luego asiente y se va al dormitorio. Ni una palabra sobre el pelo. Ni una palabra sobre el olor. Ni una palabra sobre la alergia que nunca tuvo. Quizá ella también ha entendido algo en estos tres meses. Quizá ha visto lo que le ha pasado a su hija. Quizá ha visto lo que le ha pasado a su marido. O quizá solo ha mirado a la perra a los ojos y no ha encontrado qué decir.
Paula trae una manta de su cuarto. La extiende en un rincón del recibidor. Nica se sube a la manta y se enrosca. Paula se tumba a su lado, en el suelo mismo, abrazando a la perra. Andrés las cubre a las dos con una colcha.
Luego sale al balcón. La lluvia ha parado. Huele a hojas mojadas y a tierra. Atardecer de octubre, oscuro, con farolas amarillas a lo largo del patio.
Saca el móvil. Abre el navegador. Teclea: “clínica veterinaria 24 horas”. Encuentra un número, lo guarda. Luego teclea: “pienso para perros desnutridos”. Luego: “cómo limpiar heridas de perro en casa”.
Desde la habitación llega la voz de Paula. Habla con Nica. Algo sobre el colegio, sobre una amiga, sobre que mañana saldrán a pasear, pero no mucho, para que no se canse. Nica escucha. Siempre ha sabido escuchar.
Andrés cierra el móvil. Vuelve al recibidor. Se sienta en el suelo junto a su hija y la perra. Pone la mano sobre Nica. Bajo la palpa siente las costillas, la piel caliente, la respiración irregular.
–Nunca más –dice. No a Paula, no a Luz, no a sí mismo. A Nica. –¿Oyes? Nunca.
Nica abre los ojos. Lo mira. Esos mismos ojos – oscuros, serios, sin reproche. Mueve la cola. Una vez, breve. Y vuelve a cerrar los ojos.
Ella lo ha perdonado antes de que él termine de hablar.







