Antes para mi suegra yo era ‘la cateta’. Ahora casi a diario me llama, me elogia. Yo sé la razón de ese cambio de comportamiento y no creo ni una palabra de mi suegra!

Antes, para mi suegra, yo era una víbora y una vaga. Ahora me ha convertido en santa, me llama casi cada día para rogarme perdón. Pero no creo ni una gota de sus palabras. Solo quiero decir una cosa: ¡bien merecido! ¡Recojan lo que sembraron!

Pues bien, en 2017 me casé con Pedro. Habíamos estudiado juntos, nos conocimos en primer curso de la universidad. Al terminar el grado, nos casamos. Yo no soy de aquí, llegué a Madrid desde un pueblecito de la provincia de Toledo.

Como éramos estudiantes y no teníamos dinero, decidimos vivir con mi suegra. Carmen, mi suegra, tenía un piso de tres habitaciones en pleno centro de Madrid, impecablemente reformado. Al principio acepté aquella locura: ahorraríamos más rápido para nuestro propio nido, sin tener que pagar alquiler.

Pero mi suegra no me aceptó. No dudó en decir que quería una mujer mejor para su único hijo:

—Pueblo sin lavar. Aquí, en la ciudad, las reglas son otras, querida. ¿Pensabas que casándote te quedarías con el piso? ¡Ni lo sueñes!

Entonces yo ya había encontrado trabajo, como ayudante en una oficina de traducciones. Y después me esforzaba en casa: limpiar, cocinar. Pero jamás lograba complacer a mi suegra.

—¿Qué es esa porquería?

—Es caldo, lo acabo de hacer.

—¡Seguro que hacías esos caldos para los cerdos en tu pueblo!

Pedro ni siquiera intentaba hablar con su madre, porque le tenía mucho miedo. Temía que nos echara del piso.

Pero nuestros problemas no acabaron ahí. Al cabo de un año logramos ahorrar una buena cantidad de euros, pero todo ese dinero se fue en reformas para mi suegra. Compramos nevera nueva, microondas, fregadero, campana extractora y armarios. Y la nevera vieja, mi suegra no la tiró; la colocó en nuestro dormitorio. Allí guardábamos toda nuestra comida. Una vez cogí un trozo de mantequilla suya: montó un escándalo como si la hubiera robado.

Viví en ese manicomio tres años más. Cuando empezó el virus, todo se fue al traste. Despidieron a Pedro, se quedaba en casa todo el día. Yo trabajaba a distancia, me dieron un portátil de la empresa. Y mi suegra volvió a quejarse:

—¿Eso es trabajo? Mejor levántate y friega los platos.

—Ahora mismo, solo termino de rellenar estos documentos.

—¿Y cocinar? ¡Mira a Pedro, qué flaco está! ¡Eres una pésima ama de casa!

Entonces no pude más. Recogí mis cosas y volví a casa de mis padres, al pueblo. Pedro me llamó solo una vez: me pidió que hiciera las paces con su madre.

Así que nos divorciamos. Yo, gracias a Dios, trabajé bien, logré comprarme un piso en la ciudad. Y hace poco, también un coche. Ahora vivo en Madrid, he abierto mi propia oficina de traducciones y tengo empleados estupendos.

Y hace un mes, de repente, mi suegra me llamó:

—Pilar, eres tan lista. He oído que tienes un buen trabajo. Siempre dije que llegarías lejos en la vida.

Me quedé sin palabras, porque recordé cómo antes me “alababa”.

—Bueno, gracias…

—¿Y no te has vuelto a casar?

—No. ¿Y a usted qué le importa?

—Es que Pedro se consume sin ti, se marchita. ¿Y si os vierais?

Resultó que después del divorcio, Pedro no encontró a nadie: ni mujer, ni trabajo. Todos estos años ha vivido a costa de su madre, solo con trabajos eventuales. Y seguramente mi suegra se enteró de mi negocio y mi piso, y decidió “reconciliarse”. Ahora me llama casi a diario. Me harté y por fin puse punto final a esa absurda conversación:

—¿Sabe? Seguro que ha olvidado cómo me llamaba “pueblo sin lavar”, cómo criticaba mi comida. ¡Cómo incluso me reñía por mi trabajo!

—Eso fue hace tiempo. Lo pasado, pasado está.

—No, así no funciona. ¡Dios la ha castigado por ello! Críe usted misma a su hijito y búsquele una mujer decente. ¡Porque yo soy el pueblo sin lavar!

No me da ni pizca de vergüenza haberle soltado eso. Más bien, a mi exsuegra. Ella misma destrozó nuestra familia, ¿y ahora quiere hacer las paces? Gracias, pero como dicen: no se puede entrar dos veces en el mismo río.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

14 − 5 =

Antes para mi suegra yo era ‘la cateta’. Ahora casi a diario me llama, me elogia. Yo sé la razón de ese cambio de comportamiento y no creo ni una palabra de mi suegra!
Al corazón no se le manda Tras recorrer animadamente el pueblo hasta su casa, Protasio empujó la cancela y entró en el patio. De la casa salió disparada su madre, que abrazó a su hijo mientras se secaba las lágrimas. —Hijo mío, ya has terminado el servicio militar. ¡Madre mía, eres el vivo retrato de tu padre! Lástima que ya no pueda verte… —decía y repetía Tatiana. —Hola, mamá, que me vas a estrujar de tanto apretarme —reía Protasio—. Anda, vamos dentro. —Protasio, hijo, esta semana no he pegado ojo, esperando que volvieras. Gracias a Dios ya estás en casa, ahora ya podré estar más tranquila yo también. Protasio regresó de la mili hecho un hombre y más fuerte todavía. Siempre fue robusto, pero ahora tenía mejor planta aún. Antes de irse no había tenido novia seria, aunque más de una tenía esperanzas. —No pienso tener relaciones serias antes de irme a la mili. ¿Y si luego ella no espera y me llevo un disgusto? Mejor después, cuando vuelva, me enamoro y me caso —le decía a sus amigos. —Pues tienes razón —le apoyaba su amigo Máximo—. Siempre te lo tomas todo muy en serio… hasta esto. —Hijo, vamos a la mesa, luego descansas, y por la noche… —no terminó porque Máximo entró como un torbellino y saltó sobre Protasio, riendo y abrazándole. —¡Estás hecho un toro! La mili te ha sentado de maravilla —reía su amigo. —Venga, Máximo, siéntate con nosotros —ofreció Protasio. —Me lo ha dicho mi madre, que estaba en el patio y te vio pasar. “Que ha vuelto Protasio”, me ha dicho, y he venido a toda prisa. Todo el pueblo pasaba a saludarlo, amigos de todas las edades, y todos querían charlar un rato con él. Más tarde, Protasio y Máximo fueron al centro social, donde la música y el baile ya estaban en pleno apogeo. Protasio, con ganas de ver a las chicas, no sabía a cuál invitar. Mientras pensaba, anunciaron un “baile blanco” y enseguida Rita se acercó. —Hola, ven a bailar, te invito yo —le dijo con toda confianza. Protasio bailó con Rita, pero el silencio reinaba entre ellos; ella le miraba a los ojos, y él, sudando, apartaba la mirada. —¿Se me habrá olvidado cómo hablar con chicas? —pensaba. Pero Rita rompió el hielo, y empezaron a hablar. La conocía bien, era tres años mayor, espabilada y guapa. Esa noche no se despegó de él y acabó acompañándola a casa. Iban callados, hasta que Protasio le contó historias de la mili… pero Rita se paró y le plantó un beso en los labios. Él se quedó de piedra, sin palabras, mientras ella reía. A Protasio le resultaba un poco incómodo: Rita era muy lanzada, y aunque no le terminaba de hacer gracia, tampoco le disgustaba la situación. —Protasio, ¡qué tímido eres! —bromeaba ella—. ¿Te has vuelto salvaje en la mili? Aquella noche, comprobó que Rita carecía de pudor y llegó a casa de madrugada. Al día siguiente, ella fue a su casa, habló con Tatiana como viejas conocidas. En los pueblos, todo el mundo se conoce. A la madre le cayó bien enseguida por su desparpajo y sus ganas de ayudar. Rita iba a menudo, barría la casa, y demostraba ser muy apañada. Tatiana estaba encantada, pero Protasio no lo entendía. —¿Para qué viene Rita de día, si por la tarde ya nos vemos y la acompaño? Un día, el vecino don Mirón, que vivía pared con pared, apareció en el patio. Cada mañana, él salía a su porche y examinaba el vecindario, contento de ver que todo seguía igual y en su sitio. Don Mirón era muy curioso. Protasio estaba liado con la paja en el granero y no notó cuando se le acercó don Mirón. —Buenos días, vecino —saludó este, y Protasio dio un respingo. —¡Qué susto, don Mirón! Me ha pillado desprevenido —reía él. —Anda ya, no te asustes por un viejo —sonreía don Mirón a través de su bigote canoso, siempre de broma—. Veo que Rita viene mucho por aquí, aún no te ha liado… Se nota que eres resistente, pero ya te digo que ella es de las que convencen rápido. Yo tuve que luchar por mi mujer, pero Rita… ¡ella se presenta y hasta le unta la oreja con miel a tu madre! Protasio escuchaba sin rechistar. Sabía que don Mirón tenía razón. Y él, cansado ya de tantas atenciones y de lo insistente que era Rita, sentía que el corazón seguía cerrado. Un día, le dijo a su madre: —Mamá, voy a hablar con Rita, ya no quiero seguir con esto. —¿Te has vuelto loco? ¡Rita es buena chica, trabajadora, lista! ¿A quién quieres tú? —Mamá, quiero una mujer que me intrigue, que me despierte curiosidad… no que ya me tenga todo claro. Tatiana no lo entendía. Por la noche, Rita volvió a liarse a besos, sin dejarle hablar. Pero antes de despedirse, él le dijo que era la última noche. Dejó de ir al centro social, se quedaba en casa leyendo. Si Rita venía, él salía o se iba con Máximo a pescar, a veces incluso al pueblo de su compañero de mili. Pasaba junto a Rita y apenas la saludaba. Pero ella seguía detrás. Pasó un tiempo y al pueblo llegó una nueva joven enfermera, Paulina. Sencilla, sin maquillaje, modesta y delicada, pero con decisión y firmeza. Sus ojos eran como dos lagos azules; quien los miraba, se perdía. No acudía al centro social, aún no tenía amigas. Don Mirón fue a verla, por unos dolores de espalda, y salió enamorado de la muchacha. A todo el mundo le contaba maravillas de la nueva enfermera, su mirada, su seriedad y ternura. Protasio aún no la conocía, siempre andaba con la cosecha en el campo; sólo volvía agotado para dormir. Pero un día se fastidió la espalda y apenas podía moverse. Don Mirón pronto se enteró y fue presto a avisar a la enfermera. Paulina llegó como prometió. Protasio se sorprendió: parecía una niña. Tenía duda de que supiera lo que hacía, pero cuando le tocó la espalda con sus manos firmes y delicadas, quedó paralizado. —Muy bien, le recetaré pastillas y pinchazos. Vendré cada día —dijo seria. Protasio empezó a esperarla con impaciencia. Un día, sintiéndose mejor, intentó besarla, pero recibió tal bofetada, que por un instante se quedó sordo. Los ojos de Paulina lanzaban rayos, recogió sus cosas y se marchó sin decir nada. —¿Por qué he hecho esto? —se reprochaba—. Me creía que sería fácil, pero Paulina le había enseñado que no todo era tan sencillo. Paulina, enfadada, apenas le dirigía la palabra los días siguientes. Protasio se disculpó, pero ella guardó silencio. Y aunque veía lo que sentía por ella, le resultaba igual de evidente que ella tampoco era indiferente a él. Sus miradas decían mucho más. Terminados los pinchazos, Protasio se recuperó y retomó su trabajo. Con la cosecha acabada, por la tarde decidió ir al centro social. Allí estaba Rita de inmediato junto a él, pero vio a Paulina y se sorprendió. Se armó de valor, la invitó a bailar. Ella, con su figura delicada y su sonrisa tímida, parecía flotar como una pluma. Los ojos de Protasio no podían dejar de contemplarla. Tras bailar, le susurró: —¿Nos escapamos juntos? —Ella sonrió y asintió. Poco después, todo el pueblo celebraba la boda de Protasio y Paulina. Todos felices, menos Rita, que intentó desacreditar a la novia, pero nadie la tomó en serio. Hoy, Protasio se levantó temprano, salió al porche, sintió el aire fresco en sus músculos, dudó si correr descalzo por la hierba, pero regresó a acurrucarse con su mujer, que exclamó al sentir el cuerpo frío y se apegó aún más a él. Él la apretó fuerte y, riendo, ella le dijo: —¡Cuidado, no vayas a romperme ahora…! —¿Qué pasa? No temas, no soy tan bruto… —Pues que ya no estoy sola… Vamos a tener un bebé. Protasio, al oírlo, se quedó boquiabierto: —¿De verdad? ¿Lo dices en serio? —Claro —reía Paulina, mientras él seguía sin creérselo—. Anda, levántate, que yo ordeño la vaca y tú la llevas al pasto. Después, sobre la mesa, le esperaban una pila de tortitas con nata y té humeante. Tras desayunar, le dio un beso y le insinuó entre risas que aún quedaba tiempo antes de empezar el día. Paulina le acompañó al patio y, de repente, él la levantó en brazos y giró con ella por todo el corral. Don Mirón, desde su porche, les miraba divertido. —¡Vaya vida dulce la de Protasio con la joven esposa…! Y Protasio, feliz, pasó el día trabajando con un ánimo imparable, con ganas de abrazar al mundo y gritar que pronto sería padre.