Canelo no gime cuando el dueño se gira hacia la salida. Simplemente apoya el hocico sobre las patas y cierra los ojos, como si supiera desde hace tiempo cómo termina este viaje.
En el mostrador de recepción, Javier desabrocha el mosquetón de la correa. Sus dedos se mueven rápido. Así se quita el reloj antes de ducharse: sin pensar, sin pausa.
– No tengo tiempo para ocuparme de un perro viejo – dice sin levantar la mirada. – Las patas traseras apenas le funcionan. Bueno, dormidlo. O llevadlo a una perrera.
Las gafas con cadena se balancean cuando Lidia Sánchez gira la cabeza hacia el perro. Pelirrojo. Grande. Con canas en el hocico y la oreja izquierda desgarrada. Canelo yace a los pies del dueño, y su cola no se mueve.
– ¿Está seguro?
La correa cae sobre el mostrador. Cuero gastado, hebilla metálica con pequeños arañazos.
– Seguro – Javier encoge un hombro. – Me he casado. Mi mujer, bueno… alergia. Piso nuevo, reforma recién hecha. Y él suelta pelo. En fin, no tengo tiempo.
La palabra «no tengo tiempo» la pronuncia un poco más rápido que las demás. Tres sílabas, como ensayadas en el coche de camino aquí.
No se agacha. No acaricia al perro en el cuello. Ni siquiera mira abajo. Se da la vuelta, empuja la puerta de cristal y sale. El olor a gasolina y a noviembre mojado entra en el pasillo por un segundo, y luego la puerta se cierra de golpe, y se hace el silencio.
Canelo levanta la cabeza. Mira la puerta. A Lidia Sánchez. Otra vez la puerta. Sus fosas nasales se agitan, aspirando el olor que se aleja. El cristal no se mueve. Los zapatos conocidos no vuelven.
Las rodillas crujen cuando ella se agacha a su lado.
– Bueno, viejo. Vamos a ver.
Bajo la palma, el pelo es áspero y caliente. Huele como huelen los perros que han dormido muchos años en el mismo sitio del pasillo, sobre una manta vieja. A polvo. A hogar.
Las patas traseras están mal. Artritis, articulaciones hinchadas. El perro se levanta con dificultad, bamboleándose, como si llevara un saco invisible en el lomo. Pero se levanta. Solo.
Lidia Sánchez palpa las costillas, levanta el labio, revisa los dientes. El corazón late regular, los ojos claros. Para su edad, el perro se mantiene firme: puede caminar, puede comer, puede meter el hocico en las rodillas. Y esperar en la puerta. Esperar en la puerta sabe hacerlo. Está acostumbrado.
En el collar cuelga una chapa metálica cubierta de pequeños arañazos. Lidia Sánchez la inclina hacia la luz. Dos números de teléfono. Uno firmado «Javi». El segundo, más abajo, más pequeño, casi borrado: «Marta».
El primer número no contesta. Cinco pitidos, seis, siete. El abonado no está disponible.
Canelo yace en el suelo del consultorio, la cabeza entre las patas. La lámpara de luz blanca parpadea sobre él con un leve chisporroteo, y la sombra del cuerpo pelirrojo aparece y desaparece sobre el linóleo gris. Como si el perro ya estuviera medio desaparecido.
El dedo se detiene sobre el segundo número. Luego Lidia Sánchez pulsa la llamada.
Cogen el teléfono al tercer pitido.
– ¿Diga? – Voz joven, un poco ronca, con una pausa antes de la palabra. Así responden las personas que no esperan llamadas de extraños, pero contestan porque temen perderse algo importante.
– Buenos días. Clínica veterinaria «Esperanza». Me llamo Lidia Sánchez. ¿Es usted Marta?
Pausa. Corta, pero densa, como si algo hubiera caído al fondo.
– Sí. ¿Qué ha pasado?
– Tenemos a su perro. Canelo. Pelirrojo, grande, oreja izquierda desgarrada. Lo trajo un hombre. Javier. Y lo dejó.
– ¿Cómo que lo dejó?
– Se negó a llevárselo. Dijo que no tenía tiempo.
En el teléfono se hace silencio. Lidia Sánchez oye la respiración y el ruido de la calle. En algún lugar lejano, un autobús pita. Luego suena algo parecido a cuando una persona se tapa la boca con la mano.
– ¿Está vivo? – la voz se vuelve más fina, como un hilo que se estira.
– Vivo. Artritis en las patas traseras, pero el estado es estable. Necesita un curso de inyecciones y alguien a su lado. No es una condena.
– Voy para allá. Mándeme la dirección. Ahora mismo voy.
La comunicación se corta. Lidia Sánchez sostiene el teléfono un segundo más y escucha el silencio. Luego mira a Canelo. Él no se mueve. Solo su cola se sacude una vez, casi imperceptible, como en un sueño cuando se sueña algo bueno y luego no se recuerda qué.
Del cuarto de atrás trae un cuenco con agua. Lo coloca junto al hocico. Canelo se estira, lambe una, dos veces, y una gota queda colgando en sus bigotes. Luego vuelve a apoyar la cabeza.
La manta vieja del armario huele a naftalina y a gatos ajenos. Lidia Sánchez la extiende en una esquina del consultorio, y el perro se traslada allí solo, despacio, arrastrando las patas traseras. Olfatea la tela. Se tumba. Esconde el hocico en un pliegue.
Fuera anochece. Las farolas de noviembre se encienden antes de las cinco, y la luz húmeda se posa sobre el cristal en manchas amarillas.
Dos horas después, la puerta de cristal se abre de nuevo. Chaqueta mojada, pelo castaño pegado a la frente, zapatillas oscurecidas por los charcos. Marta se detiene en el umbral del consultorio y no entra de inmediato.
En la esquina, sobre la manta, yace Canelo. No levanta la cabeza.
Ella da un paso. Luego otro, más lento, como si temiera espantarlo. Se arrodilla. La manta se oscurece por la chaqueta mojada, y por el consultorio se extiende olor a lluvia y a asfalto frío.
Y entonces el perro abre los ojos. La mira largo rato, como si no confiara. Las fosas nasales se dilatan. La cola golpea la manta, una vez, otra, más rápido. Canelo gime bajito y fino, como un cachorro, y estira el hocico hacia ella. Las patas traseras no lo sostienen, resbalan sobre la tela, y él se impulsa con las delanteras, clavando las uñas en el suelo, golpeando el linóleo.
Marta lo sujeta por el pecho y lo atrae hacia sí. La lengua caliente le recorre la mejilla, la barbilla, las líneas saladas y mojadas que ella no se seca.
Lidia Sánchez está junto a la puerta. Calla. Se quita las gafas, las limpia con el borde de la bata, aunque los cristales están limpios. Se las vuelve a poner.
– Tiene trece años – dice Marta sin volverse. La voz sorda, como si alguien hubiera puesto algo caliente y pesado sobre su garganta. – Papá lo recogió en una obra cuando yo tenía once. Aquella vez, los perros callejeros le rompieron la oreja. Papá lo llevó a casa en la chaqueta, como a un niño.
El hocico pelirrojo se presiona contra su palma hasta que los dedos se separan.
– Y ahora, de repente, no tiene tiempo – Marta lo dice en voz baja, sin enfado. Así se habla de cosas que ya no sorprenden, sino que queman en algún lugar bajo las costillas.
Sus manos tiemblan ligeramente. Aprieta los puños, se frota los dedos, como si intentara entrar en calor, aunque en el consultorio hace calor.
– La artritis se trata – habla Lidia Sánchez con tono profesional. – Inyecciones en curso, comida especial y calidez. Que no se quede solo mucho tiempo. No está desahuciado. Solo es viejo.
Marta asiente. Se levanta. Se seca la cara con la manga de la chaqueta mojada y mira a la veterinaria directamente, sin apartar la vista.
– Me lo llevo.
– ¿Hay condiciones?
Sus labios se contraen. No es una sonrisa.
– Un estudio. Dieciséis metros. Un gato. Trabajo de ocho a seis. Y ninguna razón para dejarlo aquí.
Del gancho junto a la puerta, Lidia Sánchez coge la correa. La misma, gastada, con la hebilla arañada. Marta la toma, y los dedos se cierran sobre el cuero viejo como si sostuvieran una mano, no una correa.
El mosquetón encaja en el collar. Canelo está de pie, tambaleándose, las patas traseras tiemblan, pero la cola se mueve de un lado a otro. La oreja izquierda desgarrada se contrae.
– Vamos, Canelo. Vamos.
Él da un paso. Lento, torpe, inclinándose a la derecha. Llega al umbral y se detiene. Se vuelve hacia el consultorio, hacia la manta, hacia la lámpara parpadeante.
Luego mira a Marta. Y la sigue.
En la salida ella reduce la marcha. Fuera llovizna, huele a asfalto mojado y a hojas caídas. Canelo respira con dificultad, sale vapor de su boca, y la lluvia fina se posa sobre el pelo pelirrojo como polvo plateado.
Hasta el coche hay cien metros. Para las patas enfermas, es un kilómetro entero.
Marta se agacha, sujeta al perro por el pecho y las patas traseras. Pesado. Caliente. Tiembla entero. Se endereza, lo aprieta contra sí, y Canelo entierra el hocico en su cuello. Un hocico mojado y caliente que huele a perro y a la casa anterior, de donde lo llevaron esa mañana para siempre.
La chaqueta está empapada. Los brazos arden por el peso. Las rodillas se doblan sobre el asfalto resbaladizo. Pero ella no se detiene ni una vez.
Lidia Sánchez mira desde la ventana. La lámpara a sus espaldas parpadea, se apaga y se enciende de nuevo.
Sobre el mostrador hay una ficha. «Canelo, mestizo, 13 años. Dueño: Javier». La palabra «Javier» está tachada. Debajo, con letra pequeña y clara: «Marta».
Una semana después, llega una foto al teléfono de Lidia Sánchez. Canelo yace sobre una manta a cuadros, y a su lado hay un gato gris atigrado que lame la oreja pelirroja desgarrada. El hocico del perro está tranquilo. Los ojos cerrados, la cola estirada suelta sobre la tela. Así yacen los perros que ya no necesitan esperar en la puerta.
El pie de foto es breve: «Él no tiene tiempo. Nosotros encontramos tiempo».
Marta compra una correa nueva, azul, con mango suave. Y la vieja se queda colgada sin uso, de ella huele a la casa anterior y al hombre que ya no tiene tiempo.






