No tengo tiempo para andar con un perro viejo —dijo el hombre—. Y no recogió a Bruno de la clínica.

Rufo no gimió cuando su dueño se giró hacia la salida. Simplemente apoyó el hocico sobre las patas y cerró los ojos, como si hubiera sabido desde hacía tiempo en qué acabaría aquel viaje.

En el mostrador de recepción, Alberto desabrochaba el mosquetón de la correa. Sus dedos se movían con rapidez. Así se quita uno el reloj antes de la ducha: sin pensar, sin pausa.

—No tengo tiempo para andar con un perro viejo —dijo sin levantar la vista—. Las patas traseras apenas le sujetan. En fin, dormidlo. O llevadlo a una protectora.

Las gafas colgadas de una cadena se balancearon cuando Lidia García volvió la cabeza hacia el perro. Pelaje rojizo. Corpulento. Canas en el hocico y la oreja izquierda desgarrada. Rufo yacía a los pies de su amo, y su cola no se movía.

—¿Está usted seguro?

La correa cayó sobre el mostrador. Cuero gastado, hebilla metálica llena de arañazos finos.

—Seguro —Alberto encogió un hombro—. Me he casado. Mi mujer, bueno… alergia. Piso nuevo, reforma recién hecha. Y él suelta pelo. En resumen, no tengo tiempo.

Pronunció la palabra «tiempo» un poco más deprisa que las demás. Dos sílabas, como ensayadas en el coche de camino hasta allí.

No se agachó. No le dio una palmada en el lomo. Ni siquiera miró hacia abajo. Se dio la vuelta, empujó la puerta de cristal y salió. El olor a gasolina y a noviembre húmedo entró en el pasillo por un instante, y luego la puerta se cerró, y todo quedó en silencio.

Rufo alzó la cabeza.

Miró la puerta. Miró a Lidia García. Otra vez la puerta. Sus ollares temblaron, aspirando el olor que se iba. El cristal no se movió. Los zapatos conocidos no regresaron.

Las rodillas de Lidia crujieron al agacharse junto a él.

—Vamos, viejo. Veamos qué podemos hacer.

Bajo su palma, el pelo era áspero y cálido. Olía como huelen los perros que han dormido muchos años en el mismo sitio del pasillo, sobre una manta vieja. A polvo. A hogar.

Las patas traseras estaban muy mal. Artritis, articulaciones hinchadas. El perro se levantaba con dificultad, bamboleándose, como si llevara a cuestas un saco invisible. Pero se levantó. Solo.

Lidia García le palpó las costillas, le levantó el labio, le revisó los dientes. El corazón latía firme, los ojos claros. Para su edad, el perro se mantenía fuerte: podía andar, podía comer, podía apoyar el hocico en las rodillas. Y esperar junto a la puerta.

Esperar junto a la puerta era algo que sabía hacer. Estaba acostumbrado.

En el collar colgaba una chapa metálica llena de arañazos. Lidia la inclinó hacia la luz. Dos números de teléfono. Uno ponía «Alberto». El otro, más abajo, más pequeño, casi borrado: «Rocío».

El primer número no respondió. Cinco tonos, seis, siete. Abonado no disponible.

Rufo yacía en el suelo del consultorio, la cabeza entre las patas. La luz de neón parpadeaba sobre él con un chasquido suave, y la sombra de su cuerpo rojizo aparecía y desaparecía sobre el linóleo gris. Como si el perro ya estuviera medio desaparecido.

El dedo de Lidia se detuvo sobre el segundo número. Luego marcó.

Descolgaron al tercer tono.

—¿Diga?

Una voz joven, un poco ronca, con una pausa antes de la palabra. Así responden quienes no esperan llamadas de desconocidos, pero contestan por miedo a perderse algo importante.

—Buenas tardes. Clínica veterinaria «Esperanza». Me llamo Lidia García. ¿Es usted Rocío?

Pausa. Breve, pero densa, como si algo hubiera caído al fondo.

—Sí. ¿Qué ha pasado?

—Tenemos a su perro. Rufo. Pelaje rojizo, grande, oreja izquierda desgarrada. Lo ha traído un hombre. Alberto. Y lo ha dejado.

—¿Cómo que lo ha dejado?

—Se ha negado a llevárselo. Ha dicho que no tiene tiempo.

Al otro lado se hizo el silencio. Lidia oyó la respiración y el ruido de la calle. A lo lejos, un autobús pitaba. Luego se oyó un sonido parecido al de alguien que se tapa la boca con la mano.

—¿Está vivo? —la voz se volvió más fina, como un hilo que se estira.

—Vivo. Artritis en las patas traseras, pero el estado es estable. Necesita un ciclo de inyecciones y alguien a su lado. No es una sentencia de muerte.

—Voy para allá. Mándeme la dirección. Voy ahora mismo.

La comunicación se cortó. Lidia sostuvo el teléfono un segundo más, escuchando el silencio. Luego miró a Rufo. Él no se movía. Solo la cola tembló una vez, casi imperceptible, como en un sueño cuando uno sueña algo bueno y luego no puede recordar qué era.

Del cuarto de atrás trajo un cuenco con agua. Lo puso junto al hocico. Rufo alargó el cuello, lamió una vez, dos, y una gota quedó colgando de sus bigotes. Luego volvió a apoyar la cabeza.

La manta vieja del armario olía a naftalina y a gatos ajenos. Lidia la extendió en un rincón del consultorio, y el perro se trasladó allí solo, despacio, arrastrando las patas traseras. Olisqueó la tela. Se tumbó. Escondió el hocico en un pliegue.

Fuera, la tarde se oscurecía. Las farolas de noviembre se encendieron antes de las cinco, y la luz húmeda caía sobre el cristal en manchas amarillas.

Dos horas después, la puerta de cristal se abrió de nuevo. La chaqueta empapada, el pelo castaño pegado a la frente, las zapatillas oscurecidas por los charcos. Rocío se detuvo en el umbral del consultorio y tardó un momento en entrar.

En el rincón, sobre la manta, yacía Rufo. No levantó la cabeza.

Ella dio un paso. Luego otro, más despacio, como si temiera espantarlo. Se arrodilló. La manta se oscureció con la chaqueta mojada, y por el consultorio se extendió el olor a lluvia y a asfalto frío.

Entonces el perro abrió los ojos.

La miró largamente, como si no se fiara. Las fosas nasales se dilataron. La cola golpeó la manta, una vez, otra, más rápido. Rufo gimió bajito, muy delgado, como un cachorro, y alargó el hocico hacia ella. Las patas traseras no le respondían, resbalaban sobre la tela, y él se estiraba con las delanteras, arañando el suelo, golpeando el linóleo con las uñas.

Rocío lo sostuvo por el pecho y lo atrajo hacia sí. Una lengua caliente le recorrió la mejilla, la barbilla, las rayas saladas y mojadas que no se secaba.

Lidia García estaba junto a la puerta. Callada. Se quitó las gafas, las limpió con el borde de la bata, aunque los cristales estaban limpios. Volvió a ponérselas.

—Tiene trece años —dijo Rocío sin volverse. La voz ahogada, como si alguien le hubiera puesto algo cálido y pesado sobre la garganta—. Papá lo recogió en una obra cuando yo tenía once. Las orejas se las rompieron los perros callejeros. Papá lo trajo a casa envuelto en la chaqueta, como a un niño.

El hocico rojizo se apoyó en su palma, separándole los dedos.

—Y ahora de repente no tiene tiempo —dijo Rocío en voz baja, sin rabia. Así se habla de las cosas que ya no sorprenden, pero queman por dentro, bajo las costillas.

Le temblaban las manos. Apretó los puños, se frotó los dedos, como si intentara entrar en calor, aunque en el consultorio hacía calor.

—La artritis se trata —dijo Lidia con tono sereno, profesional—. Inyecciones en ciclo, pienso especial y calor. Que no se quede solo mucho tiempo. No es un caso perdido. Solo es viejo.

Rocío asintió. Se levantó. Se secó la cara con la manga de la chaqueta mojada y miró a la veterinaria directamente, sin apartar la vista.

—Me lo llevo.

—¿Tiene condiciones?

Los labios de Rocío se torcieron. No era una sonrisa.

—Un piso pequeño. Dieciséis metros. Un gato. Trabajo de ocho a seis. Y ninguna razón para dejarlo aquí.

Del gancho junto a la puerta, Lidia cogió la correa. La misma, gastada, con la hebilla llena de arañazos. Rocío la tomó, y sus dedos se cerraron sobre el cuero viejo como si sostuvieran la mano de alguien, no una simple correa.

El mosquetón encajó en el collar. Rufo se puso en pie, tambaleándose, las patas traseras temblorosas, pero la cola se movía de un lado a otro. La oreja izquierda desgarrada se agitó.

—Vamos, Rufo. Vamos.

Él dio un paso. Lento, desigual, torciéndose a la derecha. Llegó al umbral y se detuvo. Volvió la cabeza hacia el consultorio, hacia la manta, hacia la luz parpadeante.

Luego miró a Rocío. Y la siguió.

Junto a la salida, ella se detuvo. Fuera lloviznaba, olía a asfalto mojado y a hojas caídas. Rufo respiraba con dificultad; el vapor salía de su boca, y la lluvia fina se posaba sobre su pelaje rojizo como polvo plateado.

Hasta el coche había unos cien metros. Para unas patas enfermas, eso era un kilómetro entero.

Rocío se agachó, lo sostuvo por el pecho y las patas traseras. Pesado. Caliente. Tembloroso. Se irguió, lo apretó contra sí, y Rufo hundió el hocico en su cuello. Un hocico mojado y caliente que olía a perro y a la casa de antes, de donde lo habían llevado aquella mañana para siempre.

La chaqueta se empapó del todo. Los brazos le ardían por el peso. Las rodillas se doblaban sobre el asfalto resbaladizo. Pero no se detuvo ni una vez.

Lidia García miraba desde la ventana. La lámpara a sus espaldas parpadeó, se apagó y volvió a encenderse.

Sobre el mostrador quedaba una ficha. «Rufo, mestizo, 13 años. Propietario: Alberto». La palabra «Alberto» estaba tachada. Debajo, con letra pequeña y clara: «Rocío».

Una semana después, llegó al teléfono de Lidia García una fotografía. Rufo estaba tumbado sobre una manta a cuadros, y a su lado un gato gris rayado lamía la oreja desgarrada y rojiza. El hocico del perro estaba tranquilo. Los ojos cerrados, la cola extendida libremente sobre la tela. Así se tumban los perros que ya no necesitan esperar junto a la puerta.

El pie de foto decía: «No tiene tiempo, dice. Y nosotros lo encontramos».

Rocío le compró una correa nueva, azul, con el asa acolchada.

La vieja se quedó colgada, sin uso, oliendo a la casa de antes y al hombre al que ya no le quedaba tiempo.

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