FidelidadLa promesa de fidelidad sellada con un apretón de manos resonó en el viejo cafetín de Madrid, donde el eco de los años compartidos aún vibraba entre las paredes desconchadas.

Aitana no supo al principio quién se movía sigilosamente por el arcén. Había aparcado el coche y se lanzó hacia aquella criatura que parecía necesitar ayuda con urgencia.

Al acercarse, casi se echa a llorar de la pena. Ante ella, tambaleándose, había un gato demacrado. Aitana no lograba distinguir ni su color, porque el animal estaba todo embarrado.

Pero lo peor era que el pobre no podía ver ni respirar bien. Llevaba una botella de plástico cortada metida en la cabeza.

—¿Quién te ha hecho esto? —exclamó horrorizada, levantando al minino con cuidado.

Pesaba casi nada. El gato intentó forcejear con las últimas fuerzas, pero no pudo, y quedó colgando inerte entre sus brazos.

—Álvaro, ¿estás en el trabajo? Necesito tu ayuda urgentemente. ¡Espérame! —gritó al teléfono, y salió disparada hacia la clínica veterinaria donde trabajaba su amigo.

Las dos horas siguientes, Álvaro y sus compañeros lucharon por la vida del animal. Aitana esperó en silencio en el pasillo, escuchando.

—Bueno, ¿qué te digo? El gato tuvo suerte de encontrarte. Un poco más y no habríamos podido hacer nada. Que se quede aquí esta noche. Estoy de guardia y lo vigilaré —sonrió el chico.

—Álvaro, gracias. Si no fuera por ti, no sé… —empezó Aitana, y rompió a llorar apoyada en el hombro del veterinario.

Él le acarició la cabeza:

—Todo irá bien, Aitana, ¿recuerdas cuando éramos niños? —guiñó un ojo a su mejor amiga.

Ella sonrió entre lágrimas. Se conocían desde hacía años. Álvaro la había ayudado tantas veces. Desde pequeña sabía que si él estaba cerca, todo iba a salir bien.

—Vete a casa, que si no, tu madre se va a enfadar otra vez —dijo él, preocupado.

Aitana asintió y salió con paso rápido. Álvaro la miró alejarse con ternura…

***

Álvaro no se preocupaba en vano. Era vecino de Aitana y conocía a su familia. Sus padres llevaban años abusando del alcohol.

El año pasado, el padre había fallecido. La madre de Aitana estaba destrozada. Cada vez perdía más el control y se desquitaba con su hija.

Álvaro siempre sintió cierta lástima por aquella chica pelirroja y pecosa, tan simpática.

Él era tres años mayor que Aitana y desde el principio la protegió. La defendía de los matones y de las niñas que se burlaban de ella. Aitana aceptaba su ayuda con gratitud.

Al contrario que sus padres, ella aspiraba a una vida mejor. Se sacó el instituto con una medalla de plata. Y sabía que tendría que esforzarse al máximo para entrar en una universidad de prestigio.

Ahora Aitana era estudiante de tercer curso de Traducción e Interpretación.

Álvaro estaba muy orgulloso de ella. Él mismo se había licenciado hacía poco en Veterinaria, adoraba su trabajo, pero creía que dominar idiomas era mucho más difícil.

Aitana no solo estudiaba, sino que además trabajaba como repartidora con el viejo coche que le había dejado su padre.

—¡Ya estoy en casa! —gritó desde el recibidor.

Como respuesta, oyó unos ronquidos acompasados. Por el piso flotaba un fuerte olor a alcohol. Su madre dormía con una pierna colgando del sofá. En el suelo, botellas vacías.

La chica suspiró, recogió la basura y se fue a su cuarto a preparar las clases.

Pero no podía quitarse de la cabeza la imagen del pobre animal. ¿Cómo estaría? Cogió el móvil y le escribió a Álvaro…

El gato, agotado, dormía con sobresaltos. Le parecía que sus verdugos seguían cerca. Gemía de dolor y se sumergía de nuevo en la oscuridad.

—Vas a salir de esta, campeón. Por Aitana. Ella te espera y te desea lo mejor —susurraba Álvaro, sentado a su lado.

Por la mañana, el gato abrió los ojos y, al ver a un humano cerca, intentó huir. Pero no pudo. Miraba a Álvaro aterrorizado. En sus ojos se leía el sufrimiento.

—Tranquilo, pequeñín, no te haré daño —dijo Álvaro.

Pero el gato sabía que en este mundo no se podía confiar en nadie. Quiso bufar, pero solo le salió un ronquido ronco.

—Todo va bien, guapo —decía Álvaro mientras lo examinaba con cuidado.

El pobre pasó toda una semana en la clínica. Aitana iba a verlo cada día. Al principio, el gato se asustaba de la gente. Pero luego eligió a Aitana y a Álvaro, y empezó a acercarse a ellos con cautela.

—¿Así que al final te lo llevas a casa? —preguntó Álvaro.

Le preocupaba cómo reaccionaría la madre de Aitana ante el nuevo miembro de la familia. Ella asintió con seguridad, apretando al gato contra su pecho…

Para su sorpresa, la mujer aceptó al animal con indiferencia. Solo preguntó con voz ronca:

—Supongo que no tendré que darle de comer yo, ¿no?

Aitana sonrió con ironía. Su madre, doña Carmen, se gastaba toda la pensión en alcohol. El gato y su hija no entraban en sus planes.

—Mamá, yo me encargo de alimentarlo —suspiró la chica.

—Respuesta de persona adulta. Me gusta —dijo la madre satisfecha.

Y, como si despertara, preguntó:

—¿Y cómo lo has llamado?

Aitana miró al gato, de un tono entre gris y rojizo, y respondió:

—Rufo.

—Pues sí, tiene algo de zorro —rió doña Carmen.

Así empezaron a convivir con el gato. A Aitana le alegraba volver a casa, porque sabía que allí la esperaban…

Rufo no se fiaba de doña Carmen. La mujer lo asustaba con su voz áspera y sus movimientos bruscos. Además, el olor a alcohol ponía al gato nervioso.

Por eso, cuando Aitana no estaba, Rufo procuraba no cruzarse con ella.

—Qué gato más huraño, no es nada cariñoso —refunfuñaba la madre.

Aitana se encogía de hombros y evitaba discutir.

Cuando Álvaro venía de visita, Rufo se acercaba con cuidado. Luego se frotaba contra sus piernas. Recordaba bien al chico y le agradecía que lo hubiera salvado.

Álvaro le contó a Aitana que Rufo tendría unos cuatro años. Pero había sufrido mucho: le faltaban algunos dientes, tenía problemas en una pata y en el corazón.

—Un esfuerzo excesivo, como viajar en avión, sería peligroso para él —explicó Álvaro.

—Vaya, justo cuando pensábamos irnos de vacaciones al extranjero con Rufo —bromeó ella, sabiendo perfectamente que ningún vuelo estaba a su alcance…

Pasaron dos años.

Aitana terminaba la universidad y soñaba con ser traductora. Un día, llevaba unos documentos a la oficina de una gran empresa.

La secretaria recogió el paquete. Aitana se disponía a marcharse cuando de un despacho salió un hombre con cara de preocupación:

—No sé qué hacer. En una hora tengo la reunión y no tengo un traductor decente —suspiró.

Aitana se quedó mirando al atractivo hombre. Él también reparó en ella.

—¿Usted no será traductora, por casualidad? —preguntó.

La secretaria abrió la boca, pero Aitana se adelantó:

—Sí, soy traductora. Domino inglés y chino —respondió con energía.

De reojo vio cómo la secretaria ponía ojos como platos. Pero decidió arriesgarse…

Así, Aitana se licenció y enseguida fue contratada como asistente personal de don Miguel Ángel.

Miguel Ángel resultó ser un hombre encantador de treinta y cinco años. Al cabo de un par de meses, su relación dejó de ser solo profesional. A Aitana le gustaba la atención de Miguel. La cortejaba con detalles, le regalaba cosas originales.

—No sé qué te pasa, amiga. Desde que trabajas ahí, estás diferente —le decía Álvaro.

Ella sonreía con misterio. No quería compartir su felicidad con nadie…

—Deberías decírselo ya. ¿Cuánto tiempo vas a estar suspirando por Aitana? —insistía el mejor amigo de Álvaro, Nicolás.

—Quizá tengas razón. Pero tengo miedo de que no sienta lo mismo y arruine nuestra amistad —confesaba Álvaro.

—Esto no es amistad, es un suplicio. Tienes una cara que no te la aguantas —masculló Nicolás con tristeza.

Álvaro sabía que su amigo tenía razón…

Era el cumpleaños de Álvaro, y Aitana, como siempre, fue la primera en felicitarlo. Llamó a la puerta. Él ya la esperaba.

—¡Álvaro, feliz cumpleaños! —dijo ella al entrar.

—Parece mentira, los años pasan y todo sigue igual —sonrió la madre de Álvaro al verlos.

Aitana, como de costumbre, había hecho su tarta favorita. Se sentaron en la cocina a tomar café.

—Hoy estás muy misterioso, Álvaro. ¿Qué pasa? —preguntó ella primero.

—Aitana, quería decirte algo desde hace tiempo… —empezó él. Pero ella lo interrumpió:

—Oye, yo también tengo que hablar contigo de algo serio.

Él se quedó helado. En su pecho brotó una chispa de esperanza.

—Vale, di tú primero —propuso.

Aitana sonrió:

—Ya sabes que empecé a trabajar. Y además… ¡me he enamorado! —solté mirándolo a los ojos.

Él se quedó desconcertado un momento:

—Por fin, Aitana. Me alegro mucho, porque yo también… —no terminó la frase, porque ella volvió a interrumpir:

—Y es que es muy atento… Bueno, es mayor que yo, pero eso no importa, ¿verdad?

Álvaro se quedó pensativo. Entre ellos solo había tres años de diferencia, y a él no le importaba nada. Asintió y siguió escuchando, conteniendo la respiración.

—Es mi oportunidad para una vida mejor. Miguel Ángel se va a Londres en dos meses y me quiere llevar con él.

Pero no puedo llevarme a Rufo. Tú mismo dijiste que su corazón no aguanta un vuelo. Y Miguel tiene alergia a los animales —dijo ella.

Álvaro se quedó atónito. Sintió como si una apisonadora le hubiera pasado por encima:

—Espera, ¿qué Miguel? ¿Y qué tiene que ver la alergia con Rufo? —preguntó en voz baja.

—Álvaro, ¿me estás escuchando? Miguel es mi jefe y mi prometido. Nos vamos a Londres. Siempre soñé con vivir y trabajar en el extranjero. ¡Es una experiencia increíble!

Pero no podemos llevarnos a Rufo. No sé qué hacer. Dejarlo con mi madre no es opción, y darlo a alguien… ya sabes que Rufo no se fía de nadie —suspiró Aitana.

Álvaro se quedó callado.

“¡Qué idiota soy!” —pensó. Hizo un esfuerzo por reaccionar y esbozó una sonrisa despreocupada:

—Bueno, Aitana, ¡vaya noticias! No te preocupes, amiga. Todo irá bien, te lo prometo. Yo me quedo con Rufo. Me conoce. Lo importante es que tú seas feliz —dijo con alegría.

Aitana lo miró a los ojos. De repente, aquellos ojos que antes brillaban de felicidad se habían vuelto tristes y apagados.

—¿Y qué era lo que querías decirme? —preguntó insegura.

—Bah, tonterías. Unos cambios en el trabajo —respondió Álvaro quitando importancia…

Dos meses preparando el viaje.

Curiosamente, cuanto más se acercaba la fecha, más pesado se le hacía el corazón a Aitana:

“Seguro que es miedo por dejar a mi madre sola…” —pensaba. Pero en el fondo sabía que no era esa la verdadera razón.

Siempre recordaba la mirada triste de Álvaro. ¿Cómo iba a vivir sin él? Habían sido mejores amigos tantos años.

Últimamente incluso le parecía que su amistad se había convertido en algo más…

“¡Basta! Pronto viviré con Miguel en Londres. ¿Y por qué estoy pensando en Álvaro?” —intentaba alejar esos pensamientos Aitana.

Rufo se subió con cuidado a su regazo. Notaba que algo le pasaba a su dueña. Por eso intentaba calmarla ronroneando suavemente.

—Rufo, mi niño. ¿Cómo voy a vivir sin ti? —susurraba ella.

Recordaba la conversación con Miguel, que había dejado claro que el gato no tenía cabida en su nueva vida:

—Aitana, no puedo pasarme la vida tomando pastillas por culpa de un animal, por muy querido que sea —dijo.

Y aquellas palabras sonaron a sentencia…

—Bueno, Aitana, ¡ha llegado la hora de despedirnos! —dijo Álvaro con alegría fingida, sosteniendo a Rufo en brazos.

—Álvaro, llámame, no te olvides de mí —susurró ella entre lágrimas.

—No te pongas así, que Rufo se pone nervioso. Perdona que no te acompañemos al aeropuerto —sonrió él.

Estaban en el rellano. Álvaro soltó a Rufo dentro de casa y abrazó a Aitana.

“No la dejes ir… no la dejes ir…” —latía en sus sienes.

—Tengo que irme —dijo ella, y le dio un beso en la mejilla.

—No te olvidaré. Nunca te olvidaré —murmuró Álvaro, soltándola…

Ella estaba en el mostrador de facturación, sabiendo que en ese momento se decidía su destino.

—¿Por qué pones esa cara tan triste? —la animaba Miguel.

Ella intentaba sonreír.

“No te olvidaré… nunca te olvidaré…” —repetían en su cabeza las palabras de Álvaro…

Aitana miraba por la ventanilla el edificio del aeropuerto que se alejaba.

—¿Vuelven de algún sitio? —preguntó el taxista.

—No, es que me he quedado —respondió ella con lágrimas de felicidad.

—Pasa a veces… Creo que ha tomado la decisión correcta —dijo el conductor con filosofía.

Rufo estaba cabizbajo.

—Todo irá bien, Rufo —lo animaba Álvaro.

Llamaron a la puerta con insistencia. Álvaro abrió y se quedó helado…

—Aquel día de tu cumpleaños querías confesarme algo, pero no me dejaste —dijo Aitana.

Álvaro sonrió:

—¿Qué haces aquí? —preguntó.

—Álvaro, responde: ¿qué querías decirme? —insistió ella.

Pero él callaba, mirándola. Luego se acercó y la abrazó.

Ella acarició a Rufo, que se frotaba contra sus pies, y susurró:

—Te quiero, y no puedo vivir sin vosotros, sin ti y sin Rufo…

—Eso mismo iba a decirte, mi vida —respondió él.

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FidelidadLa promesa de fidelidad sellada con un apretón de manos resonó en el viejo cafetín de Madrid, donde el eco de los años compartidos aún vibraba entre las paredes desconchadas.
Aquellas personas a las que mantenemos cerca de nuestro corazón pueden revelar de repente su verdadera naturaleza por diversas razones, y eso mismo me ocurrió a mí: en un instante, se convirtieron en completos desconocidos.