Ella supo por primera vez que nada temíaCerró los ojos y respiró profundo, sintiendo una paz que jamás había imaginado.

En el pueblo de El Robledo conocían a Julián. No porque fuera el alma de la comunidad ni un benefactor generoso, sino porque su gran finca estaba a la vista, justo a la entrada, y sin él poco se decidía. Julián era un hombre corpulento, robusto, con los ojos siempre inyectados en sangre, que últimamente miraban de reojo y con desconfianza.

Su mujer, Lucía, era de esas mujeres que entran en una casa como un rayo de sol. Con sus veintiséis años parecía aún una chiquilla: el pelo rubio recogido en una trenza, la voz suave, la sonrisa tímida. Era mucho más joven que Julián, y todo el pueblo en su momento no paraba de murmurar:

—¿Por qué se casó tan joven con un mayor?

La razón era sencilla: la madre de Lucía, una viuda con una pensión mínima, respiró aliviada cuando Julián envió a los casamenteros.

—Hija, no te faltará de nada. Tiene la granja, trabajadores, un buen techo, comida, bienestar. No vamos a pasar frío en la chabola toda la vida.

Y Lucía no discutió. Nunca había sido de discutir. Se casó y al principio la vida mejoró. Julián la trataba con tolerancia, a veces incluso con cariño. La casa era un horno de abundancia. Los trabajadores, unos siete solteros y algunos casados de los pueblos vecinos, vivían allí mismo, en una larga casa de piedra dentro de la finca. Julián les pagaba puntualmente, sin retrasos, y les daba de comer del puchero común. Los hombres estaban contentos: trabajaban sin quejarse, el patrón era uno más, la tierra era suya. Bueno, no exactamente suya, pero eso eran detalles.

De esos detalles solo sabían unos pocos. Julián no había registrado la tierra a su nombre como era debido. Con enchufes lo había arreglado en el ayuntamiento: un papel con la firma de alguien importante y un acuerdo de palabra con el alcalde. Oficialmente, la tierra figuraba como suelo agrícola, de nadie, pero de hecho Julián la poseía como un señor feudal. Los impuestos los pagaba a medias, una parte en negro a conocidos funcionarios, otra la ignoraba.

—A lo mejor no vienen, ¿a quién le importa? —decía, dándose golpecitos en el bolsillo.

Pero algo se le rompió dentro en los últimos seis meses. Primero, calladamente, comenzó a beber: por las noches, luego a mediodía, y después ya encontraba excusa para echar un trago desde la mañana. Los negocios se torcieron: perdió plazos, compró mal pienso para el ganado, se peleó con los proveedores. Los trabajadores al principio callaron, luego empezaron a refunfuñar.

—Julián, ¿y la paga? Ya son dos meses sin cobrar —se atrevió a preguntar el viejo Ignacio, que llevaba cinco años con él.

—¡Ah, tú! —rugió Julián, sirviéndose otro vaso.—¡Ten vergüenza! Te doy techo, comida, y tú… ¡Espera!

El primer mes los trabajadores aguantaron. El segundo también, pero empezaron a decir que se iban. ¿Adónde ir, si el trabajo estaba allí, y él les debía dos meses? Además, el invierno llegaba en un mes, los pueblos de alrededor eran perdidos, no había faena.

Lucía lo veía todo. Oía por las noches a los trabajadores quejándose a coro desde su barracón. Veía a su marido volver de allí furioso, con la cara torcida, y lo primero que hacía era buscar la botella en el armario. Ella intentaba interceder. En voz baja, como mujer:

—Julián, ¿por qué no les pagas? Están trabajando…

—¡Cállate! —bramaba él.—¿Quién eres tú para decirme? ¡Desagradecida! Te saqué de la miseria, te visto y te calzo, ¿y tú?

Lucía se quedaba quieta, como un conejo ante la serpiente. Luego, cuando él se dormía, se secaba las lágrimas y se iba al establo a ver si habían dado de comer al ganado. Porque los trabajadores, ofendidos y furiosos, también empezaron a hacer el vago. Las ovejas no estaban bien alimentadas, las vacas no se ordeñaban del todo.

—¿Por qué lo defiendes? —le preguntó una vez Ignacio, mientras ella ordeñaba en silencio dos vacas por él.—Vete, muchacha, antes de que sea tarde.

—¿Adónde voy? Es mi marido —murmuró Lucía.—Mi madre no me aceptaría de vuelta, qué vergüenza. Y él… no siempre fue así… Antes era diferente.

—Antes —rió Ignacio.—Antes la hierba era más verde. Ahora está perdido, y nos arrastra con él.

Aquella noche Julián bebió más que nunca. Salió al porche, tambaleándose, gritando que él era el rey y el dios allí. Luego se fue al barracón de los trabajadores «a poner orden». Lucía se sentó en la cocina, apretando contra el pecho una taza de té frío, escuchando cómo su marido derribaba la puerta ajena, insultaba, y cómo alguien, Ignacio o quizás el joven Esteban, le respondía a gritos.

Fuera lloviznaba, lluvia tardía de otoño. En la granja se apagaron las luces. Y en algún lugar del ayuntamiento, en un despacho caldeado, había una carpeta sobre la mesa con los impagos y la tierra sin registrar, y alguien ya pasaba el dedo pensativamente sobre el apellido de Julián. Pero Julián no lo sabía. Estaba demasiado ocupado destrozándose la vida ladrillo a ladrillo, vaso a vaso, bronca a bronca. Y Lucía seguía sentada en la oscuridad, pensando en lo difícil que es ser buena cuando aquel a quien intentas salvar ni siquiera quiere que lo salven.

Aquella noche el viento aullaba tras las finas paredes de la casita del bosque. Lucía no podía dormir, miraba por la ventana por donde se filtraba la luz turbia de la luna. Salió de casa, se quedó en el porche, enfundada en una chaqueta. De repente, alguien por detrás le tapó la boca con la mano, la abrazó y la arrastró hacia algún lado. Se asustó.

Cuando volvió en sí, las manos le temblaban, no de frío, sino de miedo, que poco a poco daba paso a la sorpresa. Vio a Iván, su trabajador, un hombre robusto y guapo. Iván no le hizo nada malo.

La llevó a una casita pequeña, con brusquedad pero casi con cuidado, como se lleva un objeto frágil temiendo que se rompa. Cerró con llave, y ella oyó cómo él forcejeaba fuera un buen rato, ajustando algo, revisando. Luego, silencio. Hasta dejó de respirar, seguro, de pie tras la puerta, escuchando si lloraba.

Lucía no lloraba. De repente entendió que en ese cautiverio, en esa choza del bosque con suelo de tierra y una estufa de hierro, se respiraba más a gusto que en su propia casa. Por la mañana, Iván trajo pan, tocino, un vaso de leche. Lo puso sobre la mesa tosca, desató el pañuelo en silencio. Ya se iba, cuando Lucía preguntó quedamente:

—¿Por qué haces esto, Iván?

Se quedó en la puerta. Ancho de hombros, fornido, las manos llenas de cicatrices viejas de cuerdas y paja. La mirada de soslayo, no enfadada, más bien acorralada.

—Tu marido no nos paga —dijo con voz sorda.—Dos meses. Mi madre vive sola en el pueblo de al lado, con una pensión de cuatro perras. Le prometí ayudarla.

—¿Y por eso me secuestras? —preguntó Lucía en voz baja.

Nunca levantaba la voz. Y ahora lo miraba no como acusándole, sino intentando entender. Iván calló, luego se giró bruscamente y soltó:

—¿Preferirías seguir viviendo con él? No te ve en todo el día, te insulta, te humilla. Borracho perdido. Gritos, insultos, malos tratos… Le oí el sábado pasado cómo gritaba en la cocina. Salí a fumar, lo oí todo.

Ella palideció. Bajó los ojos.

—No es asunto tuyo, Iván.

—Sí lo es —dijo él de repente firme, y dio un paso hacia ella, parándose a dos pasos.—Porque no soporto… verte encogerte cuando pasa. Cómo callas. Y él… Perdona, señora, pero es un cerdo.

Lucía levantó la mirada. Por primera vez en mucho tiempo miró a alguien no con miedo, no con la culpa de costumbre, sino con un interés vivo y verdadero. Iván era guapo: pómulos anchos, nariz recta, mandíbula fuerte con un hoyuelo. Y en sus palabras había una sencillez, una calidez extraña que le apretó el pecho.

—¿Te has apiadado de mí?

—No es lástima —frunció el ceño.—Es…

No terminó. Salió disparado, dando un portazo. La llave volvió a sonar. Así pasaron tres días. Iván traía comida, un trapo limpio a modo de toalla, arreglaba la trampilla de la estufa, tapaba las rendijas de las paredes para que no entrara aire. Casi no hablaban, temían las palabras. Pero una noche, mientras calentaba agua en la hornilla para que ella se lavara, Lucía dijo de repente:

—Sabes, la vida con Julián no es un camino de rosas. Mi madre se alegraba de que no me faltara de nada. Y es verdad, no me falta nada. Excepto una cosa.

—¿Qué? —preguntó Iván.

—Que alguien me mire como a una persona. No como a un mueble. No como a un accesorio de la granja. Como a un ser vivo.

Iván se quedó quieto con el cazo en las manos. Luego lo puso sobre la mesa, suspiró hondo y se sentó enfrente, en el banco. Colocó sus manos toscas sobre la mesa, los dedos agrietados, las uñas rotas.

—Te miro —dijo en voz baja.—Hace tiempo que te miro. Desde aquel día que tuviste lástima de la vaca sin ordeñar y fuiste de noche al establo. Yo te seguí, pensando que ibas a vigilar a un ladrón. Pero solo… sentías pena. Estabas junto a la vaca, la acariciabas y le susurrabas algo dulce. Nadie te veía. Estabas sola. Y una lágrima te rodaba por la mejilla. Entonces supe que… —se le acabaron las palabras. Tragó saliva con esfuerzo.

Lucía extendió la mano y rozó sus dedos. Él tembló, pero no se apartó.

—Iván, ¿y si paga? ¿Qué harás? ¿Me devolverás a él?

—No sé —susurró.—Pensé que pagaría y punto, libre. Pero ahora… no quiero.

Ella sonrió por primera vez en años, no esa sonrisa cortés con la que atendía en la mesa de la suegra o en las fiestas del pueblo, sino otra, cansada, pero auténtica.

—Yo, Iván, no quiero volver con él. Ni por todo el dinero. Ni por todas las promesas.

Él apretó su mano con cuidado.

Al tercer día, Julián encontró una carta. Iván la había metido bajo la puerta de la casa por la noche. Breve, sin firma: «Paga a los trabajadores los dos meses que les debes y recuperarás a tu mujer sana y salva. Si no, te arrepentirás».

Julián, temblando de resaca, correteaba por la granja. Gritaba a los trabajadores, acusaba a todos: a Ignacio, a Esteban, incluso al forastero Víctor. Iván permanecía aparte, removiendo la tierra con la punta de la bota, con el rostro de piedra. Solo los ojos alerta, como un lobo que olfatea la trampa.

—¿Dónde está? —Julián le señaló con el dedo.—¡Habla, Iván!

—¿Y yo qué sé? —respondió Iván con indiferencia.—Igual se ha escapado de pena.

Julián apretó los dientes. Pero esa misma tarde se fue al pueblo, sacó casi todos los ahorros que tenía y pagó la deuda. Ignacio contó el dinero en la palma de la mano, resopló y sonrió satisfecho.

—Ya era hora.

A la mañana siguiente, llegó una carta de Lucía. Letra menuda, pálida, a lápiz en una hoja de cuaderno gris: «Julián, no me busques. Estoy viva y sana. Es verdad, pero nadie me retiene. Me fui de ti por mi propia voluntad. No volveré. Pagaste a los trabajadores, bien hecho. De ti no quiero nada. Ni siquiera tu nombre. Adiós. Lucía».

Julián leyó la carta tres veces, luego se bebió un vaso de aguardiente, luego estrelló el vaso contra la esquina de la mesa y aulló, ya de rabia, ya de resentimiento. No quería a su mujer, pero en casa debía haber una ama de llaves. Los trabajadores oyeron el aullido y se miraron entre sí.

Ella estaba sentada en el camastro, seleccionando ramas secas para encender la estufa. Iván llegó a la casita al anochecer. El candado colgaba abierto; ella misma había levantado el pestillo desde dentro. Sentada en el camastro, seleccionaba ramas secas.

—Bueno, ya está —dijo él, deteniéndose en el umbral.—Pagó. Ya no eres rehén.

—Entonces ahora solo soy Lucía —levantó ella la mirada.—Y ya no soy la mujer de nadie.

Iván dio un paso, luego otro. Se sentó a su lado, sin mirarla. Estuvo mucho tiempo callado. Luego la abrazó por primera vez en la vida como de verdad quería abrazar a la persona amada, con pasión y ansia.

—Quédate —dijo con voz ronca, enterrando la cara en su coronilla.—No en esta choza, no. Yo levantaré otra, nueva, en mi pueblo. Criaremos vacas, no para Julián, por nuestra cuenta. Sé trabajar, no nos faltará.

Lucía apoyó la cabeza en su hombro. Y allí, en esa cabaña del bosque que olía a hierba seca y humo de leña, comprendió de repente que por primera vez en años no tenía miedo de lo que vendría.

Porque la vida con Julián no era un camino de rosas: era vacía, fría, amarga. Y aquí, con este hombre callado, torpe, bueno, hasta las paredes respiraban calor.

—Me quedo —susurró ella.—Me quedo, Iván.

Fuera volvía a lloviznar. En algún lugar del pueblo cantaban los gallos, y la granja de Julián estaba a un tiro de piedra. Pero ahora esa distancia parecía enorme, como entre la vida de ayer y la de hoy.

Les quedaba mucho por delante: una primavera de hambre, los cotilleos de los vecinos. Les quedaba levantar la casa ladrillo a ladrillo, criar hijos, aprender a confiar el uno en el otro. Pero aquella noche solo estaban sentados, abrazados en el viejo camastro, y nadie en el mundo podía separarlos, ni el antiguo patrón, ni la codicia, ni el mismo otoño húmedo y sombrío.

Mientras tanto, en la granja de Julián, los trabajadores se dispersaban. Unos al pueblo, otros a sus casas. Solo quedaban las vacas, las ovejas, la tierra sin registrar y las viejas deudas de impuestos. Y un silencio en el que se oían cada vez más fuertes los pasos de quienes venían a inspeccionarlo. Pero esa ya es otra historia.

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Ella supo por primera vez que nada temíaCerró los ojos y respiró profundo, sintiendo una paz que jamás había imaginado.
—Ya no eres mi hija. ¿Quién es él y de dónde ha salido? Me avergüenzo de ti. Vete a vivir a la casa de la abuela y aprende a asumir tus responsabilidades como adulta. —Oye, Olya, ¿has oído? Han traído a gente nueva a nuestro pueblo para ayudar. ¿Vamos esta noche al centro social a la fiesta? —dijo Masha tirándose relajada en el sillón. —¿Pero estás loca, Masha? ¿Y con quién dejo al pequeñín, a Vladik? ¿Me lo llevo de discoteca? —rió Olya. —¿Y si se lo pedimos a la tía Lucía? —propuso Masha cautelosamente. Olya negó con la mano, resignada. —Déjalo, mujer. Todavía no me ha perdonado que tengamos un niño. Ella quería casarme con Andrés, pero yo me fui a la capital a estudiar. No entré en la universidad, pero volví con barriga. Estuvo un año sin hablarme. Solo empezó a saludar hace dos meses. Así que, vete con alguien más. Igual tienes suerte y te sale algo bueno. Masha suspiró. —Bueno, iré con Tania. ¡Mañana te cuento todo! Olya acostó al hijo y salió a la puerta. La música le llegaba desde lejos. Abrazada a su chal, se imaginó cómo bailaban y se reían todos en la fiesta. Seguro que Masha volvería a ponerse su famoso vestido de leopardo. Olya sonrió pensando que parecía una oruga disfrazada de tigresa. Suspiró con nostalgia y se fue a dormir. A la mañana siguiente, Masha volvió antes del alba. Por si fuera poco, también llegó la madre de Olya. Ella hizo gesto de silencio, pero parar a Masha era imposible. —¡Qué pena que no vinieras anoche! Había unos chicos buenísimos. Incluso uno me acompañó a casa: se llama Víctor. Hablador y gracioso. Hoy tengo cita con él —dijo Masha de un tirón. La madre de Olya intervino con voz crítica: —Apuesto a que está casado, ¿no? Masha se encogió de hombros: —No sé, no le miré los papeles. Y aunque lo esté, ¡por lo menos tengo historia para contar! —Ay, muchachas, ¿pero qué hacéis? Ahí tienes a Andrés, mire qué buen partido. La mía ya perdió su oportunidad, pero tú, Masha, aún puedes conquistarle —saltó la tía Lucía entusiasmada. —Ay, tía Lucía, ¿qué dices? ¿Quién le aguantaría? ¡Y con su madre! ¡Virgen Santa, qué suplicio! —replicó Masha. Se volvió hacia Olya: —Había un chico impresionante, imposible dejar de mirar. Todas suspiraban por él. Estuvo un rato con sus amigos y luego se fue solo. Ni bailó, ni invitó a nadie. En ese momento, la tía Lucía tuvo una idea: —Olya, deberías ir tú también al baile esta noche. Yo me quedo con Vladik. Igual te encuentras a alguien serio y apañado. A Vladik le hace falta un padre. Pero cuidado con los casados, que huelen la soledad a kilómetros. ¿Me entiendes? Olya, sin poder creérselo, asintió y besó a su madre, que farfulló: —Venga, anda, lánzate. Olya, vestida con su mejor traje, charlaba feliz con las amigas. Cuánto echaba de menos divertirse sin preocupaciones. —¡Mirad, ahí está! Ha vuelto —susurraron las chicas. Olya miró con interés y le temblaron las piernas. Rápidamente se volvió hacia Masha y murmuró: —Me voy. Seguro que Vladik me echa de menos. Masha no daba crédito. —¿Pero qué dices? ¡Primera vez que sales y ya te marchas sin bailar! Pero Olya fue tajante: —Me voy. Además, ahí viene tu Víctor. No te vas a aburrir sin mí —y se fue hacia la puerta. Al salir, alguien la cogió suavemente de la mano: —¿Bailamos, señorita? Olya, sin mirar, quiso retirar la mano: —No, yo no bailo. El chico insistió. —Un baile, por favor. Se giró y al verle, el corazón le dio un vuelco. Era él, el mismo chico cuya casualidad había cambiado su vida para siempre. Por su expresión, él no la reconoció. Eso la tranquilizó un poco y sonrió: —Vale, pero solo uno, que tengo prisa. Él la hizo girar y le susurró: —Entiendo, tu marido debe de estar esperando. —No estoy casada —dijo Olya secamente. Él le guiñó un ojo con tanta naturalidad que Olya enmudeció: —¿O sea, que tengo una oportunidad? —preguntó con picardía. Olya se apartó: —Ni lo sueñes —y salió corriendo del baile. Mientras volvía a casa, lloraba. Le había recordado toda la vida, se podría decir que fue amor a primera vista, pero él no la reconoció. Se conocieron en un tren. Ella volvía desanimada, tras suspender los exámenes de ingreso. Él iba a visitar a sus padres. Al verla triste, le animó: —Me llamo Max, mi madre me dice Maxi, mis sobrinos Maxín. Elige el que más te guste. Olya sonrió: —Maxín me suena bien. Él le tendió la mano: —Casi estamos presentados. ¿Y tú cómo te llamas, guapa? —Olya. Max asintió con seriedad: —Me lo imaginaba. Nombre de reinas. Poco a poco, Olya le confesó que había suspendido los exámenes y temía que su madre no se lo perdonara nunca. —Prepárate durante el invierno y vuelve a intentarlo —aconsejó Max. Olya sonrió aliviada: —¡No se me había ocurrido! Gracias. Él la miró: —De nada. ¿Te han dicho alguna vez lo bonita que eres? Ella se sonrojó. —No me digas tonterías, pero gracias. Max se acercó y le dio un beso. A Olya se le nubló la cabeza. Lo que pasó después fue tan dulce como vergonzoso. Max se bajó antes que ella. —Te juro que te encontraré. Pero luego vio, con tristeza, que no le había pedido ni la dirección. Después Olya descubrió que estaba embarazada, y su madre, con desprecio, le soltó: —Ya no eres mi hija. ¿Quién es él y de dónde ha salido? Me avergüenzo de ti. Te vas a vivir a la casa de la abuela y afrontas tus actos como adulta. Antes de dar a luz, Olya trabajó en la biblioteca hasta la baja. Solo su amiga Masha fue a buscarla. Su madre no apareció. Solo cuando Vladik cumplió cinco meses, quizá ablandada, empezó a visitarla y a traerle juguetes al nieto. —¿Ya de vuelta? —preguntó su madre—. No había nada interesante, ¿verdad? ¿Y Vladik? Su madre sonrió: —Duerme como un angelito. Bueno, ya que has llegado, yo me voy. Olya cerró la puerta y trató de dormir. Lo consiguió al amanecer. Medio dormida, daba de comer a su hijo. Vladik jugaba y no quería su papilla. —Si no comes papilla, no crecerás como tu padre, que era fuerte y guapo. —¿Hablas de mí? Me alegro. Y deduzco que ese es mi hijo, ¿no? —sonó una voz en la puerta. Olya dejó caer la cuchara. —¿Max? ¿Cómo…? ¿De dónde…? Max sonrió. —Te dije que te encontraría. No sabía que tenía un hijo, claro. Entonces, con los nervios, ni te pregunté la dirección. Pero parece que el destino quiere que estemos juntos —dijo, haciéndole una mueca divertida a Vladik. El bebé se echó a reír. Por la mañana, la madre de Olya se encontró con ella, feliz, y a un hombre desconocido que llevaba al niño en hombros. —¿Es él? —preguntó la madre. —Sí —respondió Olya con una sonrisa llena de luz. La madre se acercó a Max y le ofreció la mano: —Me llamo Carmen Martínez. Y que sepas que estaré pendiente de cómo eres como hombre y como padre. Max le estrechó la mano con seriedad y asintió: —Entendido.