Amor eternoY bajo la luz de la luna, sus miradas se encontraron prometiendo un lazo que el tiempo jamás podría romper.

—¿Comemos hoy? —El padre irrumpe en la cocina y se desploma sobre un taburete junto a la mesa. Las patas raspan el suelo de forma desagradable. La madre calla, y Carmen se tensa en su habitación.

—¿Con quién estoy hablando? ¡Mírame! —grita el padre dando un puñetazo en la mesa.

Carmen sabe que su madre se ha girado; el miedo le brota de los ojos.

—¿Qué miras? ¡Dame de comer! Un hombre vuelve del trabajo. Ya sé cómo sois las mujeres, solo para cotillear y coquetear, —masculla ya más bajo.

La madre hace ruido con los cacharros, quitando nerviosa un plato del escurridor sobre el fregadero.

—¿Otra vez macarrones? Estoy harto, —gruñe el padre. Carmen se encoge en su cuarto, esperando oír el cristal de un plato roto. No, esta vez no pasa nada… Durante un rato no se oye ni un sonido desde la cocina. Carmen sale y se asoma. El padre está sentado de espaldas. La madre le hace un gesto con la mano: vete. Carmen desaparece del umbral como si nunca hubiera estado. Se encierra en su cuarto y se hunde en el libro de texto, pero tras cada frase se detiene y escucha. Parece tranquilo. Hoy el padre se comporta bastante calmado. Luego oye que pasa junto a su puerta hacia la habitación de ellos, refunfuñando algo, y allí se queda en silencio.

Ella oye esto casi a diario. Por los ruidos distingue lo que ocurre en la cocina. El padre no tiene un trabajo fijo. No aguanta en ningún sitio por las borracheras, sobrevive con trabajos temporales. Cuando la madre no está en casa, Carmen procura no quedarse con él en el piso: va a casa de amigas después del colegio o se sienta en los escalones del portal esperando a su madre.

—Hola, ¿qué haces sentada en la escalera? ¿Olvidaste las llaves? —Javier se detiene frente a Carmen. Él vive en el quinto piso.

—Algo así, —murmura ella. Le da vergüenza que la haya pillado en las escaleras.

Javier pasa de largo, sube dos peldaños y se detiene.

—Te vas a enfriar, no se puede estar sentada en el cemento. Vente a casa.

Carmen no responde.

—Vente, —dice Javier con firmeza, y ella obedece. Él es mayor, va al instituto, y ella está acostumbrada a hacer caso a los mayores.

Javier abre la puerta de su piso y deja pasar a Carmen.

—¡Mamá, ya estoy! ¡Y no vengo solo! —grita cerrando la entrada.

—¿Con quién? —sale al recibidor Mari Carmen, la madre de Javier.

—Hola, —saluda Carmen en voz baja.

—Hola. Carmen, ¿verdad?

—Imagínate, voy subiendo la escalera y la encuentro sentada en los peldaños, —dice Javier mientras se quita la chaqueta.

—¿Olvidaste las llaves? —pregunta Mari Carmen.—Quitaos los abrigos y lavaos las manos, que caliento la comida.

Carmen pasa al salón y mira alrededor. El piso es igual que el suyo, pero más acogedor y bonito. La comida le parece riquísima, aunque solo comen sopa de pollo y macarrones con salchichas.

—Gracias, está muy bueno, —agradece ella.

—La próxima vez no te sientes en la escalera, subes directamente a casa, —dice Mari Carmen.—¿De acuerdo?

Carmen asiente.

—Gracias, mamá. Nos vamos a mi cuarto. Vamos, —Javier se levanta y hace una seña a Carmen. Ella mira a Mari Carmen, que asiente con la cabeza.

Al entrar en la habitación de Javier, Carmen se sorprende: está ordenada, sin ropa tirada, limpia, con pósteres de grupos famosos y de motos de colores en la pared.

—¿Te gustan las carreras? —pregunta ella.

—No especialmente, los pósteres son bonitos.

—Yo no tengo ordenador. Bueno, sí, pero mi padre rompió el monitor. No hay dinero para uno nuevo.

—Yo tengo una tableta, ¿quieres que te la preste? —ofrece Javier enseguida.

—No, si la ve mi padre la vende.

—Entonces ven aquí cuando necesites hacer algo.

—¿Ya has decidido qué vas a estudiar después del instituto? —Carmen toca una maqueta de avión.—¿La has hecho tú?

—Claro. Quiero entrar en la Escuela de Ingeniería Aeronáutica.

—¿Serás piloto?

—No, diseñar aviones, —sonríe Javier con un aire superior.

Todas sus compañeras de clase están coladas por él. Es guapísimo. Mañana en el cole les contará a las chicas que ha estado en casa de Javier, y se morirán de envidia.

El tiempo vuela charlando. Carmen mira el reloj y salta.

—Me tengo que ir, seguro que mi madre ya ha llegado.

No le apetece nada irse, pero tampoco quiere abusar de la hospitalidad. Javier la acompaña al recibidor.

—Ven, no te sientes en la escalera, —dice al despedirse.

Carmen entra en su piso y ve el abrigo de su madre colgado. Desde la cocina llega el ruido de platos: su madre prepara la cena.

—¿De dónde vienes tan tarde? —se asoma desde la cocina.

—He estado en el quinto, en el piso quince.

—No andes de piso en piso. ¿Qué van a pensar de nosotros? ¿Vas a cenar?

—No, la señora Mari Carmen me ha dado de cenar. Voy a hacer los deberes. ¿Está él en casa?

—¿No le oyes? Ronca como un tractor. ¿Y de dónde sacó dinero? Otra vez se ha emborrachado, —suspira la madre.

Desde entonces, Carmen va a menudo a casa de Javier. Si se lo encuentra en el recreo, asiente y se sonroja. Él la saluda y sigue su camino.

A veces Carmen no encuentra a Javier en casa; por las tardes entrena en un club deportivo. Entonces la señora Mari Carmen le cuenta cosas de su hijo, de su marido, que murió hace unos años.

El invierno da paso a la primavera, llega el verano. Carmen ya no sube a casa de Javier; sale con amigas o se sienta en un banco junto al portal.

—¿Por qué no vienes? —le pregunta Javier un día que se la encuentra en la calle. Carmen se encoge de hombros.

—¿Ya has terminado los exámenes? ¿Cuándo te vas a estudiar fuera?

—No me voy. Estudiaré aquí, en la Politécnica. No quiero dejar a mi madre sola.

—¡Qué bien! —se alegra Carmen.

Y en otoño, un día va a su casa con la excusa de que no puede resolver un problema. Pero, por alguna razón, ya no charlan como antes. Carmen se siente cohibida con Javier, incómoda y torpe. Él ha cambiado, ha madurado y está aún más guapo.

Ese invierno muere su padre, envenenado con aguardiente adulterado. Su madre no llora ni en el entierro, y Carmen, por alguna razón, siente pena por él. Ahora ya no tiene que esperar a su madre del trabajo, ni hay motivo para subir a casa de Javier.

Su madre sigue sobresaltándose con los timbrazos, y en sus ojos aparece el miedo.

—Mamá, ¿qué te pasa? Ya no está, —dice Carmen.

—Costumbre, —responde la madre.

Carmen ya está en segundo de bachillerato. Una tarde está junto a la ventana esperando a que pase Javier.

—¿Qué haces a oscuras? ¿Esperando a Javier? —la madre entra en la habitación y enciende la luz.

—Solo miro por la ventana, —responde Carmen, sorprendida.

—Él ya es mayor, tiene novia. Una chica guapa. Mejor estudia, —suspira la madre.

¡Javier tiene novia! El corazón se le rompe de pena y celos. Carmen no ha visto a la novia de Javier, pero ya la odia. Un día se topa con ellos en el patio.

—¿Carmen? Hola, ¿por qué no vienes a casa? —pregunta Javier amablemente. Su novia está a su lado, mirando a Carmen con ojos de hielo. Por ser más alta, la mira por encima del hombro, casi con desprecio, como a un ratón. Javier también es alto, pero él la mira de otra manera.

—¿En qué curso estás ya?

—En el último.

—Cómo pasa el tiempo. Veo que te has puesto guapa, has crecido, casi no te reconozco. ¿Qué vas a estudiar?

—Javier, vamos, —la novia tira de su brazo, molesta.

—Adiós, ¡suerte! —dice Javier, y se van del brazo.

Carmen los sigue con la mirada. «Fría como un pescado, con ojos de hielo, —piensa con rabia.—Claro, mejor le sentaría el nombre de Reina de las Nieves, pero es demasiado honor». Y para sus adentros la llama Merluza.

Pasa el tiempo. Carmen termina el instituto y entra en la facultad de Medicina. Javier se gradúa y encuentra trabajo, y pronto se compra un coche. Carmen aprende a reconocerlo por el sonido del motor; se lanza a la ventana cuando él aparca junto al portal.

Un día Carmen vuelve de la facultad y se encuentra en el patio a Mari Carmen. La mujer camina despacio con un bastón, cojeando notablemente.

—Hola, señora Mari Carmen, —saluda Carmen.—¿Qué le pasa, por qué cojea?

—Me duele la pierna, no aguanto más. Apenas ando. El médico dice que hay que operar, poner una prótesis de cadera, pero tengo miedo, —se queja Mari Carmen.

—Dígame qué necesita, voy a la compra, no me cuesta nada, —ofrece Carmen enseguida.

—Ve, que Javier nunca está en casa…

Así, Carmen vuelve a frecuentar el piso de Javier, aunque apenas se encuentra con él. Va a la compra, ayuda con la limpieza a su madre.

Un día se arma de valor y pregunta por la novia de Javier.

—Laura, claro que es guapa, pero demasiado afectada. Siempre callada, no sabes cómo tratarla. Es como si fuera de otro mundo. Tú, en cambio, eres de casa. No es la novia que necesita mi hijo, —suspira Mari Carmen.—¿Y tú por qué preguntas tanto? ¿Te has enamorado de él?

Carmen baja la vista.

—No te apures. Si fueras un poco mayor, no habría mejor esposa para Javier. Tú encontrarás tu amor.

—No necesito otro amor, —dice Carmen en voz baja, y sale corriendo.

Un día va a casa de Mari Carmen para preguntar qué necesita de la compra. Abre la puerta la Merluza.

—¿Qué quieres? —pregunta antipática.

—Vengo a ver a la señora Mari Carmen…

—No está. Javier la ha llevado al hospital en el coche.

Parece que la Merluza levanta la barba aposta para mirar a Carmen desde arriba.

—¿Por qué vienes aquí todo el tiempo? —la Merluza lanza destellos de hielo con los ojos.

—No vengo por nada, ayudo a la señora Mari Carmen, voy a la compra.

—Vaya ayudante. No vuelvas más. Si hace falta, yo ayudo. Javier y yo nos vamos a casar pronto y viviremos aquí. Lárgate, que después de ti desaparecen cosas, —dice la Merluza con brusquedad.

—¿Qué cosas? —se enciende Carmen.

—Un anillo. Lo dejé en la encimera del baño. Luego entré y ya no estaba. Lo cogiste tú, no puede ser otro.

—¡Yo ni siquiera paso del recibidor! —exclama Carmen con rabia.

—Pues no sé, igual entras cuando yo no estoy. Mejor devuélvelo y no llamo a la policía. —La Merluza se inclina hacia delante y acerca la cabeza. Sus ojos fríos y malvados están muy cerca. Carmen retrocede.

—¡No he cogido tu anillo!

—Demuéstralo. —La Merluza da un paso hacia ella, los ojos de hielo a un palmo. Carmen no aguanta, se da la vuelta, tira de la puerta y se topa con Javier.

—¿Por qué habláis tan alto? Se oye desde la escalera. —Javier mira de Carmen a la Merluza. Carmen también se vuelve.

La Merluza se endereza y sonríe con dulzura a Javier.

—¿Ya has vuelto? —pregunta como si nada.

Carmen quiere salir huyendo, pero Javier la agarra del brazo.

—¿Qué ha pasado?

—Ella… ella me ha acusado de haber cogido su anillo. No he cogido nada, ¡ni siquiera he entrado al baño!

—¿Qué anillo? —Javier sujeta a Carmen con firmeza y mira a la Merluza.

—El de la piedra rosa. Creo que lo he perdido, no sé dónde lo dejé. Le he preguntado si lo había visto, —explica la Merluza con voz melosa.

—¡Miente! Ha dicho que lo he cogido yo, que iba a llamar a la policía. —Carmen se suelta y echa a correr escaleras abajo. Las lágrimas la ahogan.

—¡Váyanse los dos al cuerno! —dice Carmen con desesperación al entrar en su piso y cerrar de golpe.

—¿Qué te pasa? —su madre se asoma al recibidor.

—¡Mamá! —Carmen se arroja a sus brazos y se lo cuenta todo.

—El anillo aparecerá, no llores. Javier lo aclarará, —la consuela su madre mientras abraza a su hija.

Al día siguiente, Javier viene en persona. La madre de Carmen no está en casa.

—Necesito hablar contigo, —dice.

Carmen lo pasa a su cuarto. Al ver una foto suya en la repisa del secreter, Javier sonríe. Carmen se había olvidado de ella. Se sonroja y baja la vista.

—¿Me la has robado? Y dices que no eres ladrona. Carmen se queda sin respuestas y se pone aún más colorada.

—Vale, no me importa. He venido a pedirte perdón. El anillo ha aparecido.

—¿Dónde?

—¿Qué más da? —ahora es Javier quien aparta la mirada.

—Sí que da. Ella me acusó de robo. ¿Crees que es agradable? —la voz de Carmen tiembla por la ofensa.

Javier la agarra por los hombros.

—Carmen, perdona. No creí ni un segundo que lo hubieras cogido. De verdad. En fin, a Laura no le gustaba que vinieras tanto a casa, y decidió calumniarte para que no volvieras. Y el anillo… Se le cayó del bolsillo al tirar la chaqueta.

—¿Y tú la perdonas? ¿Y si acusa a tu madre de robo? Con ella todo es posible. ¡Merluza fría!

—¡Para ya! Solo me tiene celos. —Javier la mira con severidad y retira las manos de sus hombros.

—¡Javier! ¿Es que no ves nada?

—¿Qué no veo? —Javier la mira con pesar. Se nota que está harto de la conversación.

—¡Te quiero! —suelta Carmen, asustada ella misma de su atrevimiento.—Te quiero desde quinto de primaria. Javier, no te cases con ella, por favor. —Las lágrimas le tiemblan en los ojos; la cara de Javier se vuelve borrosa.

—Carmen, ¿estás llorando? No habrá boda. Hemos roto.

—¿De verdad? —Carmen parpadea y las lágrimas resbalan por sus mejillas.

—Eres tonta. —Javier la abraza contra sí.—A mi madre la dan de alta del hospital dentro de una semana. Ven a casa, ayúdala si hace falta.

—¡Claro! Ni siquiera tenías que pedírmelo.

Javier se va triste y pensativo, mientras Carmen casi brinca de alegría. ¡No habrá boda!

Carmen va todos los días a casa de Mari Carmen: hace la compra, friega el suelo, incluso ayuda a cocinar. No ve a Javier; él llega tarde. Se pasa todas las tardes en el quinto piso. Su madre solo niega con la cabeza.

Un día, Carmen se topa con Javier en la escalera. Huele claramente a alcohol.

—Javier, ¿has bebido? —Carmen lo mira horrorizada, recordando a su padre, el miedo en los ojos de su madre…

—¿Y qué? —dice tambaleándose hacia ella. Carmen retrocede sin apartar la mirada asustada.—Carmen, ¿por qué me miras así? No tengas miedo, no voy a ser como tu padre… —dice de repente con voz totalmente sobria.

Y el sábado se presenta en casa de Carmen con un ramo de flores y la invita al cine. ¡Qué feliz es ella!

Ahora Javier no se entretiene por las tardes; corre a casa, donde le esperan su madre y Carmen. Ya no bebe. Van mucho al cine, pasean, se sientan en su cuarto y se besan…

Al final, el amor de Carmen derrite el corazón de Javier.

—Sed felices, hijos. No le hagas daño, Javier, —le pide la madre cuando él le pide la mano a Carmen.

—Lo prometo, nunca le haré daño… Carmen se aprieta a él como un joven arbolito contra un roble alto.

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Amor eternoY bajo la luz de la luna, sus miradas se encontraron prometiendo un lazo que el tiempo jamás podría romper.
“Lo siento, mamá, no pude dejarlos allí”, me dijo mi hijo de 16 años cuando trajo a casa a dos recién nacidos gemelos.