No bebe agua con gas y limón desde hace más de diez años.
La evita. Como se evitan las viejas heridas. Como no se vuelve al bar donde te regalaron un anillo y tiempo después te lo quitaron. Como no se ven las películas que vieron juntos.
El agua con gas y limón se convirtió en el símbolo de una pérdida. De quien no volverá. De quien no quieres que vuelva.
***
Ella lo recordaba todo como si hubiera sido ayer. Hasta el último detalle.
Tailandia…
Llegaron a Phuket a finales de mayo. Él dijo:
– Serán las mejores vacaciones de tu vida.
Ella tenía veintiocho; él, treinta y dos. Llevaban ocho meses saliendo. Ella ya tenía su cepillo de dientes en el piso de él; él conocía a sus amigas. Todo el mundo daba por hecho que pronto habría boda.
El hotel Amara no era de los más caros, pero resultaba acogedor. Paredes blancas, agua azul en la piscina, palmeras que cuidaba un jardinero de mirada triste.
La habitación, en la tercera planta, con vistas al mar.
Eso sí: del grifo salía agua oxidada, el aire acondicionado funcionaba a ratos y los vecinos de arriba hacían ruido por las noches.
Y, aun así, eran felices. O eso le parecía a ella.
El primer día pidió agua con gas y limón.
– ¿La has probado? – preguntó entrecerrando los ojos.
– No.
– Es el sabor del amor.
Ella se rió. Pero él no bromeaba.
Creía de verdad en los presagios, en las señales, en que si bebías esa agua al atardecer, el amor duraría para siempre.
Y bebían. Directamente de la botella, compartiéndola entre los dos.
Ácido, dulce, con burbujas que cosquilleaban en la lengua.
Él la miraba con ojos de enamorado; ella se ahogaba en ellos sin remedio.
– Bebamos siempre agua con gas y limón – dijo con voz soñadora.
– De acuerdo – aceptó ella, sin sospechar que aquel sabor se volvería su maldición.
**
Al volver a casa, todo se torció. Él se volvió más frío. Canceló un plan, luego otro, luego dejó de llamar y, cuando contestaba, lo hacía a medias.
Ella aguantaba. Se decía: es el trabajo, una crisis, una depresión.
Al mes dijo: «Necesito estar solo, pensar». A los dos: «No me llames más». A los tres, desapareció sin decir palabra.
El teléfono callaba. Los amigos decían que no sabían nada de él.
Su madre, entre dientes, le repetía:
– Mi hijo no quiere hablar contigo. No llames más. No le atormentes ni a él ni a ti.
Ella no llamó. Esperó. Un año.
Después se casó con otro. Bueno, responsable, fiable, pero completamente corriente.
No bebía agua con gas y limón, no la miraba con ojos de enamorado, no le decía «eres mi vida». Simplemente estaba a su lado. Traía su nómina a casa y hacía algo en casa cuando ella se lo pedía.
Y ella decidió que eso era el amor: tranquilo, rutinario, adulto. Ni fu ni fa.
Tuvo una hija. El marido se alegró, pero de manera distante, como si la niña fuera un mueble recién comprado en IKEA.
A los cinco años se divorciaron.
Ella ya no podía vivir en aquel pantano. Así lo decía.
No por el agua con gas y limón, ni por Tailandia, ni por los recuerdos. Simplemente entendió que un matrimonio aburrido es una jaula.
No era un pájaro. Era una mujer. Y quería vivir, no solo existir.
Se quedó sola. Con su hija, con la gata y con la sensación de que la vida no le había salido bien.
Trabajaba de contable en una pequeña empresa; el piso era una hipoteca; el coche se averiaba sin cesar. Las amigas se habían ido, su madre había muerto, a su padre no lo conoció. La hija. Y la gata.
El agua con gas y limón no la bebía. Tampoco nada que se pareciera a aquel sabor maldito.
En los restaurantes pedía cola, zumo o agua mineral sin gas. Había contado a todos que era alérgica a los limones, incluso a su olor.
– ¿Desde cuándo?
– Desde hace mucho.
Nadie sabía la verdad. Una verdad demasiado absurda para una mujer de cuarenta años.
En realidad, le daba miedo el agua. El limón. Las burbujas. Y los recuerdos.
Un día se sorprendió al darse cuenta de que no recordaba su cara.
Estaba sentada en la cocina, tomando té, mirando por la ventana. La hija hacía los deberes; la gata dormía en el alféizar.
Y de pronto pensó: «¿La nariz, recta o aguileña? ¿Los ojos, castaños o verdes? ¿El pelo, oscuro o claro?» ¡No lo recordaba! Solo recordaba el agua con gas y limón.
Una tarde entró en el Mercadona. Pan, leche, huevos, comida para la gata. Y de repente, en la estantería de las bebidas, la vio. Aquella agua con gas y limón. Igual que la de Tailandia. La misma etiqueta amarilla, con el limón partido por la mitad. Las mismas burbujas bailando dentro.
Cogió la botella, la sostuvo, la dejó. Se alejó. Volvió. La cogió de nuevo.
– ¿Se la va a llevar, señora? – preguntó un empleado con uniforme que descargaba cajas.
– No – respondió ella, y se marchó.
De camino a casa no dejó de pensar en el agua. En él. En Tailandia. En lo estúpido que era temer a algo que ya no existía.
Por la noche no durmió. En el sofá, mirando al techo, escuchaba a su hija moverse en la habitación. La gata vino, se tumbó sobre su pecho y ronroneó. Silencio.
De repente se levantó, se puso la chaqueta, se calzó las zapatillas, agarró las llaves y salió.
En el Mercadona compró aquella agua con gas y limón. Una botella. Nada más.
En casa fue a la cocina, sacó un vaso. El más normal, sin dibujos. Respiró hondo. Abrió la botella. Se oyó un siseo: las burbujas escapaban.
Sirvió medio vaso. Lo olió. Olía a Tailandia. Al mar. A juventud. A dolor. A aquel atardecer en el que él dijo que era el sabor del amor.
Bebió. Y… no pasó nada.
No volvieron los recuerdos, no acudieron las lágrimas, no se le apretó el pecho. Era… simplemente un refresco de limón con gas. De lo más normal.
Se terminó la botella, la tiró a la basura, lavó el vaso y lo dejó en el escurridor. Se acostó y, por primera vez en muchos años, se durmió sin pastillas.
A la mañana siguiente se despertó con una sonrisa.
– Mamá, ¿qué te pasa? – la hija notó el cambio.
– Nada.
– Estás rara.
– Estoy normal. Solo he dormido bien.
Todo el día se sintió bien. No como siempre: por la mañana, la pesadez; al mediodía, el cansancio; al caer la tarde, el odio hacia los demás. Aquel día se sintió ligera, libre. Como si se hubiera quitado una mochila que había llevado a cuestas durante más de diez años.
Por la noche compró otra botella de aquella agua. Se la bebió. Sonrió.
– Qué tonta – se dijo –. ¿De qué tenía miedo?
Entonces lo entendió: el agua con gas y limón no era su enemiga. El enemigo vivía en su cabeza, susurrándole sin tregua: «No bebas, porque lo recordarás todo, no podrás olvidarlo y volverás a sufrir».
Pues bien: bebió y salió ilesa. Más aún, quedó completamente tranquila y feliz. Había olvidado.
A la semana siguiente quedó con Pilar. Eran amigas desde la universidad.
– Pili – soltó –, he vuelto a beber agua con gas y limón.
– ¿Qué? – se atragantó la amiga.
– Casi todos los días.
– ¿Y la alergia?
– Nunca hubo alergia.
– ¿Y ahora qué?
– Ahora soy libre.
– ¿No quieres escribirle?
– ¿Para qué?
– Igual te recuerda, igual te quiere todavía.
– Pues que recuerde. A él ya lo he olvidado.
Ella eligió olvidar. Ahora el agua con gas y limón ya no le habla del pasado; le habla de la vida que sigue. A pesar de todo. O gracias a todo.
Porque entendió que no son las botellas ni los sabores los que nos encadenan, sino el miedo que les colgamos. Y cuando por fin te atreves a mirarlos de frente, hasta las burbujas más viejas acaban por disolverse.







