FalloEl fallo en la armadura del antiguo caballero no era una simple grieta, sino la cicatriz de una promesa rota.

Al acercarse los jinetes, la perra levantó la cabeza y los miró con unos ojos tan llenos de dolor que el corazón de la muchacha dio un vuelco y se le llenaron los ojos de lágrimas…

Rocío colocó el cabestro a la cabeza del caballo y lo sacó del pesebre. Tras atar el nudo del ronzal a la argolla del pasillo de la cuadra, la muchacha contempló a la yegua con admiración.

De capa negra, con calcetines blancos y perfectos en sus cuatro patas elegantes, Sevilla era el sueño de muchos jinetes.

Tomó el cepillo y se puso a limpiar al caballo, sin dejar de alabarlo. Sevilla se movía nerviosa de un pie a otro, alzaba la cabeza, escuchando.

Rocío acarició con cariño el cuello de la yegua sin comprender qué le pasaba:

—¿Qué ocurre, Sevillana? ¿Qué te preocupa?

—¿Hablas con el caballo? —preguntó el mozo que se acercó.

—Tío Benjamín, hoy le pasa algo raro —Rocío siguió acariciando el lustroso cuello del animal—. La trajeron hace un mes y en todo este tiempo nunca se comportó así…

—Algo la inquieta —observó el hombre mayor, examinando a la yegua con ojo experto—. ¡Es una preciosidad!

—Y su carácter es maravilloso —confirmó Rocío—. Está domada a la perfección, todavía no entiendo cómo la dueña anterior pudo desprenderse de un caballo así.

—Entonces tiene un defecto oculto —dijo Benjamín pensativo.

—¡No tiene ningún defecto! —saltó Rocío en defensa de su favorita.

Sevilla sacudió la cabeza, como confirmando las palabras de su dueña.

—Mira, se ha ofendido —sonrió Benjamín, retirándose a sus quehaceres.

Tras ensillar a Sevilla, Rocío la sacó de la cuadra. La yegua escuchaba atenta los sonidos del entorno, mirando con recelo hacia la carretera, tras la que se veía el bosque.

—Hacia allí iremos hoy —dijo Rocío al notar hacia dónde miraba el caballo—. En la pista te portas de maravilla, es hora de que conozcas nuestra naturaleza.

Rocío montó con agilidad y, recogiendo las riendas, dirigió al caballo hacia el bosque…

Aquel amanecer de junio aún no hacía calor y era agradable pasear a caballo entre la frescura. Sevilla caminaba obediente hacia donde la jinete la guiaba. De vez en cuando se detenía y escuchaba con atención los sonidos del bosque.

Poniendo el caballo al trote, Rocío encaminó a Sevilla por el sendero donde solía montar a Gradómir.

La muchacha recordó cómo, dos meses atrás, diagnosticaron a su caballo una enfermedad incurable y tuvo que separarse de su fiel amigo. Lo enviaron a una granja en el campo, donde el aire era más limpio y los ataques de tos eran mucho menos frecuentes.

Para las competiciones necesitaba un caballo, y junto con su entrenadora empezaron a buscar una opción adecuada. La búsqueda terminó el día en que Rocío vio a Sevilla en uno de los clubes hípicos de la capital de la comunidad y, tras montarla, supo que era la indicada.

El caballo estaba magníficamente domado y tenía buen carácter. El club hípico aportó los fondos y Sevilla cambió de hogar.

Ahora, al recordar el momento de la compra, a Rocío le vino a la mente lo extraña que se mostró la antigua dueña. Tenía prisa por cerrar el trato, como si quisiera deshacerse de Sevilla lo antes posible.

¿Qué había pasado? ¿Por qué la dueña decidió vender un caballo tan maravilloso?

Sevilla se detuvo en seco. Rocío apenas logró mantenerse en la silla, tan absorta en sus pensamientos. La yegua quedó inmóvil, y por más que la jinete intentara espolearla, no se movía.

—¿Por qué no quieres seguir adelante?

Sevilla resopló quedamente, sin moverse del sitio. Giró un poco la cabeza y miró hacia la derecha.

Rocío miró también hacia allí, pero no vio nada más que hierba y árboles. ¿Qué podía estar llamando la atención del caballo?

—¿Quieres ir por ahí? —Rocío aflojó las riendas, dejando que Sevilla eligiera la dirección—. Como quieras…

Sevilla se desvió del sendero y caminó hacia el lugar de donde llegaba un leve gemido que pronto oyó también Rocío.

El caballo se detuvo junto a un pino. Sobre la hierba había una caja, aplastada por encima con ramas gruesas. De la caja salían gemidos.

Rocío saltó del caballo apresuradamente. Quitó las ramas de la caja y la abrió. Dentro había tres gatitos con los ojos recién abiertos. Lloraban lastimeros, llamando a su madre, de la que los habían separado de manera tan cruel.

Rocío sintió cómo una oleada de indignación le subía por dentro:

—¡Cómo se puede ser tan cruel! —la muchacha levantó la caja y se acercó al caballo—. ¡Sevillana, a casa rápido!

*****

—¡Increíble! —exclamó doña Isabel, la entrenadora de Rocío.

—Sevilla me llevó directamente hasta la caja —resumió Rocío su relato.

Había llevado los gatitos al club hípico, al veterinario local. Los pequeños estaban sanos, y dos de ellos ya tenían futuros dueños. Rocío se quedó con el tercero.

Un gatito negro con patas blancas la había cautivado por su parecido con Sevilla. Cuando crecieran, se irían a sus nuevos hogares.

—¡Sevilla es un caballo noble! —dijo doña Isabel con admiración—. La gente pasa de largo, pero el caballo no.

Mientras tanto, Rocío y Sevilla se entregaron de lleno a la preparación para las próximas competiciones. El club esperaba grandes resultados de la pareja.

Los entrenamientos ocupaban mucho tiempo, y siempre practicaban en la pista. En julio compitieron con éxito a nivel local, obteniendo el segundo puesto en la prueba media.

En agosto llegaron las competiciones provinciales en una comunidad vecina, de donde la pareja volvió victoriosa. Les esperaba un concurso en la capital de la comunidad, para el que empezaron a prepararse con esmero.

—Rocío, te espero en la pista dentro de cuarenta minutos —dijo doña Isabel asomándose a la cuadra.

Sevilla estaba en el pasillo de la cuadra, nerviosa, cambiando el peso de una pata a otra. El caballo temblaba por completo y su fuerte relincho se oía por todo el recinto.

—¡Tranquila, tranquila! —Rocío intentaba calmar a la yegua.

—¿Qué le pasa? —preguntó la entrenadora preocupada, nunca había visto a Sevilla así.

—Se comportaba exactamente igual el día que encontramos los gatitos en el bosque —respondió la muchacha.

—Sal a montar fuera del club, puede que haya pasado algo —doña Isabel miró alrededor—. Llévate a Benjamín.

Veinte minutos después, dos jinetes salieron del club hípico. Rocío dejó que Sevilla guiara el camino.

Pasaron junto a una hilera de casas en las afueras del pueblo y, al llegar a la carretera, se dirigieron hacia el bosque.

De repente, Sevilla giró en redondo y se lanzó a todo galope por el arcén. Los coches pasaban a toda velocidad, algunos pitaban temiendo que los jinetes se metieran en la calzada.

—¡Qué tontería, dejarse llevar por la yegua! —refunfuñaba Benjamín, sin entender qué o a quién buscaban.

—Mejor comprobar qué inquieta a Sevillana que luego arrepentirse… —Rocío no terminó la frase.

En el arcén de la carretera yacía una pastora alemana atropellada. Al acercarse los jinetes, la perra levantó la cabeza y los miró con unos ojos tan llenos de dolor que el corazón de la muchacha dio un vuelco y se le llenaron los ojos de lágrimas.

Habían encontrado la causa de la inquietud de Sevilla…

Rocío saltó de la yegua, sin dejar de alabarla. Acababan de competir en el concurso regional de doma clásica en la prueba media, y la muchacha estaba satisfecha con el resultado.

—¡Actuación magnífica! —doña Isabel se acercó corriendo.

—¡Sevilla siente la música de maravilla! —dijo Rocío con entusiasmo mientras ajustaba los estribos—. ¡Es el caballo más hermoso del universo!

—¡Es un caballo con un gran defecto! —sonó una voz femenina y cortante a espaldas de la muchacha.

Rocío se volvió. Sobre un caballo alazán iba una mujer vestida de frac, preparándose para su actuación. Le pareció vagamente conocida…

—¿Por qué dice eso? —respondió Rocío con tono poco amistoso—. ¡Usted no conoce a Sevillana en absoluto! Es un caballo noble…

—¡Con un defecto! —la mujer interrumpió a Rocío—. ¡Conozco muy bien a esa yegua!

—La antigua dueña… —murmuró doña Isabel, reconociendo a la anterior propietaria de Sevilla.

—¿Cómo puede hablar así de ella? —Rocío no estaba de acuerdo en absoluto.

—Durante el año que tuve este caballo, me trajo varios perros y gatos callejeros —dijo la mujer escupiendo las palabras—. Los dos dueños anteriores se deshicieron de ella precisamente por eso, según supe…

—¡Ustedes simplemente no supieron comprender lo noble que es este caballo! —replicó doña Isabel—. Eso no se llama «defecto», sino nobleza.

Una pastora alemana se acercó a Rocío, moviendo el rabo alegremente, y la miró con ojos fieles.

Óscar era precisamente el perro al que, el año anterior, Sevilla había llevado ayuda. Las pesquisas para encontrar a su dueño no dieron resultado, y Rocío decidió quedárselo.

En casa les esperaba un gatito negro ya crecido, con patas blancas, al que Rocío llamó Cosmos.

Benjamín se había convertido en el orgulloso dueño de un cachorro que Rocío y Sevilla recogieron el otoño pasado.

Doña Isabel tenía una gata tricolor, traída de la anterior competición.

Y otros tres perros y cuatro gatos, rescatados por Sevilla, a los que encontraron dueños con éxito. ¿Y a todo eso lo llaman «defecto»?

—Quizá el defecto lo tiene usted… —tras mirar a la mujer con frialdad, Rocío condujo a Sevilla lejos de la antigua dueña.

Aquel día, Rocío y Sevilla obtuvieron el primer puesto. Al regresar a casa por la noche tras la competición, doña Isabel y Rocío oyeron cómo el caballo golpeaba el suelo del remolque con el casco, claramente intentando llamar la atención.

Pararon el coche y abrieron apresuradamente la puerta del remolque. Sevilla les respondió con un fuerte relincho. Alguien necesitaba ayuda urgente…

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